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temas clave: psicoanálisis Lacan política pensamiento revista digital


68 marcas, 2009. Técnica:Serigrafía sobre papel  y tratamiento digital, 100 x 100 cm.
Justo Barboza (cortesía del artista)

 


Père-versión: Una versión del padre en la sociedad actual
“Menos Padre, Más Superyó”

Karin Cruz T.
Psicoanalista, Madrid.

Veremos cómo se traduce esto en la sociedad actual.

Según Lacan, el discurso capitalista sustituye al discurso del amo y está en crisis, por el incesante giro que produce sobre sí mismo (como cuando en los dibujos animados el ratón da vueltas una y otra vez dentro de una rueda y en la medida que intenta correr más rápido para buscar una salida, no hace más que aumentar la velocidad pero dentro del mismo proceso. Corre más rápido para correr aún más rápido) no permitiéndole generar otros discursos. Esa es la gran diferencia con el discurso del amo. El discurso del amo, produce transformaciones que posibilitan un lazo social. El discurso capitalista sin embargo, es tan fuerte que últimamente se propone y se consolida como discurso único, con un potencial de destitución tan grande que lleva al sujeto a confundir el objeto con el objeto de consumo y lo consume e instala en el garante de un “supuesto, eterno y completo bienestar”.

El sujeto queda ofrecido como objeto de consumo. Y finalmente, lo que produce este discurso no es más que sujetos consumidos.

Hoy en día el ofrecerse como objeto de consumo se observa en su extremo y muy claramente en la clínica con drogodependientes. Los pacientes habitualmente quedan “captados”, ofrecidos, ante la droga. El ejercicio de “captación” de la mirada no les permite ver otra escena que no sea ese objeto. La droga pasa a ser el único objeto, un objeto sagrado a la manera del fetiche.

Frente a esta captación el sujeto queda “prendido” como objeto de consumo y en ese sentido ofrecido para ser consumido. Hay un ofrecimiento para ser destruido, quedando en el estatuto de residuo.

La oferta que hace la sociedad respecto de la felicidad es el gran engaño al cual somos sometidos. Hay una oferta de felicidad y una obligación del ser feliz, si no se es, se está atentando contra el mundo. La imposición de disfrutar sin límites es la ilusoria invitación que hace la sociedad. Ante esto no quedan muchas salidas y una de ellas es buscar una vía inmediata para encontrar esa debida felicidad. Desde ahí, la droga también es una respuesta inmediata a esa imposición.

Los cambios de ánimo, las depresiones y cualquier malestar se contrapone frente a la imposición de ser feliz comandada por el sistema social, ¿Qué pasa si uno no es feliz naturalmente? Debe buscar la vía para serlo. “Debe”: como una imposición moral.

Cuando esa imposición se hace explícita, uno debería olerse la trampa: “Obligación de ser feliz”. El bar, el centro comercial, la publicidad, etc. tienen la misma marca “MÁS”. El más último ya sabemos que es la muerte. Entonces, estamos en contra de la “imposición” de la felicidad, no en contra de la felicidad. Hay lugares que están hechos para engañarnos. El bar, el centro comercial, etc. está hecho para que uno entre y no pare. Es un engaño que viene desde fuera y uno acepta ir al matadero. Esa es la enfermedad: caer rápidamente en el engaño. El NO debería estar referido a ese engaño y eso significa meterse en el conflicto. Romper, resistir al engaño. Entrar al bar es una cosa, otra, es evitar ser engañado, saber que nos están engañando. Es muy fácil que a partir del engaño uno se auto-engañe. El engaño es para todo el mundo. La obligación de ser “alguien”, de “pertenecer” es una obligación impuesta, pero es posible buscar un lugar, ser alguien y dejar de engañarse con la satisfacciones ilusorias de sentirse alguien e incluido a través de la droga.

Insisto, una de las formas de evasión de “esa” imposición, es la droga. Perfecta ilusión ser inmediata y completamente feliz. La evasión esta dirigida a esa imposición. El agobio como malestar presente en el sujeto actual, es un agobio por esta imposición. Es el agobio del “más”. (Veremos más adelante qué tipo de imposición se trata).

Así mismo la publicidad es una llamada a pertenecer (imitación, contagio). Todo el mundo desea pertenecer a algo, sentirse dentro de algo. Entonces, el sujeto consume para no quedarse fuera, para no sentirse “nada”, para dejar de sentir el vacío.

¿Qué se hace frente a esa “llamada” de la publicidad, de la sociedad? Responder al llamado significa meterse en el conflicto. Es una llamada a la que hay que responder, aunque no sea provocado por nosotros, si somos convocados hay que responder. ¿Cuál es el conflicto? Es el engaño, el supuesto sueño que se nos ofrece.

Esa imitación o contagio en psicoanálisis se ha llamado “transitivismo”. Como ese juego incesante de identificaciones especulares con un otro, agobiante y violento. Sabemos que lo que saca al sujeto del transitivismo es la instauración de un  juego con reglas impuesto por un Gran Otro.

Esta idea es a partir de lo propuesto por Freud en “Tótem y Tabú”.  El fundamento del tótem es que alguien neutralice el conflicto aparecido después del asesinato. El tótem es un aparato de reglas que permite la pacificación entre hermanos, que permite establecer una distancia. ¿Cómo se sale de esa batalla? Con un intérprete. La ley de la palabra que humaniza al hombre.

Desde esta lógica el mito planteado por Freud en “Tótem y Tabú”, - mito del padre muerto, o mejor dicho del padre asesinado-, debe leerse como el mito fundador de la función paterna y, por lo tanto, del régimen ordinario de la relación del hombre con el significante, que tendrá una desavenencia estructural, lo que permite y permitirá su movimiento.

El mito edípico (mito fundador de la función paterna) aparece en este punto como la conexión de la maduración subjetiva con la legislación social. Es la función simbólica con valor cero lo que le permite al niño endosar el valor del significante del falo en los intercambios sociales, pacto y contrato. El estatus imaginario del objeto fálico queda entonces articulado por el registro simbólico de las leyes que regulan la circulación. En este momento el registro simbólico “hace la ley” para la forma imaginaria del objeto en circulación. Es un objeto de sustitución, de intercambio, justamente porque se trata de un objeto reemplazable, vacío, faltante, que permite el intercambio. Lévi Strauss propone el “significante flotante” como un significante vacío. Formación mítica o herencia del padre muerto.

La función simbólica es ese espacio que permite los lazos sociales. La declinación del padre, de la autoridad es la recreación de su propio mito. Es el paso del rito de iniciación. Por eso el padre es un mito. Por eso se repite siempre lo mismo, su muerte. La declinación de su mito es alcanzar subjetividad. 

Ese paso y permanencia del padre a la función simbólica, desde Freud hasta Lacan, se entiende bien cuando pensamos la definición que da Hegel de “absoluto”, como “lo mismo que es capaz de ser lo mismo en su ser otro”. Es decir, lo absoluto es ser lo mismo y lo otro, como ese lugar donde ser y otro es lo mismo. Aquello que logra ser lo mismo al pasar al otro. Ese lugar en el que cualquier paso es permanencia. Ese lugar en el que permanecer es un paso, un cambio. Ser superado para conservarse. Aquel lugar que une la idea de identidad, del Todo, de A=A y la encarnación de eso en su contrario. Esto se observa muy bien en el cristianismo planteado por Hegel, con la idea de Dios, Jesús (crucifixión) y el Espíritu Santo. Es el espíritu el que asume ese lugar de paso y permanencia, de Dios a Jesús.

Se podría decir que el paso del ser (todo) a la nada (muerte, vacío) es el devenir, es el tercer paso lógico. Es el devenir el que permite el paso. No hay otra manera de conservarse que pasando. Por lo tanto, las leyes del pasar y las leyes del permanecer son las mismas. Ese el mismo planteamiento del padre y el tótem (muerte) en Freud, es el paso y la permanencia, es el mismo destino del pensamiento lacaniano respecto de la función simbólica.

Le ley que rige el paso es la misma que rige la permanencia y es lo que mantiene la idea en movimiento. Sigue siendo lo mismo en su cambio. Desde esta idea, el referente Otro sostiene el vacío, sostiene el no-todo, porque se plantea un todo que se encarna pero que necesita un devenir para permitir su existencia y su cambio.

Sin embargo, el totalitarismo propuesto por la sociedad actual nos plantea un escenario difícil de manejar. Por su engañosa e ilusoria propuesta de totalidad.

La subjetividad imaginaria propuesta por el capitalismo postula una totalidad sin faltas, sin diferencias, clausurada bajo un sistema múltiple, pero universal de equivalencias abstractas. Equivalencias infinitas de objetos y sujetos en el mercado del consumo. Lo que aparece en él es del orden de la apariencia  y la mercancía y enmascara la abolición del sujeto  y del objeto.  En su lugar hay consumidores, objetos de consumo, necesidades singulares, sujetos consumidos.

Esa abolición del sujeto, del objeto, la saturación del deseo,  se expresan claramente en el discurso actual como un malestar bajo la forma de des-subjetivación. Malestares que son capturados por la maquinaria social y luego regurgitados con un diagnóstico de “pseudo-subjetivaciones”. Ese es el real malestar moderno.

El sistema capitalista deja preso al sujeto en un supuesto sueño. Esa es la trampa. El sueño que vende es una nueva formación de transacción frente a la inconsistencia del Otro, expresada como “declinación paterna”, el “declive del Estado-nación”, “ausencia de autoridad”, etc. Frente a esta pregunta el discurso capitalista se ubica en el lugar de agente, no como para interpelar al amo, si no como supuesto amo. En él el sujeto encontraría al objeto y a la vez está en posición de creerse no sujetado a nada. Es un discurso que sutura la falta. Deniega la inconsistencia de sí mismo y del Otro, proponiendo un Otro completo.

Es posible identificar entonces que el malestar que podría producir el discurso moderno suturador de las faltas es un malestar de exceso, es decir, el sujeto ya no se expone a un mandato autoritario que puede tener efectos represores o de revueltas rebeldes, si no que a un poder que atrapa en un sinsentido, pero supuestamente pleno de sentido.

Si el objeto lo entendemos como causa de deseo, es del orden de lo real imposible. Pero que ofrece posibilidades, es decir, queda abierto el camino para el deseo. Por eso el objeto es causa-de-deseo. Y es ahí donde se posibilita el movimiento, la búsqueda y la creación. Sabemos, por el contrario que su formación de transacción es el fantasma, que posibilita un “parche”, con forma de estructura narrativa que detiene, para y ancla la relación del sujeto con su deseo y establece un patrón de goce, también tenemos que saber que el fantasma se muestra siempre inoperante  para agotar el deseo, de ahí que se repita incesantemente una y otra vez. El fantasma inmoviliza, porque funciona como objeto, objeto que congela al sujeto en su goce. No abre ninguna posibilidad, no permite la incertidumbre y lo deja anclado a la repetición, gozando de ella.

Sólo el atravesamiento del fantasma en sentido psicoanalítico, que el sujeto sufra una “destitución subjetiva”, deshaga el apego que garantiza la consistencia de su ser, posibilita la restitución de un orden subjetivo.

En el discurso del malestar actual es fácil encontrarnos con fantasmas casi universales. Y eso también, se debe según Zizek, porque nuestra sociedad está dominada y regida por una pseudo-reflexivización acerca de nosotros mismos “Todo el mundo habla de sí mismo con categorías y explicaciones psicológicas. Quizás el ejemplo más revelador de esta reflexivización de nuestras vidas es la creciente ineficacia de la interpretación. El psicoanálisis tradicional asumía la idea del inconsciente como el ‘continente oscuro’, la sustancia impenetrable del ser de un sujeto, que el analista podía interpretar, una nueva revelación liberadora emergería cuando se revelaba su contenido. Hoy en día, las formaciones del inconsciente (desde los sueños hasta los síntomas histéricos) han perdido su inocencia; las ‘asociaciones libres’ de un paciente típico educado, consisten en su mayoría en tratar de dar una explicación psicoanalítica de sus propios disturbios, por eso no hay solamente interpretaciones de los síntomas annafreudianos, jungianos, kleinianos y lacanianos sino que los síntomas son por sí mismos annafreudianos, jungianos, kleinianos, lacanianos—no existen sin referencia a alguna teoría psicoanalítica. El resultado desafortunado de esta reflexivización es que la interpretación que el analista ofrece pierde su eficacia simbólica y deja el síntoma intacto en su goce idiota”.

La reflexivización también ha transformado la estructura del dominio social y la forma del discurso actual. Aunque el psicoanálisis es una de las víctimas de la reflexivización, también nos puede ayudar a entender sus implicaciones. No lamenta la desintegración de la vieja estabilidad, ni se queda en los lamentos nostálgicos por el padre de antes, ni menos ubica en su supuesta desaparición la causa de las neurosis modernas.

No obstante, lo que sí concierne pensar al psicoanálisis son las inesperadas consecuencias de la desintegración de las estructuras que han regulado tradicionalmente la vida libidinal. ¿Porqué la declinación de la autoridad paterna en su forma tradicional,  y los roles establecidos de sexo y género generan nuevos malestares, nuevas culpas y ansiedades, en vez de abrir un nuevo mundo seguro en el que podamos disfrutar cambiando y reformando nuestras múltiples identidades con plena libertad?

¿Qué ocurre si la desintegración de la autoridad simbólica paterna es contrapesada por una sujeción aún más fuerte?, ¿Porqué siempre se vuelve a refundar la relación amo-esclavo pero ahora con plena libertad de elección?

Haciendo una analogía Michel Tort refiere, “se liquida a Luis XVI para volver a encontrar a Napoleón Bonaparte”1

En clínica es posible observar muchas parejas donde se expresa la genuina paradoja de una relación de coexistencia libremente elegida de amo-esclavo, que provee una profunda satisfacción libidinal.

El orden público ya no está mantenido por la jerarquía, la represión y reglas estrictas y por eso ya no es subvertido por actos liberadores de trasgresión. En vez de eso, tenemos relaciones sociales entre individuos libres e iguales, suplementadas por relaciones sentimentales con una forma extrema de sumisión, que funciona con el secreto perverso de la trasgresión y su consecuente satisfacción libidinal. En una sociedad permisiva, la rígidamente codificada y autoritaria relación amo-esclavo se convierte en transgresora, pero una trasgresión que se transforma en satisfacción libidinal.

Esta paradoja o reverso es justo el tema del psicoanálisis: el psicoanálisis no trata del padre autoritario que prohíbe el goce, sino trata del padre que lo manda, y por eso produce impotencia y frigidez. Se trata del exceso. El inconsciente no es secreta resistencia a la ley, sino la ley misma.

Para el psicoanálisis, la perversión de la economía libidinal humana es lo que sigue a una vida en la que el practicar la ley provee su propio disfrute, una vida en la que el cumplimiento del ritual destinado a tener a raya a la tentación ilícita se convierte en el origen de la satisfacción libidinal.

Los mecanismos regulatorios del poder y sus procedimientos se convierten reflexivamente en procesos atractivos, aunque la represión primero emerge como una tentativa para regular cualquier deseo considerado ‘ilícito’ para el predominante orden socio-simbólico, éste solo puede sobrevivir en la economía psíquica si la regulación del deseo existe, en cambio si la verdadera actividad de regulación se convierte en inversión libidinal, deviene finalmente en una fuente de satisfacción libidinal.

Esta reflexivización deteriora la noción del sujeto pos–moderno libre de elegir y reformar su identidad.

La nueva economía liberal corresponde la nueva economía psíquica. Es preciso verse tentado a pensar que, este cambio de relación con el sexo, generalmente sustentado en una evolución liberal positiva de las costumbres es reexaminado y considerado como la entrada a la servidumbre del goce, como la esclavitud al goce. “Aquí estamos ante los partidiarios del orden simbólico: ¡cuánto más se goza, menos sexo habría!”.2

Por lo tanto, es posible pensar que las nuevas constelaciones sociales producen otras formas de deseo. Y es aquí donde surgen preguntas interesantes para el psicoanálisis y para entender la actual sociedad.

¿Qué pasa cuando el deseo se superpone a la obligación?, ¿Qué ocurre en nuestra sociedad actual cuando el imperativo categórico kantiano “tú debes porque puedes” se invierte en “tú puedes porque debes” y es tu obligación?, ¿Qué pasa cuando asumir la responsabilidad de mi ley moral va más allá del principio del placer?

Lo que le interesa a Lacan, (en el texto de Kant con Sade y en el Seminario de la Ética del Psicoanálisis) reside más bien en la inversión paradójica por medio del cuál el deseo no se fundamenta en una motivación patológica, como lo plantea Kant.  Si no, que el deseo es la ley moral misma. Es decir, cuando el seguir el propio deseo es seguir la obligación de uno. Eso sería un acto ético.

Pero esto es más complejo aún, cuando pensamos en el imperativo categórico kantiano “tú puedes porque debes” y eso se contradice con actuar desde el deseo. Kant lo argumenta en su famoso ejemplo en la “Crítica de la Razón Práctica” cuando explica que si a un hombre que manifiesta una inclinación al placer irresistible, sin embargo si una horca está colgada apenas haya gozado el placer, no se tendría que buscar mucho lo que respondería.

Frente a esto Lacan argumenta que, hay sujetos que sólo pueden obtener placer si una especie de horca lo amenaza, es decir, si al hacerlo él está violando alguna prohibición.

En “Más allá del Principio del Placer” Freud incorpora la noción de pulsión de muerte como inherente al ser humano.

El punto de Lacan es argumentar que la satisfacción de la pasión sexual involucra también la satisfacción de la idea de morir o el acto de morir un poco, o la transgresión de la ley de la vida; y es algo que siempre va más allá del principio del placer, es decir, como “deseo de morir”. Esto aunque tenga todas las apariencias de lo contrario, se trata de un acto ético3.

Si el deseo es movilizado por una falta, por ese lugar vacío tenemos que poder pensar en la muerte. La muerte funciona por el lado del placer como la última y plena satisfacción, por el lado del deseo funciona como movilizador, satisfacción más allá del principio del placer.

Según Zizek, si pensamos en Sade, el elemento que ocupa el lugar del mandato incondicional, la máxima que el sujeto tiene que seguir categóricamente, no es ni por mucho la orden kantiana ético universal ¡Haz tu deber! sino su contrario más radical, el mandato para seguir en el límite sumo de lo completamente patológico, de los caprichos contingentes que le traen placer, reduciendo a todos sus prójimos humanos cruelmente a instrumentos de su placer.  Los sadeanos se mueven con respeto-a-la-blasfemia kantiana, es decir, el respeto al Otro (el prójimo), su libertad y autonomía, y el tratarlos también siempre como un fin-en-sí, reduciéndolos precisamente a todos los Otros a instrumentos dispensables para ser explotados cruelmente.

Lo que Sade logra es así una operación muy precisa de romper el vínculo entre dos elementos que, en los ojos de Kant, son sinónimos y superpuestos. Esto es lo que Monique David Menard analiza: la aserción de un mandato ético incondicional y la universalidad moral de este orden. Sade, entonces, guarda la estructura de un orden incondicional, poniendo como su contenido la absoluta singularidad patológica.

Lo que Lacan formula en el Seminario XI (Ética del Psicoanálisis) es que la Ley Moral Kantiana es equivalente al deseo mismo, ya que el superyó lo que hace es alimentar el compromiso del deseo mismo, el superyó lo que hace es manifestar  y atestiguar a través de la culpa sostenida que el sujeto ha traicionado en alguna parte o ha comprometido su deseo9.

Si tomamos todo esto en términos de sus consecuencias políticas en la sociedad actual, es interesante pensar que en la medida que la estructura libidinal de los regímenes se presenta como "totalitarios", si la promesa de disfrutar siempre es el “más” la organización que nos ofrece no es sino un sistema perverso. Es decir, el sujeto totalitario asume la posición del objeto-instrumento de la jouissance del Otro.

Cuando se piensa a "Sade como la verdad de Kant" lo que se tendería a pensar es que la ética kantiana efectivamente alberga potenciales totalitarios; sin embargo, cuando logramos entender a la ética kantiana precisamente como la prohibición de que sujeto asuma la posición del objeto-instrumento de la jouissance del Otro, es decir, la ética kantiana como un llamando a que el sujeto asuma la responsabilidad plena por lo que él proclama su Deber, entonces estamos hablando de la verdad de Kant, como el anti-totalitario por excelencia.  

El antecedente principal de la ética psicoanalítica desde Lacan es “el deber más allá del Bien”, eso es lo que podemos leer después de “Más allá del principio del placer” en Freud, y desde ahí la ética kantiana respondería con todos sus derechos, ya que es el mismo Kant quién postula que la ley  moral no me dice lo que es mi deber, me dice meramente que yo debo lograr mi deber.

La ley moral, es la pura forma de ley y es auto-postulada, por lo tanto, no es posible saber exactamente o derivar las normas concretas que yo tengo que seguir en una situación específica desde la Ley moral misma,  lo que significa que el sujeto debe asumir la responsabilidad de traducir e interpretar el mandato abstracto de la ley moral en las obligaciones específicas.

Por lo tanto, siempre hay algo sublime sobre el pronunciar un juicio que define nuestro deber, ya que en él, como dice Zizek, yo, elevo al objeto a una dimensión universal-necesariamente-obligatoria y pasa de objeto a la dignidad de cosa. Esa es la definición de Lacan de la sublimación. Elevar el objeto contingente (acto) a la dignidad de la Cosa ética.

Sin embargo, con lo que nos encontramos habitualmente es con la actitud propiamente perversa de adoptar la posición del puro instrumento de la voluntad/deseo del gran Otro. En nuestro discurso actual de la permisividad, de la no responsabilidad nos servimos de decir “esto no es mi responsabilidad” o “yo simplemente cumplo con lo que me piden en mi trabajo”.

El goce obsceno de esta situación se genera por el hecho de que yo me concibo exculpado por lo que yo estoy haciendo, esto es lo que la ética kantiana prohíbe. Por lo tanto, un acto es ético cuando asumo la responsabilidad de mi ley moral.

El verdadero peligro de la propuesta del sistema actual es consentir en adoptar la posición de puro instrumento de la voluntad del Otro. Por un lado esa es la posición que se ofrece y por otro lado se obliga a disfrutarla.  El peligro es asumir subjetivamente una necesidad impuesta como “objetiva" y además encontrar goce en lo que se le impone.

Según Zizek, el poder totalitario va aún más allá que el tradicional poder autoritario. Lo que dice, en efecto, no es, ‘cumpla su deber, a mí no me importa si le gusta o no,’ sino: ‘Tiene que cumplir con su deber, y tiene que gozar haciéndolo.’ El deber deviene placer. Así mismo, está la paradoja invertida del placer convertido en deber, en una sociedad ‘permisiva’. Los sujetos experimentan la necesidad de ‘pasarlo bien’, de disfrutar, como si fuera un deber y por consiguiente, se sienten culpables si no son felices.

En psicoanálisis encontramos el concepto que aúna estos dos contrarios propuestos con fuerza en la sociedad actual, y tiene la figura del superyó.

En el superyó el mandato de disfrutar cumpliendo tu deber coincide con el deber de disfrutarlo. Por lo tanto, el concepto psicoanalítico que opera en el deber de gozar es el superyó. Como Lacan enfatizó una y otra vez el principal contenido del mandato del superyó es: ¡Goza!

Sabemos que el superyó trabaja de una manera diferente a la ley simbólica. La figura paterna que es simplemente ‘represiva’; a modo de autoridad simbólica que dice lo que tienes que hacer desde la ley.

La figura del superyó, que viene como auto-postulada, entrega una aparente libertad de elección pero que trae consigo una orden, pero es una orden a la inversa. Es una orden con una supuesta libertad, pero que finalmente funciona no sólo con el deber de cumplir la orden si no que disfrutando de ella. Es decir, el superyó te obliga a cumplir gozando lo que debes hacer.

Un ejemplo ilustrador de esto es lo que plantea Zizek, “la función paterna les dice a los chicos: ‘Tienen que ir al cumpleaños de la abuela y portarse bien aunque se aburran a muerte, no me importa lo que quieran, tienen que ir’. La figura del superego, en contraste, le dice a los chicos: ‘Aunque saben cuánto la abuela quiere verlos, sólo tienen que ir si realmente quieren, si no quieren ir, se pueden quedar en casa’. La trampa que realiza el superego es que parece que le ofrece a los chicos una elección, cuando cualquier chico sabe que no se le ha dado ninguna elección, en absoluto. Peor que eso, está recibiendo una orden y se lo dicen con una sonrisa al mismo tiempo. No solamente: ‘Tú debes visitar a tu abuela, no importa lo que quieras ’. Pero: ‘Tú debes visitar a tu abuela y tienes que estar contento por eso’

Lo que hay entonces son exigencias imperativas de goce. “Tú debes, porque puedes, es tu obligación!”. Todas esas exigencias provienen del superyó y es la excusa para que el yo mantenga su ligazón a la moral. Es la forma de mantener la escena de ficción. Sin embargo, la pulsión de muerte es un exceso, desestabiliza la homeostasis, el principio de placer, introduciendo un saber que es goce. Por lo tanto, aunque la creencia es que no hace falta nada, la sensación es que sí.

Retomando a Zizek, “¿Qué pasa después de todo si el chico toma esto como si fuera una verdadera elección y dice: ‘no’? El padre lo va a hacer sentir horriblemente mal: ‘¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Qué hizo tu abuela para que no quieras verla?. ‘Tú puedes cumplir con tu deber porque debes’, es como Kant formuló el imperativo categórico. Por lo tanto, el superego invierte el principio Kantiano: ‘Tú puedes porque debes’ tornándolo en: ‘Tú debes porque puedes’. Este es el significado del Viagra, que promete restaurar la capacidad de erección viril, de un modo biomecánico, dejando de lado todos los problemas psicológicos. Ahora que Viagra se hace cargo de la erección no hay excusa: debes tener sexo cada vez que puedas y si no lo haces deberías sentirte culpable. Nuevo envejecimiento”.

Lo que se inyecta en la sociedad actual no es si no, ‘Es tu deber alcanzar tu completa realización, porque puedes’, ‘tu debes ser feliz porque puedes, tienes todo para ser feliz‘. Los pacientes drogodependientes portan y trasladan este discurso de manera fehaciente al interior de las instituciones, están encerrados bajo un mandato a gozar. Y es un discurso circular pleno de Otro, colmado de goce y culpa. El intento es cortar ese vicioso círculo, transformando la culpa en responsabilidad.

El mandato totalitario tiene una forma que es llamativa de analizar. Se piensa que la personalidad autoritaria está fundada en los regímenes totalitarios, así como la obediencia compulsiva. Aunque en la superficie el líder totalitario también da ordenes que compelen renunciar al placer y sacrificarnos por una causa superior, pero finalmente su mandato efectivo es una llamada a una irreprimible trasgresión. El maestro totalitario suspende el castigo moral y su mandato secreto es: Tú puedes. Y nos dice que las prohibiciones que regulan la vida social y garantizan un mínimo de decencia  no tienen valor, no son más que un mecanismo para tener a raya a la gente común. Nosotros por otra parte somos libres, podemos hacer lo que queramos mientras sigamos al líder.

La obediencia al líder te deja trasgredir todas las reglas cotidianas morales. Todo lo que tuviste que renunciar o subordinarte a la ley simbólica.

Aunque nuestra pos-moderna sociedad reflexiva parece hedonista y permisiva está realmente saturada con reglas y regulaciones que pretenden servir a nuestro bienestar, Es ofreciendo este tipo de pseudo-liberación, que el superyó suplementa la estructura explícita de la simbólica ley social. Menos padre, más superyó.

 

Referencias Bibliográficas

  1. Tort, M. “Fin del dogma paterno” p. 532. Editorial Paidós. Buenos Aires. Argentina. (2008).
  2. Tort, Michel. “Fin del dogma paterno” p. 507. (Idem).
  3. Zizek, Slavoj. “Kant y Sade. La pareja Ideal”. Artículo Internet. http://es.geocities.com/zizekencastellano/artKantysade.htm
  4. Zizek, Slavoj. Revista Antroposmoderno. “Tú puedes”. Artículo de Internet. http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo-all.php?id_articulo=920.
  5. Lacan, Jacques. Escritos II. “Kant con Sade”. Editorial Siglo XXI. Buenos Aires. Argentina (2002).
  6. Lacan, Jacques. Seminario XI “La ética del psicoanálisis”. Editorial Paidós. Buenos Aires. Argentina (2004).

1 Tort, M. “Fin del dogma paterno” p. 532.

2 Tort, Michel. “Fin del dogma paterno” p. 507.

3Recuerdo un poema del Uruguayo Eduardo Galeano: “Pequeña muerte”
No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje,
a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto,
nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor,
lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele.
Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo,
que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza.
Pequeña muerte, la llaman; pero grande , muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

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