Discursos, violencia y ternura |
Ana Madarro
Psicoanalista, Madrid |
Posiblemente nunca se habló tanto sobre la violencia en sus diferentes formas, violencia de género, callejera, terrorista. Sin embargo hay también violencias de las que no se habla, y cuando algo estalla se elude nombrarla, a lo sumo puede definirse como malestar. Lo común es la demonización: de las formas explícitas, son aquellas que se denuncian, de las implícitas, aquellas que se silencian o sufren un desplazamiento nominativo y, en otros casos, la demonización asume la forma de censura o autocensura ¿Quién es capaz hoy de nombrar una violencia emancipatoria?
Al punto que la violencia es tema de definición y categorización para la OMS1. Su definición, que se pretende integral, parte de considerar la predisposición a la agresión, mas allá de lo biológico e individual, como resultado de la interacción con factores familiares, comunitarios y culturales. Su objetivo: facilitar la medición “científica” e intervención preventiva. La define como el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.
A partir de la definición y de acuerdo a los objetivos establece una tipología que permita caracterizar los diferentes tipos de violencia y los vínculos entre ellas. Desde la definición misma se observa que todas las categorizaciones y clasificaciones se establecen sobre la base de las características de los que cometen el acto de violencia, es decir se trata de violencia subjetiva, pero no en el sentido de alguna subjetividad en juego, sino en el sentido de agentes identificables para los hechos violentos.2
A esta época corresponde entonces esta suerte de demonización de la violencia para la que se encuentran adjetivaciones específicas. Por contraste, los discursos sociales hegemónicos, subsidiarios todos del discurso capitalista, silencian la violencia “objetiva”.
Puede señalarse en primer lugar una violencia primordial, una situación de estructura inherente a la incorporación de todo sujeto al entramado simbólico propio de lo humano, es decir al lenguaje. Ante la urgencia de las necesidades primarias, frío, calor, dolor, hambre, para la que no existe ninguna capacidad de respuesta específica autónoma, el cuidado del otro, que responde a la llamada, asume la forma de una interpretación y la imposición de un código no siempre coincidente (alimento, abrigo, caricia) y siempre instaurando la espera, la demora, el intervalo entre la demanda y su satisfacción. Imposición violenta, pero también pacificadora y matriz del deseo y del amor.
Pero también, señala Zizek3 que, detrás del “señuelo de la violencia subjetiva, directamente visible, practicada por agentes identificables (y mas allá de esa violencia simbólica primordial) existe un trasfondo de una violencia “objetiva” o sistémica, inherente al estado de las cosas “normal”, el nivel cero de lo que percibimos subjetivamente como violencia subjetiva. Esa violencia objetiva adoptó una nueva forma con el capitalismo y la circulación especulativa del capital. “Esta abstracción es “real” en el preciso sentido de determinar la estructura de los procesos materiales sociales […] es lo que proporciona la clave de los procesos y las catástrofes de la vida real. Es ahí donde reside la violencia sistémica fundamental del capitalismo […] esta violencia ya no es atribuible a los individuos concretos sino que es puramente “objetiva”, sistémica, anónima, real en el sentido de Lacan, es decir es la lógica que determina lo que ocurre en la realidad social.
Tal vez convenga un cierto recorrido por algunos acontecimientos que marcaron nuestra herencia inmediata, acontecimientos del siglo XX, con sus tremendas contradicciones, la promesa de una nueva manera de ser de lo humano, con sus luces y sombras, epifanías y horrores. Proyecto definitivamente sepultado por las razones de la biopolítica pospolítica - es decir, el fracaso en la práctica de todo intento de hacer posible los caminos hacia las utopías- y la ética de la posmodernidad, ética que va desde el reparto en la adjudicación de totalitarismos al encumbramiento de la diversidad.
La operación de sepultamiento abarca también la posibilidad de toda reflexión que bucee sobre las condiciones de lo político como acción humana, que incluya la vida y el arte, y que concluya alguna idea discordante con el discurso hegemónico, discurso en el cual la violencia no ha sido eliminada, sino escotomizada: por un lado una violencia objetiva creciente y silenciosa y por otro lado un cercenamiento de toda subjetividad individual y colectiva. En los discursos sociales, el fenómeno de la violencia ha sido despojado de toda densidad y de toda vinculación con lo humano, con la vida, como si por decreto bastara la sola afirmación de que esto no va con nosotros, los humanos humanos, ni con “nuestras” (¿nuestras?) democracias de mercado occidentales, definitivamente superadoras de la barbarie. Lo violento es “lo otro”… totalitarismos, terrorismo, ingobernabilidades varias, el extranjero hostil, inadaptados y algunos bárbaros enquistados en nuestro cuerpo social que a fuerza de legislación a corto plazo y educación a largo plazo podrán encauzarse en pos de la anhelada cohesión y paz social.
Vayamos a algunos sucesos que a modo de viñetas ponen en primer plano ciertas complejidades pasadas y presentes que, cuando menos, nos enfrentan a paradojas, rompiendo el círculo de significaciones cerradas, y por ello posibilitan abrir alguna pregunta.
En el año 2004, a propósito de una entrevista a un excombatiente del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) (años 60, Salta, Argentina), se desencadenó un debate y reflexión sobre la cuestión de la violencia política.4 En su relato mencionó las ejecuciones, en el seno del propio grupo, que recayeron en miembros de la organización. Ese testimonio motivó una carta de autocrítica en la que el autor5 se declara responsable de esas muertes por haber apoyado al EGP e impugna toda forma de violencia política, a la luz del mandato no matarás, como principio que funda toda comunidad humana. Las implicaciones de esta premisa para pensar la política tiene, entre otras consecuencias, el colocar en un nivel de equivalencia todas las atrocidades y muertes acaecidas a lo largo de la historia - por tanto establece una equivalencia asesina de sus agentes individuales o colectivos- ya fueran obra de los movimientos revolucionarios como de dictaduras o de los campos de exterminio. Estas últimas declaraciones desataron una intensa polémica, debates enconados y apasionados, que además de ser publicadas en números sucesivos de la revista, originaron reflexiones políticas y filosóficas en diversas publicaciones, artículos académicos y notas periodísticas.
Dejando de lado aspectos reduccionistas de la polémica, impugnaciones de toda violencia o reivindicaciones genéricas, lo interesante es que pusieron en el centro del debate varias cuestiones: la pregunta sobre el carácter constitutivamente violento de lo político, o constitutivamente político de la violencia, y si es posible una política emancipatoria que, como premisa, excluya el uso de toda violencia. Si las teorías y experiencias de los movimiento revolucionarios del siglo XX transitaron alrededor de una concepción de la violencia como inscripción jurídica de las relaciones de fuerza y poder y, por ende la necesidad de una ruptura revolucionaria que integraba la violencia a su estrategia, actualmente ya no se asume una posición ofensiva como se ve en algunos ejemplos de movimientos populares contemporáneos, pero se mantiene en pie la cuestión al no superar una visión instrumental. Sin renunciar a la aspiración de una práctica política transformadora, se constata una guerra diaria, el capitalismo invisibiliza la violencia que ejerce, prescinde en lo posible de la violencia abierta, pero ésta es constitutiva del sistema6.
Un segundo suceso puede ilustrar esta situación de ejercicio cotidiano de la violencia. En los meses de verano de 2009 saltó una noticia7 que sacó a la luz una ola de suicidios por causas laborales en una de las mayores empresas de Francia, France Télécom, 25 en menos de dos años, algunos se tiraron por la ventana. Las fotos de las manifestaciones de protesta de los trabajadores impresionan al observador, no se ve reivindicación, ira, sino miradas apagadas, hombres y mujeres desvitalizados, sin voz para gritar ni demandar nada, depresión, y son elocuentes de lo que algunos pueden verbalizar: un ambiente de indignidad sufrido día a día, reciclados salvajes de técnicos destinados a ventas por teléfono, desvalorización permanente, traslados fulminantes, “vamos al trabajo como a la prisión”, “y los más débiles simplemente no han podido más”. Ahora los psicólogos de la empresa seguramente tendrán instrucciones de cambiar el protocolo, ya que con el anterior las cosas se fueron de las manos. Depresión, o como diría Agamben, tomando las palabras de Primo Levi, un ejemplo de la figura del musulmán, término con el que los veteranos del campo designaban a los débiles, los ineptos, los destinados a la selección: “un ser al que la humillación, el horror y el miedo habían privado de toda conciencia y toda personalidad, hasta llevarle a la más absoluta apatía […] se mueve en una absoluta indiferencia entre hecho y derecho, vida y norma, naturaleza y política”8

AFP | 15-09-2009
Pero esto no es una novedad, viene fraguándose desde hace más de 20 años desde que se habla de desempleo estructural, gestión del empleo, reforma del mercado de trabajo, etc. Uno de los efectos de todas esas políticas es la culpabilización de los trabajadores por su falta de formación, de actualización, de actitudes emprendedoras, etc. y la consecuente atención de esas minusvalías a través de programas especiales La violencia del sistema, junto a la demonización de la violencia sólo en sus figuras delictivas, “oprime el cerebro de los vivos hasta el nivel de la renuncia y la culpabilidad”9
Precisamente un año antes, a principios de noviembre de 2008 un grupo de personas fueron detenidas, sospechosas de sabotear las líneas de alta velocidad que unen Francia con Alemania y, también, de la redacción de un libro subversivo, L’insurrection qui vient, en posesión de algunos de ellos. De los casi 20 detenidos inicialmente, nueve fueron inculpados, y cinco de ellos fueron mantenidos en prisión preventiva, acusados de "terrorismo"10.
Unos 30 intelectuales, entre ellos el editor Eric Hazan, los filósofos Alain Badiou, Miguel Benasayag y Daniel Bensaïd, y el sociólogo Luc Boltanski, lideraron el manifiestoNo al orden nuevo que exigía la libertad inmediata de los detenidos, por considerar que la excusa del terrorismo encubría, en realidad, una operación "mediático-policíaca" para inventar un "enemigo interior".
El antiterrorismo pretendía atacar el devenir posible de una “asociación de malhechores” aunque en realidad se trataba de atacar el devenir posible de una situación: la posibilidad de que se propague una idea de lo político, anónima, pero susceptible de ser suscrita y diseminada, una consonancia entre la palabra escrita y los actos. De hecho, el escrito fue traducido y publicado en castellano poco después y hasta la fecha se encuentran comentarios, diseminaciones y adhesiones en internet.
¿Qué hay en el texto que haya producido tanto nerviosismo? Herederos, según se indica en diversos medios, de una reflexión post-situacionista, los anónimos redactores proponen con una escritura brillante una relectura radical tanto de lo ocurrido en Francia en los últimos años, como una descripción, desde cualquier ángulo, de la sociedad global actual, un pequeño mundo cerrado. Una llamada sociedad sin consistencia, basada en la instauración de oposiciones ficticias para colocar frente al “ciudadano” y donde la vinculación al Estado es una patología o una ficción. Los dispositivos de poder son, siguiendo una metáfora musical, como un ritmo que se impone, una manera de hacer fluir la realidad, de construir la realidad. Las situaciones de crisis son ocasiones que se ofrecen a la dominación para que ésta se reestructure, una manera de gobernar este mundo que no tiene otra forma de sostenerse que mediante la gestión infinita de su propia derrota. Se mire desde donde se mire el presente no tiene salida, afirman.
En ese diagnóstico, el capítulo dedicado al trabajo disecciona las condiciones del mismo sobre la neurosis de fondo instalada en la ficción de la estructura laboral “en la que se juega la economía psíquica de los trabajadores así como la estabilidad política del país”. Una ficción construida sobre “la confusión de sentimientos que rodean la cuestión del trabajo organizada sobre dos dimensiones contradictorias: una de explotación, la otra de participación”. La siguiente frase describe certeramente y anticipa lo visto en la situación psíquica de los trabajadores de France Télécom: “El desastre reside en todo aquello que ha sido necesario destruir, en todos aquellos que ha habido que desarraigar para que el trabajo termine por aparecer como la única manera de existir”11.
Hay en el texto, más allá de un recorrido minucioso por los círculos donde se define el estado de las cosas y ciertas propuestas de reflexión y decisión política consecuente, una dimensión exacta de lo que está en juego en el uso de un lenguaje crítico: “Ciertas palabras son como campos de batalla, cuyo sentido es una victoria, revolucionaria o reaccionaria, necesariamente arrancada tras una lucha encarnizada […] “Desertar de la política clásica es asumir la guerra, que se sitúa también en el terreno de la lengua. O más bien en la manera cómo se ligan las palabras, los gestos y las vidas”12.
Firmado con un nombre de colectivo imaginario, sus autores son los escribas de un estado de las cosas y de la situación: basta con decir lo que se tiene ante los ojos y no eludir la conclusión. No eludir la conclusión, insurrección permanente, ya mismo realidad, evoca la idea de Zizek de la utopía en acto como único criterio posible para identificar un acto de violencia como emancipación, un índice inmediato de su propia verdad. Nada puede decirse anticipadamente sobre su devenir, será o no legitimada por el resultado de las acciones presentes13.
Ver, comprender, concluir
Este recorrido por diferentes momentos y facetas de la violencia política, con sus propias contradicciones y paradojas, necesariamente incompleto y parcial, nos sitúa frente a una de las características de los discursos sociales hegemónicos de la actualidad pospolítica. Afianzados desde la finalización del siglo XX que, siguiendo a Badiou14, situamos en el momento de la caída del muro de Berlín, el derrumbe de la URSS y el fin de la guerra fría, suponen una relectura de los acontecimientos históricos del siglo que despolitiza determinados acontecimientos y una producción de la realidad social presente basada en antagonismos también “despolitizados”: democracia - totalitarismos, guerra - terrorismo, cohesión social - violencia callejera, respeto a la diversidad - racismo, encuentro - choque de civilizaciones, tolerancia – intolerancia, usuarios - huelguistas, etc., en la que está cercenada la violencia inherente a esta operación discursiva.
Señala Badiou que en nuestros días vivimos un “gran relato” del combate final de la democracia humanista contra la religión bárbara, relato que ignora que Dios ha muerto hace mucho y el hombre del humanismo no sobrevivió al siglo XX. La conjunción “humanismo y terror” ha sido sustituida por una moral disyuntiva: “humanismo o terror”. “Una disyunción explícitamente desprovista no sólo de toda radicalidad sino de toda esperanza universalizable”. La ideología del siglo XXI ya “no ofrece más que la restauración del humanismo clásico…pero sin Dios, sin proyecto, sin devenir de lo Absoluto, es una representación del hombre que lo reduce a su cuerpo animal, una figura del hombre que lo hace una mera especie…esto es, un “humanismo animal”: ecología, bioética para un devenir “correcto” y domesticación15.
En este número, convocados a escribir sobre la violencia, los autores ofrecen diferentes miradas sobre otros tantos aspectos de la violencia, estructural, cotidiana o poética, posiciones y puntos de vista que pueden ser polémicos o divergentes.
Así, en sus consideraciones sobre la violencia actual, Fabián Appel, pone de relieve el aspecto simbólico que toda violencia conlleva, en el sentido de apropiación de lo más inútil que habita en el otro, que es su goce. Aquello que en el plano individual toma el nombre de envidia, en lo social se manifiesta en el intento de someter al otro, hasta pretender, incluso, despojarlo de su objeto más éxtimo. También señala cómo el avance de la técnica perfeccionó las expresiones de violencia, volviéndolas cada vez más insensatas y deshumanizadas: casi videojuegos, las guerras televisadas con sus resplandores, niños manejando armas de fuego, no sólo en los lugares endémicos productores de niños soldados, sino también en las grandes urbes donde, muchas veces, matar a cualquiera es parte de un juego sin objetivo ni ganancia. Se trata de "ver caer al otro", como si en esa diabólica práctica alguien se pudiera apoderar de un trozo de real. Un pasaje al acto en un momento planetario en el que lo simbólico solo ocupa un lugar residual.
También advierte sobre las diferentes violencias, no es igual la que asoló gran parte del mundo en los setenta que la actual, y pone de relieve los diversos territorios que se organizan en la polis, en la que la concepción urbanista se adapta y reproduce estos nuevos modos de vínculo social que muestran la sobredeterminación de los discursos vigentes, no hay islas y las que se intentan tienen estructura concentracionaria.
La crisis en el vínculo social es abordada por Jorge Marugán desde su determinación estructural por las transformaciones históricas del discurso del amo, en discurso universitario primero, y discurso capitalista después. Modificaciones vinculadas a la acumulación y globalización del saber que “determina los criterios de una supuesta “normalidad” excluyente que todos tenemos que repetir, sin lugar para la excepción, sin lugar para la invención “ y a la inclusión de la plusvalía que, en el discurso capitalista permitiría recuperar el plus de goce.
Ese lugar “excluido” donde la verdad podría sostenerse es explorado por José Luis Mellado a partir de este enunciado “La verdad es anormal y la norma es el acto violento por excelencia”, y a través de un recorrido por los conceptos de norma, normalidad, normativa, normalización y la imposición de sus usos como imperativos en la sociedad actual.
Dos artículos se detienen desde diferentes ángulos en formas de violencia social y, dentro de ésta, la llamada violencia de género. Bibiana Degli Esposti aborda el tema desde la perspectiva de los discursos sociales en el seno de la familia, la legislación y la educación. No sin señalar sus paradojas, manifiesta su esperanza en que la transmisión, la legislación y la educación, tareas imposibles según Freud, operen algún cambio en generaciones futuras. Pero también su artículo plantea un punto controvertido y discutible en cuanto al psicoanálisis, considera que si algo puede abrir en la posición del sujeto, es en relación con las mujeres maltratadas, tomadas una por una, no así en relación a los hombres maltratadores, a quienes sólo ve como sujetos penales.
Todo sujeto es uno por uno, los analistas son uno por uno. Ningún analista está obligado a responder a toda demanda de análisis, de ahí no se deduce una renuncia a su deseo de analista ni la exclusión de sujetos posibles de análisis.
Horacio Valla toma la cuestión de esta repetición demoníaca desde la perspectiva de la diferencia sexual, del amor y su contracara, el odio, el amo de los ideales. Consecuencia del encuentro del hombre y la mujer, diferencia, condición erótica, amor y odio, ideales de “uno”: anudamiento que recorre esa repetición, borrar la diferencia, matar, hasta dar la vida.
Una visión desde una escucha y discurso psicoanalítico, posible allí, en los bordes de la infancia marginada, donde llega el brazo de la ley a mantener el orden social, donde no hay lugar para un sujeto, es la experiencia que transmite Andrea Homene, experiencia que abre a la posibilidad de intentar un abordaje diferente, que permita poner en cuestión al sujeto del derecho y su supuesta libertad de acción.
La relación que se establece en un análisis no está exenta de ser mirada desde la perspectiva de la violencia, un poder inherente a la transferencia, para no ser utilizado, siempre anudado a ideales y narcisismo, que deja vacante el lugar del analista. De la misma autora, ofrecemos un breve texto, iluminador de los juegos de poder que, a través de la prestancia, el amor y la agresividad, dañan toda posibilidad de análisis.
La vertiente del amor, de la vida, no parece ajena a cuestiones relacionadas con la violencia, ello no justifica los actos violentos, pero la vinculación tampoco invalida el encuentro amoroso, o la ternura. A propósito del concepto de violencia divina Zizek recoge del Che el lema “Hay que endurecerse sin perder jamás la ternura”16 testimonio que pone en el centro la paradoja del vínculo del amor con la violencia.
Tal vez sea mejor dejar la palabra a los artistas y poetas. Óscar Hahn, poeta chileno, a quien entrevistamos en este número, fue la ocasión para acercarnos a la trastienda de su creación poética, a las “apariciones” y fantasmas que la pueblan, y a su singular mirada sobre violencias, repeticiones, que atraviesan nuestra historia. Alguien, de quien no puede dudarse su rechazo a la violencia, vista como fracaso de la política, de la palabra, no vacila sin embargo, en definir la poesía como violencia que se realiza sobre el lenguaje, porque siempre el lenguaje es violentado en el sentido más amplio de la palabra, es fragmentado, intervenido, es violado, y de ahí es de donde surge el poema. Tampoco vacila en usar en un poema la imagen de las torres gemelas como metáfora del amor.
De la misma forma Antonio Alvarado utiliza la metáfora de “las tácticas de guerra para aniquilar al enemigo que recuerdan la práctica amorosa, encierran un alto grado de ternura, una ternura envolvente...”
1 La violencia, un problema mundial de salud pública_OMS. En Informe mundial sobre la violencia y la salud- Oficina Sanitaria Panamericana, Oficina Regional de la OMS, 2003.
2 Agentes: individuos, grupos, grupos más grandes, derivándose así tres grandes categorías: violencia autoinfligida, violencia interpersonal, violencia colectiva.
3 Salvo Zizek, Sobre la violencia, seis reflexiones marginales, Barcelona, Ed. Paidós Ibérica, 2009.
4 Jouvé, H, A Revista La Intemperie, números 15 y 16, Córdoba, Argentina.
6 Un desarrollo del tema desde una perspectiva política y filosófica se encuentra en la Revista Acontecimiento, nº 31, 2006, especialmente en los artículos de Martín Mosquera y Gabriel Burgos.
7 Periódicos El País (15/09/09;21/10/09; 19/11/2009); El Mundo (13/09/09; 28/09/09), etc.
8 Giorgio Agamben, Homo Sacer, El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-Texos, 2003.
9 Martín Mosquera, “Reflexiones sobre violencia y política”, en Acontecimiento nº 31, 2006.
10 El sumario se basaba en una "concordancia" entre las horas y los lugares de los sabotajes con la presencia de algunos de los sospechosos en las inmediaciones, (rápidamente desmoronada por el comunicado de los verdaderos autores) en lo escrito por el Comité invisible.
11 Comité invisible, La insurrección que viene, Barcelona, Melusina, 2009, pág. 59.
13 Slavo Zizek. Repetir Lenin. Madrid. Akal. 2004. p. 74.
14 Alain Badiou, El Siglo, Buenos Aires, Manantial, 2005, pág. 12.
15 Ciertamente, el argumento del relato hegemónico, es que “la voluntad política de lo sobrehumano (o del hombre de nuevo tipo, o de la emancipación radical) sólo ha engendrado lo inhumano. Sin embargo, era preciso partir de lo inhumano: de las verdades. Y a partir de allí, solamente, considerar lo sobrehumano. (Alain Badiou, op. cit. pág. 221).
16 Citado por Salvo Zizek, Sobre la violencia, seis reflexiones marginales, Barcelona, Ed. Paidós Ibérica, 2009, pág.241.
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