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Visión-ando, 2006,
Clara Arribas Cerezo (cortesía del artista)

 


Consideraciones sobre la violencia actual

Fabián Appel
Psicoanalista
Madrid

No todas las violencias son iguales y la actual, sostenida o padecida desde el malestar y el silencio o lo que es igual, desde posiciones acríticas, presenta su propia marca de identidad.

La ferocidad con que se ejerce, está en relación directa con la voracidad y sus mandamientos: “compren, enriquézcanse, encuentren la felicidad y si no lo logran por las vías ordinarias, cualquier camino es válido”.

En razón de estos mandatos, no sueltos, sino articulados y que por estarlo hacen lazo social, no sería irrelevante preguntarnos si hablamos de la misma violencia en las Guerras Púnicas o en el caso del skin neonazi que le prende fuego a un mendigo. O bien ¿existe algún parecido entre el genocidio ruandés, perpetrado a machete y garrotazos, con la infausta época de torturas brutales y desapariciones masivas de ciudadanos civiles en Argentina durante el último gobierno militar? ¿Qué hace que después de robarle a alguien, incluso una nadería, se ensañen con la víctima hasta la muerte?

Existen procesos, fenómenos, vivencias, incluso condiciones del ser cuya existencia a todos conciernen: la muerte, el lenguaje y, desde Freud, la sexualidad. Pero incluso en estos universales, las diferencias, lo singular emerge, “pues no basta decidirlo por su efecto: la muerte. Se trata además de saber qué muerte, la que la vida lleva o la que lleva a esta”1

De igual modo ¿qué violencia? ¿La pulsional que recibe el interdicto del No matarás, al igual que se prohíbe el incesto y el canibalismo o esa mención de Freud en “El porvenir de una ilusión” acerca del gusto por matar?

 El sujeto, esa mota de polvo en la cosmogonía universal, que hace imposible perpetuar la homeostasis es quien convierte estos universales en identificables, propios de una época marcada –cómo no-, por el discurso vigente.

¿Por qué el sujeto? Porque es sinónimo de deseo y porque éste nunca se encuentra desanudado, sino articulado en una forma de lenguaje, con su impronta. Un discurso, que como tal no es errático, condiciona la subjetividad de una época o dicho de otra manera, la calidad de los vínculos que se forjan entre el sujeto y sus otros y el Otro.

En un Aparte

Si la historia del Psicoanálisis, de Lacan en adelante, cuenta entre sus logros haberse desembarazado de las variadas ideologías acerca de lo genital, no sería desacertado dejar de hablar de un sujeto casi – romántico, trashumante eterno por la cadena significante.

Al igual que se ven los cambios en los síntomas actuales, neurosis desarticuladas, perversiones que caen más del lado de lo social que de los cortadores de trenzas, etc., del mismo modo el sujeto hace lazo social con los imperativos que su época  eyecta.

No es cierto que exista un número limitado de significantes, teóricamente la cadena es infinita y las psicosis en su desencadenamiento así lo manifiestan. Ocurre que si el sujeto sólo se relaciona con un número finito de significantes es porque los mismos se encuentran determinados por el discurso en el que se encadenan. Y es porque existe una estructura discursiva que el sujeto recibe una posición y desde ese lugar concibe el mundo y realiza su acción, de la cual es responsable.

Luego en los Discursos, cada uno de los términos conocidos: saber, transferencia, repetición, ideal del yo, etc., adquieren un perfil propio.

Así, no basta con decir pulsión de muerte, que es la pulsión por excelencia, que acompaña a todo humano, sostén de la violencia, etc. También es necesario establecer qué clase de vínculos construye, qué goce específico prevalece, cuando hablamos de la violencia en el discurso actual, el de la tecnociencia, que Lacan nombró como Discurso Universitario.

“Numerología” moderna y certezas “para todos”

¿Existe, hoy, algo más elusivo que la cifra? Imposible encontrar mejor semblante que unos dígitos en una sociedad global cuyo brazo armado es el imperio de la técnica y los “expertos”.

Cuenta Zygmunt Bauman en “La modernidad líquida”2 lo siguiente sobre un caso que sentó jurisprudencia: Un médico de Tubinga fue enjuiciado por decirle a una mujer embarazada que las probabilidades de que tuviera un niño malformado no eran “demasiado grandes”, en vez de darle la probabilidad estadística.

El fraude, la mentira, no sólo consisten en sustituir la ciencia por una técnica, como es la estadística, la canallada mayor es promover la “certeza” de que hay un mismo “goce para todos”, la referencia a los dígitos así lo indica.

Tratar lo social como natural y forcluir, al menos parcialmente, las diferentes modalidades vinculantes, establecer un goce estadístico, luego generalizable, es un componente, si no el más importante garante de una violencia en permanente desarrollo.

Si lo rechazado retorna…

Entonces, el amor al prójimo, ideal religioso desmentido por la acción de las propias religiones, retorna como odio a “lo extraño”.

No sólo al extranjero, al foráneo, sino también al convecino, ya que no existe nada más extraño a una satisfacción que la satisfacción del otro.

La manera de gozar que tiene el otro, extraña y diferente supone un “bien” cuyo acceso está vetado ¿De que clase de interdicto hablamos, cuando ponemos el interdicto en el acceso al goce del otro?

A lo largo de la historia los ejemplos sobran. Más allá de cualquier imaginería, desde la feminidad y sus supuestos enigmas, que recalan en los cuerpos asesinados de las mujeres de Ciudad Juárez o de cualquier ciudad española, hasta el genocidio de pueblos enteros. En épocas no muy lejanas se creía que los judíos tenían tratos con el diablo con sus correspondientes goces. Siempre se constituyó como motivo de envidia y apropiación el goce diferente.

Pero lo que hace obstáculo al goce del otro no es ninguna maniobra del estilo “No acercarse. Goce de Fulano”, sino que para el apropiador, en caso de conseguirlo, sería absolutamente inútil.

La exigencia del mercado de “un (mismo) goce para todos” abre la puerta, dicho con ironía, a una sociedad hegeliana, de puro prestigio, donde los bienes, incluso ese intransferible y particular llamado goce se transforma en puro objeto de consumo, de codicia y por tanto su “propietario” puede ser objeto de expropiación violenta.

Qué desear y cómo hacerlo

Siempre que cumpliera con su tarea de esclavo, dotar al amo con los objetos plus de goce que, en su insensatez, reclama, se le permitía al esclavo gozar a su manera. En el Discurso del Amo, el esclavo es dueño de su saber gozar; en el algoritmo lacaniano queda claro.

Foucault habló del “Biopoder” y Giorgio Agamben lo recreó como “Biopolítica”, en suma, ambos expresan como la modernidad le dice a la gente cómo debe vivir, enmascarando este mandato en una supuesta regulación de los goces. En esto se diferencia el Discurso Universitario del Discurso del Amo. En esto y en que el saber académico dominante inventa un goce universal y “para todos”.

Un “para todos” que genera un destino segregado para quien no lo acepte o no cumpla con los requisitos exigidos: No se entra en el Paraíso así como así.

La violencia es de tal magnitud, que la forclusión del sujeto, término que Lacan empleó para dar cuenta del método científico, es aplicable a la actualidad de la sociedad global.

En la ciencia, en el trabajo científico, el intento de acotar un real particular, lleva por fuerza a la congelación de variables, siendo, pongamos por caso, los caprichos del investigador, lo intratable en la investigación.

En el discurso vigente, aquello que dice hablar en nombre de la ciencia es, en la práctica, la herramienta que mantiene a una legión de consumidores, quienes a su vez son considerados como objetos a consumir.

Se consumen deshechos, cosas inútiles que no se desean, ni se necesitan (es el Principio del Puro Prestigio), a la par que se alimenta con “naturalidad” la idea de que uno podría ser desechable para que cualquier otro, si cumple los requisitos establecidos, ocupe su lugar.

Paradójicamente, este discurso no hace distinción de clases (para alivio de las llamadas izquierdas constitucionales): Tan segregado y convertido en desecho podría ser el dueño de un ultramarinos por la presencia cercana de una gran superficie comercial, como el gerente de una multinacional que, convenientemente evaluado por los técnicos y sin que importe en absoluto su historial profesional, se quedaría fuera de los parámetros del mercado al que sirvió.

Cuando la excepción es la norma

En esta biopolítica conviene dar muestras de preocupación por temas delicados: la salud, la seguridad, la igualdad de derechos, etc. Para ello no se duda en privatizar hospitales, fuerzas de seguridad, incluso ofrecer carteras ministeriales a quienes tienen fuertes intereses en el mercado a través de su pertenencia a empresas familiares o transnacionales, siempre convenientemente disimuladas.

Todavía está fresca la sorpresa y alarma que experimentó un ministro de sanidad al constatar que una parte cada vez mayor de ciudadanos iba camino de la depresión porque el consumo había disminuido. Lo mismo que aseguran los expertos del mercado: El ciudadano padece una falta de confianza que debilita el consumo. No es difícil adivinar qué métodos van a utilizar para devolver la confianza. Pueden acentuarse las medidas de control. Con el pretexto de preservar la paz, tal vez se extiendan las guerras preventivas. Y para que el mandato de felicidad se cumpla, se podrá dictaminar, con leyes de excepción, cuál es el camino más conveniente para su obtención. Pues el control de los goces requiere de un Estado de Excepción,  como sucedió con el 11-S, el Katrina, las leyes de Berlusconi contra los inmigrantes, Chechenia, algunas zonas de México en poder de los narcos, las bandas de delincuentes que combaten durante horas contra las fuerzas de seguridad en Rio de Janeiro o la censura en Venezuela de las emisoras de radio “antichavistas”, entre otros. Los barcos de pesca que navegan por el Índico no sólo llevan a bordo sus útiles y capturas, también transportan el armamento de guerra de quienes se encargan de su custodia.

Impresiona la manera en que el Otro no deja de no estallar desregulando los goces.

Inquieta que su regulación se persiga con los Estados de Excepción.

Vivir bajo leyes de excepción es otro de los factores que desata la violencia. Como apunta Zizek3, cada vez que un avión militar surca los cielos de Afganistán, sus habitantes se preguntan si soltará sobre el poblado paquetes de comida o bombas. Uno no puede saber qué le tocará en suerte.

El Estado de Excepción, que dicta cuál es el mundo feliz, disuelve las reglas básicas de convivencia. Los llamamientos a la “comunidad” de vecinos, de regiones, de países, se redoblan. Donde “comunidad” significa aquí “uno de los nuestros”, quienes sostienen con sus medidas de excepción  políticas, económicas o militares el imaginario de una sociedad “limpia”, en medio de lo inhóspito y turbulento. Las murallas que se levantan en barrios e incluso en países dejan fuera a quienes no pertenecen a esta “comunidad” responsable, sólo existen para ella como residuos no reciclables.

El otro, el semejante, transita el estrecho margen que separa lo enigmático de su existencia, convirtiéndose en un enemigo potencial.

El clima que provee el discurso de la modernidad, de la tecnociencia o universitario, como lo llamó Lacan, los vínculos débiles o directamente inexistentes no pueden más que producir un sujeto poseedor con un alto grado de autismo. Autismo que cristaliza en un consumo compulsivo y con la pura finalidad de escapar a la amenaza de hierro que siempre lo acompaña, ¿fuera o dentro?, ¿de la comunidad o irreparablemente segregado de ella?, ¿sujeto de prestigio o puro residuo?

La “yocracia”,  enceguecida por una tal amenaza, genera a su vez una violencia igualmente ciega. Violencia que es puro goce sin objetivos, ni dirección.

El puro goce de ver al otro caer, desplomarse, sin importarle que, en poco tiempo, lo mismo pueda sucederle a él. Dentro de las mismas sociedades opulentas los ejemplos sobran (Michael  Moore mediante). Ni hablemos de Hispanoamérica, Asia o África.

Cuando la castración no funciona, ni siquiera por la penalización que la ley impone, la ampliación y endurecimiento de esta puede llegar al extremo de la suspensión de toda ley, haciendo cada vez más real el Estado de Excepción. Estado de Sitio, se decía en los setenta, bajo las dictaduras militares directas o enmascaradas.

Entre los saberes, un saber maldito

Para el saber que emana de la tecnociencia utilizado como instrumento de dominación de los goces, el psicoanálisis, su práctica, es un hecho maldito.

Dar lugar a lo subjetivo, con su correspondiente malestar, es suficiente para cuestionar lo ilegítimo de un goce “para todos” y las soluciones que pone en marcha para resolver ese malestar.

Tampoco puede demostrarse que el psicoanálisis beneficie a la industria farmacéutica, ni a la armamentista; ni siquiera propone la hipnosis del consumo. No participa de la idealización del Estado en cuanto a la regulación de los goces. Se encuentra lejos del animismo y la magia. No parece posible que algún día cotice en bolsa…Razones más que suficientes para ser denostado por el “biopoder”. A lo que debe agregarse que la pulsión de muerte, incluyendo las expresiones de violencia, destrucción y autodestrucción, es inexorable compañía del sujeto. Y algo más, tampoco concibe el uso de una violencia “proporcionada”.

La fórmula lacaniana acerca de la imposibilidad de correspondencia sexual (no hay relación sexual), se extiende a todas las posibles correspondencias y proporciones entre humanos. No hay correspondencia entre los goces, casi siempre en exceso.

Queda claro que el psicoanálisis ni puede ni pretende terminar con la violencia, que se ha visto, no es cosa de desadaptados. Quienes practican otra forma de violencia, la corrupción, se encuentran perfectamente inscritos en las “tripas” del sistema.

 El esfuerzo sería vectorizarla, en el mejor de los casos, darle un lugar y un destino, que no es diferente a los destinos de la pulsión. Encontrar una clínica acorde con los síntomas que la época presenta, empezando por rechazar la disolución de los lazos, tanto sociales como intrapsíquicos, como respuesta al malestar y la consiguiente defensa de goce autista.

Desde hace años, es casi obligatorio en psicoanálisis declararse pesimista en relación al tratamiento de cualquier síntoma. En esta ocasión no es necesario.

La violencia es del sujeto. Sólo aspiramos a colonizar sus fragmentos -no a curarla-, dar hospedaje, encontrar un lugar para alguna de sus manifestaciones que ocurren en todo lugar. Es lo que el psicoanálisis puede aportar.

1 J. LACAN. Lectura estructuralista de Freud. La subversión del sujeto. Siglo XXI editores. 1971

2 Z. BAUMAN. La Modernidad Líquida. Fondo de Cultura Económica. Argentina 2009.

3 ZIZEK, S. “Sobre la violencia: Seis reflexiones”. Ed. Paidós

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