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Lo inútil del sufrimiento, técnica óleo sobre tabla
Ricardo Horcajada (cortesía del Centro de Arte Moderno)

 


El discurso de los mercados —
¿Un “sexto” discurso?1

Néstor A. Braunstein
www.nestorbraunstein.com

El discurso del capitalista

Una objeción se levanta, crece y revela prontamente ser en nuestro camino un peñasco que no podemos ignorar ni esquivar. La formula una asistente a nuestro seminario usando pocas pero contundentes palabras: “Finalmente, aún y cuando se planteó en el seminario que el discurso que ahora domina es el del capitalismo tardío, me encuentro en la imposibilidad de sostener tal planteo o de rechazarlo y desconozco sus efectos en relación a la estructuración psíquica”. Sus palabras felizmente desafían a la solidez de nuestras construcciones.

Ella habla de “su imposibilidad” para definir con claridad, a favor o en contra, el alcance y la validez de la relación que proponemos entre la organización del sistema económico dominante en nuestro mundo y los cambios en la subjetividad (“la estructuración psíquica”) que son el tema de la extensa literatura que hemos estado revisando y procesando. Esa relación es el hilo conductor y la presuposición de nuestro discurso. La observación de la estudiante, planteada como un síntoma de desconocimiento, bien pudiera ser el índice que apunta al intento prematuro y apresurado, por nuestra parte, de suturar la articulación entre las dos variables a las que hemos supuesto íntimamente vinculadas, si no es que codependientes. Y es que, llegados aquí, debemos reconocer que carecemos de una teoría sólida, no impugnable, de la articulación entre los hallazgos de nuestra clínica y las condiciones materiales de la existencia de nuestros pacientes –las de nosotros mismos –en la sociedad contemporánea. Conviene recordar, también, que cualquiera sea nuestra conclusión, ella deberá estar siempre sometida a la escucha del “caso por caso” y que cada nueva observación podría infirmar nuestras más fundadas especulaciones. Aceptaremos cambiar nuestra teoría para dar cuenta de los casos...  pero no a los casos para justificar nuestras reflexiones. Ello no obsta para que sigamos estudiando las modalidades y las consecuencias de nuestras hipótesis sobre la relación entre la compleja sociedad de estos años protomilenarios y la no menos complicada subjetividad de nuestros analizantes.

La dificultad no es nueva como tampoco lo es el intento en el que nos embarcamos: articular lo subjetivo singular, lo particular del sufrimiento y de los extravíos en los vericuetos del goce y del deseo de cada analizante y de cada miembro de la sociedad, con los procesos colectivos en que esos “cada uno” están involucrados en estos tiempos de vertiginosa transformación del paisaje social, ideológico e incluso físico como resultado de los “avances” de la tecnociencia. Clásico problema de la interacción de esa “psicología individual” que es, “al mismo tiempo y desde un principio, psicología social”. Nuestro procedimiento, sin embargo, es legítimo: nos negamos la consolación inicial de esa “teoría sólida” de la que podríamos deducir las explicaciones que nos faltan y a la que podríamos, si tuviésemos buena fortuna, reducir la variopinta multiplicidad de la realidad que nos rodea y nos desconcierta en la clínica. Optamos, en cambio, por desmenuzar (“analizar”) los cambios que se producen en los dos campos y tratamos de inducir una respuesta provisional y prudente, sujeta a rectificaciones, que pudiese servir como mecanismo de conexión teórica entre la masa de informaciones (“datos”) que vienen de ambos lados: el psicoanálisis por una parte y la sociología, la economía política y la antropología por la otra. No disponemos de una teoría unificada de las ciencias del signo y es posible que esa situación no esté indicando una impotencia sino una perdurable, verdadera, insuperable, imposibilidad.

Bien es cierto que una imposibilidad  no se declara y, en virtud de tal declaración performativa, cuenta uno, desde el momento de manifestarla, con el tranquilizante salvoconducto que permite renunciar al trabajo teórico. La imposibilidad es el límite con el que se choca después del empeño, productor de esclarecimientos parciales, por hacer retroceder sus límites. La imposibilidad, es cierto, existe y ella es fundadora de la empresa de explorar lo que se ofrece ante nuestros medios de conocimiento. En el final encontramos que lo real, lo que no puede decirse, empieza allí donde acaban nuestros devaneos interpretativos. Lo real es el ombligo del sueño, de nuestro sueño, de hacer inteligible a la realidad para operar en y sobre ella.

Trabajamos nuestras hipótesis a partir de una gigantesca masa de datos que nos informan acerca de una realidad esquiva y abierta a las interpretaciones más dispares. Partimos de un insoslayable punto de partida: esa fenomenología de una vida cambiante que tanto y tan banalmente cosquillea a la mayoría de los estudiosos (Gilles Lipovetsky2, etc.), arrebatados por los embrujos y por las amenazas apocalípticas de la contemporaneidad técnica, social y política. Ese cúmulo de hechos cautivantes, revela un cambio en el discurso predominante; el nuevo discurso que escuchamos y que con frecuencia nos ensordece, proveniente de mil altoparlantes, es el fenómeno indicador de una nueva estructura al que tendríamos que aplicar las potencias del pensar entendido en el sentido heideggeriano. No olvidamos que bien pudiera ser que nada de fondo hubiese de nuevo y que nuestras impresiones acerca de transformaciones radicales en la vida humana fuesen tan sólo una extensión de nuestro fantasma. No sería la primera vez en que la montaña de datos alumbra a un ratón y esconde la esencia de lo que parece revelar. O que nos fascinamos con una “novedad” que el sol alumbra desde el comienzo de los tiempos.

La hegemonía secular, milenaria, del discurso del amo en la vida de las sociedades humanas, la hegemonía que se expresó en los últimos siglos y en el área de Occidente como una red de nociones y conceptos acerca del individuo jurídicamente definido por su relación con el Soberano y dotado de derechos y deberes, es una hegemonía hoy controvertida y, quizás, víctima de una irreversible metamorfosis. A esto el psicoanálisis no puede renunciar: a pensar las condiciones de la subjetividad en cada momento de la historia.

Un nuevo discurso, variante del anterior, habría emergido y decretado, hace unos tres siglos, el ocaso del discurso del amo. Esta nueva estructura fue proclamada y enunciada por Lacan con un término pertinente: discurso del capitalista. Lo hizo en un principio casi como si estuviese bromeando, como si fuese un capricho personal al que podría renunciar si lo quisiese: “Nosotros vivimos –hay que decirlo – en esta relación de frontera entre lo simbólico y lo real. El discurso del amo se sostiene. Más aún: es algo que ustedes pueden fácilmente tocar con los dedos como para que yo no tenga necesidad de indicarles eso que hubiera podido hacer si hubiera querido divertirme, vale decir, si hubiese buscado la popularidad: mostrarles el ínfimo giro (tout petit tournant) que hace de él (del discurso del amo) el discurso del capitalista.”3

En la clase siguiente del mismo seminario4 fue aún más taxativo y expuso este discurso en términos históricos ligándolo con el surgimiento del protestantismo y del capitalismo liberal y adhiriendo, sin decirlo de manera explícita (vide infra su “¿y porqué no?”), a las clásicas tesis de Max Weber: “La historia muestra que el discurso del amo ha vivido durante siglos de un modo provechoso para todo el mundo hasta llegar a una cierta desviación que lo transformó, por un ínfimo (infime) deslizamiento que pasó desapercibido hasta para los propios interesados, en algo que lo especifica desde entonces como el discurso del capitalista...  El discurso del capitalista se distingue por la Verwerfung, por el rechazo, la expulsión al exterior de todo el campo de lo simbólico... ¿el rechazo de qué? El de la castración. Todo orden y todo discurso que se emparienta con el capitalismo deja de lado eso que sencillamente llamaremos las cosas del amor. ¡Y eso, mis buenos amigos, no es poca cosa! Y es por ello que, dos siglos después de ese deslizamiento, –llamémoslo ¿porqué no? calvinista –, la castración hizo finalmente su entrada bajo la forma del discurso analítico.”

El sintagma discurso del capitalista se encuentra unas cuantas veces en la enseñanza de Lacan5, generalmente para señalar la transformación que se produce en el discurso del amo como consecuencia del encuentro con el discurso de las ciencias, que se anuncia, más que como palabra hablada, como escritura de fórmulas matemáticas y, de modo práctico, con objetos técnicos que se inventan a partir de ellas. Lacan llega a especificar con una fórmula distintiva a este nuevo discurso que se sumaría a los otros cuatro, los paradigmáticos y muy célebres cuatro discursos, que Lacan mismo, en un principio, expuso como si con ellos bastase para dar cuenta del campo de la discursividad.

En efecto, recordemos, con los cuatro elementos que, según fuese aquél que ocupaba el lugar dominante, (el del agente o semblante, arriba y a la izquierda en la serie de cuatro posiciones), podrían, por permutaciones lógicas, definirse veinticuatro discursos diferentes ( 4 x 3 x 2 x 1 = 24 ). Lacan6 tuvo sin embargo, el cuidado de advertir que “El número de los discursos es limitado, tal como yo hice al estructurarlos en número de cuatro, por una revolución no permutativa en las posiciones de los cuatro términos”. Hablaba también del “deslizamiento sincopado de esos cuatro términos, todos ordenados a partir del semblante”.

La fórmula matriz de las otras era la del discurso del amo. El discurso del amo, cuyo agente es un significante, no una “persona”, el S1, tiene, en el lugar de la verdad desconocida, al sujeto en su escisión, el . Se dirige al S2, es decir, al saber (atribuido al esclavo), y produce un resto, el objeto a minúscula, (a).

Discurso del amo:

Ese orden S1 / S2 / (a) /, girando por cuartos de círculo pero rotando de un modo invariable, permitía definir cuatro (y sólo cuatro) discursos que eran, a partir del algoritmo inicial ya mencionado, los otros tres: el de la universidad (agente: S2), el del analista (agente: (a)) y el de la histérica (agente:).

No obstante, en una conferencia dada en Milán que tomaremos como referencia sustancial, negándose a dar mayores explicaciones, Lacan propuso una, a sus ojos, “ínfima” transformación (“une toute petite inversion”) –que es, de hecho, creemos, una mayúscula transgresión a la limitación inicial – realizó en la pizarra una estratagema que consistió en trastocar, en el discurso del amo, los lugares del agente (S1) y de la verdad (). De tal modo obtenía la fórmula del

discurso del capitalista:

En esa ocasión dijo de este “nuevo” discurso que era algo locamente astuto pero que, de todos modos, conducía a la crisis, al estallido, del discurso del amo. El discurso del capitalista “marcha sobre ruedas –insistía – marcha inmejorablemente, pero, justamente, marcha demasiado rápido, es algo que se consuma y se consuma tan bien que acaba por consumirse”.

El capitalista, aparecido como agente del discurso desde la primera mitad del siglo XVIII, no hace sino poner en acción el milenario discurso del amo. En él opera esa “ínfima” sustitución por la cual él mismo, en su condición de sujeto () toma el lugar que era el del significante uno. En el discurso tradicional del capitalista, el que se instaura como variable del discurso del amo a partir de las revoluciones burguesas y de la revolución industrial, se filtran las variables intromisiones del discurso de la histérica, del alma bella que pretende no tener responsabilidad en los trastornos que produce a su alrededor y que confunde su deseo (del que nada sabe) con sus demandas.  El capitalismo requiere darse a sí mismo “buena conciencia” y por eso se dirige al saber (S2) del que espera la justificación; su producción es la de mercancías (objetos (a)) que son manifestaciones visibles de la potencia de la empresa de producción y que ocultan de modo fetichista la razón de ser de sus empeños, la extracción de plusvalía. Vale la pena recordar que es precisamente de esta idea de “plusvalía” y su relación con el “fetichismo de la mercancía” que Lacan extrajo, allá por los años ’60, la noción de objeto (a), objeto plus-de-goce y causa del deseo.

Pocos son los discípulos de Lacan que han retomado el tema8, 9 La mención de este discurso advenedizo está prácticamente ausente en la mayoría de ellos. Observemos la fórmula que reprodujimos poco ha y, a riesgo de ser redundantes, insistamos en nuestro comentario: el agente del discurso es allí el mismo que en la histeria: el sujeto () en su insanable división, el deseante sujeto del inconsciente, que se dirige al saber (S2), su “otro”, para que éste produzca “objetos” (a), para que actúe de acuerdo a su voluntad, como Aladino cuando formula sus deseos al genio de la lámpara. El saber responde produciendo esos objetos desechables (alguna vez, poco antes de introducir el “discurso del capitalista”, Lacan10 llegó a decir que “no es que el capitalismo no sirva para nada sino que son los objetos que él produce los que no sirven para nada”). Ahora bien, ¿cuál es la “verdad” que fundamenta esta demanda insaciable del sujeto al saber, de a S2 (el saber del trabajador – esclavo en un principio, el saber de la ciencia en etapas más avanzadas),? La fórmula inscribe a esa “verdad” ocupando su lugar, abajo y a la izquierda: el significante amo (S1). El sujeto, en la ceguera de sus demandas, sin saberlo, inconsciente, transmite y hace actuar la voluntad del amo. El capitalista () “hace semblante” de ser el amo, cree no estar sujetado a nada aunque es, en verdad, no sólo un Aladino, sino también el “aprendiz de brujo” de Goethe que cree que con las palabras y con sus invocaciones puede crear un mundo obediente a sus designios. Es un sujeto desconocedor de su servidumbre a esa “verdad” que lo trasciende; es el sujeto que la fenomenología sociológica de nuestro tiempo, influida por el psicoanálisis, llama “narcisista”. El narcisismo sería la estructura clínica que refleja la fórmula del discurso del capitalista.

Una vez que Lacan, casi a modo de lítote, como si de nada se tratase, introdujo la transgresión de un quinto discurso dentro de las fórmulas de su “cuadrúpedo” (o cuadripodio) de la discursividad, quedan abiertas todas las demás: de las veinticuatro posibilidades estaba taxativamente dicho que sólo podía recurrirse a cuatro de ellas (había veinte que estaban excluidas) pero con la quinta, con el discurso del capitalista sumándose a los otros cuatro, quedan aún diecinueve formulaciones diferentes no abordadas y hay quien seriamente, en un trabajo destacable por su rigor y agudeza, se propone tratarlas a todas nominando a cada una de ellas11. A nosotros puede interesarnos, en el hilo de nuestro discurso, una fórmula que sería la del discurso dominante en la sociedad postindustrial del capitalismo tardío y que no parece ser el matema del discurso del capitalista sino otro, el de la organización social actual consecutiva al desarrollo de las tecnociencias.

¿Nos encontraremos con alguna de esas diecinueve fórmulas “latentes” después del despliegue de las cinco primeras? Diré –trataré de demostrar – que no, que nos aguarda una sorpresa.

 

El discurso de los mercados

Ha llegado el momento de hablar, no ya del discurso del amo ni del capitalista, sino de su modo contemporáneo de existencia, diferente de sus dos precursores: el discurso de los mercados. No se trata del mensaje pontificio con sus resonancias teocráticas del primero ni de la ideología calvinista o, en general, protestante, reconocida desde Max Weber como fundamento del sistema capitalista; es, ahora, una novedad, una tercera forma, un discurso ateo y amoral.

Hoy en día reluce, en el lugar del agente, un ser anónimo que no dice palabra alguna, un modo de producción que se presenta como no teniendo sujeto ni fin(es); podríamos decir que el semblante no es hoy en día el “capitalista” (ni Henry Ford ni Bill Gates) sino el mercado con sus inescrutables “flujos de capital”. A esa misteriosa entidad muda y atronadora podemos reconocerla como (a)12 , causa del deseo, plus de goce, autora de un discurso sin palabras y de una consigna enunciada con sordina que puede ser sanguinaria, la del superyó: “¡Goza!”. En realidad el agente es Nadie (Personne); no podríamos confundirlo con el amo tradicional. La batuta y también la voz cantante en nuestro mundo “globalizado” corresponden al “objeto”, a la mercancía que impone sus condiciones. ¿Quién ha sustituido al capitalista que ya había reemplazado al amo antiguo? Lacan13 mismo dejó apuntada la respuesta que venimos desarrollando: el saber que originalmente pertenecía al esclavo  (S2):  ese “saber hacer” y ese saber inconsciente que éste manifestaba cuando el amo le hacía las preguntas que permitían revelarlo. Él ha sido “frustrado” del goce de su saber como consecuencia del desarrollo de las ciencias; el saber  es ahora el patrimonio del amo: este “todo-saber” (que no es “saber todo”) del amo “es el núcleo de la nueva tiranía del saber. Con ello se hace más opaco el lugar de la verdad. El signo de la verdad está ahora en otra parte. Debe ser producido por eso que sustituye al esclavo antiguo, es decir, por los que son ellos mismos productos, tan consumibles como los otros. Como suele decirse: sociedad de consumo”. El saber tendrá que ser la producción de los productos del saber. Despejaremos de inmediato la niebla de esta frase.

¿Qué ha venido a sustituir al esclavo antiguo? Conocemos la respuesta que es válida para el sistema capitalista: el operario, el proletario. ¿Y ahora, en esta “nueva tiranía del saber” que denunciaba Lacan? El ersatz del trabajador es el objeto que, a paso redoblado, viene sustituyendo al productor directo de la plusvalía: el robot, que no tiene la forma caricatural de la ciencia-ficción de aquellos años (cf. The sleeper, Woody Allen), la de antropoides metálicos, sino los tan familiares “servomecanismos” (los nuevos siervos), dispositivos cada vez más pequeños, cada vez más portátiles, cada vez más cargados de funciones digitalizadas. Estos objetos producidos masivamente, cargados de un saber misterioso para sus usuarios, condenados a una rápida obsolescencia, vertiginosamente desechados y remplazados por otros, han dando un nuevo rostro a la sociedad del capitalismo tardío y son la concreción material de un nuevo discurso al que quisiéramos caracterizar con los matemas del álgebra lacaniana. El objeto (a) es, así, el agente del discurso del mercado. Hay que evitar eventuales confusiones y recordar: “el agente no es en absoluto y por fuerza el que hace sino aquél a quien se hace actuar”14. ¿A quién hacemos actuar? A los controles remotos, tanto para fotografiar las lunas de Júpiter como para hablar por teléfono.

Seguimos con el discurso del mercado. En el lugar de la verdad está el saber (S2), un plexo de significantes que llama al objeto a existir, que lo inventa y que multiplica sus copias, un aparato de producción de conocimientos que es la base del edificio de la sociedad postindustrial. Es la ciencia, ese saber que se especializa sin cesar, con su expansión tan ilimitada como avasalladora, que se ostenta como verdad, y que permite gobernar a lo real. Se trata de un saber que presume de “objetividad” y que no quiere saber nada ni del sujeto ni de aquél que la comanda: el amo. La ciencia autoproclamada como una “empresa” que marcha de modo impredecible, siguiendo sus propias leyes, “espontáneamente”, ignorante de sus determinaciones sociales y políticas. Una “ideología de la forclusión del sujeto” cuya máxima expresión se encontrará en la idea de que los mercados funcionan solos, regidos por sus propias leyes, independientemente de la voluntad de sus actores y de quienes resultan afectados por los movimientos del capital. La ciencia económica, proponemos, es el paradigma de una actividad humana productora de saber que hace ver a la historia como efecto de procesos ingobernables y, por eso mismo, fatales15.

¿Quién es el otro al que se dirige el objeto desde el lugar del semblante / agente de este discurso? ¿Cuál es el destinatario del servomecanismo (a)?

Necesariamente, el sujeto (), el del inconsciente y el del síntoma, el habitante y el “avotante” de la sociedad democrática, el usuario y consumidor de los productos tecnocientíficos, el sujeto que ya no está representado por un significante para otro significante (definición clásica, hoy discutible a partir de estas consideraciones sobre las nuevas formas de la experiencia en el mundo postindustrial). El otro en el discurso del mercado es el sujeto (). El que cree ser autónomo cuando maneja los controles remotos, cuando decide la marca del equipo que comprará y cuyos dedos se mueven al compás indicado por el manual del usuario.

¿Cuál es, para concluir, la producción que realiza el sujeto como respuesta a la intimación proveniente de los objetos que ocupan el lugar del semblante y a los que “se hace actuar”, según recordamos hace poco?  El “hombre unidimensional” marcusiano, el consumible sujeto de la sociedad de consumo, se ve constreñido a conjurar los significantes que le han faltado en su erección como ser hablante, a invocar esos nombres-del-Padre que pudieran darle continuidad a su existencia en medio de la desorientación general, de la pululación de ofertas significantes y de la falta de garantías de todas ellas. El sujeto necesita crear los dioses que escuchen sus plegarias y lo hace adoptando significantes que pudieran representarlo. A falta de nombre-del-Padre, produce nombres múltiples y pasajeros que lo anclan en el mundo. Se adhiere a S1 volátiles y los consagra como dignos de su servidumbre, la de él: jefes de grupo, líderes fundamentalistas, capos de mafia, emblemas nacionales o de colectividades, marcas de prestigio con sus correspondientes logotipos, actividades compartidas (un deporte, un hobby o un lobby), una particularidad que lo identifica con otros, por ejemplo, la edad, la preferencia sexual, una enfermedad. Internet opera frecuentemente como agente o semblante que se dirige al sujeto y le propone las opciones de significantes uno que lo representarán mediante la creación de comunidades virtuales en las que no es necesario poner el cuerpo y donde la imagen puede ser ajustada a voluntad. Él y ella se preguntan “¿Quién soy?” y la respuesta es “Tú puedes elegir quién eres si optas por uno de los significantes de identificación que se te ofrecen. Una vez que escojas tu S1 sabrás quien eres”. El sujeto, atomizado y aislado por los dispositivos que lo excluyen del lazo social, con la estructura familiar debilitada, con la tierra que desaparece de debajo de sus pies, con un lugar precario en la vida de la ciudad, se aferra a identificaciones que satisfagan su necesidad de cumplir con algo o con alguien. La producción en el discurso del mercado es la que el sujeto hace de sus significantes amo (S1).

Podemos ya establecer la estructura con la combinación de los cuatro matemas lacanianos para dar cuenta de los discursos. Tenemos, pues, el

discurso del mercado:

¡Qué resultado inesperado! No hemos desembocado en alguna de las diecinueve fórmulas vacantes dentro de la posibilidad combinatoria de los cuatro elementos sino en un discurso que ya conocíamos, justamente aquella que definía nuestra propia acción como psicoanalistas. ¿Cómo es que la estructura de ambos discursos acaba por ser la misma? ¿Qué analogías puede haber y qué diferencias permitirían distinguir a las dos modalidades cuya fórmula es la misma?

Primero, el agente: el mercado y el psicoanalista actúan desde un lugar desubjetivado, hacen semblante de ser “nadie”, de blanquear y de desvanecer sus determinaciones personales y su deseo. Ninguno de los dos “quiere” nada y ambos hacen de su deseo una incógnita que aquél a quien se dirigen, el sujeto en uno y otro caso, trata de develar. Por otra parte, tanto el analista como el mercado “histerizan” al otro e introducen el discurso de la histérica en el analizante y en el consumidor. Los dos se presentan como mercancías y tal vez pueda pensarse también al psicoanalista como un “servomecanismo” cuyo deseo es el de que se haga uso de él por medio del despliegue del fantasma, es decir, de las distintas posiciones que el sujeto () puede adoptar ante el objeto ((a)). Hay un mode d’emploi16 (manual de instrucciones de uso) del psicoanalista que consiste en cumplir con la regla fundamental que él enuncia al iniciar un análisis. Necesariamente también los dos, los dos semblantes de (a), fijan un precio por su servicio, un servicio donde la oferta precede a la demanda pero que sólo puede ponerse en movimiento si la demanda puede fundar un contrato de prestaciones recíprocas. “¿Qué (me) quieres?” es la pregunta que tanto el sujeto como el usuario se hacen y tratan de responder con relación a esa “cosa” que se presenta ante ellos despersonalizada, haciendo semblante de ser la causa del deseo. Las respuestas confrontan al sujeto con lo real de su fantasma por el rodeo de lo imaginario. El analista toma el lugar del sujeto supuesto saber aunque su deseo de analista está advertido de que ese semblante que adopta será por fuerza decepcionante pues carece del saber que se le atribuye y que no puede ser sino un semblante del objeto que pretende ser. El producto científico, por su parte, se anuncia como un servomecanismo que realizará el fantasma pero está también destinado a decepcionar y a una pronta obsolescencia después de haber cumplido con la aspiración fantasmática de completar al sujeto negando su falta.

Segundo, el otro: tanto el mercado como el psicoanalista se dirigen al sujeto y le ofrecen una “sustancia” que podrá consumir, una respuesta a su pregunta “¿qué me falta?”, un consuelo para su impotencia, un alivio para su síntoma, en síntesis, un soporte para su transferencia. Dulcamara tiene el “elixir de amor”, remedio de la castración, y el sujeto es invitado a pagar el precio. La condición es que el sujeto admita su falta y su búsqueda de ese goce que, cree él, es el de los demás. Puesto que el agente de un discurso no es, como ya hemos recordado, el que hace sino aquél a quien se hace hacer, ambos, el objeto tecnocientífico y el psicoanalista, son puestos a trabajar por el sujeto de la demanda pulsional colocados en el lugar de “otro”.

Tercero, la producción: hemos visto que en los dos casos se trata de la instauración de significantes uno, de rasgos que proveen al sujeto de una identificación y de una orientación acerca de su lugar en el mundo. El “... luego soy” no puede fundarse hoy, como en tiempos de Descartes –albores del capitalismo, en el “pienso”. Es un hecho indiscutible y desde antes de que Lacan lo enunciase que “soy donde no pienso y pienso donde no soy”. ¿Habrá un cimiento sólido para el ser en el “tengo...”, en el “yo manejo...”, en el “puedo, gracias a mis muletas tecnológicas...”, en el “me parezco a...”, en el “estoy en el roster de los...”, en el “soy un discípulo de..., un creyente en..., un miembro de..., un consumidor de...”? Esas y muchas más son las respuestas que ofrece el discurso del mercado al sujeto huérfano de Padre. El psicoanalista ofrece también al sujeto la posibilidad de producir sus S1. ¿Son los mismos significantes los que produce el analizante que los que ofrece el mercado? Creemos que no; es por eso que postergamos su exposición para más adelante, cuando veamos la esencia del isomorfismo entre las dos estructuras discursivas, la del psicoanalista y la del mercado. Esa esencia reside no tanto en lo que se parecen como en aquello que las distingue.

Finalmente, la verdad: para el mercado y para el psicoanálisis están, abajo y a la izquierda en la fórmula que comparten, es el S2, el saber. Un saber que está concretado pero no puede leerse en los gadgets tecnológicos, el objeto (a) que “sirve” a su usuario. También es el saber lo que el sujeto supone en el analista, el saber del inconsciente, algo que no se sabe y que es, en última instancia imposible de saber, esa cadena significante que insiste y que gradualmente irá revelándose, con los límites impuestos por el tener que decirse, a partir de las incitaciones que provienen de las palabras y los actos del analista. El analizante habla y al oírse encuentra que su propio discurso es una pregunta acerca de quién lo profiere, quién es ese “yo”, formación imaginaria, que ocupa su lugar y habla en su nombre.

El valor de una analogía, siempre lo hemos pensado, reside no tanto en eso que muestra de común entre dos entidades sino en aquello que las diferencia. La estructura del discurso es la misma en el caso del mercado y en el caso del psicoanalista. No por ello es legítimo confundirlos y hay que destacar las diferencias que pueden llegar a ser diferendos.

En cuanto al agente: el objeto tecnológico no sabe que no sabe y tiene a la mano todas las respuestas que su diseño le permite dar; tampoco puede discriminar entre los usuarios que los manejan, más allá de las contraseñas que permiten acceder a su funcionamiento. Reconocen claves de acceso, no sujetos. Su “memoria” es casi ilimitada y su accionar no tiene actos fallidos. La neutralidad es absoluta y no admite “vacilaciones calculadas”.

El agente del acto analítico, en cambio, es formado en un largo proceso de “cocción” subjetiva, en un proceso de despojamiento progresivo y siempre inacabado de lo imaginario y fantasmático en el proceso del análisis del analista, en una laboriosa integración al saber para reconocer que no hay saber que no sea semblante de una verdad que está más allá de las posibilidades del lenguaje. El analista, si algo sabe, es que no sabe y que habrá de actuar no con su saber sino con su ignorancia. Se niega a suplantar a la ignorancia de quien lo interroga y no accede a satisfacer las demandas del otro al que se dirige. Mientras que el servomecanismo está constantemente a la disposición de su propietario, el analista, dueño de su tiempo y de la fijación del valor y del precio de su trabajo, suspende constantemente y limita el acceso a su supuesto saber. Lo más importante: mientras que un semblante de (a), el técnico, asimila la demanda y el deseo, el otro, el analista, sostiene la constante disociación entre ambos y se niega a confundir los dos planos, haciendo de la demanda una pregunta y un cuestionamiento del deseo que la subtiende. En su mecánica neutralidad el objeto verdaderamente no tiene deseo mientras que el analista no da un paso sino en función de su deseo aunque mantiene permanentemente el semblante de no tenerlo (se abstiene de formular otras demandas que las del cumplimiento de la regla y el pago de las sesiones) y permite que el analizante se interrogue acerca de ese deseo que le resulta enigmático.

El “otro”, el sujeto , está condicionado por las respuestas del agente. El sujeto lo pone a hacer, pero las condiciones de su mode d’emploi están determinadas por el saber incorporado en ese agente, trátese del saber de la ciencia para uno o del saber “insabible” del inconsciente para el otro. La respuesta que se espera del objeto técnico (no sólo el que opera por control remoto; tal condición es compartida, por ejemplo, por el fármaco) es una que no implica para quien hace el pedido la necesidad ni la conveniencia de una modificación en la posición subjetiva; el gadget es meramente un sirviente al que se le hace hacer. La demanda de análisis supone, por el contrario, la expectativa de acabar con el sufrimiento por medio de un nuevo saber que resultará de la experiencia analítica y que hará del sujeto progresivamente alguien distinto del que antes era. La relación con el robot y sus sucedáneos es absolutamente utilitaria y quien recurre a él pretende mantener una vinculación puramente racional en el sentido de “me sirves o no me sirves y si no me sirves te arrojo con los demás objetos de los que antes me he desprendido para cambiarte por uno que responda mejor y más rápidamente a mis demandas”. La transferencia depende, pues, de la satisfacción de las demandas. Distinto es el vínculo entre el analizante y el semblante de (a) que es el analista. La dimensión que sostiene el encuentro es justamente la no satisfacción de las demandas, la no respuesta a las preguntas, la ilusión de la idealización, la reserva en cuanto a cumplir con la función de placebo que caracteriza al objeto técnico. ¿Cuál es la respuesta del sujeto ante esta no disponibilidad, ante la postergación, ante la no satisfacción, ante el enigma del deseo? Paradójicamente es... el amor. Si hay análisis, es imposible “servirse” del analista. La servidumbre del gozante está excluida... para los dos partenaires del encuentro analítico.

Vayamos ahora a la producción, que es de significantes amo. Por un lado, el objeto técnico, en sus diferentes modalidades, induce, como ya vimos, identificaciones colectivas con un sustituto del nombre-del-Padre que no es el significante que representa al sujeto sino algo que “hace falta” al personaje encarnado por el usuario que vacila entre infinitas posibilidades virtuales. ¿En qué se parecen los integrantes de la masa? En que todos quieren ser diferentes y reconocidos como tales. El cantante de rock, el maestro reconocido, el psicoanalista, el jefe de la banda de delincuentes, el ídolo del deporte, el dictador sanguinario, el predicador evangélico, asimilan a todos los que se empeñan en encontrar un modelo de vida y que aspiran a cubrir el vacío del que proceden por la no inscripción del nombre-del-Padre, por el fracaso de la  metáfora paterna que representa y a la vez obtura el deseo de la madre.

¿Y en el análisis? También hay producción de significantes uno, pero, en este caso, el significante no colectiviza sino que apunta –tal es el deseo del analista – a la diferencia absoluta17, es decir, la singularidad irreductible del sujeto, aquello por lo cual él es como es y, por lo tanto, no es como nadie. Las identificaciones colectivas son formaciones fantasmáticas y ellas son las ofrecidas por los emblemas congregantes. La “diferencia absoluta” es el resultado del atravesamiento (affranchisement)del fantasma. Por esta identificación con el significante de su diferencia el sujeto sabe cómo ser sin necesidad de “ser como”.

En último término, en el lugar de la verdad, el saber (abajo y a la izquierda en la fórmula). El agente en el discurso del mercado es el objeto: el reloj, el teléfono celular, el “ansiolítico”, etc., que nada sabe del proceso que lo formó ni del saber científico, histórico, contingente, que conlleva. El trabajo simbólico de la ciencia, subyacente al objeto, es la verdad del agente del discurso del mercado que lo desconoce. No se trata de un saber reprimido sino de un saber incorporado en la estructura material de esa “cosa que sirve” a un sujeto. Su funcionamiento está completamente sometido a la razón. Lo “irracional” en ellos sería el deseo inconsciente (negación de la castración) que anima al usuario. Muy distinta es la función del saber como verdad del discurso del analista. Es también un saber que no se sabe; es una apuesta al despliegue de un saber por venir, el de lo reprimido en el sentido freudiano y también el de lo imposible de saber, el deseo del Otro que ha decidido la existencia tanto del analista como del analizante. Hablamos de esa piedra fundamental del sujeto que también es freudiana en su origen y que llamamos “represión originaria”. Hay entonces, en el saber del analista, dos componentes, el de la impotencia, capaz de ser rebasada (aufhebt), y el de la imposibilidad que constituye el límite de todo saber, núcleo de la verdad y del ser (Kern unseres Wesen), lo real inaccesible al símbolo, imposible de incluir en la cadena significante.

Hemos intentado elaborar los rasgos comunes y los diferenciales en esta inquietante analogía entre el discurso del analista, tal como lo formuló Lacan a fines de los años ’60 del siglo pasado, y un nuevo discurso, el del mercado, que nos parece dominante en las formaciones sociales de nuestros años protomilenarios y también, muy previsiblemente, en los años que vendrán.

Lacan comenzó por caracterizar al discurso del amo como matriz de todos los discursos y  luego propuso una modificación de éste que es el discurso del capitalista. En estos momentos finales de nuestro trabajo hemos hecho lugar a un nuevo discurso, el del mercado, que se agrega a los anteriores y que tiene la misma estructura que el discurso del analista aunque sus funciones sean opuestas.

Sostendremos que los indicadores de esta trasposición de los lugares (del amo al capitalista, del capitalista al mercado) deben buscarse en la historia de nuestras concepciones del mundo y, muy especialmente, en el pasaje gradual y progresivo de la ideología liberal a la neoliberal. El nuevo discurso corresponde a las novedades de la vida social que Lacan18 observaba y podía presagiar que seguirían desarrollándose debido al progreso avasallador de las ciencias que conducirían –tal era su ominoso presagio – a un incremento de los procesos de segregación y a un futuro de campos de concentración por el camino de los mercados unificados y de las comunidades económicas celosas de sus prerrogativas.

 

1  Casa de la Cultura Jaime Sabines, México, D. F.,Seminario del 11 de diciembre de 2004

2 G. Lipovetsky:  La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 2002; El imperio de lo efímero. Anagrama, Barcelona, 2003.

3 J. Lacan: Le Séminaire. Livre XVIII (a). Le savoir du psychanalyste. Clase del 2 de diciembre de 1971. Inédita. Versiones editadas en mimeografía y publicaciones electrónicas varias.

4 Ibíd.., Clase del 6 de enero de 1972.

5 J. Lacan, Le Séminaire. Livre XVII. L’envers de la psychanalyse. Seuil, París, 1991, 9.126. Seminario del 11 de marzo de 1970. Es, posiblemente, la primera referencia de Lacan a este discurso. Vale la pena reproducir sus palabras: “Uno no ha esperado hasta ver que el discurso del amo se haya desarrollado plenamente para mostrar su verdadero trasfondo en el discurso del capitalista, con su curiosa copulación con la ciencia.”

6 J. Lacan, Le Séminaire. Livre XVIII. D’un discours qui ne serait pas du semblant. Seminario del 16 de junio de 1971.

7 J. Lacan, Conferencia en la Universidad de Milán del 12 de mayo de 1972. En Lacan in Italia (1953-1978), La Salamandra, Roma, pp. 32-55. Versión electrónica en francés: www .pas-tout-Lacan.

8 Roland Chemama (ed.): En el  Diccionario de psicoanálisis. Amorrortu. Buenos Aires, 1998, p. 114, encontramos una de las pocas excepciones.

9 Colette Soler: ¿Qué psicoanálisis? EOL, Buenos Aires, 1994, p.195-202.

10 J. Lacan: Le Séminaire. Livre XVI. D’un Autre à l’autre. Seminario del 19 de marzo de 1969.

11 Benjamín Mayer, “Más allá de los cuatro discursos de Jacques Lacan”. Conferencia inédita en el Coloquio “Política y psicoanálisis”, organizado por Invención del Psicoanálisis S. C.. El Colegio de México, 27 de septiembre de 2003.

12 Aprovechemos la facilidad que nos permite el hoy familiar signo @, (una escritura definitivamente tecnocientífica que fue en cierto modo vaticinada por Lacan al designar a su invento como objeto a minúscula).

13 J. Lacan: Le Séminaire. Livre XVII. Seminario del 17 de diciembre de 1969.

14 Ibíd., Seminario del 10 de junio de 1970.

15 Cf., en las páginas siguientes, la discusión en torno al neoliberalismo.

16 G. Perec, mode d’emploi (Instrucciones para el usuario): Lo decimos (nuevamente) en francés como homenaje a Georges Perec, artífice del lenguaje y ejemplo eminente del uso del psicoanálisis como herramienta de transformación subjetiva). Cf.: La vie: mode d’emploi , Hachette, París, 1978. En español; La vida: instrucciones de uso, Anagrama, Barcelona, 1988.La vie: mode d’emploi, , París

17 J. Lacan, Le Séminaire. Livre XI: Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse. Seuil, París, 1973, p. 248.

18 J. Lacan: “Proposition du 9 octobre 1967”. En Autres Écrits. Seuil. París, 2001, p. 243.

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