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La Virgen castigando al Niño Jesús ante tres testigos
1926, Max Ernst,

 


El drama de Gabriel, o la historia de mil pibes, el discurso analítico en el campo del derecho

Lic. Andrea E. Homene
Psicoanalista

Gabriel salió de “gira”, como tantas tardes, como todas sus tardes, desde que después de repetir tres veces primer grado su madre decidió que era en vano seguir mandándolo a la escuela.

Hacía rato que tomaba alcohol, y fumaba “paco”. A veces, cuando “pintaba”, aspiraba cocaína.  Pero nunca, jura que nunca, había mezclado pastillas con alcohol, “porque eso hace mal”.

La gira siguió esa noche.  Mucho, pero mucho alcohol. A la madrugada, uno de los pibes trajo pastillas. “Clonazepán”, me dijo. Y las puso en la botella de tinto. Gabriel tomó, como todos los demás.

Ya eran las 7 de la mañana. La cabeza le daba vueltas. El recuerdo se torna confuso, un poco por el efecto de todo lo que tomó, otro poco por la vergüenza. Jura que no hizo nada.  Pero se torna sombrío, oscuro.  Agacha la cabeza y sus ojos evitan el contacto conmigo.

Dice que solo recuerda que lo golpearon, mucho. Y que lo acusaron de hacer “eso”.  Eso de lo que no habla, eso que en la cárcel no se cuenta, porque contarlo es exponerse al castigo de los demás internos.  Eso que se disfraza por un “delito menor”, el homicidio.  Si, entre los presos, el homicidio no es lo más grave. Lo peor es “eso”. Eso que un guardia le contó a los otros convictos, y que generó una pelea en la que Gabriel fue, otra vez, muy golpeado.

Gabriel llora.  Pide por su mamá.  Y dice que quiere mucho a su papá, y que él es muy bueno con él.  Sin embargo, el papá, se presenta diciendo que no se siente en nada responsable por lo que le pasa a Gabriel, y que “sin que él lo sepa, le saquen sangre con la excusa de hacerle análisis, porque quiere un ADN, ya que está seguro de que no es su hijo”.

Su mamá, dice que Gabriel es el único que lleva el apellido del padre, porque su padre, el de ella, le prohibió que  anotara  a los chicos con el apellido de su pareja. Y que al nacer Gabriel, “ella lo anotó con su pareja, a escondidas”.  Si, los demás chicos, llevan el apellido del padre de ella. Que además les pega, a todos. Gabriel asegura que su abuelo lo odia, porque lleva el apellido del padre.

Cuando lo detuvieron, entre los vecinos y la policía, lo llevaron a la seccional, y, “dado vuelta” como estaba, no se le hicieron análisis ni pruebas tendientes a determinar el grado de alcohol y drogas que llevaba en su organismo.  “¿para qué?  ¿para que zafe? Si es un negrito de la calle, una lacra que se tiene que pudrir adentro”.

Gabriel es intelectualmente deficiente.  Pero eso ¿qué importa? ¿Distingue entre lo que está bien y lo que está mal? Eso es suficiente.  Aunque sepamos que distinguir entre lo que está bien y lo que está mal,  no  hace necesariamente que alguien pueda ser considerado “penalmente responsable”.

Gabriel va a ir a juicio. Y es muy probable que en ese momento no importe que de pibito sufrió de desnutrición, lo que sabemos que impacta de manera irreversible sobre la capacidad de desarrollo intelectual; menos va a importar que no fue a la escuela, que nadie se ocupó de saber qué pasaba con él; tampoco que el consumo de alcohol y drogas probablemente haya disminuído aún más su capacidad de discernimiento; menos aún va a considerarse la problemática familiar: el abuelo golpeador, que impone su apellido a los hijos de sus hijas, abusiva e incestuosamente, y al que “se le escapa uno y por eso lo odia”; finalmente, qué relevancia puede tener que ese padre amado e idealizado por Gabriel quiera hacerle el ADN a escondidas porque está seguro de no ser el padre?

A quien llamo Gabriel,  (no es ese su nombre, claro está), es uno entre  los cientos de menores que esperan en los institutos que llegue el día del juicio; que están presos, aunque se lo nombre  de otro modo, sin que hayan sido probados los hechos que se les imputan.

El Estado, a través de la ley y sus representantes, procura mantener el orden social.  Un orden social que requiere la exclusión de una parte. Siempre la misma parte, claro. Recuerdo un diálogo de la película “Titanic”, entre la protagonista y su acaudalado prometido, a quien abandona en medio de la travesía para arrojarse en los brazos del muchachito que se ganó el pasaje en un juego de cartas: Ella le dice: “sólo hay botes para la mitad de los pasajeros, sólo la mitad podrá salvarse”, a lo que él le responde: “es así, pero se salvará la mejor mitad”.

Las condiciones que determinan la imputabilidad de un sujeto (capacidad para distinguir el bien y el mal, comprender la criminalidad del acto y  para dirigir libremente sus acciones), desatienden los condicionamientos socioculturales y económicos, y son incompatibles con la noción de  sujeto del psicoanálisis. Cómo introducir en el ámbito jurídico estos aspectos, es un desafío muy grande, pero impostergable.

Se ignora que el sujeto poco o nada sabe acerca de aquello que sobredetermina sus actos; que “el  momento del pasaje al acto es el de mayor embarazo del sujeto, con el añadido comportamental de la emoción como desorden del movimiento. Es entonces cuando, desde allí donde se encuentra - a saber, desde el lugar de la escena en la que como sujeto fundamentalmente historizado, puede únicamente mantenerse en su estatuto de sujeto- se precipita y bascula fuera de la escena…el sujeto se mueve en dirección de evadirse de la escena…” (J. Lacan . Seminario 10)

Se  pretende que un sujeto “se haga responsable” de su participación en una escena, justamente en el instante en el que está caído por completo de la escena. Paradoja difícil de resolver. Claro está que el sujeto del derecho no es el sujeto del psicoanálisis. Hablamos de distintos sujetos. Y a la vez, hablamos del mismo individuo.

La creación del Fuero de Responsabilidad Juvenil, con la incorporación de profesionales de distintas disciplinas, psicólogos, analistas, trabajadores sociales, abre a la posibilidad de intentar un abordaje diferente, que permita poner en cuestión al sujeto del derecho y su supuesta libertad de acción.  Asimismo introduce variables que inevitablemente deberán ser consideradas, a los fines de lograr una verdadera transformación en el tratamiento de los casos de jóvenes en conflicto con la ley penal. Si esto no sucede, sólo se tratará de un vano intento, cuyo alcance no irá más allá de un cambio de nominación.

Publicado en Psyche Navegante Nº 90 – www.psyche-navegante.com
Área: Psicoanálisis; Sección: Práctica
Autor: Andrea E. Homene
ahomene@gmail.com

Abusos de la transferencia

Lic. Andrea E. Homene
Psicoanalista

El paciente relataba amargamente a su analista (?), el impacto que la crisis económica había producido sobre sus ingresos. Que el dinero ya no le alcanzaba, que le era dificultoso sostener el pago de los honorarios y que, tal vez, iba a tener que interrumpir el tratamiento. La analista lo interrumpe diciéndole: “tu mujer podría ganar mucho más dinero si se sumara a algunos negocitos que se están haciendo a sus espaldas en la empresa… Yo lo sé porque tengo otro paciente que me lo dijo, ¿por qué no le decís que averigüe sobre los sobres que están corriendo para comprar favores? Eso les posibilitaría estar mucho mejor, y no tendrías que dejar de venir. Además, vos sabés cuanto te quiero…”

El encuentro entre un analista y un analizante posibilita en muchas ocasiones efectuar un recorrido que, como dijo Lacan, se trata en última instancia de hacer de alguien “un sujeto un poco más feliz”. ¿Qué móvil tendría alguien para analizarse que no fuera disminuir el sufrimiento del que padece y con el que no ha sabido hacer?

Un análisis hace que un sujeto se interrogue acerca de aquello de lo que activamente goza, que se pregunte sobre su implicancia en las escenas de las que padece. Que su discurso se dirija a un Otro, a quien se le supone un saber sobre aquello de lo que el paciente supone no saber.

El analista, responsable de la conducción de ese tratamiento, ofrece un escucha que subraya, puntúa, señala, construye, interpreta, aquello que se dice, acompañando ese doloroso proceso en el que el sujeto se confronta con su propia falta.

La relación que allí se establece dota al analista de un poder que, de “usarse”, convierte a la experiencia del análisis en un juego de extrema peligrosidad para el paciente. Debemos recordar que Freud advirtió sobre los usos de ese poder, alertándonos sobre los abusos que podrían producirse cuando el analista no puede no ejercerlo.

Uno de los peligros más grandes, lo constituyen aquellos casos en los que el analista “pierde el rumbo” y comienza a intervenir desde sus ideales y desde su narcisismo. Deja en ese instante de ocupar el lugar del analista, lo deja vacante, sin deseo que como función sostenga la cura, y pasa a ocupar el lugar del otro imaginario, enredándose en las vertientes del odio-enamoramiento propios de la transferencia.

La sugestión gana espacio, se acentúan las dependencias del paciente, y la angustia se apodera de él. Una angustia desencadenada por la persona del analista y no por el curso del análisis. Los recursos del sujeto para vérselas con tal angustia se van agotando y la desesperación no tarda en llegar. Ya no hay allí quien aloje el objeto, por el contrario, el analista extraviado en su práctica, pasa a encarnar al Otro que goza.

Infelizmente estas situaciones se producen con mucha más frecuencia de lo que imaginamos. Lo que se ha dado en llamar “abuso de transferencia” y que ha dado lugar a demandas de tipo jurídico por mala praxis, es la consecuencia de no haber podido abstenerse en el ejercicio del poder que la transferencia misma concede a quien conduce el tratamiento.

Facilitar la instalación de la transferencia no quiere decir en ningún caso ejercer la seducción sobre el paciente, “convencerlo” de que se “es” lo que aquel necesita para su cura. El discurso amoroso del analista es el ejercicio pleno de la seducción y del poder sin límite. El paciente, lejos de poder constituirse en sujeto deseante, queda objetalizado por completo, merced a ese Otro absoluto que marca los designios de su vida.

Los analistas debemos recordar que la transferencia otorga un poder para no ser utilizado. El ejercicio del poder daña irreparablemente la posibilidad del análisis. La satisfacción narcisística de quien se pretende analista no es más que un goce frente al que el paciente sólo puede, en el mejor de los casos, no hacerse cómplice.

Publicado en Psyche Navegante Nº 89 – www.psyche-navegante.com
Área: Psicoanálisis; Sección: Práctica
Autor: Andrea E. Homene
ahomene@gmail.com

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