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El señor Jackson y sus criaturas (Foto de familia n°00, 2008, técnica: grafito y rotuladores sobre papel, 21 por 29,7 cm
Ugo Martínez Lázaro (cortesía del artista)

 


Elementos para una ideología de la clínica psicoanalítica

Una sospecha: ¿Y si no fuera eso? Una teoría: Los cuerpos usufructuarios.

José Luis Mellado
Psicoanalista, Palencia

Desempolvaré un viejo texto de los militantes del Psicoanálisis. Recién  removidos los adoquines que, en las calles de  París, estudiantes y obreros habían lanzado al aire contra el poder y por las utopías, y excomulgado Jacques Lacan por parte de la rancia ortodoxia fundamentalista del psicoanálisis a causa del terrible pecado de ser fiel al pensamiento de Sigmund Freud, -el gran maestro de la sospecha-, un filósofo, Gilles Deleuze, y un psicoanalista, Félix Guattari, escribían juntos “El Antiedipo. Capitalismo y Esquizofrenia”, sonoro título para una obra. La contundencia y sonoridad de este epígrafe pesa sobre todo en una realidad como la de ahora, en la que todo lo que no suene a oficialismo se considera demagógico; hablar de revolución, mentar el  imperialismo, o cuestionar simplemente la propiedad privada se tilda de anacrónico y pasado de moda. De este texto tomaré, además de la rotundidad del enunciado, lo que de él suscitó siempre las críticas más enérgicas. “Era un libro muy ideológico…”.

Sostener una ideología con un mínimo de independencia y dignidad, y más aún, sostener igualmente un deseo, es visto en la actualidad como un signo de decrepitud, de arcaísmo, de pensamiento obsoleto. La modernidad del capitalismo nos ha dejado una herencia basada en el anonimato de los amos y la rentabilidad del tiempo. El Amo hegeliano, con levita y chistera, le ha pasado el testigo a las sociedades anónimas. La riqueza y los medios de producción siguen estando en manos de los mismos. La diferencia es que en los tiempos modernos, éstos se han agrupado, y han cancelado sus nombres propios para ocultarse tras las variadas siglas de los actuales inventos financieros. Sostener, dentro de la homogeneidad con que se manifiesta este nuevo pensamiento mercantil, unos principios ideológicos que cuestionen mínimamente la perversidad de dicho sistema, es considerado hoy, como poco, un dislate, cuando no una locura propia de radicales o de idiotas. Hoy, el individuo, domesticado por el influjo de la propiedad privada, que le promete un hueco en el mundo de los poderosos, no tiene tiempo para las ideologías. Su tiempo es sólo para venderlo a cambio de una pequeña parcela de propiedad, que le costará la vida; y la queja, si tuviera lugar, ha de ser adecuada en tiempo y forma, tiene que ser oficial. Igualmente, la respuesta a ella ha de ser pertinente para con las exigencias del sistema rentable y productivo. La plusvalía sigue siendo la plusvalía, y por ello, no en vano, como dice Marx en “El capital”, cuando el Amo la ve, esboza una sonrisa.

 Sigamos por los derroteros de las ideologías, tan esquivados por los psicoanalistas. En el mundo de lo "Psi" no es distinta la consideración de la que hablo, en cuanto al terreno de la ideología. Hoy, más que nunca, se ha convertido en un mundo sometido al poder económico, político, religioso y social. Y las consecuencias son demoledoras, pues el padecimiento del ser y la parálisis que provocan los embistes de la angustia son contemplados como nuevas entidades clínicas, cancelándose la posibilidad de trascender al síntoma y de poder dar, por ende, aparición a una palabra y, con ello, a una cura.

Los síntomas hoy no dicen más que lo que en ellos mismos se lee, y de ellos surgen las nuevas noseografías clínicas. No hay tiempo, y mucho menos, para la palabra. El síntoma, en la modernidad, es tratado desde la concepción de la rentabilidad del tiempo, para lo cual se cuenta con el grandioso desarrollo de la farmacología dominante; dominante, por el poder económico que representa, y por ser uno de los beneficiarios y patrocinadores del pensamiento basado en el discurso universitario, o discurso de la tecno-ciencia, que hoy vienen a ser la misma cosa. Las drogas son utilizadas por el sistema, de igual forma en el marco legal, - legitimado por el poder y su discurso de la ciencia-, como en el de la marginalidad de los no productivos, que mueren muda y sumisamente en los guetos pordioseros de la cadena de producción. Bien valdría decir que la elocuente frase de Marx: “La religión es el opio del pueblo”, podría enunciarse hoy como “El opio (léase cualquier droga) es la religión del pueblo”.

La clínica hoy nos insta a la clasificación y al encasillamiento, más que al diagnóstico de estructuras. Y ha descatalogado la pregunta de Freud al paciente: “Y usted, ¿qué tiene que ver con lo que denuncia o relata?” El método actual no parte de la sospecha freudiana de “¿Y si no fuera eso?”,  que tanto hizo progresar a la un día incipiente ciencia como el psicoanálisis. Tal pregunta partió de una propuesta ideológica que requirió de la insumisión freudiana respecto al pensamiento de la oficialidad de la ciencia de su tiempo.

Digamos que una ideología es una serie de ideas ordenadas de acuerdo a unos fines, y que parten de una reflexión o de una experiencia que determinan una convicción. De todas las ideologías quiero resaltar las que están fundamentadas de acuerdo a una coherencia interna y por otra parte a una radical amoralidad. Si además procuramos que no estén sometidas ni a unos intereses mercantiles, ni a un ejercicio de dominación, podremos contar con una cierta solidez de principios que estructuran una teoría. En ese sentido, la Teoría de la Relatividad o la del Inconsciente, son ideologías.

¿Y si en los tiempos que corren nos procurásemos una ideología para la praxis psicoanalítica?

Claro que en la actualidad del ultraliberalismo priman las ideologías, o mejor aún, prima una única ideología: la rentabilidad del “todo”, pues todo es mercantil y las personas, más todavía. Esto es lo mismo que decir que en la modernidad de lo que yo llamo el “capitalismo feroz” el máximo principio directivo es: “todo en la sociedad está hecho, como nos recuerda Noham Chomsky, para el disfrute de los poderosos, de los acumuladores de propiedad”.

La clínica de los padecimientos del ser, -la clínica de lo Psi-, está claramente marcada por esta realidad de disfrute único, de ausencia de palabra y de rentabilidad del tiempo. En la moderna clasificación diagnóstica, absolutamente todo está tipificado y todo tiene un tratamiento, pero sólo uno, al que a su vez hay asociado un nuevo compuesto químico, un fármaco cancelador de interrogantes. No se puede perder el tiempo ni en preguntas, ni en palabras, pues con ello se corre el riesgo de demorar o de mermar, aunque sea una pizca, el disfrute del poderoso. Tal es el imperativo social: “concluya su patología o muera, pero no rompa el eslabón de la cadena productiva. Abra sumisamente la boca. El poder le procurará un fármaco, a cambio de que usted no se pregunte de qué manera puede intervenir en sí mismo, y de que entienda que usted ni es responsable de lo que le pasa, -de su sufrimiento-,  ni dueño de intervenir como agente terapéutico en su proceso de cambio.” Quedan canceladas la libertad de elegir y la responsabilidad que se deriva de ella y, del mismo modo, queda cancelado el protagonismo individual.

Pero si volvemos al desempolvado libro, los autores, simplemente con el título, nos indican que entre un sistema económico y una patología psíquica, hay una relación directa: entre la propiedad privada y la psicosis hay un vínculo. Pues bien, yo fuerzo mucho más la teoría y digo que entre la infelicidad, el padecimiento del alma y cualquier forma de privatización hay una relación directa; y más aún: lo que la genialidad del judío insurrecto nos indicó es que sólo hay un goce y que es usufructuario; que sólo hay un cuerpo y es usufructuario. Que lo que organiza y rige la sexuación humana tiene que ver con un único órgano, que no poseen ni los sujetos hombre ni los sujetos mujer. Los cuerpos son ofertados a un goce, a un usufructo, que, por la creencia imaginaria de su posesión, de su propiedad, - como más tarde desarrollaría Lacan -, entran en la miseria de la repetición neurótica. Las fórmulas lacanianas de la sexuación son el fiel correlato de esto que hoy les expongo. Los cuatro discursos son igualmente una genial exposición de tales principios ideológicos.

¿Por qué no hacer una ideología de la praxis clínica? ¿Por qué no escandalizar a la pretendida asepsia de la ciencia actual, del discurso universitas? Es más, ¿por qué no sabotear con los adoquines parisinos la pretendida imparcialidad de la oficina psicoanalítica?

Los cuerpos usufructuarios: he aquí una proposición ideológica desde la que se pueden entender mucho mejor algunas de las provocaciones del pensamiento psicoanalítico freudiano-lacaniano: “La mujer no existe”, “no hay relación sexual” o una más radical todavía: “Yo, la verdad, hablo”.

Vemos, con mucha más frecuencia de lo que la farmacología del Discurso Universitario pretende, los desmanes que produce lo real, con sus embestidas de angustia. Desórdenes demoledores, paralizantes, terroríficos, que detienen sin paliativos la razón, la conciencia, el frágil y menguado Yo. Pero a todos ellos se apela para conseguir los efectos de la sumisión productiva. Si el cuerpo a uno se le desordena con la ausencia de libido, con taquicardias paroxísticas o con los más variados síntomas, sólo tiene que hacer una cosa: tener la voluntad, la escasa razón de conseguir eclipsar su Yo en pos de la potente demanda ajena, y tragar, tragar una ciencia encapsulada, un discurso encapsulado, unas expectativas de posesión de cosas al alcance de la propia  inmolación, tragar sin preguntarse jamás qué tiene uno que ver con el acontecer de este desorden y sufrimiento.

La firmeza que requiere y el riesgo que entraña el escribir un texto que hace referencia al vínculo existente entre un sistema económico y una patología mental, no son novedosos. Ha habido a lo largo de los últimos tiempos voces que han pretendido dejar claro que entre el sujeto y los modos en los que se relaciona, intercambia y constituye, o, lo que es lo mismo,  entre la singularidad individual y la adecuación política, hay relación directa, evidente. Pero sin duda es en el ámbito del psicoanálisis donde con mayor contundencia se ha teorizado. La psicología y la psiquiatría han ido por otros derroteros, en los que los determinantes biológicos o genéticos y la primacía de la conducta han marcado lo que hoy son sus señas de identidad: son fieles servidores de un sistema de adecuación.

Para el psicoanálisis no ha sido fácil dar cuenta de cómo se producen los saltos o las continuidades entre el principio de placer y el principio de realidad; es más, las diferentes explicaciones de dichos saltos marcaron lo que se ha dado en llamar la izquierda freudiana y la derecha freudiana, ambas condenadas a un cierto y comprensible extravío, que hoy podemos contemplar, no sin una pizca de admiración y ternura. Leyendo a Wilhelm Reich o a Alfred Adler este hecho se puede constatar.

La clínica psicoanalítica, por otra parte, ha presentado grandes dificultades, a causa de la propia complejidad del pensamiento freudiano. Aunque, sin duda para mí, la timoratería de los psicoanalistas, o, lo que es peor, el colaboracionismo con el sistema, en el terreno de la clínica, han servido para entorpecer más aún las cosas. Bien cierto es que un abordaje clínico en el que esté presente y sin posibilidad de exclusión el sexo, está sembrado de dificultades extremas, con especial intensidad en épocas como aquella en la que una rancia moral victoriana dominaba el pensamiento de la polis. Bastante labor tenían con conseguir hablar de sexualidad infantil y de pulsiones, como para meterse en una radicalidad como la que supuso la práctica clínica tras el pensamiento de Lacan. Para ilustrar ésta, valga una larga cita del autor en un maravilloso texto llamado “La dirección de la cura”. “La dialéctica de los objetos fantasiosos promovida en la práctica por Mélanie Klein tiende a traducirse en la teoría en términos de identificación.

Pues esos objetos parciales o no, pero sin duda alguna significantes, el seno, el excremento, el falo, el sujeto los gana o los pierde sin duda, es destruido por ellos o los preserva, pero sobre todo es esos objetos, según el lugar donde funcionan en su fantasía fundamental, y ese modo de identificación no hace sino mostrar la patología de la pendiente a la que se ve empujado el sujeto en un mundo donde sus necesidades están reducidas a valores de intercambio, pendiente que a su vez no encuentra su posibilidad radical sino por la mortificación que el significante impone a su vida, numerándola.

Pareciera que el psicoanalista, tan sólo para ayudar al sujeto, debiera de estar a salvo de esta patología, la cual no se inserta, como se ve, en nada menos que en una ley de hierro.

Es por eso justamente por lo que suele imaginarse que el psicoanalista debería de ser un hombre feliz. ¿No es además la felicidad lo que vienen a pedirle, y cómo podrían darla si no la tuviese un poco?, dice el sentido común.

Es un hecho que nos negamos a prometer la felicidad, en una época en que la cuestión de su medida se ha complicado: en primer término porque la felicidad, como dijo Saint-Just, se ha convertido en un factor de la política.

…..

Es perder el tiempo, ya se sabe, buscar la camisa de un hombre feliz y lo que llaman una sombra feliz debe evitarse por los males que propaga.

Es sin duda en la relación con el ser donde el analista debe tomar su nivel operatorio, y las oportunidades que le ofrece para este fin el análisis didáctico no deben calcularse únicamente en función del problema que se supone ya resuelto para el analista que le guía en él.

Existen desgracias del ser que la prudencia de los colegas y esa falsa vergüenza que asegura las dominaciones no se atreven a desligar de sí.

Está por formularse una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo: para poner en su cúspide la cuestión del deseo del analista.”

Sexo, cuerpo, palabra, deseo, carencia, muerte, fueron conceptos del orden de la subversión en el terreno de una ciencia, que en el siglo IX padeció el estrangulamiento por parte de un pensamiento religioso, que llevaba al ser humano por los caminos de una peligrosa monarquía. El ser el rey de la creación, pero sometido al destino que le marcaba un omnímodo Amo como Yahvé, era ser un rey pelele, falso, de trapo. Los pensadores, filósofos y poetas, que se han preguntado a lo largo de los tiempos cómo y cuánto era de importante la relación entre naturaleza y cultura, y entre el sujeto uno y el sujeto político, trataban de alguna manera de superar esta teocéntrica concepción del ser humano.

En un formidable texto de Eduardo Pérez Peña que se llama “La locura (o la alternativa política del idiota)”, nos dice, en el primer párrafo, partiendo de una cita de Lacan: “La masturbación es el goce del idiota ”, que resume y postula el epígrafe, remite a la vía de la ascesis de los cínicos (los perros), desprendimiento de los sofistas, abiertamente opuestos a la escuela platónica, y a los cirenaicos, que consideraban que debían de oponerse a cualquier clase de placer terreno eliminando con esta práctica toda forma de tentación mundana. Excluidos del Estado Ateniense, Diógenes y sus seguidores quedaban-como los niños, los esclavos y las mujeres-separados de la política y convertidos en idiotas”. Un poco más adelante continua diciendo: “Los griegos marcaban la diferencia entre los políticos o ciudadanos como aquellos que se regían por las leyes establecidas y gozaban de sus derechos, y los idiotas que eran los que, no perteneciendo al Estado, no respondían a esas consignas”.

¿Qué ocurre en la polis, qué malestar hay en la cultura, en la civilización, para que la única alternativa a la adecuación al sistema, sea la cancelación de la opinión, de la diferencia? ¿Qué es lo que hace que los que no participan de la cosa común hayan pasado de ser idiotas a ser sospechosos o inadaptados o sencillamente locos? Pareciera que la única forma posible de ser políticos, de participar en la cosa común es el absoluto vasallaje, la claudicación sumisa del pensamiento y del legítimo protagonismo. La civilización actual, basada en la depredación más absoluta, ha generado una extinción del pensamiento autónomo y creativo, ha cancelado toda forma de responsabilidad. Cuando Freud le pregunta a Ida Bauer cuál es su responsabilidad, su participación en lo que denuncia, le hace mucho más que una pregunta. Le precipita en un universo de protagonismo interventor en lo que sería la mediación de su vida, la posibilidad de cambio terapéutico. Ella podía intervenir en su sufrimiento, ella podía, a través de su vida y su responsabilidad, cambiar el trágico curso de su infelicidad neurótica, porque ella tenía la unicidad de su persona, tenía su palabra, recogida del Gran Otro, del Tesoro del Significante, aunque, de esto, el genial maestro de la duda no tenía aún conocimiento, pues le faltaban, como dice Lacan, algunos instrumentos: “Ginebra, 1910” y “Petrogrado, 1920”. Pero sí tenía la sabiduría de quien puede sostener un deseo y un proyecto, de quien tiene una ideología surgida de la experiencia y no come todos los alimentos que, inyectados con el veneno de la sedación, el poder social, científico e ideológico pone sobre la mesa, listos para ser devorados. Freud dudó, no fue crédulo, no fue sumiso y formuló la pregunta: “¿Y si no fuera eso?” Freud introdujo por primera vez en un espacio ajeno a la conciencia, a un ser mortal, sexuado, carente y del lenguaje. El tránsito del principio de placer al principio de realidad nos habla de un sujeto en el que aparecen las pulsiones y los deseos inconscientes, y de la manera en que ese sujeto va dando cuenta de ello, con o sin solución de continuidad. El sujeto freudiano es un sujeto de cuerpo carencial, de palabra y de sexo, con conciencia de su finitud, de su muerte.

Como el toro estoy hecho para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto”    (Miguel Hernández)

La duda, la sospecha, es la marca que inaugura la presencia del psicoanálisis. Lo que Freud le dice a la comunidad científica, a la filosofía de la época y a la moral dominante es No. No, sin paliativos, No desde la radicalidad de la insumisión política, aun a riesgo de ser considerado -como así fue- un loco o un depravado. Lo que Freud crea parte de una duda: ¿y si no todo es del espacio de la conciencia?, ¿y si resulta que hay un tiránico principio que nos mueve por el placer o para cancelar el displacer?

Su radicalidad es mayor, en la medida en que se cuestiona a sí mismo en el momento en el que, habiendo partido en primera instancia de tratar de dar un estatuto científico a la psicología con “Proyecto de una Psicología para Neurólogos”, deriva radicalmente en el universo de la palabra, del símbolo, hasta “Traumdeutung”,  en donde recoge toda la aportación de la poesía a su pensamiento inaugural, siempre sin separarse de su mentalidad científica.

He ahí la cuestión -nos diría el poeta-. La cuestión de una sospecha. En momentos en que la histeria era considerada como una patología uterina, Freud le dirige a una  joven burguesa de Viena una simple pregunta: “¿Qué piensa usted de todo lo que dice?, ¿qué tiene que ver usted en todo lo que denuncia?” Naturalmente, ella sale despavorida de su consultorio (“¡¡qué dice este loco!!!”),  pero cierto es que, desde la presencia del psicoanálisis y su posterior desarrollo, resulta muy raro encontrarse con aquellas patologías que se habían dado en llamar histerias de conversión. De alguna manera Freud inicia una clínica que conlleva esa pregunta, una ideología, que a mí se me antoja la de “los cuerpos usufructuarios”. En ese análisis fragmentario, Freud anuncia que el sujeto, “teniendo, no posee”. Lacan, desarrollará, a partir de esta concepción, la constitución del sujeto en torno a un cuerpo, que, teniéndolo, no posee: “El estadio del espejo”.

El psicoanálisis no es convencional; digámoslo, pese a que desde las oficinas psicoanalíticas, como diría Lacan, se le intente someter de manera permanente,  consiguiéndolo ciertamente en muchas ocasiones. El psicoanálisis arranca de una posición que supone, en primer lugar, una fractura con la convención de la conciencia, y en segundo lugar, una radical confrontación con la filosofía antropocentrista y de tradición divina. Sujetos, sí, pero sujetos en el marco de sus miserias y sus contradicciones, que no merman en modo alguno su condición de sujetos. No rompe con la ciencia, rompe con el modelo dominante de la ciencia, con el positivismo, el empirismo, entrando en el espacio de la conjetura. En torno a esto, Lacan en “Función y campo de la palabra”, nos dice: “No hay ciencia del hombre, cosa que debe entenderse en el mismo tono que no hay pequeñas economías. No hay ciencia del hombre, porque el hombre de la ciencia no existe, sino únicamente su sujeto. Es bien conocida mi repugnancia de siempre por la apelación de ciencias humanas, que me parece ser el llamado mismo de la servidumbre. Es también que el término es falso, dejando de lado a la psicología que ha descubierto los medios de sobre vivir en los servicios que ofrece a la tecnocracia.” Y un poco más adelante, continúa: “La oposición de las ciencia s exactas a las ciencias conjeturales no puede sostenerse ya desde el momento en que la conjetura es susceptible de un cálculo exacto y en que la exactitud no se funda sino en un formalismo que separa axiomas y leyes de agrupación de los símbolos.”

El panorama de la modernidad, de la post-modernidad, o de la decadencia del ultraliberalismo, o de como ustedes quieran llamar a este período de máxima depredación, ha traído en el primer mundo una nueva forma de hacer síntomas y de presentar las patologías, además de toneladas de fármacos, que esperan a ser consumidos por las impacientes bocas de quienes imploran un momento de sosiego, en la peregrina idea de que tienen un cuerpo eterno que les pertenece, igual que si fuera una propiedad que hay que conservar en estado de transacción, siempre dispuesta para la especulación: no envejecer, no deteriorarse. De todos y cada uno de los nuevos síntomas hay una precisa descripción en los manuales modernos, y para su conjunto una clara clasificación: miles de cajoncitos, con sus respectivos apartados y con su tratamiento químico recomendado: tenemos recursos farmacéuticos para la angustia, para la alegría, para la ansiedad y para la placidez, para el stress y para la tranquilidad, para la impotencia y para la potencia, para la inhibición y la exhibición, para las dependencias y para las excesivas independencias, para el amor y para el goce, para los excesos y los sucesos no deseables, para la infertilidad y para la fertilidad. Tenemos una industria química en auge que nos acerca a la inmortalidad. Y bocas abiertas para recibir lo que se les ofrece, pero a condición de que no se cuestione la bondad de tal preocupación y desvelo, por parte de las instancias del poder. Por otra parte el sistema cuenta, para las grandes desgracias y catástrofes, con  grandes contingentes de psis, que esperan impacientes la hora de acudir a la llamada de la sangre o del llanto.

La palabra está herida de muerte.

Como pan vino la palabra,
como fragmento de crujiente pan
fue dada,
igual que pan que alimentase el cuerpo
de materia celeste.
Vino, compartimos su íntima sustancia
en la cena final del sacrificio.
Y nos hicimos hálito, sólo soplo de voz.
Palabra, cuerpo, espíritu.
El don había sido consumado.”      (José Ángel Valente a Bernard Noél)

¿Y si resulta que, una vez más, no es “eso”? ¿Y si resulta que todas las formas en las que se  presentan los síntomas no responden más a que los canales a los que se ven forzados los sujetos para poder poner algún símbolo a su queja, para poder decir algo que sea un esbozo del no? ¿Y si resulta que estamos recauchutando un cuerpo que no poseemos?

La sociedad civilizada, que exige el bien obrar, sin preocuparse del fundamento instintivo del mismo, ha ganado, pues, para la obediencia o la civilización a un gran número de hombres que no siguen en ello a su naturaleza. Animada por este éxito, se ha dejado  inducir a intensificar en grado máximo las exigencias morales, obligando así a sus participantes a distanciarse mas aún de su disposición instintiva. Estos hombres se ven impuesta una yugulación continuada de los instintos, cuya tensión se manifiesta en singularísimos fenómenos de reacción y compensación. En el terreno de la sexualidad, que es donde menos puede llevarse a cabo tal yugulación, se llega así a los fenómenos de reacción de las enfermedades neuróticas. La presión de la civilización en otros sectores no acarrea consecuencias patológicas, pero se manifiesta en deformaciones del carácter y en la disposición constante de los instintos inhibidos a abrirse paso, en ocasión oportuna, hasta la satisfacción”. (S.Freud. “El malestar en la cultura”).

Nadie diría, de no ser por la invocación de la cita, que este pensamiento tiene 80 años. Su vigencia es evidente para lo que les quiero transmitir, no por el mero hecho de reconocer las presiones de la moral dominante, sino porque manifiesta un posicionamiento claro, una respuesta que no es la de la adecuación frente al discurso del dominio.

Hoy, a nuestros consultorios llegan particulares y variados sufrimientos, que seguramente están en relación con el desarrollo de nuevas formas de ubicación social: la familia no es la nuclear tradicional; las formas de producción laboral implican una aparente mejora en lo económico, pero también una merma en la economía de la libido; llegan las aportaciones del incipiente mestizaje y la importación de otras culturas, a través del comercio globalizado; hay una expansión de las redes de consumo; los  medios de comunicación han impuesto una movilidad que nos acerca -falsamente- a los países, las culturas lejanas y bárbaras. El Amo clásico ha transitado a los trust y a las sociedades anónimas, en las que sólo hablan las máquinas, con las que uno se comunica apretando botones, designando las opciones que previamente alguien ha determinado… Todo eso ha generado como forma de respuesta una degradación de los espacios de disfrute, de creatividad, de dominio de parte del tiempo propio. Hoy en el primer mundo, el grito parece diferente. Hoy la queja nos aparece recubierta de opulencia, de bienestar. Hoy los hijos, los pocos hijos que hay en el llamado mundo civilizado, reciben explicaciones del manual de los buenos padres: explicaciones precipitadas, sin tiempo, porque parecieran ignorar que todas las leyes, que todos los límites son  arbitrarios y caprichosos, porque son del orden de la convención, son de orden político. Todos, los padres y los hijos tienen que estar aptos para el posterior rendimiento laboral o escolar del día siguiente, siempre del día siguiente, acariciando la idea, de que en la posesión de bienes materiales, de cuerpos perpetuamente jóvenes, se roza la inmortalidad… pero lo que sobreviene es la angustia, la desesperanza, la miseria de la repetición neurótica.

Para darle a todo esto un buen envoltorio contamos con el discurso universitario en forma de lenguaje científico. Ahora nos aparecen patologías tan curiosas como los  trastornos sexuales, hipo activos o por aversión, o la dispareunía por enfermedad médica o no;  la parasomnia no especificada; los llamados “problemas adicionales”, que pueden ser objeto de atención clínica, como el problema religioso o espiritual. O, si no, podemos acudir a la evaluación multiaxial y revisar el eje IV, que en los actuales manuales de diagnóstico como el D.S.M. (IV), se llaman, por ejemplo, problemas de vivienda o problemas económicos… ¿Se dan cuenta ustedes de la perversión que entraña el meter en un cuadro de diagnóstico mental el que uno no tenga vivienda o un salario digno? Con ello el sistema pretende, con la colaboración de ese discurso universitario, decirnos que no se trata de un problema de depravación del sistema capitalista, sino del problema mental de los que no tienen dinero o vivienda. O el problema de los que tienen un cuerpo que no responde a las expectativas de una sociedad de culto. ¿Por qué se han multiplicado de esa manera los casos de anorexia o de bulimia?

Se ha generado una disminución en la capacidad de protagonizar nuestra vida desde la simple pregunta “¿quién soy, qué quiero?” A partir del secuestro de nuestra hegemonía  por parte del devorador sistema, el sujeto se convierte en un alma bella al que la desdicha azarosa ha castigado poniéndole la fortuna de espaldas: alea jacta est. Que el Estado o el sistema se ocupen de mí.

Nos exigen a los que escuchamos tales quejas, un corto tiempo de actuación, un tiempo mínimo para producir el efecto deseado: los individuos portadores de la queja han de quedar enseguida aptos para la producción, para la adquisición y producción de bienes, para rozar el espacio del paraíso de los amos. Para ése ser al que se le supone un saber no queda tiempo. Sólo hay un tiempo para el tener. Pero muchos psicoanalistas bien sabemos lo que Lacan enuncia: “Es sin duda en la relación con el ser donde el analista debe tomar su nivel operatorio” Eso es hoy tan radical y subversivo que bien podrían llevarnos a galeras por conocer tal secreto.

Lacan plantea que hay un quinto discurso, resultante de la torsión del discurso del amo, y es el llamado discurso del capitalista. No es otro que el discurso del modo de producción actual: promete la satisfacción de todos los deseos, a condición de borrar, de cancelar toda diferencia entre el objeto de deseo y el objeto de consumo.

  

En esta fórmula, el sujeto se encuentra en posición de semblante, no atado a nada, amo absoluto de las cosas, de las palabras, del cuerpo y por ello, doblemente alienado.

Lo que este modo de producción o movimiento de “ultraliberalismo feroz” ha traído como consecuencia ha sido la alianza de este discurso capitalista con el discurso universitario, en el que la hegemonía del saber se ve reemplazada, en la modernidad, por la hegemonía de la ciencia, o mejor aún, del lenguaje científico o tecnológico, tanto en el plano de lo social, como en el de la salud - el de lo psíquico-.

Lo que nos llega a las consultas es el resultado de la interacción de un pensamiento dominante, prácticamente único, con ese discurso al servicio igualmente de los poderosos, el discurso universitario. Este pensamiento ha desalojado por completo la responsabilidad individual, y el sujeto es un sujeto carente de voz, vacío de protagonismo y repleto de exigencias a un estado, a un sistema que se le oferta como omnímodo y como única madera de dar salida a cualquier expectativa individual. Nos encontramos con un ser repleto de exigencias y vacío de palabra y responsabilidad. Los individuos no son los protagonistas de su biografía, no son sino esclavos de demandas ajenas; han cancelado todo deseo individual y toda posibilidad de que éste emerja a través de los interrogantes, de la palabra. Cuando Freud decía que el psicoanálisis cambia la miseria de la repetición neurótica por el infortunio de todos los días, hablaba del protagonismo que significaba el poder hacerse cargo de la historia individual. Más tarde Lacan dirá rotundo y claro: “Yo, la verdad, hablo”. Si no es posible establecer un vehículo que legitime el hecho de tener voz, de tener palabra desde lo individual del propio deseo, habremos cancelado lo subversivo del análisis.

“¿Y si no es eso?” ¿Y si resulta que, ante la exigencia de unas medidas reconversoras y adecuadoras al sistema actual,  nosotros, los analistas, sólo ponemos los oídos y planteamos interrogantes?, ¿qué pasa? Demos la posibilidad a palabra de retomar su protagonismo y su importancia.

Si en medio del llanto miro
y en mitad del estrépito de la carcajada
vuelo hacia mis rincones,
¿Cómo decirte del recuerdo
de aquel llanto?
 ¿cómo decirte de la huella
de mi risa?
Sólo puedo hablarte de lo que  quedó
entre mis recuerdos,
 sólo puedo darte
las palabras que me restan,
como  gotas de llanto y ecos de carcajada.
Sólo puedo darte un cuerpo prestado,
transitorio, que gime y ríe
y que lo es
cuando encuentra otros cuerpos”           (José Luis Mellado.Tesoros ocultos”.)

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