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Viñeta publicada en El País, 18 de septiembre de 2008.
El Roto (cortesía del artista)

 

¡Sonría!…por favor


Fabián Appel
Psicoanalista, Madrid

Freud atribuye a la lectura de la obra del poeta, el placer que nos alivia de tensiones. La poesía convoca a no avergonzarnos ni retroceder ante nuestros ensueños y a situar las cosas del mundo en un orden diferente, sobre todo cuando la llamada realidad no proporciona placer alguno.
La dimensión de lo cómico, el chiste, participa de la misma condición, puede perforar el blindaje más sagrado y en consonancia con la poesía, infundir el valor de acercarse a lo real en una comunidad carente de él.

El caballero de aspecto gris y esbozada sonrisa que aparece en la ilustración del Roto1 que encabeza esta página, devela con trazo firme y risueño la farsa de, dimensión planetaria, en la que millones de personas cayeron.

Sorpresivamente, el personaje del Roto que con familiaridad y desapego nos habla desde la viñeta cómica, es un viejo conocido. Allá por el (¿lejano?) año de 1867 volvemos a reencontrarlo. Por esas épocas Karl Marx lo nombró como el capitalista, aunque en la actualidad, a mayor gloria de la corrección, el amo también manda cómo se debe hablar, se lo designe con cualquier otro vocablo que encubra y suavice la ambición y la codicia.
En el escrito de Marx, después de evocar la “catequesis” a la que el capitalista se entrega a fin de presentarse como si de un humilde trabajador más se tratara, podemos leer lo siguiente: “Pero entretanto el capitalista, con sonrisa jovial, ha vuelto a adoptar su vieja fisonomía. Con toda esa letanía no ha hecho más que tomarnos el pelo. Todo el asunto le importa un comino”. Esas patrañas vacías, las deja “a cargo de los profesores de economía política a los que él mismo paga. El, es un hombre práctico que si bien fuera del negocio no siempre considera a fondo lo que dice, sabe siempre lo que hace dentro de él”.2

La sonrisa, suavemente perfilada, que asoma en el chiste del Roto, es la sonrisa jovial que Marx advierte y que Lacan recupera en “Televisión”3 para el discurso capitalista. La misma alegría fálica que muestra el pobre convertido en el “famillionario” del chiste freudiano. Hirsch-Hyacinth, que por sus muchos oficios tuvo “el honor” de curar los callos del gran sabio Rotschild, consejero de reyes, se vanagloriaba ante quien quisiera escucharlo, de que otro Rotschild, esta vez el banquero al que le vendió lotería lo trató con afinidad, como uno de los suyos, lo trató “famillionariamente”.

La comicidad se abre paso, todos somos “potencialmente” Rotschild. ¿Acaso en pleno delirio hipotecario no se decía con total convicción, que en poco tiempo seríamos una sociedad de propietarios? Si esto no fuera posible, no importaría, los Rotschild de este mundo siempre podrían tratarnos “famillionariamente”.

 

Por sobre todo, mantener el semblante

El semblante, un verdadero regulador del goce, permite extender la consigna del “todos pueden”, sugerencia con carácter universal que ni bien es lanzada al mundo, emerge la verdad que oculta trasformándose en un “todos deben”. Revelando así su naturaleza imperativa.

La consigna enunciada en su forma menos violenta, menos integrista, la consigna de “para todos” se apoya en una verdad tan “sólida” que basta un chiste para descomponerla.
La salida cómica no solamente burla la censura del aparato psíquico, que no gusta de las críticas (ver ”El Chiste y su relación con el inconsciente”), sino que sobretodo conmociona los cuerpos.
El puro juego significante engancha un real y transmite, en su incontrolable circulación, esa conmoción a otros cuerpos. Como se ve, hasta el mismo amo podría llegar a sonreír.

Caída, provisionalmente, la significación de lo serio o dicho de otra manera la obturación del deseo en su transcurrir, los efectos del sentido, las novedades, se multiplican.

 

Una caída de más, un semblante de menos

Llaman crisis a aquello que Freud nominó como Malestar en la cultura. Donde nominar no es sólo nombrar, sino exactamente su contrario. Nominar es dar cuenta de una novedad, y abrir una operación de vaciamiento de la significación, de disolución del sentido común de la palabra.
Al momento actual se lo llamó crisis y desde todos los sectores políticos, sin excepción, se elevó el término a los altares.
La aparición de un real, traumático en algunos casos, recibió el nombre de crisis, espacio en el que convive desde el susto de los creyentes en el progreso, hasta la excitación de los que auguran el fin del actual estado de miseria intelectual, y de la otra, que contrasta con el esplendor de los llamados bienes.

Si una pequeña dosis de audacia permitiera interrogar de cerca el significado de crisis, el mismo interrogante introduciría un corte acerca de este sobreentendido, apareciendo el sinsentido de la palabra junto a una multitud de argumentaciones igualmente insensatas.
Esta operación nominativa que introduce un corte es la que practica el psicoanálisis. Vaciar de sentido las creencias de un analizante es una parte, aunque no la única, del acto analítico.

En esta “crisis”, la creencia más arraigada y de obligada devoción, ha sido la fe en el Mercado, en su autorregulación, afirmada en la proclamación del Fin de la Historia. Entendiendo por historia la confrontación, más o menos aguda, de intereses excluyentes cuya síntesis última es el mercado. Allí se trasladó el sujeto supuesto saber, desde el analizante al mercado.

 

De psicoanálisis y psicoanalistas

Freud  puso de relevancia que en la cultura, o lo que es lo mismo, el discurso contemporáneo, el psicoanálisis tiene algo que decir. Luego existe una conexión de pertenencia entre el psicoanálisis y el discurso social actuante.

Desde una muy discutible neutralidad, el psicoanalista podría excluirse y denostar cualquier interés por una lucha entre amos –“que se arreglen entre ellos”. Si entienden que lo político no les concierne, hacen gala de una cierta posición estoica, argumentando que los designios del Otro son inescrutables, un enigma nunca se puede llegar a saber. Reflexión esta que les permite retirarse hacia tareas que consideran más elevadas.

En nuestro caso, optamos por un camino diferente.

Lacan, siempre escéptico frente a las llamadas políticas de uno u otro color, se compromete en la investigación de los lazos sociales y la regulación del goce. De eso tratan los cuatro discursos, de política. Es el mismo Lacan quién manifestó que la revolución es un movimiento que gira en redondo, repitiendo sus coordenadas, cualquiera sea la revolución triunfante. Así mismo, mostró su incredulidad de que a través de ella la función del amo desaparezca, un amo revestido de un polimorfismo conveniente en cada momento.
Su posición no le obstaculizó para analizar los lazos sociales en el tiempo actual bajo el nombre de Discurso Capitalista, entendido de entrada como una sustitución del Discurso del Amo… antiguo.
Lacan descubrió lo realmente subversivo en la función que desempeña el sujeto del inconsciente en el orden del universo del saber.

Hablando del psicoanálisis decía: ”que se encuentra con algunas dificultades para hacer entender en un medio infatuado del más increíble ilogismo lo que supone el hecho de interrogar al inconsciente como lo hacemos (…) hasta que su respuesta no se contente con (…) el orden del arrebato, o del derribamiento, sino más bien por qué”4.
El sujeto es una novedad, no tanto como el reputado “hombre nuevo”, pero sí una diferencia con lo que hasta el momento nos entregó el Discurso del Amo en su versión del Discurso Capitalista. En éste no se trata solamente de un no querer saber, sino de perpetuar lo ilógico.

En mayo de 1972, en la facultad de medicina de Milán, Lacan es el conferenciante: “…es suficiente para que eso marche sobre ruedas –el capitalismo-, eso no podría correr mejor, pero justamente eso, marcha así, velozmente, hacia su consumación…”. “Eso” corre velozmente, ¿para qué?, ¿hacia dónde?
En esas fechas y en el mismo texto, Lacan ya entiende que “la crisis del discurso capitalista está abierta”.
El capitalismo en su crisis, abierta desde siempre, destituye pero no inventa alternativas -tampoco la izquierda institucional-  ensimismado como está con el encantamiento que su mirada sobre sí mismo le provoca.
Una mirada fascinada (¿qué otra cosa es el fantasma?) vuelta sobre sí misma, no sin ideología en la que apoyarse.

La llamada posmodernidad, atesora el dudoso honor de hacerle creer al mundo que derrumbado el muro de Berlín se acabaron los conflictos. Como estamos en la era del buen entendimiento todas las opiniones son respetables y deben ser sostenidas con cortesía, omitiendo que algunas veces sí y otras también, esta oculta una pura indiferencia.
En este ejercicio “new age” donde desparece el juicio crítico, todas las posiciones son equivalentes, ninguna es más verdadera que otra.
Por supuesto, de esta ideología narcotizante quien obtuvo ventaja y consenso fue el integrismo del mercado, (en España, esa fue la realidad de la tan cacareada transición), aceptación sin rechistar en la que convergieron medios, sindicatos, intelectuales y universidades a la carta. Para no mencionar a los partidos políticos de derecha a izquierda o viceversa.

Con estos recursos el Discurso Capitalista sustancializó lo humano en lo inhumano del mercado.

 

La crisis no es una coyuntura

Con prontitud y para conjurarla –a la crisis-, las voces autorizadas, que no responsables, y con derecho a opinar, intentaron velar con medidas siempre desesperadas lo que asoma de lo real de la estructura.

No se aparta del rango cómico escuchar cómo un hombre de ciencia, ahora convertido en ministro de la sanidad española, Bernat Soria, anunciaba, raudo y con urgencia, la creación de un Observatorio de Salud Mental para atender a los afectados por la crisis. Presumía el ministro que esta iniciativa se ve justificada por el posible aumento de las depresiones entre la población. Seguramente no consideró el estado de salud mental de la población cuando el mercado “respondía”, y mucho menos se le ocurrió proponer una medida tan socorrida desde la biopolítica. Posiblemente creyó que la salud mental de la población deslumbrada por la adquisición de objetos, cuya utilidad es cuestionable o  decididamente ninguna, no merecía ni tan siquiera ser considerada, dándola por buena.
Para él una sociedad, como lo fue la española, embarcada en una carrera sin límites de gastos asfixiantes sería índice de su buena salud mental.

Otra idea que circula estos días, adquiriendo carácter universal, es la de refundar el capitalismo, ajustando y fortaleciendo los mecanismos de control.
Habría que preguntarse, si de paso y nuevamente aprovechando los juegos de la biopolítica, ¿se dedicarán también a ajustar un poco más los mecanismos de control sobre la población? Ya se sabe que cuando falla la fe, queda el recurso al puño del gendarme.

Dicen crisis y miran hacia otro lado, no hay ningún responsable. Al fin son coherentes, el Discurso Capitalista no ofrece cabida al sujeto responsable, a lo sumo sólo para individuos punibles.
Por el contrario para el psicoanálisis, el sujeto siempre es responsable. Un discurso tan abierto como el capitalista “…que marcha velozmente…”, ¿no recuerda acaso a la manía con sus significantes que, sin puntuación, se deslizan erráticos hacia ningún lugar? En su ceguera, el límite requiere que lo real (asesinato/ suicidio) funcione como punto de capitón y que detenga su insensata travesía. Este mismo movimiento sin sentido, rechaza al sujeto, lo deja sin lugar, lo expulsa de cualquier significación y termina consumiéndolo en su accionar.

¿Pero qué consume este discurso? Aquello que sin rubor muestra, el vacío. El amo se aburre, el amo siempre quiere más; falta el vacío que permite que los significantes se encadenen. Es el vacío el que originariamente soporta los efectos de esa forclusión. Al faltar el vacío, su ausencia se ve rellenada por el objeto. “Haciéndose retorno en lo Real lo que es rechazado del lenguaje”5, dice Lacan en “Televisión” aludiendo a la manía.
En el Discurso Capitalista, se sabe, el sujeto también está rechazado. No se habla, tampoco se escucha y por tanto, lo único susceptible de interpretación son las cifras de las columnas contables.
Sólo se trata de cuantificar: más dinero, más orgasmos, más cadáveres. O lo que en cada momento reciba una luz agalmática.
Plus de goce, así llamó Lacan a esta no-actividad, reformulando al Marx de la plusvalía.
Plus de goce, como pulsión insaciable, a la que conviene diferenciar del goce que acompaña al síntoma. Este último posiciona al sujeto en disyunción y ocasionalmente en claro enfrentamiento con el discurso vigente.

El síntoma recupera al sujeto para la tarea de objeción a la conformidad común, a la hipnosis compartida que Freud nominó como “Psicología de las masas”. El síntoma sobre todo incomoda al amo porque lo cuestiona.

Decíamos más arriba que el vaciamiento de sentido ordinario y su sustitución por un sentido propio del sujeto, es parte importante del acto analítico. Y agregábamos que el acto analítico no se acaba allí.
¿Cómo seguir? ¿Qué hacer una vez logrado el sinsentido de lo establecido como supremo? ¿Cuál es el paso que sucede a la caída del semblante que comandó la vida de un sujeto?

Finalmente ¿cómo intervenir sin falsas neutralidades ni ofertas de simpatía?
La obscenidad compartida que desdeña cercar lo real no es gratuita.
Tal vez hoy esta sería la cuestión a tratar.

 


1 Publicado en el diario El País, de 18 de septiembre de 2008

2 Kart Marx “El Capital”, tomo I, capítulo 5, pág. 234. Ed. Siglo XXI, 2003

3 J. Lacan “Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión”, pág. 99. Ed. Anagrama, 1980

4 J. Lacan. “La subversión del sujeto”, pág. 307. Ed. Siglo XXI. 1971

5 Opus cit. pág. 107


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