temas clave: psicoanálisis Lacan política pensamiento revista digital |
Ni esqueletos andantes, ni víctimas de la moda, ni TCA (trastorno de conducta alimentaría): Ellas aspiran a ser “princesas” y nadie dijo que fuera fácil llegar a ser una princesa. Princesas “ana” y princesas “mía”, acrónimos de anorexia y bulimia. Etéreas, infantiles, lánguidas y asexuadas, su sueño, su meta es la desaparición. Disolverse a través de la pérdida de su propia masa corporal. El propio vaciamiento de “a” toma el lugar como objeto de goces pulsionales: Las anoréxicas quedan, a través de los blogs y foros de internet, “a comer” (por supuesto, sin ingesta), dando así la razón a Lacan cuando afirma que no es que no coman, sino que comen “nada”. Es el goce de la privación, que se descubre en la histeria1, en su máxima literalidad. Goce que sirve de base al segundo tipo de identificación en Freud, la identificación histérica y que tiene como característica original fundar una comunidad. A partir del ejemplo freudiano de la joven que recibe en el correo un disgusto amoroso (el elemento de privación) y que produce un contagio psíquico en sus compañeras, se deriva la invención lacaniana del discurso histérico que, como los otros tres discursos, es una forma de gestionar el goce y un modo de vínculo social. Aunque se piensa que anorexia y bulimia no son recientes, de hecho las primeras descripciones se remontan a la Edad Media, lo cierto es que se adjudican a figuras históricas desde la concepción actual, rodeando de un halo de leyenda a quienes pudieran haber padecido estas patologías. Por un lado, aparecen las santas católicas, como Catalina de Siena, Teresa de Ávila o Juana Inés de la Cruz, muerta, esta última, de hambre. Delirios místicos en busca de la espiritualidad que su Otro parece exigirles. En otro grupo aparecen personajes complejos y atormentados, como Elizabeth de Baviera o Simone Weil. En todos los casos, jóvenes muy cultas, intelectualmente brillantes, influyentes en su época, artistas, escritoras, políticas, etc. Los otros casos, aquellos de gente anónima, que aparecían descritos, solían tener el mismo final trágico que conocemos. Y sin embargo, desde hace apenas una década, se produce un factor esencialmente novedoso. Se trata de los sitios de internet en los que aparecen las anoréxicas como comunidad. Páginas web de “princesas”, foros, chats y blogs en los que organizan carreras de kilos, dan la bienvenida a las “wanabe”, las novatas, se pasan trucos para vomitar, para superar el hambre, para que no las descubran en casa, se dan ánimos, se juran fidelidad, suben fotos personales y también de famosas famélicas a quienes quieren parecerse. Páginas ornamentadas con colores pastel, con mariposas, libélulas y hadas. Se reconocen en sus diálogos los esquemas de los grupos terapéuticos anti-obesidad al estilo de “alcohólicos anónimos”, en combinación con técnicas conductuales aplicadas: refuerzo, contratos, economía de puntos, etc. Se reivindica la pérdida de peso en términos de deseo, hablan de superación, de lograr las metas que se desean. Incluso inventan una leyenda en latín que dice Quod me nutrit me destruit, lo que me nutre me destruye. Pero sobre todo escriben. A modo de diario personal hablan de sí mismas. Desde panoramas simbólicos arrasados, despliegan el lazo social del discurso histérico por el que se sostienen entre ellas. Este es el aporte de internet. Por ello, la clausura de las páginas web por parte de las autoridades judiciales por considerar que incitan y promocionan conductas patológicas, podría ser contraproducente de surtir efecto. Dejaría sin “red”, es decir, en caída libre a sus usuarias. Además, permite a aquellos que quieran escuchar, el acceso a sus blogs, en los que se sienten libres para hablar de lo que quieran. Desde la directriz No responder a la demanda, uno de los caballos de batalla que haría irreconciliables las psicoterapias al uso y el psicoanálisis, Lacan nos lleva a su aforismo Te pido que rechaces lo que te ofrezco porque no es eso2. Podríamos pensarlo en términos de invocación por parte de la anoréxica al Otro. Invocar a un Otro distinto del que preside las ruinas de su mundo, que pueda escuchar que no se trata de ningún trastorno de conducta alimentaria. Y en ese lugar debe aparecer alguien capaz de soportar su propia angustia, promovida por la dificultad máxima que la anorexia plantea: ante el aplastamiento de su mundo simbólico, ella encarnará hasta su propia desaparición el no es eso. Intentar revertir este proceso, el cambio de registro en el que tramitar esa nada, será la tarea. Para su propia supervivencia, es necesario que el psicoanálisis “responda” a los malestares de la época, en primer lugar estando inmerso en ella, la época, y levantando la nariz del pañuelo de encaje, a sabiendas de que no es buen momento para la solidez de los semblantes. Quitarse de encima “la afectada gazmoñería” que Lacan les atribuía a los psicoanalistas en “Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión”. Es responsabilidad de los analistas hacer patente el uso del psicoanálisis en su faceta asistencial y terapéutica. En lugar de rechazar de plano toda comparación con la psicoterapia, se impone una vuelta a la concepción freudiana de la psicoterapia analítica. |