Nos damos por bienrecibidos |
Notas para una publicación virtual
Fabián Appel |
Identificarse con un significante pretendiendo que nos represente,
suena a ejercicio de auto aplicación, algo así como
el autor por él mismo. Sin embargo es un desafío y
no se cuenta entre los más cómodos.
Psicoanálisis en el Sur decimos, menos por reivindicar
un punto cardinal pos-mercator, que por hacerlo habitable en nuestras
lenguas.
Porque, ¿existen las lenguas más adecuadas para
expresar discursos bien tramados, siendo el psicoanálisis
uno de ellos, con vocación universal e imperecedera? ¿Lenguas,
en fin, especializadas en su transmisión?
En nuestra opinión es un equívoco hacer equivaler
lengua y discurso, con el agregado de que estos últimos se
encadenan, a veces, a los colores localistas del paisaje que los
vio nacer. Si el prejuicio se extendiera todo japonés podría
conferenciar con rigor acerca del cine de Kurosawa, cualquier italiano
nos pondría en contacto con las arias de Verdi, tanto como
un inglés podría iniciarnos en los secretos de la
ultra tecnología, idioma muy propio del universo tecnocrático.
Este “pintoresquismo”, este modo “natural”
de ver el mundo, sería mejor encuadrarlo como otro nombre
del malestar. Profesionalizar una lengua es acorde, para mayor gloria
de una modernidad soporífera cuyos parámetros se corresponden
puntualmente con el mercado como imperativo de ley, con la sustitución
del lazo social por las redes del autismo informático, con
la argumentación cediendo lugar a la sinopsis y con el protocolo
sustituyendo a lo subjetivo, planteado éste como un escollo
irritante.
En la hipermodernidad, democrática eso sí, el ¿ciudadano?
tiene en sus manos el ejercicio del derecho a elevar quejas. Pero
¿dirigidas a quién? Si el dispositivo de evaluación,
cada vez mejor blindado ante la subjetividad, se hace más
preciso gracias al llamado progreso técnico, un embuste que
se acoge al vago parentesco que mantiene con la ciencia y que “sabe”,
al mejor estilo del Estado que describió Foucault, qué
conviene a la vida de cada quién.
La lengua en sus peripecias no deja de ofrecer inventos memorables
y siempre contingentes, perecederos. “Recalificar” es
una palabra que asoló España en los últimos
doce años. Una trinidad integrada por constructores- inmobiliarios,
clubes de fútbol y alcaldes de diferentes pelajes se conjuraron
con sus mejores intenciones de progreso para recalificar el territorio
español. Compraban tierras rústicas a bajo precio
para después “recalificar” como zonas urbanizables,
incluidas las costas.
Los hacedores de este milagro, sin duda fabulosos prestidigitadores
que recogen sus indecentes beneficios a puñados, no contentos
con recalificar las tierras, a su vez se “recalificaban”
a sí mismos: antiguos tiburones convertidos en empresarios
y, que por esas moderneces de la histeria, pasaron a ser modelos
deseables, prohombres, a pesar de sus apariencias y, socialmente
festejados. Se recalificaron bajo una pátina de honestidad
y, en algunos casos, de participación caritativa que haría
sonrojar al mismísimo barón Rothschild (el banquero
filántropo).
Así, “recalificando” se “recalificaban”
en un ejercicio de salvaje “yocracia”. La pura circulación
significante produciendo efectos que exceden la pura acumulación
de dinero. Más allá de la plusvalía económica
aparecen formas de un goce irrestricto y, por lo mismo, cada vez
más inalcanzable. Plusvalía y plus de goce camaradas
en el mismo estiércol.
La hiperactualidad de este latrocinio nos recuerda que también
estamos ante otro “hiper”. Nuestra población
infantil sufre una “epidemia” de HIPERactividad. Los
diagnósticos de TDH se extienden con tanta facilidad que
lo antedicho sería la conclusión más obvia.
De lo contrario, cómo explicar esta emergencia, por no hablar
de la ligereza con que hoy se diagnostican los imprevisibles caminos
por los que una inflamación de garganta, o una dificultad
en la deglución, podría ser síntoma de una
esclerosis amiotrófica.
Hace unos años, con los fármacos neurolépticos
ya en el mercado, se aplicaba la calificación de esquizofrenia
de un modo masivo; manifestando a su vez la realidad de un siglo
dominado por las ideologías “psi”. Si los resultados
(basados en la química o en la genética) no son el
“fin de la historia” que relegaría al psicoanálisis
a un introspectivismo propio del siglo XIX, al menos, la modernidad
que vivimos habrá logrado implantar un destino del que nadie
se haría responsable, llenando aquello “que no se sabe”
inaguantable con la rotunda apariencia de un saber consistente.
Poco faltará para que alguna cadena de T.V., estatal o
privada tanto da, presente en formato reality show, verdad y transparencia,
“Memorias de un ex TDH” para regocijo de la escoptofilia
ambiente.
Para entonces, (ahora mismo) un nutrido grupo de profesionales
se ejercitarán una vez más en demostrar la existencia
de un sujeto sin responsabilidad. La razón psicológica,
la pureza cognitivista, hará del culpable de un delito alguien
no imputable, aunque sí reeducable. La experiencia traumática
de una vida marcada por las dificultades emocionales disolviendo
la responsabilidad subjetiva, dando entrada a una moral donde aprender
a controlarse y civilizarse.
Si desde el psicoanálisis se presenta el acto delictivo
con una significación edípica o con una inclinación
dominante hacia el goce de la muerte, no por ello el crimen se hace
menos criminal, ni el psicoanálisis así lo pretende.
Freud, al extender la intencionalidad, superando la barrera imaginaria
del yo, descubre a un sujeto responsable, incluso de aquello que
ignora. La salud, la clínica, lo social entendido como la
política de un síntoma y, la política como
la gestión de los goces, disfrazado con el eufemismo “realismo
político”, la jurisprudencia, las letras y sus encadenamientos
literarios…¿Es que el psicoanálisis no tiene
límites en sus preguntas? ¿Es una especie de “enfant
terrible” de piernas velludas que no se contenta con una respuesta
“última”, ni siquiera con un tema que le caracterice?
En esta modernidad hiperkinética, una práctica como
el psicoanálisis en la que un sujeto se mide con su palabra
para saber “si quiere lo que desea”, es tal vez el único
lazo social vigente capaz de destituir cualquier forma de trascendentalismo.
Luego, no existe el “tema” propio del psicoanálisis.
El amo, el inconsciente, es polimorfo y se particulariza, por lo
que, más allá de fórmulas generales (síntoma,
sueño, etc.) no puede predecirse de dónde provendrá
su convocatoria, menos aún cuál es la forma en que
el malestar se hará presente en cada existencia.
La praxis del análisis puede permitirse elevar cualquier
cosa al estado de una cuestión para el sujeto. Qué
sino podría significar que el psicoanálisis trabaja
con aquello que la “academia” y sus extensiones descartan.
Cuando la escolástica se separó de las iglesias amancebándose
con la lógica de las ciencias, las manifestaciones bizarras,
incómodas o residuales fueron excluidas de las consideraciones
académicas
Como justamente son estos materiales los que integran un lugar
nuclear en el trabajo analítico, el psicoanalista se ve obligado
a interrogar a su materia de manera diferente a cómo lo haría
un médico, un lingüista o un antropólogo.
Siendo seres de lenguaje, los hombres viven con la pasión
de interpretar, de modo que el análisis no pasa por examinar
el estado de los órganos de fonación o preguntarse
por qué habla el hombre, sino, ¿por qué el
enigma apasiona hasta el punto que su desciframiento se hace destino?,
¿por qué una verdad que deviene saber resulta tan
molesta que no se ahorra en exclusiones y tampoco se escatiman esfuerzos
para evitar su retorno?
Vivimos tiempos en los que sólo importa que “la cosa
ande”, tiempos poco propicios para interesarse por aquello
que puede funcionar como obstáculo. Fenómeno visible,
incluso en sectores del propio psicoanálisis, en el que un
goce superyoico alimenta la creencia de que aquello que pierde el
otro uno lo gana y viceversa. Juego despótico y obsesionante
de lo absolutamente original y privado que sólo logra fortalecer
la lucha de las vanidades (lo que por ahí se nombra como
lucha de los amos, sólo por el puro prestigio).
Psicoanálisis en el Sur, revista virtual, otra ficción
que se da el deseo para transmitir el psicoanálisis en su
estilo de escritura, sin hacer profesión de fe de la institución
psicoanalítica, tampoco de la autonomía, y no por
ello subterfugio para regatear lo real. No conviene al psicoanálisis
evitar el obstáculo.
Más arriba nos apresuramos a indicar que no creemos en
ningún “a priori” ni llamado alguno en exclusiva
para el psicoanálisis, de ahí que los asuntos de la
“polis” nos conciernen.
Nos damos por convocados a los asuntos mundanos que los circuitos
mercantiles se empeñan en llamar cultura. Nos consideramos
competentes, intrusos competentes diríamos, si consideramos
el imaginario que simula el psicoanálisis y la cultura como
espacios tangenciales y no intersectos.
El hecho es que psicoanálisis y cultura desde su nacimiento
estuvieron implicados, mal que pese a los fantasmas freudianos de
exclusión.
Tal vez ingenuamente pretendemos no identificar esas diferencias
(por supuesto no es igual “la novela familiar del neurótico”
que la novela burguesa desde El Quijote en adelante) con la finalidad
de no empujar al lector, que suponemos al escrito, ni a la audiencia,
en el extravío habitual “Dentro – Fuera”
del psicoanálisis o de la cultura.
En cualquier caso, es mejor no caer en el error de considerar
la audiencia como exterior. Por ello, inmiscuirse es algo que concierne
a la naturaleza del analista, a su deseo. Si el psicoanalista pertenece
a la serie psíquica del paciente, según enseña
la transferencia, es porque su ejercicio, se genera “desde
dentro” de esto que llamamos realidad.
El invento de Lacan al que llamó “el deseo del analista”
y que define como la búsqueda de una pura diferencia ayuda
a no confundir ese “desde dentro” con una teoría
de los rebotes empáticos convirtiendo su práctica
en nuevos decálogos morales.
El recurso al deseo del analista con su connotación equívoca
y enigmática permite suponerle al psicoanalista un lugar
inhabitual, un fuera de lugar del sentido común, contra lo
razonable que resultaría tener un lugar para ser encontrado
allí donde se es buscado. El discurso hipermoderno condescendiente
y disfrazado de saber total acepta con benevolencia el decir de
los psicoanalistas pero no se lo toma en serio.
Una antología poética de Fernando Pessoa lleva por
título “El poeta es un fingidor”, parafraseándolo
podríamos decir que el psicoanalista es un intruso inesperado.
Psicoanálisis en el Sur, es el nombre de una convocatoria
a elementos particulares, uno por uno, que suspende los fenómenos
de agrupamiento. Ninguna ficción sobre el saber del Otro,
persona o institución, funcionando como techo. Sin Otro,
al que sin embargo aceptamos cuando “constituye cierto vacío
– como recuerda Lacan en su seminario sobre la angustia-,
el vacío de su falta de garantía.
Por vivir esta experiencia de destitución, sólo
por ello, nos sentimos “bienrecibidos”. Gracias.
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