Violencia: cruda,
al punto o muy hecha |
Blanca Aragón Muñoz
Psicoanalista
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Podría decirse que hablar de violencia es ocuparnos de
la historia del ser humano desde sus orígenes, dado que
va de suyo en esta especie de homínidos parlantes. Es
por ello que entre las características de una época
concreta estará presente el tipo de violencia dominante.
Clarke y Kubrik nos mostraron en “2001 Odisea en el espacio” su
hipótesis del salto evolutivo correspondiente a la transformación
de herramientas en armas. Recuerden la escena de la película
del enfrentamiento de las hordas primates con el fondo musical
de “Así habló Zaratustra”.
Llegó 2001 y no se produjo ninguna odisea espacial de renombre,
pero en cambio se desplomaron las torres gemelas en Nueva York, fruto de la
moderna tecnología y de los odios más arcaicos.
Seguramente los últimos cien años pueden ser comparables
en su virulencia con cualquier otro siglo, sin embargo la capacidad
destructiva ha crecido de manera exponencial como consecuencia
de los avances tecno-científicos y los sucesos tienen
un alcance global por vez primera en la historia.
Tomando como telón de fondo este panorama, la paradoja
y quizás lo que define la época actual es la aparición
en el primer mundo de una tendencia ideológica que, con
la apoyatura de un cóctel de orientalismo, cristianismo
y mucha mercadotecnia, promueve la negación de la violencia
como inherente al ser humano, apuntando a una supuesta armonía
con una naturaleza igualmente idílica, ordenada y sabia.
De este paño están hechos la modernidad, el culto
al cuerpo, lo políticamente correcto, etc. Como
no podía ser de otra forma, esto conduce a las contradicciones
más notorias, como la última excusa para deforestar
la selva amazónica, en nombre esta vez de eso que
se llama “desarrollo sostenible”, para plantar cereales
con los que producir biodiesel. Deforestación con fines
ecológicos.
Define la Real Academia de la Lengua la palabra “violento” como “lo
que está fuera de su natural estado, situación
o modo”. ¿Conocen alguna especie a la que le acomode
mejor esta definición? ¿No es una definición
de lo humano? Freud nos presenta, a través de la dinámica
pulsional, la enorme brecha que se abre para el ser humano con
respecto a una supuesta homeostasis, un cierto equilibrio instintivo.
La violencia está presente en el ataque al semejante tanto
como en el forzamiento en el propio cuerpo. La agresión
efectiva o una liposucción participan de la violencia
en el cuerpo, ajeno o propio. Se conocen las cirugías
del siglo XIX destinadas a extirpar las costillas flotantes para
conseguir las llamadas “cinturas de avispa” (siempre
que sobrevivieran a la infección) en las mujeres, pero
también el uso de corsés rígidos, que llegaban
a producir el desplazamiento de los órganos internos,
en los caballeros que ambicionaban tener un talle esbelto de
porte militar.
La tendencia actual a denunciar, con excesivo énfasis,
los extremos a los que se puede llegar siguiendo los dictados
de la moda, (como en la última campaña de la firma
Benetton en relación con la anorexia) no sólo desconoce
el origen de ciertas patologías, sino que, ya en el campo
social, ignora de manera muy activa que toda civilización
promueve cánones estéticos completamente divorciados
de lo natural. Así, entre ciertas culturas precolombinas
se consideraba hermosa la bizquera por lo que las madres ponían
un colgante entre los ojos de sus niños para que estos
pudieran desarrollar una bella mirada estrábica.
En todo caso puede hablarse de cierta relación perversa
entre la denuncia y el objeto de la misma: es una firma de ropa
quien patrocina una campaña contra las modelos anoréxicas,
mientras otra línea de moda de precio lleva la marca de
dudoso gusto “Homeless”.
Aparentemente hay una reivindicación de “lo natural”.
En una sociedad neo-liberal esto significa que proliferan los
herbolarios, debidamente sofisticados. El puestecillo del mercado,
donde se vendían manzanilla o tila al peso, se ha transformado
en una glamorosa “boutique” en la que, a precios
exorbitantes venden alimentos, infusiones y remedios “naturales” debidamente
extractados, encapsulados, descafeinados, sin azúcar,
integrales... Es decir venden la ilusión de estar sano,
joven e inmortal para siempre.
Un Freud postmoderno que contemplara los frescos de la catedral
de Orvieto titulados “Las postrimerías del
hombre” y que hubiera olvidado el nombre del pintor, no
nos hubiera pasado jamás la conexión entre “Signor” y “Herr” a
partir de la anécdota de los pacientes turcos, mejor preparados
para admitir la muerte que la impotencia. Sería propio
de alguien muy descuidado tener problemas cardiovasculares, por
ejemplo, cuando podría haber llevado una vida sana, dieta
baja en colesterol, ingerido suficiente soja, preparados lácteos
para controlar la presión arterial y bajar el colesterol,
omega III, nada de azúcar, ni cafeína, ni teína,
ni alcohol y un larguísimo etc. Aunque en caso de ser
un paciente turco lo primero de todo: Viagra y todos contentos.
Es la anorexia en el estilo de vida, lo “light”,
nada gustoso, deseable o apetecible. Si alguien simplemente no
come en absoluto sólo estaría extremando la tendencia: ¡ni
patología propia se puede tener!
Se trata de la quintaesencia de la modernidad: la evitabilidad
de la enfermedad y la muerte. Después, si se produce un
caso como el de Puerta, no hay recursos para admitir siquiera
una serie de paradas cardio-respiratorias en un futbolista profesional,
por tanto joven, deportista y con toda la vigilancia médica
de los grandes clubes de fútbol. Así, las preguntas
que levanta una muerte como ésta son veladas por la oleada
de elogios hacia los aficionados de los dos clubes futbolísticos
de la misma ciudad, que deponen su rivalidad y se unen en estos
momentos de duelo.
Padecer una enfermedad se convierte en algo así como un
autoinculpamiento. El sobrepeso y el tabaco, directamente delincuencia.
¿Y si ahora completamos este puzzle con los componentes
ideológico-espirituales? El amor universal, la “positividad”,
la creencia en la bondad innata del ser humano. Viejo cristianismo,
neo-hippysmo y sobre todo esto, el toque de antigüedad de
un hinduismo de saldo, para consumir rápidamente.
Alguien debería recordar la, también, vieja idea freudiana
sobre el amor al prójimo: primero debe probar que se lo merece. Quizás
fuese buena idea como prevención ante algo tan peligroso, con toda su
fascinación, como es el enamoramiento. El amor en la tradición
cristiana que salva al amado, se torna amargo cuando nos enfrentamos a sus
víctimas. O esa otra faceta donde el amor da patente de corso para arremeter
contra el otro con toda la furia que permite la proximidad y la dependencia
afectiva. Sin embargo y a pesar de las noticias en las páginas de sucesos,
no hay en la modernidad otra cosa que loas al amor. Ni advertencias, ni límites
en la relación con el otro.
Es más, en el mejor de los mundos, las democracias occidentales,
el amor puede servir para enmascarar, dentro de lo políticamente
correcto, la vigilancia y el control estrictos al ciudadano “por
su bien”. Para tomar un ejemplo, en España, el slogan
de la ultima campaña de seguridad vial, que acompaña
al sistema del carné por puntos, dice “No podemos
conducir por ti”. De donde se deduce que si pudieran lo
harían. Se trata de un mensaje que produce un cierto malestar,
pues bajo la gratuidad de esa preocupación cuasi-maternal
nos acaban de conculcar la mayoría de edad. Una sociedad
de menores, incapaces de decidir, un peligro para sí mismos
y para la convivencia. Y la segunda parte del engaño:
al final esto se traduce en una cruda recaudación dineraria
en la mayoría de los casos, de los que no se habla en
los medios, apareciendo, eso sí, la media docena de conductores
que han consumido sus puntos en un día
De estos mimbres, entre otros muchos, están hechas nuestras
sociedades modernas.
No se olviden de ser felices y positivos. |