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Entre tú y yo
Técnica: Pulso, Carboncillo y sanguina sobre papel, 21,5 x 31 cm. 1989
Noni Benegas (cortesía del artista)

 

A modo de presentación
Fabián Appel
Psicoanalista
Madrid

La deforestación salvaje (save the planet), la ruptura de Europa (¿unida?), amenazas fundamentalistas de todo cuño…Cualquier mañana de éstas, el mundo estalla con fecha y hora señalada. Trozos desprendidos, desgajados o a punto de estarlo. Siempre la catástrofe en puertas y siempre, como la felicidad, aplazada unos días más.

La orden de hierro consiste en invertir el camino desde la unidad más o menos lograda, ficticia, endeble, siempre a punto de desatarse, propia de cualquier vida humana, a la casi certeza de encontrarse al borde del abismo. Una construcción delirante, schreberiana (propia del gran paranoico freudiano) que “obliga” a vivir como si tal cosa dentro de una institución schreberiana, donde los pedazos de cuerpo, ni siquiera ficticiamente unificados, son objetos de goce de un gran Otro. Dios y la Ciencia mutando y apropiándose del cuerpo de un Schreber, pletórico en su sistemático delirio polimorfo. Los Mercados, es un agregado nuestro, es nuestro invento y nuestra criatura, nuestra responsabilidad que también nos impone desgajarnos para el goce de un gran Otro.

“Más allá del principio del placer”, es un texto freudiano curioso. Casi se diría que eyecta una ética de oposición a cualquier utilitarismo, a cualquier invención sobre el placer y sus usos.

Su ética, la del texto freudiano, vacía de ideología, ubica al sujeto como un puro dispositivo de repetición involuntaria. En verdad, no hay progreso, una amenaza imperecedera y omnipresente de “desastre” no lo permite. Una y otra vez el águila devora el hígado de Prometeo encadenado al significante que lo condena.

La fraseología de los últimos años parecía nombrar algún real social, económico y político que muchos repetían al calor del eco mediático (¿acaso hay otro?) y con el que los expertos en su “docta” ignorancia adoctrinaban a los profanos, a semejanza del lenguaje de los estoicos. Una especie de lengua originaria, cuasi delirante al mejor estilo Schreber, que asegurase puntualmente y de manera inequívoca el vínculo entre palabra y objeto.

El hecho no cambia si en lugar de filosofías racionalistas se utilizan los últimos adelantos de esa bastardía matemática llamada estadística y más aún, si a esto se le agregan las teorizaciones sobre el fin de las ideologías y la profesionalización de la política, dejando a la sociedad civil fuera de ella. Con los ingredientes mencionados se obtiene un magnífico plan de robo, de sustracción subjetiva y, ya que en griego psique y alma son equivalentes, los ladrones de almas existen, son reales.

Entre el universo schreberiano, con su correspondiente lengua originaria como conviene a los delirios, y el sujeto hipnotizado por la fuerza del discurso imperante, nos encontramos con un sujeto desabonado, ausente de si mismo, que sólo responde de manera perentoria a las consecuencias que desprende el imperativo que lo hipnotiza. La experiencia de vida desaparece como tal y reduce toda su verdad al síntoma, una forma de poder del lenguaje sobre los cuerpos.

El descubrimiento freudiano, el inconsciente, no es social aunque sus efectos generan vínculos, lazos, con una calidad particular. Aquello que se ama, los padres en primer término y sus sustitutos a lo largo de una vida, incluyendo el poder político que siempre es paternalista, instituyen una imagen del sujeto. ¿Es posible librarse de ella?

Entre el aburrimiento y la cobardía la distancia es ínfima. Un sujeto extraviado y afectado por su síntoma, sacrifica su deseo a la pregnancia de la imagen a la que se encuentra alienado. Oscilaciones, movimientos dispares y equívocos le impiden ubicarse en alguna posición desde la que pueda hacer valer un saber sobre si mismo. Sólo el miedo al fracaso funciona como motor de su confuso accionar. Confusión ésta, que le impide escucharse y también darse a conocer ante quien lo escucha.

Estos movimientos, confusos y disparatados a los ojos de un observador inadvertido, son en realidad un giro “de lo imaginario a lo simbólico”1. Allí donde hay angustia el sujeto puede colocar un significante que lo atemoriza y sustituye el objeto propio de esa angustia, desvinculándose del si mismo que lo intranquiliza.

Huir de la “catástrofe”, en cualquiera de sus formas, posibilitó en los ámbitos terapéuticos hacer de la fobia -que es sólo una manifestación clínica engañosa que encubre el miedo y la cobardía- el instrumento que transmuta una ética en una entidad patológica. La fobia trata más de la representación (dicho en sentido teatral) de una de las figuras habituales y consensuadas del miedo, que de una entidad clínica precisa, tal como las neurosis o la perversión. Esta “placa giratoria”, como llama Lacan a la fobia, homóloga a la movilidad propia del sujeto, a su capacidad de ocupar cualquier lugar en el mundo entre sus pares (identificaciones), lo ubican como gran depredador. Cualquier otro, semejante o no, puede ser consumido por el sujeto. Y por un efecto paradójico, éste adopta uno de los destinos de las pulsiones - la vuelta en su contrario- viéndose abocado a que la catástrofe tan temida advenga en forma de acto caníbal. Ahora sí, convirtiendo al propio sujeto en un objeto a devorar.  

Notas

1 Lacan,J. De un Otro al otro, Pág. 279 Ed. Paidós


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