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La normalidad como violencia

Jose Luis Mellado Santamaría
Psicoanalista
Palencia

A Agustín García Calvo  
pensador insurrecto y libertario”

No nos es ajeno que el inconsciente y el saber pueblan territorios colindantes, desde el hallazgo freudiano de la primera tópica en primer lugar y, en segundo, desde que Lacan proclamó sin reparo, en El Discurso de Roma, que la verdad y la exactitud se distinguían con absoluta claridad.
En El malestar en la cultura y en Moisés y la religión  monoteísta Freud también nos enseñó que el proceso de normalización del ser humano no está exento de algunas cuestiones muy denostadas por la cultura judeocristiana como son el odio y la violencia, y de otras tan tremendamente valoradas como la muerte. La muerte es un hecho reparador de la culpa. Tanto es así, nos dice Freud, que Dios no dudó en entregar a su propio hijo a la cruenta inmolación para redimirnos del pecado original, que, seguramente, no fue otro que el asesinato del padre de la horda primitiva.

El proceso de normalización del ser desvalido y mortal pasa necesariamente por estos asuntos del odio o de la muerte del padre, así como por otros vinculados a la búsqueda de la felicidad, la represión de la sexualidad o la sujeción al lenguaje. Pero más que retomar los puntos de esta magistral teoría, quiero rescatar de ellos la idea de que la normalización nada tiene que ver con la uniformidad. Y digo esto en unos momentos en que nos vemos rodeados de uniformes y pensamientos únicos, momentos en los que el lenguaje en que nos hablan pareciera una jerga compuesta a base de recortes y titulares de prensa, según la cual habría quedado extinguido del proceso mental humano cualquier atisbo de reflexión personalizada. La reflexión personal es rara en los tiempos de refundación del capitalismo; es rara y seguramente peligrosa.

Nosotros, los psicoanalistas, conocedores de los profundos secretos del individuo (dicho sea sin restarle ni un ápice de sarcasmo), bien sabemos lo que se juega en la normalización, en la normalidad y en la norma, pese a que en muchos casos lo silenciemos, por cobardía o por callado pacto con el poder, por acomodamiento o por acceso a algunos de sus confortables privilegios; nosotros, que tanto entendemos de anormalidad. Porque ¿hay algo más anormal que nuestra elección de escuchar los padecimientos ajenos, a través de la cual seguramente hayamos podido dar cuenta de los nuestros? Nosotros, los anormales por antonomasia, hemos traicionado una elección tan digna, hemos camuflado un deseo tan inusual sumergiéndonos en las cloacas del poder y sucumbiendo al brillo agalmático que se esconde tras la fachada de su “discurso universitario”.

Está por formularse una ética que dé cuenta de que sostener la verdad no admite pactos ni concesiones, ni posturas moderadas, pues, a la postre se revela lo que nos recordaba Lacan; “yo, la verdad, hablo”. Nuestro oficio, nuestra elección y nuestro compromiso es ése, permitir que la verdad hable por boca de cada uno de los Sujetos con un Supuesto Saber a los que escuchamos cada día: eso legitima nuestra anormal elección de ser psicoanalistas.

La verdad es anormal y la norma es el acto violento por excelencia: he ahí un enunciado complejo que trataré de desarrollar e ilustrar en las siguientes líneas.

Uniformes, tribunales y “discurso universitario”.

Hace pocos días asistí a la presentación, ante un tribunal universitario de evaluación, del trabajo de una joven psicoanalista, para cuya elaboración había tenido la amabilidad de contar conmigo. El trabajo era, en mi opinión, brillante, sólido, bien argumentado, con una loable coherencia interna y, sobre todo, crítico, valiente y comprometido. No sería honesto no decir que aprendí mucho más de lo que pude haber enseñado, y que me generó el entusiasmo suficiente como para estar dispuesto a seguir los pasos a un futuro y más profundo desarrollo del mismo. 

Los comentarios que vertió parte del tribunal hubieran hecho crisparse al padre del psicoanálisis y no digo nada a Lacan, uno de sus hijos más dilectos. Se apeló de una forma tan descarada a lo herético y errático de cualquier planteamiento que se apartara de la norma o de lo normal, que la autora en cuestión quedó desposeída momentáneamente de su inicial entusiasmo y sin capacidad ni ganas para responder a cuestionamientos tan hostiles y tan violentos. No es fruto de la indignación que sentí el que se me ocurrieran medidas a mi entender éticas, honestas y sobre todo justas -como amonal, cicuta y otras fórmulas de análoga intención-, sino el resultado de una larga y profunda reflexión mía sobre tribunales, sobre todos los tribunales, en los últimos tiempos. Una de las objeciones que soportó la labor de mi joven colega tenía que ver con el concepto volumétrico, es decir, la cantidad de palabras y páginas que había utilizado para dar cuenta de su tesis. ¿Cuántas palabras necesita la verdad para hablar? ¿Qué volumen es el necesario para que una idea sea coherentemente expuesta? No quiero imaginar qué hubiera sido del psicoanálisis si esa misma norma hubiera sido aplicada a El malestar en la cultura de Freud o a El estadío del espejo de Lacan.

Sea, pues, mi breve escrito sobre la violencia de la norma un guiño a esta mujer que brilló por encima del tribunal de la erudición universitaria hablando de la anormalidad que comporta el escuchar lo singular de un discurso en el que la palabra viene sexuada; escuchar desde el inconsciente y desde el escaso margen de libertad que nos deja el sabernos “usuarios de un lenguaje y una cultura”: la razón y la libertad kantianas quedan, al menos, cuestionadas con la aparición del psicoanálisis.

El poder universitario encontrará que mis soluciones son violentas, si por algún milagro tuviera un atisbo de consideración y pudiera mirar hacia otro lado que no fuera a si mismo. Pero éste jamás se plantea hasta qué punto su violencia cancela la reflexión individual, utilizando la norma como pretexto. Permítaseme pues que, en un acto de solitaria indignación, yo siga pensando y escribiendo lo que ahora escribo y pienso en torno a la norma, la normalidad, la normativa y la normalización. 

Nada hay tan violento como lo que se acepta sin posibilidad de pensar qué parte de nosotros queda comprometida en ese acto; nada como aquello que se digiere sin haber podido ser ni siquiera cuestionado o saboreado, sin un mínimo “pero” que personalice el seguimiento de un modelo, el acatamiento de una norma, la aceptación de una regla.

Norma, normalidad, normativa, normalización… Tienen la misma raíz etimológica, del latín “norma”, “escuadra”, regla que determina cómo algo debe de ser o de realizarse. Es, pues, la normalización el acto de estandarizar o tipificar algo de acuerdo a lo que es debido. En estadística, en cambio, se dice que algo es normal cuando hace referencia a una medida o parámetro –la norma– que determina lo que se llama “curva normal”, el espacio en el que se aglutinan los valores más frecuentes o valores centrales.

Pero hay peculiaridades de la norma, de la normativa: la primera es que tiene una dimensión temporal, un aspecto vinculado a la época. La segunda es que no es universal, pues responde a características culturales; la normalidad viene también determinada por una civilización. La tercera es que compromete igualmente al contexto social, familiar, político, etc. Por otra parte, al igual que la ley, la norma es a menudo arbitraria y caprichosa, y responde a una pura convención, a un acuerdo. Por ejemplo, en la normativa de tráfico, “verde” permite, “rojo” prohíbe. En unos sitios se circula por la derecha y en otros por la izquierda, siendo sancionable cualquiera de las otras dos opciones una vez establecida la norma. Hubo una época en que en esta civilización judeocristiana nuestra se lapidaba por norma a las mujeres adúlteras, por lo anormal de cualquier deseo femenino no encauzado a la institución del matrimonio, hasta el punto de merecer la muerte. Y esta norma, vigente aún en otras culturas, hoy nos indigna y escandaliza (aunque sólo en apariencia: hemos cambiado la naturaleza de los guijarros arrojados contra el deseo de una mujer, pero sigue subyaciendo en nosotros la misma idea de propiedad privada y de matrimonio, asunto del que escribiré en otra ocasión). 

Para mí la norma a menudo tiene que ver también con el mantenimiento de los privilegios que los poderosos tienen respecto a los desfavorecidos; es una manera de garantizar el acatamiento y la sumisión. En otro espacio, el económico-laboral, la norma salvaguarda la plusvalía, el acto de rapiña por excelencia por el que los poderosos se cobran el tributo de los que no tienen para vender más que su tiempo. Los intereses bancarios son otro fiel exponente del suculento rédito que genera la imposición perversa de una norma que obliga a los que carecen de lo exigido para moverse por el mundo, es decir, dinero, a comprarlo al precio que los mercaderes determinen. No quisiera extenderme ejemplificando lo que ocasiona en todos los ámbitos la presencia de este conjunto de normas, pero, como aún conservo la esperanza de que algún día lo inmoral sea declarado ilegal, no puedo dejar de denunciar hechos escandalosos como que, en estos tiempos de llamada “crisis económica”, la consideración que se hace de las retribuciones del trabajo depende de si se pertenece o no al clan de los poderosos. Por una parte se negocian los salarios mínimos, el abaratamiento de los despidos y la reducción de las jubilaciones de los asalariados, mientras que por la otra, los del clan se despiden de sus empresas con cantidades de dinero que ni cientos de los primeros en cientos de años verán jamás. Y otra cuestión: ¿cómo es posible que un solo sujeto atesore más beneficios en un año que el equivalente al presupuesto nacional de varios países africanos? Todo eso es lo que llamamos normal, eso está dentro es la norma.

La norma, la normalidad es una aspiración del individuo y además funciona como un imperativo frente a él. Cuando en las consultas de los psicoanalistas se pregunta a un sujeto por las razones que le mueven a hacer, decir o vivir de una determinada manera, inmediatamente se ve sancionado o juzgado, y trata con todas sus fuerzas de ubicarse en los espacios de normalización con respuestas de este tipo: “… es lo normal, ¿no? Es lo que hace todo el mundo…”. Nuestra sociedad ha equiparado las normas de corte social, político o familiar, con lo inexorable. El agua moja, el fuego quema, la lluvia cae… la plusvalía es normal, la propiedad privada es lo justo, lo primero la obligación y luego la devoción, quien bien te quiere te hará llorar, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy…  Hay toda una serie de valores que son aceptados como inexorables, cuando sólo son normas y por lo tanto, sujetas a cambios.  

Hasta tal punto el funcionamiento social es así que el sujeto busca desesperadamente la norma y la normalidad a costa de desatender su singularidad y su posibilidad de discrepancia, su alternativa personal. Y “anormal” no significa “patológico”, simplemente infrecuente. En este sentido hablo de violencia. Es violencia porque no deja al individuo más salida que la de ubicarse en lo exigido como norma, y en la firme convicción de que su singularidad y sus ideas son anormales y merecedoras de sanción, cuando no han acabado realmente por extinguirse en la continuidad de la exigencia que en todos los frentes opera, tenaz e insistentemente. Nada hay que no reproduzca esta uniformidad, este funcionamiento relacional de repeticiones. El modelo, tras la apariencia de la diversidad, es único. La normalidad que se exige al individuo no admite la más pequeña diferencia. 

El hecho de que la norma se haya convertido en un imperativo tiene que ver con que la exigencia del modelo social ha fundamentado su punto de anclaje en una única moral, que es la moral mercantil, donde todo se observa desde la perspectiva de la producción, la plusvalía y la propiedad privada, y en la que los valores individuales y la singularidad del sujeto sucumben ahogados en una maraña de mandatos que conducen a dar prioridad al goce de los poderosos. No queda espacio para un pensamiento que nos distraiga de ése único: “la felicidad viene dada por lo que se tiene”, hablando en términos de propiedad. Se tienen cosas y más cosas, muchas veces tan absurdas como innecesarias, y el placer de poseerlas ha ido desplazando al placer de disfrutarlas. No es infrecuente escuchar: “¿De qué te quejas, si tienes de todo?” Las posibilidades de autogestión, autogobierno o autonomía se cancelan, se confunden con la norma, de acuerdo a la cual es posible alcanzar la gloria de los privilegiados y tenerlo todo; un todo que apunta a las pertenencias materiales. Tanto el trabajador asalariado como el autogestionado, si no pertenecen al clan de los poderosos, encuentran en la entrega sumisa a este todo material la única alternativa a verse expulsados del sistema, verse como sujetos raros, anormales, diferentes. El horror que produce y la indefensión que supone el saberse fuera de la norma, hacen de ésta un imperativo que, como tal, ejerce su violencia en previsión de cualquier cuestionamiento. En la aceptación de la norma no hay, pues, participación activa del sujeto; la norma viene del poder. No hablamos ya de una regla política –de la polis– para facilitar la convivencia y permitir a los sujetos, por el hecho de ser seres sociales, consensuar los límites de la convivencia. Es una norma o un conjunto de normas férreas que vienen de instancias superiores, casi divinas, y cuyo cuestionamiento ya no es posible, lo que a su vez es considerado normal. Normalización y uniformidad se han convertido en valores homólogos. 

Cuando Freud escribe sobre la normalización en El malestar en la cultura y en Moisés y la religión monoteísta, hace referencia a unos límites de convivencia que permitan dar cuenta del principio de placer en su tránsito hacia el principio de realidad, siempre desde lo que significa la singularidad de cada sujeto. Es más, el gran hallazgo freudiano consiste justamente en que el inconsciente se constituye en lo que implica la aceptación de la norma en términos individuales. Lacan, dándole una vuelta más de tuerca, trata el psicoanálisis como “una ciencia de lo particular”, una ciencia en la que “la verdad, habla”, se abre camino con una lengua que está articulada desde una regla: la sintaxis. Algo tan fuera de lo normal como “la verdad” habla con las posibilidades que le concede una norma como la sintaxis.

Bajo una apariencia de libertad se ha instalado al sujeto en un conjunto de expectativas, falseadas a fuerza de presentarnos esa libertad como un valor general, abstracto y posible. Podemos hablar de “el sueño americano”, aquél en el que se somete al individuo con la idea de que desde esa libertad es posible alcanzar cualquier cosa. Y ése es el drama. Todo lo que no sea una aspiración de esta naturaleza es desechado, apartado. Pero la libertad no es un concepto abstracto o teórico, la libertad viene dada por algo tan palpable y accesible como la sintaxis, como nos dice Agustín García Calvo: “… es consolador saber que ningún poder político, ni social, puede cambiar la sintaxis”.

Los tribunales, vinculados al “discurso universitario”, dictan y sancionan de acuerdo a una normativa del carácter de las que hemos descrito, normativas del poder; no las del acuerdo o del consenso, no las de la reflexión personal ni las que garanticen que esa libertad se circunscriba a unos límites que faciliten y posibiliten no sólo la convivencia, sino también la incorporación de todas las diferencias, de todas las singularidades individuales. 

Se nos hace creer que ejercemos la libertad al depositar un papel en una urna, al elegir a unos representantes de los que nada sabemos y que ni de lejos nos representan, pues también ellos forman parte de esa estructura de poder, ajena al sujeto. La realidad es que no tenemos posibilidad interventora en ninguna de las cosas que nos son esenciales en la convivencia: no podemos determinar en qué queremos gastar el dinero de todos ni modificar las reglas de educación, de salud o de trabajo. Sólo podemos, periódicamente, continuar con la farsa de la “urna”, que llevará a los poderosos (o a sus sicarios) al lugar del que partieron: el del privilegio del poder, avalado ya por millones de papeletas, aunque éstas no correspondan ni a un quinto de la población total. En Estados Unidos se gobierna con la participación del cincuenta por ciento de los censados, menos de la mitad de la población. ¿Y el resto? Una vez elegidos los gobernantes, volverán a reeditar la normativa que establecerá los vínculos sociales, y de nuevo se generarán las exigencias y los ideales de normalización. Nos encarrilaron en la senda del imperativo categórico kantiano, desde el engaño de que la libertad y la razón son los únicos e infalibles valores, pero nos ocultaron que esa libertad era teórica y esa razón era la sinrazón del valetodismo.

Si el discurso social moral no considera el avance que supuso la incorporación del inconsciente freudiano, sólo nos queda la normalidad, violento imperativo social y único ideal a perseguir de modo tiránico, azuzados por el miedo a quedar aislados en nuestra singularidad. Uniformidad: he ahí el ideal de una sociedad refundada en el ultraliberalismo, donde cada día se dan más condiciones para que el panorama pueda compararse al augurado por G. Orwell en su novela 1984 o por A. Huxley en su Mundo Feliz. 

Ya hay un presidente negro en Estados Unidos, ya tenemos un DSM como biblia de los trastornos mentales, ya cayó el muro de Berlín y fracasó el comunismo en la Unión Soviética, ya conocemos el genoma humano y se proclamó la Carta de los Derechos Humanos... todo es posible, la explosión de libertad del Primer Mundo se levanta sobre millones de cadáveres de los países de tercera: eso es la terrible violencia de la norma... lo normal, mientras en algún reducto donde no se ha perdido del todo el norte, la verdad, anormalidad por excelencia, habla desde lo singular del inconsciente.

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