inicio

presentación

equipo editor

artículos / documentos

efecto Gutenberg

actividades

colaboradores / galería de artistas

enlaces

contactar

suscripción gratuita

temas clave: psicoanálisis Lacan política pensamiento revista digital


"Pintura 004”; Justo Barboza; técnica acrílico sobre papel Basik, formato 50 x 70 cm., 1999

 

Nos damos por bienrecibidos

Notas para una publicación virtual

Fabián Appel

Identificarse con un significante pretendiendo que nos represente, suena a ejercicio de auto aplicación, algo así como el autor por él mismo. Sin embargo es un desafío y no se cuenta entre los más cómodos.

Psicoanálisis en el Sur decimos, menos por reivindicar un punto cardinal pos-mercator, que por hacerlo habitable en nuestras lenguas.

Porque, ¿existen las lenguas más adecuadas para expresar discursos bien tramados, siendo el psicoanálisis uno de ellos, con vocación universal e imperecedera? ¿Lenguas, en fin, especializadas en su transmisión?

En nuestra opinión es un equívoco hacer equivaler lengua y discurso, con el agregado de que estos últimos se encadenan, a veces, a los colores localistas del paisaje que los vio nacer. Si el prejuicio se extendiera todo japonés podría conferenciar con rigor acerca del cine de Kurosawa, cualquier italiano nos pondría en contacto con las arias de Verdi, tanto como un inglés podría iniciarnos en los secretos de la ultra tecnología, idioma muy propio del universo tecnocrático.

Este “pintoresquismo”, este modo “natural” de ver el mundo, sería mejor encuadrarlo como otro nombre del malestar. Profesionalizar una lengua es acorde, para mayor gloria de una modernidad soporífera cuyos parámetros se corresponden puntualmente con el mercado como imperativo de ley, con la sustitución del lazo social por las redes del autismo informático, con la argumentación cediendo lugar a la sinopsis y con el protocolo sustituyendo a lo subjetivo, planteado éste como un escollo irritante.

En la hipermodernidad, democrática eso sí, el ¿ciudadano? tiene en sus manos el ejercicio del derecho a elevar quejas. Pero ¿dirigidas a quién? Si el dispositivo de evaluación, cada vez mejor blindado ante la subjetividad, se hace más preciso gracias al llamado progreso técnico, un embuste que se acoge al vago parentesco que mantiene con la ciencia y que “sabe”, al mejor estilo del Estado que describió Foucault, qué conviene a la vida de cada quién.

La lengua en sus peripecias no deja de ofrecer inventos memorables y siempre contingentes, perecederos. “Recalificar” es una palabra que asoló España en los últimos doce años. Una trinidad integrada por constructores- inmobiliarios, clubes de fútbol y alcaldes de diferentes pelajes se conjuraron con sus mejores intenciones de progreso para recalificar el territorio español. Compraban tierras rústicas a bajo precio para después “recalificar” como zonas urbanizables, incluidas las costas.

Los hacedores de este milagro, sin duda fabulosos prestidigitadores que recogen sus indecentes beneficios a puñados, no contentos con recalificar las tierras, a su vez se “recalificaban” a sí mismos: antiguos tiburones convertidos en empresarios y, que por esas moderneces de la histeria, pasaron a ser modelos deseables, prohombres, a pesar de sus apariencias y, socialmente festejados. Se recalificaron bajo una pátina de honestidad y, en algunos casos, de participación caritativa que haría sonrojar al mismísimo barón Rothschild (el banquero filántropo).

Así, “recalificando” se “recalificaban” en un ejercicio de salvaje “yocracia”. La pura circulación significante produciendo efectos que exceden la pura acumulación de dinero. Más allá de la plusvalía económica aparecen formas de un goce irrestricto y, por lo mismo, cada vez más inalcanzable. Plusvalía y plus de goce camaradas en el mismo estiércol.

La hiperactualidad de este latrocinio nos recuerda que también estamos ante otro “hiper”. Nuestra población infantil sufre una “epidemia” de HIPERactividad. Los diagnósticos de TDH se extienden con tanta facilidad que lo antedicho sería la conclusión más obvia. De lo contrario, cómo explicar esta emergencia, por no hablar de la ligereza con que hoy se diagnostican los imprevisibles caminos por los que una inflamación de garganta, o una dificultad en la deglución, podría ser síntoma de una esclerosis amiotrófica.

Hace unos años, con los fármacos neurolépticos ya en el mercado, se aplicaba la calificación de esquizofrenia de un modo masivo; manifestando a su vez la realidad de un siglo dominado por las ideologías “psi”. Si los resultados (basados en la química o en la genética) no son el “fin de la historia” que relegaría al psicoanálisis a un introspectivismo propio del siglo XIX, al menos, la modernidad que vivimos habrá logrado implantar un destino del que nadie se haría responsable, llenando aquello “que no se sabe” inaguantable con la rotunda apariencia de un saber consistente.

Poco faltará para que alguna cadena de T.V., estatal o privada tanto da, presente en formato reality show, verdad y transparencia, “Memorias de un ex TDH” para regocijo de la escoptofilia ambiente.

Para entonces, (ahora mismo) un nutrido grupo de profesionales se ejercitarán una vez más en demostrar la existencia de un sujeto sin responsabilidad. La razón psicológica, la pureza cognitivista, hará del culpable de un delito alguien no imputable, aunque sí reeducable. La experiencia traumática de una vida marcada por las dificultades emocionales disolviendo la responsabilidad subjetiva, dando entrada a una moral donde aprender a controlarse y civilizarse.

Si desde el psicoanálisis se presenta el acto delictivo con una significación edípica o con una inclinación dominante hacia el goce de la muerte, no por ello el crimen se hace menos criminal, ni el psicoanálisis así lo pretende.

Freud, al extender la intencionalidad, superando la barrera imaginaria del yo, descubre a un sujeto responsable, incluso de aquello que ignora. La salud, la clínica, lo social entendido como la política de un síntoma y, la política como la gestión de los goces, disfrazado con el eufemismo “realismo político”, la jurisprudencia, las letras y sus encadenamientos literarios…¿Es que el psicoanálisis no tiene límites en sus preguntas? ¿Es una especie de “enfant terrible” de piernas velludas que no se contenta con una respuesta “última”, ni siquiera con un tema que le caracterice?

En esta modernidad hiperkinética, una práctica como el psicoanálisis en la que un sujeto se mide con su palabra para saber “si quiere lo que desea”, es tal vez el único lazo social vigente capaz de destituir cualquier forma de trascendentalismo. Luego, no existe el “tema” propio del psicoanálisis. El amo, el inconsciente, es polimorfo y se particulariza, por lo que, más allá de fórmulas generales (síntoma, sueño, etc.) no puede predecirse de dónde provendrá su convocatoria, menos aún cuál es la forma en que el malestar se hará presente en cada existencia.

La praxis del análisis puede permitirse elevar cualquier cosa al estado de una cuestión para el sujeto. Qué sino podría significar que el psicoanálisis trabaja con aquello que la “academia” y sus extensiones descartan. Cuando la escolástica se separó de las iglesias amancebándose con la lógica de las ciencias, las manifestaciones bizarras, incómodas o residuales fueron excluidas de las consideraciones académicas

Como justamente son estos materiales los que integran un lugar nuclear en el trabajo analítico, el psicoanalista se ve obligado a interrogar a su materia de manera diferente a cómo lo haría un médico, un lingüista o un antropólogo.

Siendo seres de lenguaje, los hombres viven con la pasión de interpretar, de modo que el análisis no pasa por examinar el estado de los órganos de fonación o preguntarse por qué habla el hombre, sino, ¿por qué el enigma apasiona hasta el punto que su desciframiento se hace destino?, ¿por qué una verdad que deviene saber resulta tan molesta que no se ahorra en exclusiones y tampoco se escatiman esfuerzos para evitar su retorno?

Vivimos tiempos en los que sólo importa que “la cosa ande”, tiempos poco propicios para interesarse por aquello que puede funcionar como obstáculo. Fenómeno visible, incluso en sectores del propio psicoanálisis, en el que un goce superyoico alimenta la creencia de que aquello que pierde el otro uno lo gana y viceversa. Juego despótico y obsesionante de lo absolutamente original y privado que sólo logra fortalecer la lucha de las vanidades (lo que por ahí se nombra como lucha de los amos, sólo por el puro prestigio).

Psicoanálisis en el Sur, revista virtual, otra ficción que se da el deseo para transmitir el psicoanálisis en su estilo de escritura, sin hacer profesión de fe de la institución psicoanalítica, tampoco de la autonomía, y no por ello subterfugio para regatear lo real. No conviene al psicoanálisis evitar el obstáculo.

Más arriba nos apresuramos a indicar que no creemos en ningún “a priori” ni llamado alguno en exclusiva para el psicoanálisis, de ahí que los asuntos de la “polis” nos conciernen.

Nos damos por convocados a los asuntos mundanos que los circuitos mercantiles se empeñan en llamar cultura. Nos consideramos competentes, intrusos competentes diríamos, si consideramos el imaginario que simula el psicoanálisis y la cultura como espacios tangenciales y no intersectos.

El hecho es que psicoanálisis y cultura desde su nacimiento estuvieron implicados, mal que pese a los fantasmas freudianos de exclusión.

Tal vez ingenuamente pretendemos no identificar esas diferencias (por supuesto no es igual “la novela familiar del neurótico” que la novela burguesa desde El Quijote en adelante) con la finalidad de no empujar al lector, que suponemos al escrito, ni a la audiencia, en el extravío habitual “Dentro – Fuera” del psicoanálisis o de la cultura.

En cualquier caso, es mejor no caer en el error de considerar la audiencia como exterior. Por ello, inmiscuirse es algo que concierne a la naturaleza del analista, a su deseo. Si el psicoanalista pertenece a la serie psíquica del paciente, según enseña la transferencia, es porque su ejercicio, se genera “desde dentro” de esto que llamamos realidad.

El invento de Lacan al que llamó “el deseo del analista” y que define como la búsqueda de una pura diferencia ayuda a no confundir ese “desde dentro” con una teoría de los rebotes empáticos convirtiendo su práctica en nuevos decálogos morales.

El recurso al deseo del analista con su connotación equívoca y enigmática permite suponerle al psicoanalista un lugar inhabitual, un fuera de lugar del sentido común, contra lo razonable que resultaría tener un lugar para ser encontrado allí donde se es buscado. El discurso hipermoderno condescendiente y disfrazado de saber total acepta con benevolencia el decir de los psicoanalistas pero no se lo toma en serio.

Una antología poética de Fernando Pessoa lleva por título “El poeta es un fingidor”, parafraseándolo podríamos decir que el psicoanalista es un intruso inesperado.

Psicoanálisis en el Sur, es el nombre de una convocatoria a elementos particulares, uno por uno, que suspende los fenómenos de agrupamiento. Ninguna ficción sobre el saber del Otro, persona o institución, funcionando como techo. Sin Otro, al que sin embargo aceptamos cuando “constituye cierto vacío – como recuerda Lacan en su seminario sobre la angustia-, el vacío de su falta de garantía.

Por vivir esta experiencia de destitución, sólo por ello, nos sentimos “bienrecibidos”. Gracias.


Subir