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Conversaba con un amigo sobre la difícil e insistente cuestión de si ha cambiado el grado de violencia en la actualidad o si sólo ha cambiado el modo de explicitarse. Casi nunca nos ponemos de acuerdo, salvo en la necesidad de seguir conversando. Por mi parte nunca he creído que otrora el ser humano en general o yo misma en particular, fuésemos mejor y que ahora el consumismo nos arrastre ciegos a nuestra perdición. Más bien apuesto a que, perdidos por perdidos, encontremos los rasgos que nos señalan en estas épocas, las nuestras, épocas sin lugar a dudas, violentas. Todos aceptamos que las sociedades cambian y que ese cambio hace sus signos y nos conmina a un esbozo interpretativo. Los sociólogos no dejan de explicarlo, de medirlo, de entregárnoslo para su análisis. Se supone que si la sociedad cambia, cambian también sus unidades, cambian entonces las familias, tal vez incluso su necesidad de existir. Sin embargo y en esta última combinación de palabras acabo de rozar un límite: es importante y muy reivindicado, seguir llamando familia a todo modo de convivencia: sea hetero u homosexual, sea mono o biparental, la familia como nombre, tranquiliza. Sin embargo, la familia se ha mostrado y se sigue mostrando insuficiente para impedir olas de violencia que llenan las páginas cotidianas de la prensa. Lo veremos en los modos a desarrollar en este pequeño esbozo, pero adelantemos algo bien sabido: en los casos de violencia de género, en los cotidianos asesinatos cometidos por hombres sobre sus esposas, novias actuales o anteriores, la familia es el enclave en el que la paz no encuentra sitio. Volveremos a ello porque los modos de violencia que nos caracterizan como época, no se alejan del entramado familiar, sea porque ocurren dentro, sea porque la familia no puede educar para evitarlo. Entremos en tema con una noticia aparecida en la prensa argentina: <El lunes, cuatro chicas le desfiguraron el rostro a golpes a otra de 15 años en Bahía Blanca porque "es linda y agrandada". La madre de la víctima, comentó a la prensa y la policía que su hija fue interceptada en la zona de la Arcada y Castelli, del barrio Pacífico, por cuatro chicas menores "pero de gran contextura física" que, tras insultarla y golpearla a puñetazos, "la tiraron al piso y empezaron a darles patadas". A raíz de la brutal paliza, Solange sufrió "desfiguración de rostro", por lo que presume que utilizaron "algo más que los puños" para provocarle esas severas lesiones. Según relató la mujer, las propias atacantes dijeron después que le pegaron a su hija porque "es linda y agrandada" y que "tan sólo por eso le tienen bronca". "Por la noche, las mismas chicas junto a otro pibe ya mayor de edad fueron hasta mi casa a desafiarme para que salga a pelear a la vereda", añadió. Las chicas le enviaron un mensaje a Solange: "Lo que te hicimos no es nada, la próxima será peor", amenazaron. También dijeron que no les importaba que las denuncie en la policía "porque todas son menores de edad y nadie les puede hacer nada”, expuso la mujer que de todos modos radicó la denuncia en la Seccional Segunda de Bahía Blanca.> No sólo la familia de Solange se ve impotente para evitar lo pasado e incluso su posible repetición. Las familias de los atacantes tampoco han podido transmitir que la bronca y la envidia no autorizan a atacar al semejante y sin embargo, esto salta muy a menudo a la prensa. Hay algo difícil en este ejemplo, puesto que en general lo único que entra a debate es si rebajar o no rebajar la edad en que un sujeto violento pueda ser castigado por la ley, cuando la verdadera pregunta debería ser sobre los fallos de la educación como vía civilizadora, los fallos en la lista de valores con que deducimos el mundo. En el razonamiento de los atacantes, si nada pueden hacerme, es que no pasa nada con lo que hemos hecho y desde luego nos dimos el gusto de estropear la cara que nos molesta por bonita. Desprecio al semejante por cualquiera de sus rasgos, y desprecio, no tengo en ningún aprecio el reino de la ley, de la vida en sociedad. En esta pandilla, se dieron el gusto. Ahora ¿quién de nosotras y nosotros no ha sentido envidia de una cara bonita?, ¿quién no ha tenido que cargar con la culpa cuando se realiza el deseo de ver al guapo estropeado por cualquier circunstancia de la vida? Pero en estas dos preguntas, el límite de pasar al acto no se traspasa. Probablemente, uno a uno los integrantes de la pandilla, no se atreverían en solitario al ataque, pero masificada la agrupación, se traspasan los límites y se da rienda suelta a lo que debería permanecer sujetado. Sin embargo, las pandillas han sido y son fundamentalmente lugares de encuentro, de aprendizaje y camaradería. Si atacamos a la pandilla como modo de agruparse en lugar de analizar los modos de la violencia actual, no nos haremos cargo de algo que no obstante, ocurre y ocurrirá. Ese pasar sin más al acto, no en medio de las batallas, no en medio de las invasiones armadas, sino en medio por ejemplo, de una fiesta local, es sin duda algo preocupante. El parque donde desde niños han ido a jugar, es ahora un campo de batalla en el que todo vale contra el semejante que me molesta porque sí, porque está ahí y yo no quiero que esté. Vemos a menudo que los padres defienden a sus hijos hagan lo que hagan, a veces porque piensan que todo lo que hagan sus vástagos está bien y las más de las veces, porque no pueden del todo aceptar que sus hijos e hijas hayan hecho algo semejante a lo que hicieron con la joven de Bahía Blanca. Del ejemplo me quedo con ese darse el gusto y con la cuota, nada exigua, de desprecio. Sigamos. El racismo, fenómeno tan antiguo como actual, nos da pautas para pensar la violencia, la violencia de unos sobre otros. En el racismo vamos a encontrarnos con una violencia a veces tan manifiesta y explícita como en el ejemplo antes citado, pero también con una violencia larvada, una violencia que la “gente de bien” rechaza pero que no saben cómo hacer para castigarla y, mucho menos, para evitarla. En el Seminario XIX, Lacan dice que no debemos hacernos ilusiones con los buenos sentimientos. No dice que está mal ser buena gente, dice que eso no surte ningún efecto si de enfrentar la enfermedad se trata. Ni los buenos sentimientos ni los buenos propósitos nos hacen adelantar algo en los tratamientos ni en las realidades cotidianas. El racismo es uno de esos males sociales en el que sobran las buenas palabras y falta enfrentar el problema sin falsos discursos renovadores. Si hay algo en el que el hombre no se renueva es en el rechazo de lo diferente. Es básico, primitivo: lo diferente es todo lo que irrumpe mi espacio y quiero eliminar. Van juntos. Necesito al otro para ponerme de pie, como se necesita al africano para que recoja la cosecha, pero quiero eliminarlo por lo mismo. Necesito una peruana que lleve mi niña al colegio para que yo pueda trabajar, escribir, salir con los amigos. La necesito pero la desprecio, le bajo el precio, la exploto en horas de trabajo y/o en salario, la desaprecio por el pago “en negro”, porque me fijo en lo mucho que come. Este racismo, como vemos, se ejerce en la cocina de una familia, por otra parte, muy normal. No alcanza con saber de esa tensión estructurante según la cual quiero eliminar todo aquello que me sirve de modelo de identificación, todo aquello que considero ocupa mi lugar para justificar ese mal pagar al inmigrante. Este despreciar, este bajar el precio y cuestionar su valor no sólo se ejerce desde las familias sino también desde los estados al negarles los derechos que les corresponden por humanos, al incitarlos a dejar todo y marcharse, hasta que vuelvan a hacer falta y entonces se hablará nuevamente de los beneficios de la inmigración. Creo que este es un flagrante modo de ejercer la violencia. La hipocresía es desesperante puesto que estamos ante una violencia que se ejerce desde el imperio mismo de la ley. Hago del semejante un ilegal por el sólo hecho de no ser del todo igual a mí o al menos, me siento en condiciones legales de creerlo. Ese tipo de violencia es denunciable, de hecho lo denunciamos en manifiestos, manifestaciones y ruedas de prensa. Pero el rodillo legal pasa sin penar ni temer, porque nadie puede hacerles nada, como nada podían hacerle a los menores del ejemplo anterior. No sólo las masas, también el poder reviste de impunidad a quienes lo ejercen. Así tenemos que el racismo no sólo anida en los legisladores, anida cotidianamente en el discurso, en el nombre mismo con que se nombra la realidad de esos seres humanos hambrientos o no hambrientos, pero que vienen a Europa en busca de una vida mejor. Con esa violencia desayunamos todos los días. Al principio del verano, cuando las aguas del estrecho se calman y empiezan a llegar las pateras, nuestros corazones se compungen al leer las noticias y a medida que la estación estival avanza, nos acostumbramos al fenómeno, nos rodeamos de una pátina que nos insensibiliza y ahí es donde la violencia se ejerce más impunemente y el hecho de que los rechazados sean humanos, pierde toda importancia, todo aprecio. “Por suerte”, la ley obliga a escolarizar a los menores de dieciséis años, sean residentes o no, sean españoles o no. Pero si no se educa eficazmente en la tolerancia, el alcance benéfico de esta ley se verá menoscabado. El fallo en la educación, la impunidad y el desprecio vuelven a aparecer en este segundo ejemplo de violencia actualizada día a día. La violencia entre jóvenes, la violencia de los nativos contra los extranjeros son fenómenos cotidianos y realmente numerosos. Y también lo es el tercer tipo de violencia que consideraré en estas notas: la violencia de género. Ya ha sido tratado en esta publicación, al menos dos veces: una por Oscar Strada y otra por Blanca Aragón Muñoz. Tomaré un par de puntos de esos extensos y buenos trabajos, puntos que me sirven para el desarrollo del presente texto. Strada señala la imputabilidad de estos agresores y la necesidad por tanto, de no gastar en diagnósticos puesto que se trata de delincuentes y seria, digo yo, una falta de respeto con nuestros pacientes, tratarlos de enfermos. Un enfermo mental, trama matar pero la más de las veces no mata, quiere eliminar a su padre por ejemplo, y en ese discurrir gasta su vida. No es que no haya casos en los que realiza su plan y con ello alcanza una meta. Pero no es de ese orden el caso que estudiamos. Conviene el diagnóstico diferencial para concluir que en la violencia de género se trata de violencia y el específico goce puesto en juego. Aragón Muñoz señala la falla de la familia, sobre el que incido en este trabajo, y me parece interesante el acento puesto en la necesidad de ocuparnos de la subjetividad de las mujeres maltratadas, violentadas. Incidiré sobre este aspecto, el más incómodo políticamente, pero a mi entender, el camino para rescatar a las mujeres, para sacarlas de víctimas y proponerles ocupar la condición de sujetos deseantes, puesto que del lado de los asesinos no hay nada para hacer, al menos desde la vía clínica. Si en el ejemplo de la violencia en pandillas y en el ejemplo de la violencia que se ejerce en el racismo y en la exclusión legal de los inmigrantes, se puede ver un claro desprecio, un menos-precio del semejante y un darse el gusto de quedar del lado que elimina el supuesto problema, al menos el que molesta al agresor, en el caso de la violencia de género ese desprecio toma el primer plano. El desprecio a las mujeres nunca ha tenido otro plano que el primero. Eso puede verse sin duda, en las religiones, lugar en el que no se avanza porque no hay ninguna intención de avanzar al respecto, puesto que sacar a la mujer del lugar de la Madonnina, de oro pero madonnina, tira por tierra todo el entramado discursivo del que se sustenta el poder, siempre masculino, de todas las iglesias que mueven más cantidad de almas e hipocresías. Pero no voy a gastar el espacio en seguir por ahí. Retomo. El desprecio a las mujeres se ejerce cotidianamente en el pago de un menor salario por el mismo trabajo, incluso en muchos casos en los que la formación de las mujeres trabajadoras supera con creces la del trabajador. El desprecio a las mujeres no se ha superado. ¿Es que puede superarse? ¿Es que puede superarse por vías de la educación? ¿Por vías de las leyes? No nos apresuremos a contestar que sí, a contestar lo que nos gusta, lo que es justo porque lo justo muchas veces no pasa de la denuncia. En el caso de la violencia en pandilla, creo que señala claramente un fallo en la educación, en la que ejerce la familia y en el desorden que sin duda tienen las leyes y sus cambios, las leyes y los cambios que quieren mejorar la educación pero no aciertan, se retrasan, llegan siempre tarde y atajan poco. De todos modos las estadísticas muestran que a lo mejor ello no es tan fácil. En el caso del racismo, no me parece que haya demasiada voluntad política de trabajar seriamente en eso. Mientras escribo estas notas no se para de hablar del avance que supuso la caída del muro de Berlín. Como si con ese muro hubiese caído todo el desprecio del mundo. A la par, los habitantes del Este recuerdan que con la supuesta libertad de expresión que han ganado, no comen ni estudian tanto mejor…Nadie quiere a los pobres, decía el otro día un amigo, y esa verdad que parece de Perogrullo es sin embargo, vigente al máximo: Los violentos son los pobres que pretenden comer lo que comen los ricos…. En el caso de la violencia de género la educación está llamada a jugar un papel fundamental, es en las aulas donde la igualdad debe ser estimulada. Y es en las familias donde esa educación debe instalarse, porque en familia se ejercen inmensas irregularidades respecto de la igualdad de hombres y mujeres. La educación permitió que se promulgaran leyes que castigasen la violencia de género y, aunque las estadísticas interesadas señalen que no servirán de nada, como en todo delito, el hecho de que la violencia de género no quede impune tendrá efectos a largo plazo. Nadie puede negar que este delito tan cotidiano ha quedado y queda, muchas veces aun, impune porque no se denuncia, impune porque se lo justifica en familia, impune porque se lo hace pasar por accidente doméstico, impune porque hay tantos países que ni se plantean legislar sobre eso. Dicho esto, para terminar estas notas, quiero incidir sobre qué más puede hacerse, además de la educación y la legislación pertinente. Creo que lo que queda, es trabajar seriamente con las mujeres en juego. Queda decir que la familia no es el lugar idóneo para liberar a la mujer sometida por un maltratador. Muchas veces, muchísimas veces, las familias de distintos lugares del mundo, siguen justificando que las mujeres acepten el desprecio y los golpes. En muchos casos, es en “casa” donde se las considera provocadoras y malas mujeres. Pero, aun en los casos en que los familiares se ponen de parte de ella, son parte implicada afectivamente y por tanto no pueden actuar profesionalmente. Pueden apoyar, acompañar y querer a ese sujeto afectado, pero la mujer maltratada que logra salvar su vida, debe acudir a redes sociales y profesionales. Creo que también ha sido demostrado que los asesinos, ya castigados y entrevistados siguen diciendo que estuvo bien lo que hicieron y por eso, contra una teoría actual que dice que son “víctimas de sí mismos”, es inútil gastar recursos públicos porque uno a uno, los asesinos no tienen arreglo a corto plazo. Tal vez en veinte años de educación para la ciudadanía algo pueda cambiar en los futuros posibles maltratadores, pero no en los que ya lo son. Aunque haya alguno que haga excepción, la mayoría permanece tranquila en su convicción. María Dolores Renau ha publicado un interesante libro que compila distintas intervenciones suyas. Hace hincapié en la necesidad de pensar una violencia que sobra y, en su decir, una violencia que se podría evitar y en ello habría un ahorro de sufrimiento innecesario. Acuerdo en que hay un “de más”. El maltratador goza con lo que hace y ese goce que haría falta que no hubiese, no se ve por dónde ese sujeto vaya a decidir abandonarlo. Nadie renuncia fácilmente a una posición de goce, y menos parece caber esperarlo en este caso. No obstante, la reflexión es correcta a mi entender, es un de más que causa daños tantas veces irreparables en las mujeres y en los hijos sujetados, a su pesar, a semejante modo de vivir. Cabría confiar en el efecto de nuestros estudios y nuestras leyes, aunque sea difícil adelantar algo sobre ese futuro. Lo que sí ocurre en cambio es que, una a una, las mujeres sí que pueden transformarse y tejer las redes que las saquen de otras redes, las del sometimiento en el que están atrapadas. Los casos de violencia machista son muchos más que los que terminan en muerte. Gracias a los ejemplos de las que han salido antes del lugar en el que irían a morir, podemos estudiar el fenómeno y trabajar para eliminarlo. Creo que en este punto es donde el psicoanálisis tiene un lugar para incidir positivamente en los casos que estudie y trate. En un documental muy interesante titulado Violencia Doméstica (Frederick Wiseman ), el director se desplaza con su cámara a las casas cuando denuncian, acompañando a la policía y sobre todo haciendo un seguimiento del funcionamiento cotidiano en un Centro de Acogida. Presenta ejemplos de transformación discursiva y la consecuente transformación de la vida de muchas mujeres, una a una consideradas. Cuando llegan al Centro de Acogida estudiado, todas tienen un discurso reducible a elementos comunes: les parecía normal, mala suerte, creían que él valía y ellas valían menos, los denunciaban y retiraban las denuncias, sometían a sus hijos a esa supuesta normalidad, acataban no poder ir a trabajar, no poder ir a estudiar, vivir golpeadas, despreciadas, etc., etc. Y, lo que sobre todo era muy evidente es que ninguna hacía la más mínima mención a cómo habían llegado a colocarse en las manos de sus agresores, ninguna podía decir nada más allá que describir el estado de cosas. La mayoría de las veces no decían de ellos ni siquiera que eran malos o agresivos. El documental va mostrando el transcurrir de las sesiones individuales y grupales con estas mujeres y podemos ver cómo se van transformando en la medida en que pueden empezar a hablar de lo que les pasa, de lo que les pasó. Sacadas del entorno familiar y trabajando en un encuadre terapéutico, van reconstruyendo el camino de sometimiento en el que están atrapadas y por tanto, el camino para convertirse en otra cosa. Es ahí, en esa reconstrucción, donde puede verse cómo antes de pegarles duramente, primero las fueron sometiendo mediante la negación de cualquier estima personal, bajo la forma de tirar por tierra, sistemáticamente, cada uno de los valores de esas mujeres: “No es necesario que estudies, ¿para qué? Luego, ¡qué vas a hacer si no vales nada! No tienes salida por fuera de mi mano” Y bajo sus manos quedaron atrapadas, como en el destino, como en el único camino para ellas y sus niños. Hay sin duda un sometimiento de más y un quedar ancladas en esa situación. Romper con eso, como cualquier rutina en la que estemos sujetados, implica un trabajo, una decisión. Implica salir de lo conocido y adentrarse en lo por conocer. Y muchas veces se tira la toalla, se tira la vida. Cuando señalamos, los psicoanalistas, que el camino de salida de estas mujeres es romper las redes de su sometimiento, se nos mira con desconfianza, como si dijéramos que ellas son culpables y no víctimas. Pero no debemos dejarnos someter por eso. Nunca hemos dicho que los asesinos son otra cosa que asesinos. Nunca hemos negado que la mujer golpeada sea una víctima de la violencia machista. Al contrario, quiero decir que todos los recursos deben ser puestos en rescatarlas a ellas de esa situación para sacarlas del lugar de las víctimas y ponerlas en el lugar de las mujeres, en el lugar de los seres humanos. Bibliografía Aragón Muñoz, Blanca: “Crisis en la especie: violencia de género (humano)”. Psicoanálisis en el Sur. Número 5. Publicación virtual Degli Esposti, Bibiana: Freud, Sigmund: Lacan, Jacques: Renau, María Dolors: La voz pública de las mujeres. Contra la “naturalidad” de la violencia, feminizar la política. (2009) Barcelona. Icaria Editorial. Strada, Oscar: “Furia y Odio masculino”. Psicoanálisis en el Sur número 3. Publicación virtual |