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“Peluqueros, debéis proceder de tal modo, Nosotros, los peluqueros, comenzábamos a cortar el pelo
y algunas, debería decir casi todas, saben ya Entraban desvestidas, totalmente desnudas, sin ropa, sin nada.
Todas las mujeres y todos los niños Obedecía órdenes: Los alemanes querían sus cabellos, ¿“Sentir” ahí abajo? Es demasiado horrible… Ellos metían esto en sacos y …Trataba de hablarles, pero tanto a una Fragmento del testimonio de Abraham Bomba, judío, peluquero de judíos en el campo de exterminio nazi de Trebinkla. Recogido en la película Shoah de Claude Lanzmann. ¿Cómo rescatar algo de lo humano, de la palabra, del sentido, después de este testimonio del exterminio? Pensemos en un gran impacto, por ejemplo el impacto de un gran asteroide en un planeta y su resultado: el asteroide agujerea la superficie dejando un gran cráter, llegando a alcanzar el núcleo incandescente del planeta, fundiéndose con él y alterando su composición. Desde ese momento, las reacciones geológicas del planeta quedarán alteradas. Si pensamos, además, que el impacto determinará una nueva órbita para ese planeta podremos hacernos una idea lejana de las consecuencias de lo vivido por el Sr. Abraham Bomba. Situemos el acontecimiento traumático como el encuentro entre dos mundos radicalmente diferentes: el mundo de los significantes desconectados de todo significado y un organismo vivo y palpitante, susceptible de ser agujereado por el impacto. El cráter abierto constituirá una marca de goce (exceso que escapa a la regulación del placer) alrededor de la cual se va a concentrar la energía pulsional del sujeto. Este planteamiento tan sencillo puede servirnos para pensar, tanto el efecto del acontecimiento traumático en un sujeto, como el origen mismo del sujeto. Nacemos a partir de un impacto que deja una marca traumática. Como la cabeza de ganado que corre libre hasta que es capturada y marcada por el hierro candente; la quemadura, el goce, es inseparable del hecho de que esa marca no signifique nada. Sin embargo, a partir de ahí, la marca va a determinar nuestro destino. Se puede aducir que Bomba es un sujeto ya constituido y que el trauma no sería igual en un recién nacido o, aún antes, en un recién engendrado. Sin embargo, el encuentro es equiparable puesto que el efecto traumático se sostiene, precisamente, en la destitución del sujeto, en el colapso de sus funciones: -“¿sentir?... uno estaba muerto al sentimiento, muerto a todo”. No hay, por tanto, primer trauma, porque los significantes ya estaban ahí, impactando antes del nacimiento, antes incluso de la concepción. Sólo podemos imaginarizar el primer trauma a través del mito: “el pecado original”, la expulsión del paraíso terrenal, la imposibilidad de un goce pleno, de una libertad absoluta. Freud, inspirado en otro mito, lo nombró a su manera: “incesto”. Partiendo de este sujeto agujereado por el encuentro con el significante, marcado en sus zonas pulsionales por el Otro ¿cómo concebir la elaboración del trauma? ¿cómo entender desde el trauma la emergencia de un sujeto social, de un sujeto de deseo? Gracias a la clínica sabemos que los efectos del impacto traumático no se pueden predeterminar. Por otra parte, podríamos, a partir del impacto, hacer la siguiente diferenciación: - Llamar acontecimiento a la parte de la marca que puede ser leída por el sujeto, con su carácter inesperado y diferente del curso uniforme de sucesos. Por tanto, el acontecimiento será siempre un acontecimiento del decir y conlleva la emergencia de un sujeto de la palabra. - Trauma sería lo que no puede ser leído. Su efecto sólo puede manifestarse a través de la compulsión a la repetición. ¿Qué posibilidad hay, entonces, de hacer del trauma acontecimiento? Lacan introduce el término goce para aludir a la satisfacción pulsional en bruto; satisfacción que, por escapar a los mecanismos de regulación del placer, sobreestimula al organismo provocando un cortocircuito y convirtiéndose en fuente de malestar. El goce sería, por tanto, un exceso, un más allá del principio del placer que desbarata el orden simbólico, como una mancha que nunca sale. Se asimila así a la dimensión de lo Real y podríamos vincularlo a la pulsión de muerte freudiana. Paradójicamente, el goce es también sustancia vital, compele al lazo, a gozar del cuerpo del otro, a compartir el engaño del sentido, despierta al sujeto del sueño del placer. El gesto mismo de renunciar al goce conlleva un plus de gozar pero, como no hay sujeto sin renuncia, el goce del sujeto es siempre un excedente; si le quitamos al goce su plus no tenemos nada sustancial. Zizek toma una analogía científica: la noción del fotón en física; la masa de una partícula se mide en estado de reposo, si la partícula está en movimiento se habla de masa relativa pues ésta aumenta con la velocidad; la masa total se compone así de la masa en reposo más el excedente agregado por la velocidad de su movimiento. La paradoja de los fotones consiste en que su masa en reposo es cero, es decir, no tienen ninguna masa en reposo; el fotón, por tanto sólo existe como plus, sólo tiene masa en movimiento. Podríamos pensar, entonces, que la tarea fundamental del aparato psíquico sería producir, de la afluencia originaria de goce masivo y caótico debido al encuentro traumático entre el significante y el organismo, un plus, un trozo de goce manejable y compatible con la consistencia del sujeto: pequeños objetos semblantes de (a) en sus distintas presentaciones. ¿Será para eso para lo que el mono empezó a hablar? Paradójicamente, como el sujeto no puede hacerse cargo de su propio plus, del excedente de la operación simbólica, necesitará contar con un amo, con un gerente de su goce. Así el placer, con su carácter homeostático y regulador será un dique para el goce ya que, si el goce impone una exigencia absoluta, al placer puede renunciarse. El placer se define por la medida, por la mesura, si hay demasiado se convierte en sufrimiento. Podríamos concluir que, buscando el goce, tenemos que conformarnos con el placer. Sería posible diferenciar los diferentes modos del goce anteriores o posteriores a la castración: goce masivo (mítico) y goce pulsional como goces previos a la castración; y goce fálico, goce del sentido y goce del cuerpo como goces soportables por el sujeto. El nudo borromeo permite mostrar estos tres lugares de goce y el doble funcionamiento de (a): como vacío acotado y como objeto que se presenta y hace semblante de la nada, de la pérdida primordial.
El cuerpo natural (soporte orgánico) está perdido para el hablante, nace despedazado, en fragmentos cortados por su encuentro con el significante. Los trozos que se desprenden y se pierden, los restos del aquel cuerpo natural perdido, marcarán la presencia de una serie de objetos particulares, objetos que se convertirán en los verdaderos compañeros sexuales del sujeto a través del fantasma. Tal pérdida establece el mito de un goce sin límite, anterior al encuentro de la carne con el lenguaje. Podemos llamarlo de diferentes formas: paraíso perdido, incesto, fusión con la Madre, célula narcisista primaria, goce de la Cosa, goce del Otro… todas aluden a un mito, a un estado de plenitud originaria previa al lenguaje que nunca habitamos y por el que nunca dejamos de experimentar nostalgia. Su otra cara es la de un goce masivo y devastador en el que el sujeto es, todo él, puro objeto de goce. La relación con los objetos marcados por esa pérdida originaria, los objetos que estimulan los agujeros abiertos por el significante y que se separan del cuerpo y se pierden, constituye el goce pulsional, goce sustitutivo del goce mítico. Tales objetos arrastran consigo la nada primordial; su presencia, su proximidad convoca a una angustia desestructurante. No son especularizables en el sentido de que son demasiado iguales a nosotros, sin revestimiento imaginario que permita la identificación. Su semejanza a nosotros se percibe como lo siniestro. Por eso, como dice Zizek, los vampiros, que han leído a Lacan, no se reflejan en el espejo. Las pulsiones son consideradas algo real porque es imposible impedir su satisfacción, siempre encuentran su objeto ya que una dimensión de su goce es independiente de lo simbólico y lo imaginario; la pulsión no diferencia significantes. Por eso el goce pulsional no hace lazo, es limitado a la zona erógena, pero requiere del Otro que haga el corte. Es después del Otro, después del lenguaje pero antes del sujeto y de la palabra. El corte permite la extracción del objeto y sitúa el goce pulsional en el mismo movimiento de extracción. La única consecuencia universal del surgimiento como sujetos de la lengua es la pulsión que conlleva la perversión de los instintos naturales. El Otro alimenta, asea, mira y habla, marca el cuerpo estableciendo las cuatro pulsiones: oral, anal, escópica e invocante, cuya regulación depende de la castración y la función fálica. El goce pulsional es previo a la diferencia sexual (asexuado). La renuncia al goce impuesta por la castración cuyo efecto es la constitución del sujeto producirá un excedente, una cuota de goce faltante, un plus en el sentido de que la plusvalía es una pérdida que le da valor a la mercancía. Como el sujeto no puede hacerse cargo del goce perdido se lo atribuye al Otro que marcará, suministrará y cobrará a su antojo ciertos objetos, pequeños semblantes de goce, objetos de modas o “de luxe” que permitirán al sujeto reencontrar pequeñas y conmovedoras porciones de goce. Como señalan Alemán y Larriera el nudo borromeo muestra los lugares de goce en función del registro R, S, I en el que aparezca el objeto marcado con el plus, el objeto que haga semblanza de (a): si el objeto sembla en lo imaginario dará consistencia y límite (ex–sistencia) al goce fálico, si sembla en lo simbólico dará consistencia al goce del cuerpo y si sembla en lo real hará consistir al goce de sentido. El concepto de ex-sistencia implica que un elemento que da consistencia y hace límite a un conjunto debe ser externo a ese conjunto. Así, un objeto que haga semblante de (a) en el registro de lo simbólico dará consistencia y límite al goce del cuerpo; por ejemplo, Dios para el goce de los místicos. Un objeto semblante de (a) en lo imaginario dará ex-sistencia al goce fálico; por ejemplo, una curva del cuerpo que excita el genital. Y un objeto semblante de (a) en el registro de lo real dará ex-sistencia al goce del sentido; por ejemplo, un agujero negro para el astrónomo o un fenómeno de poltergeist para el parapsicólogo. Podemos ejemplificarlo también en un escenario de moda: la cirugía estética; la curva imaginaria del seno siliconado sostiene el goce del órgano fálico; la intervención quirúrgica avalada por el médico-científico como objeto simbólico establece el goce del cuerpo y… ¿el goce del sentido? ¡Ah, esa pequeña cicatriz! esa maldita, minúscula, casi imperceptible cicatriz. Es importante resaltar que la presencia de estos semblantes de (a) especializan y temporalizan el goce, permiten hacer soportable el goce al sujeto, lo sustraen del goce masivo o absoluto. Pero, ¿cómo articular esta relación de objetos semblantes de (a) en cada uno de los registros R, S o I y la lista clásica de objetos (a) establecida por Lacan? Sugiero hacer la siguiente diferenciación: En primer lugar los objetos que presentan el (a), que serían los objetos recortados por la pulsión. Objetos que convocan a la angustia al arrastrar consigo el despedazamiento originario del cuerpo en su encuentro con el significante. Podríamos llamarlos objetos causa de goce y no de deseo, de un goce traumático y desorganizador del sujeto. Serían objetos de la pulsión, previos a la castración. Lacan, a partir de Freud, nombra cuatro: pecho, heces, mirada y voz; tal vez podríamos añadir un quinto: dolor. En segundo lugar, los objetos que hacen semblante de (a) y dan ex-sistencia, como hemos visto, a los lugares de goce señalados en el borromeo: goce fálico, del sentido y del cuerpo. Objetos herederos de los anteriores, pero compatibles con la emergencia del sujeto, que localizan y temporalizan el goce, que portan el plus de goce, la cuota de goce perdido en la castración. Estos sí podríamos llamarlos genuinamente objetos causa de deseo. Pero volvamos a Abraham Bomba. ¿Qué pensar de sus objetos de goce? Se puede percibir en su testimonio el momento de emergencia del sujeto, de subjetivación, el momento de extracción del objeto dolor. Es el momento en el que la palabra alcanza otra dimensión, se quiebra, entra en escena el Otro a través de la identificación con su amigo. Antes de eso, él sólo es sólo dolor, presencia del (a) como dolor, dolor ahogado, silencio o palabra vana, goce masivo, testimonio sin sujeto. Podemos señalar, entonces, los diferentes momentos del intento de elaboración del trauma, del intento de hacerlo acontecimiento: Primero el silencio, la palabra vana o el grito ahogado, donde la presencia sin semblante del objeto (a) se atraviesa como el hueso en la garganta. Sujeto despedazado, desubjetivado, donde los objetos voz y dolor no han sido extraídos, donde el sujeto es puro objeto pulsional. Podemos tomar con Lacan el ejemplo del cuadro titulado El grito de Munch; la angustia que transmite deviene de representar el grito como ahogado, silencioso, y a un sujeto deshumanizado, más bien una mancha humanoide, sin rasgos, sin oídos para oír su propio grito. Segundo el grito, el llanto o el lamento desarticulado, fruto de la extracción del objeto (a), de la expulsión del hueso en la garganta, de la aparición de un lugar Otro capaz de oír. Correspondería a lo que en el nudo hemos localizado como goce del cuerpo y requeriría de la ex-sistencia del elemento que dé límite y consistencia a ese lugar de goce. En análisis, este elemento que desde lo simbólico haría semblante de (a) limitando y haciendo consistir el goce del cuerpo del paciente estaría encarnado por el silencio del analista. Tercero el intento de articulación del trauma en el discurso. Corresponde con la emergencia del sujeto de deseo (deseo de nombrar el objeto). Conlleva el establecimiento del lazo sexual con la inserción del objeto extraído en la imagen del cuerpo del otro; ésta vela el objeto produciéndose la paradoja de que cuanto más deseo de nombrar el objeto, más se vela éste con el cuerpo del otro. La emergencia del goce fálico es sostenida y limitada por un objeto imaginario que haga semblante de (a). Tal semblante de objeto podrían ser en análisis las intervenciones de dar sentido que hace el analista. Y cuarto, la ruptura y reorganización del discurso. Momento de la interpretación, supone la suspensión del goce fálico con la caída del reclamo imaginario para retrotraer al objeto al registro de lo real; sería volver a agujerear el lugar del sujeto, inocular una porción de angustia (mismo principio que las vacunas) para producir nuevos sentidos, para que el plus se instale en el goce del sentido. El objeto semblante de (a) en lo real sería, en análisis, la interpretación pura del analista, la intervención que introduce, precisamente, un equívoco, un sin-sentido. Finalmente, podemos distinguir los cuatro movimientos del objeto en el proceso de elaboración del trauma, en el proceso de constitución del sujeto: -
Atravesamiento (“el hueso en la garganta”). Bibliografía. Alemán, J. y Larriera, S. (2.001) El inconsciente:
existencia y diferencia sexual. Madrid, Síntesis. |