Anemia de héroes |
Blanca Aragón Muñoz
Psicoanalista
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“En el comienzo era la acción”
Goethe
En esta primavera de 2008, se conmemoran varias efemérides
importantes: el 2 de mayo de 1808 en Madrid y los acontecimientos
de 1968, desde el mayo francés al verano de ese año
que trajo el aplastamiento de lo que había sido la primavera
de Praga y la matanza de la plaza de Tlatelotco, justo antes
de los Juegos Olímpicos de México, entre otros.
En las clases de historia en el colegio, primero, y en las
visitas a las salas de Goya en el Museo del Prado, después,
los niños de mi generación aprendieron lo que
ocurrió el 2 de mayo de 1808 como una de las grandes
gestas heroicas, comparable a la resistencia de Numancia.
Por esas caprichosas leyes del azar y del tiempo es posible
que mientras algún maestro señalaba con orgullo
la suerte que teníamos de pertenecer al pueblo que producía
héroes como los del 2 de mayo, en París estuvieran
lanzando adoquines en pleno boulevard de Saint-Germain.
La de 1808 era una jornada de actos donde la valentía
y la barbarie se hicieron presentes. Actos en los que un pueblo
se lanza por las calles, pertrechados con herramientas y navajas,
contra varias divisiones de fusileros pertenecientes al ejército
más poderoso de su tiempo. Acciones que de la algarada
callejera que se produce junto al Palacio de Oriente, lo que
llamarían disturbios actualmente, se transformarían
en un levantamiento popular con el paso de las horas y de las
noticias de boca en boca.
La del mayo francés, gamberradas estudiantiles, según
los periódicos españoles de la época,
sometidos a la censura franquista...y según Sarkozy,
hoy.
Actos... ¿pero qué clase de actos?
Podemos preguntarnos por la algarada que se produce frente
al Palacio Real. Se trata de acciones que no constituyen actos,
en el sentido psicoanalítico, ya que no responden a
la doble inscripción simbólica con que se definen éstos.
Es ahí donde se localiza la falacia de los estamentos
más reaccionarios cuando intentan identificar el nacimiento
del estado moderno español con el estallido que se produce
ese 2 de mayo. Olvidan, aunque no inocentemente, que el mundo
de las ideas, los “patriotas”, políticos
e intelectuales se quedaron en casa, salvo raras excepciones.
Olvidan que ese pueblo que se lanza a las calles y que vitoreará la
constitución de 1812, es también quien reclama
a gritos la vuelta de Fernando VII, cuyo primer acto de gobierno
será derogar la constitución y reconstituir una
monarquía absolutista.
En lugar de conferir a estas acciones una intencionalidad
y una dirección, podríamos pensarlas en términos
del sin sentido o como diría Wittgenstein.....lo
que no puede ser dicho, puede ser mostrado.
¿Qué es lo que se pone en marcha en el instante
en que da comienzo el primer tumulto?
Ya que no es un acto, aventuremos una hipótesis. De
pronto la gente entra en acción, pasa a la acción
o desde su traducción del francés, se produce
una especie de pasaje al acto. Pasaje al acto que no tiene
el carácter expresamente letal que le confieren los
textos psicoanalíticos, aunque pone la vida en riesgo.
Acción sin sujeto, al menos en un primer momento y que
desde luego no lo causa, de ahí la diferencia con el
acto.
A partir de ese primer instante, lo que se desencadena es
pura pasión, goce desplegado, sed de sangre; en la línea
de lo que Lacan llama invariante de goce1,
separado por una barra de lo que constituyen las referencias
al lenguaje y al Otro. Tan sólo es preciso observar
los rostros enloquecidos con ojos desorbitados que Goya pinta
en los cuadros referidos a estos sucesos para percibir ese
punto de real que confiere a una sublevación las
características del trauma. El anillo de lo real traccionado,
deformando al máximo la estructura del nudo borromeo.
Pero quizás sea ésta una condición sine
qua non de las revueltas. Los cronistas se refieren
a las gentes que las protagonizan en términos de ebriedad.
Ebriedad de ira, de libertad, de venganza. La misión
de las arengas antes de una batalla: que actúen contra
la inercia de quedarse quietos y contagien la euforia, el
estado de exaltación preciso.
Antony Beevor compara a los madrileños que luchan en
las calles el 2 de mayo con los cretenses arremetiendo contra
las divisiones paracaidistas alemanas 2,
que desde 1941 habían invadido su isla. Las mismas imágenes:
mujeres, ancianos y niños (los hombres en las montañas
o muertos) atacando con cuchillos y aperos de labranza. La
misma ferocidad.
Difícil no sentir la emoción, un poco de goce
prestado que eriza la piel, sobre todo en una época
tan paralizada como la nuestra.
Sigamos con Lacan y el 2 de mayo, no se trata de acciones
en el marco de los momentos lógicos. No provienen del
momento de concluir. Surgen de forma espontánea y hacen
imposible su previsión certera. No son actuaciones para
el Otro, es por ello que podría descartarse el acting-out.
En el tumulto del 2 de mayo se percibe bien. Hay una vacante
en el lugar del Otro. El estado sin gobernantes, en colapso.
Muy distinta la situación del mayo parisino pues da
forma a la rebelión contra un Otro muy consistente que
es cuestionado en su lugar de amo, creyendo utópicamente
que era posible desbancar a un amo sin que otro, diverso pero
amo, viniera a ocupar su lugar. Ese será el augurio
de Lacan, sólo que el nuevo amo que encuentran es mucho
más astuto y más terrible.
Diferentes también los protagonistas, pues en 1808
como en los disturbios del 2005 en los barrios periféricos
de París, se trata de las capas más bajas de
la sociedad, mientras en mayo del 68 son los hijos de la burguesía
quienes toman las calles. Las voces de la derecha los igualan,
calificando a unos y otros de gamberros y chusma.
Las gentes de orden que hoy deploran mayo del 68, hablan de
moral. De la decadencia y la relativización de los principios
morales, este fue uno de los argumentos del presidente francés
en su discurso de final de campaña. Ni una sola referencia
a los muertos de esos otros lugares donde las manifestaciones
terminaron en matanzas, donde, a pesar de ser igualmente sus
hijos, sus universitarios, sus intelectuales, sí les
echaron encima las ametralladoras y los tanques.
En 1968, se clamaba por la libertad y se rechazaba de plano
el capitalismo, el liberalismo económico. Hoy el capitalismo
aparece como el único régimen posible, tras el
desmoronamiento soviético. Pero frente a los que acusan
a mayo del 68 de ser la causa de todos los males, el derrumbe
de la autoridad y los principios morales, su herencia es el
desarrollo de nuevas formas del capitalismo, que fagocitó los
modos sindicales y el discurso de la izquierda, haciéndose
más implacable a medida que se enraizaba en las sociedades
democráticas del bienestar. Amos permisivos “posmodernos” cuyo
dominio es aún mayor por ser menos visible3.
Ese mundo unido, al compás de violines y con final feliz,
se vino abajo junto a las Torres en Nueva York, creándose
nuevos muros bajo la consigna de la seguridad.
Zizek enumera los elementos por los que el sistema capitalista
podría implosionar, llevándose por delante a
buena parte del planeta, en el mejor de los casos. Incluye
una referencia a Hardt y Negri cuando hablan de los elementos
comunes, cuya definición sería la sustancia
común de nuestro ser social cuya privatización
es un acto violento al que hay que resistirse por todos los
medios (...) Son los elementos comunes de la naturaleza externa,
amenazados por la contaminación y la explotación;
de la naturaleza interna (herencia biogenética de la
humanidad) y los elementos comunes de la cultura, el lenguaje
y las infraestructuras comunes (...) Los proletarios no tenían
nada que perder más que sus cadenas; ahora todos podemos
perderlo todo 4.
Se avecinan otros mayos. Habrá que aprestarse a ellos.
Habrá que ir saliendo de este estado de parálisis
tensa, de anemia de héroes.
LACAN,
J. Seminario XXI. Los incautos no yerran. Inédito
BEEVOR,
Antony. Creta. La batalla y la resistencia. ED. Booket
ZIZEK,
Slavoj. Mayo del 68 visto con ojos de hoy. Diario
EL PAIS, 1 de mayo de 2008
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