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Hace doscientos años, en mayo, una frase cualquiera se extiende como reguero de pólvora en el Madrid ocupado por las tropas de Napoleón. De la frase circulando entre unos y otros se pasa a la inmediatez de la acción. Algarada, revuelta popular, elección loca; cualquier designación cabe para ceñir la perplejidad con que el fenómeno sorprende. ¿Qué mosca le picó al cocodrilo para que de pronto cerrara la boca, aún a riesgo de seccionarse la lengua y así se disparara el estrago? Tenderos, modistas, artesanos, desocupados, la chusma, que dirían los patriotas de siempre acodados en sus balcones mirando el espectáculo: un conjunto embarcado en el acto de descabalgar a coraceros, húsares y mamelucos del ejército más poderoso de aquella época. El lumpen que por todo adiestramiento bélico sólo podía exhibir las reyertas de taberna, iniciaba con su acción no calculada una serie de consecuencias incalculables. Imprevisible e inasimilable a cualquier determinación apriorística se hace evidente la existencia de toda clase de desequilibrios, incluso fracturas, en las estructuras que se dicen hegemónicas. El acto por su naturaleza produce una caída ...de cualquier cosa que pueda articularse como sujeto , por una parte, y, por otra parte, lo que le preexiste como función legisladora.1 No es extraño por tanto que, caído el sujeto y la ley que en ese campo actúa, la estupefacción se adueñe de los semblantes. Pasada la sorpresa, se intenta adjudicarle al acto un antecedente, una voluntad enigmática que apuntaría a un objetivo o fin último, a una intención teleológica. Frases como unidos por el deseo de ser una nación, en relación a la sublevación del dos de mayo, o sandeces de igual estilo, que suponen la justificación causal del acto, son absolutas falsificaciones. Sería tan peregrino como pretender que el fin de un análisis se verifique por la puesta en acto de aquello que ya estaba en potencia. Hay análisis que transcurren en el plano de trabajar el S1 , el significante amo, y jamás producen un cambio en la posición del sujeto; semejante a algunos períodos de la historia donde la apariencia de cambio, aún con exceso de trabajo, no produce ninguna emancipación. El famoso que algo cambie para que todo siga igual. ¿En qué se emparenta el acto psicoanalítico con el acto político o con el acto de amor? En el punto en que hace entrada la novedad, no en el sentido de la novedad esperada, donde una trama de simbolizaciones viene a socorrernos, sino de lo inesperadamente novedoso. Podría nombrarse así al Real imposible que postula Lacan. Sin duda la inocencia en la lectura de ese Real lacaniano conduce a pensarlo como un límite externo de lo simbólico y a emparentarlo con el goce hasta el punto de hacerlos equivalentes. Si lo Real fuera algo exterior a lo simbólico, algo así como la amenaza marciana al planeta Tierra, bastaría con blindarnos. Si fuera exterior a lo simbólico haríamos que la fuente del amor jamás se encontrara con la del odio. Si lo fuera, la existencia de un Otro consistente sería demostrable y correlativamente la inexistencia, siquiera hipotética, de una guerra de los sexos. También encontraríamos un sujeto cómodamente integrado al espacio simbólico, sin malestar alguno. Si existiera alguna falla accidental, una técnica terapéutica o pedagógica podría subsanarlo. Si lo antedicho estuviera de esa manera estructurado, el texto de Freud “El malestar en la cultura” estaría de más. Sería un puro ejercicio de literatura mítico-sociológica. Pero resulta que el acto, ajeno a toda intención educativa, rechaza la idea de que pueda existir una enseñanza de lo Real. La simbolización suele estar de acuerdo, en consonancia, con ciertas normas. Lo Real es el corte de cualquier regla. Por ello es lo más exterior al sí mismo, ocupa la dimensión de lo ajeno y lo extraño; imposible de abordar con el dispositivo que cada uno posee y que no es otro que el goce. ¿Acaso la llamada realidad no se aborda siempre con los dispositivos del goce? Sin embargo, el goce aquí encuentra su límite, no puede abordar lo Real. Lo siento por aquellos que equiparan lo Real y el goce: no tiene nada que ver. El goce es puro semblante, el único que no lo cree así es el perverso. El goce al que tenemos acceso es el goce fálico, motivo por el cual cuando un personaje importante, alguien con una imagen fálica o cualquier figura de poder, comete un repentino traspié nos hace reír. Nos recuerda las películas de Charlot, donde el poderoso termina sin quererlo, involuntariamente, arrastrando sus posaderas por el suelo. O aquella magnífica secuencia de “El gran dictador” donde el sucedáneo de Hitler juega con un globo terráqueo, acompañándose de movimientos gráciles y amanerados, gestos imposibles de adjuntar a la monstruosa ferocidad del gran personaje. Por más solemne o siniestro que se nos presente, el vacío que provoca la caída del significante con la que se inviste el poderoso, abre irremediablemente el espacio de lo cómico. En estos tiempos de voracidad y desvergüenza, en el terreno de la política europea y del puro semblante, es decir aquello que se sostiene poco y mal ¿no sería apropiado emparejar a Nicolás Sarkozy con su homólogo Berlusconi? Su xenofobia y zafiedades compartidas, lo obsceno de sus escenificaciones, los anudan como pareja de goce, a despecho de la musical y caprichosa madame Sarko (¡oh lá-lá!). El desparejo y morganático matrimonio entre el príncipe y la corista no vela más que por un momento y sólo en las páginas del papel “cuché” lo que es la verdadera pareja bien avenida, la que se forma entre el poder y el dinero. Lo demás es puro semblante. Una vez más: el acto no es lo Real sino el gesto que lo araña. Cuando eso sucede parece que un cambio en el universo simbólico acontece. Se actúa lo imposible, se muestra lo imposible, pero justamente por ello, cambian las posibilidades hasta ese momento imaginadas. Digámoslo de una vez, si lo Real no es exterior a lo simbólico, es por tanto inherente a él. Es la imposibilidad de lo simbólico de llegar a ser un todo unificado sin fisuras. Lo Real es precisamente el punto en que lo simbólico fracasa en su pretensión omnímoda. Cuando Lacan habla de la decadencia de la función paterna, contenida en el Nombre del Padre, por ventura ¿alguien imaginó que él la fechaba? El significante paterno, entendido como significante hegemónico vacío, existió desde siempre, y aún existe, sólo que su contenido fue variando. Desde siempre también está cuestionado por aquello que no puede ser subjetivizado. Las referencias lacanianas acerca de la fragilidad propia del Nombre del Padre tienen sus más conocidos representantes en la inexistencia del Otro o la falta de correspondencia sexual, conocida en nuestros medios por su traducción literal del francés “la no - relación sexual”. Ambas referencias equivalen a designar lo simbólico como No-Todo. Existen, eso sí, acciones de “bricolaje”, falsos actos que en su pretensión de fabricar una identidad sin mella, fracasan. En los preliminares de la invasión a Irak, el entonces presidente español, José María Aznar, visitó en su rancho de Crawford, Texas, al presidente Bush. En posterior rueda de prensa el ex-presidente español respondió a las preguntas de los periodistas, en castellano... con un marcado acento tejano. Sorprendente, sin duda, más aún si se tiene en cuenta que Aznar fue durante varios años la máxima autoridad en la región castellano-leonesa, de la que algunos dicen es la cuna del más puro castellano. Como por ensalmo, sugestión o algún otro fenómeno transferencial, vaya usted a saber, que siempre media en las relaciones personales, de pronto y sin previo aviso el presidente de España comenzó a hablar español como un americano mejicanizado. Los oyentes españoles no sabían qué pensar, incluso algunos osados imaginaron que se burlaba del presidente Bush. Fracaso de la simbolización que cae en el terreno de lo imposible cuando desbarata, como es el caso, las reglas que, aunque no escritas, también están contenidas en el Otro. Sin embargo, lejos de convertirse en un acto que introdujera alguna novedad sobre lo que realmente importa para cambiarlo, todo siguió igual, como ocurre en cualquier pasaje al acto. Como en todos los actos falsos, una vez más se demuestra que la caída de un significante, por más hegemónico que sea, no es sinónimo ni concluye necesariamente en ninguna forma o proceso de emancipación. El modelo del lenguaje no sólo metaforiza la estructura del inconsciente sino también las estructuras sociales. Lo social atravesado por los discursos está modelado por las figuras de la lengua que lo son también de la retórica. Siendo así que cualquier significación pretendidamente universal e imperecedera está condenada al fracaso. Cada vez que un término asume en exclusiva alguna representación, los juegos del lenguaje, las equivalencias, las permutaciones y los desplazamientos lo desbordan en su intención de significar algo con exactitud matemática, En la misma instancia simbólica, en su fracaso por dar a conocer un significado inequívoco, emerge lo que podría denominarse lo Real lacaniano. “Lo Real lacaniano, no es simplemente un término técnico para el límite neutral de la conceptualización”...2 Un sin-sentido, un lapsus, o cualquier vacío del significante y del sentido pueden cumplir la función de desborde, haciendo de núcleo resistente dentro del mismo proceso de conceptualización. Hace algún tiempo, en vísperas de la ley de regulación de matrimonios homosexuales en España, la ex-primera dama, la señora Botella, con interés conceptualizador y estilo didáctico-pedagógico, ilustraba su oposición a dicha ley con ejemplos tomados del mundo vegetal. Después de farragosas explicaciones se desprendía de la “lógica de la sexuación” que con estos ejemplos promovía, que las manzanas debían estar con las manzanas y las peras con las peras, y así las cosas no debían mezclarse ni confundirse. Su declaración pública, voceada por todos los medios afines y opositores, desataron una sonora hilaridad de la comunidad gay cuyos ecos, aún hoy, resuenan. Por un lapsus, una caída repentina de la significación, la señora Botella se encontró en consonancia con los postulados por los que el colectivo gay llevaba años de lucha. “Exactamente” - replicaron- “eso es lo que queremos”. De manera tal que la fórmula hipotética pronunciada por algún funcionario de “les declaro marido y marido”, se consensuaba y podría sustituirse por “les declaro pera y pera”, haciéndose eco de la fantástica lógica sexual que nos explicaba dicha dama. Por supuesto, para la señora Botella, la complementación sexual sí existe y está dictada por la naturaleza, a su vez dictada por sus convicciones religiosas, que deviene en moral social, es decir, la moral de los bienes y la utilidad; por tanto de cumplimiento universal. El ejemplo es demostrativo de que a pesar de las ideologías, lo imposible irrumpe. Lo Real se distingue por su separación del campo del principio del placer, por desexualización, por el hecho que su economía admite algo nuevo, que es precisamente lo imposible. Lo imposible está allí tan presente, que jamás es reconocido como tal.3 En psicoanálisis, el acto psicoanalítico, es ante todo ético, vaciado de intenciones aunque vinculado siempre a la decisión de un sujeto. Despejar el acto de su intención es acentuar su contenido ético diferenciado de la moral. Se trata de ubicar al sujeto en una posición excéntrica respecto de sus ideales, sean estos religiosos, sexuales, deportivos, de izquierdas, de derechas, familiares, etc. Un sujeto identificado al ideal abre un espacio imaginario donde despliega una actividad que no será sin objeto, el que a su vez le dará sentido a esa acción. Es exactamente lo opuesto a lo que pretende el acto analítico. En el comienzo de todo análisis encontramos a un sujeto íntimamente vinculado a esta identificación con el ideal, siendo el síntoma aquello que en el decir neurótico perturba su realización, la realización de la persona. Planteadas así las cosas desde el principio, la proposición lacaniana de identificación al síntoma, como sinónimo del fin de análisis, es una idea que invierte los términos en los que se planteó el síntoma en el inicio del tratamiento. El síntoma que trae el sujeto al análisis lo arrincona en un “no puedo”, “me resulta imposible”, “mi dolencia no me lo permite”, etc. ; realzando con estas declaraciones el carácter pasivo de su vida. Lo único activo es el síntoma, su obstáculo, aquello que le impide cumplir con su ideal y lo condena a una rutina dolorosa. Síntoma que, por otra parte, conviene aclarar que está ubicado como obstáculo en su cuerpo o en su pensamiento. Por el contrario, la identificación al síntoma es una idea productiva acerca del mismo, ya que a diferencia de lo que el sujeto trae de entrada como padecimiento, durante el proceso analítico un nuevo síntoma se construye. La identificación al síntoma como consecuencia de un análisis es la identificación a lo que en uno existe de extraño, inesperado y no vinculado a ninguna forma del Ideal del Yo. Es lo que en uno puede ser registrado como lo imposible. Imposible, ese es el nombre con el que la ética lacaniana designa la zona del deseo. Es el resultado de una producción metonímica, de un trabajo analítico con el significante que en determinado momento se detiene, dando paso a una elección. Hace su aparición algo que ya no está en el puro decir. Donde éste ya ha sido desgastado, la obligatoriedad de una elección toma su lugar. Esta elección no pregunta si el sujeto puede o no cumplir con ella. Sólo dice que debe hacerlo. En el seminario XI, la elección que Lacan presenta bajo la forma de la bolsa o la vida no es en absoluto una adivinanza para espíritus despiertos y no lo es porque no tiene nada de elección consciente y calculada. Como si de un imperativo categórico se tratara, el sujeto no puede rechazar la invitación. Argumentar que no juega es un recurso siempre denegado. Como se puede adivinar, se trata de una elección en el sentido Real. Una inscripción en lo Real que transciende la cadena significante y cualquier fórmula del ideal o de las exigencias del goce, que proviene siempre del Superyo. La forma imperativa en que éste se presenta tal como “¡Goza!”, “Tu debes”, “Eso no es suficiente” u otros tormentos habituales, es la excusa con que el Yo mantiene su ligazón a la moral de los “bienes”. En todo caso, desde Lacan, conviene distinguir la manera en que trabajan los ideales a diferencia del Superyo, donde el imperativo de goce sólo es patrimonio de este último. Al sujeto lo precede, entonces, una elección obligatoria inscrita más allá de lo conocido que, en el caso del psicoanálisis, no es otra que la familiaridad universal del Edipo. Hay la obligación, como condición de un Real sin remisión, que fuerza al sujeto a elegir, desligado de cualquier goce del estilo: elijo ser un héroe o una víctima. No se trata del goce del Ideal del Yo con su promesa de realización y tampoco de una teatralización de la pérdida. Estos goces no equivalen a ningún Real. Aunque sea una elección con apariencia simbólica, toda elección se sostiene en esa presencia Real que obliga a elegir lo imposible., no sólo como lo que no puede hacerse sino, incluso, como lo que resulta más inimaginable, subvirtiendo cualquier orden. Elegir, en estos términos, es un acto, el único posible que se encamina a satisfacer lo imposible del deseo |