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The planet goes!!! Objeto intervenido, año 2005
Javier Seco (cortesía del artista)

 

Violencia: cruda, al punto o muy hecha


Blanca Aragón Muñoz
Psicoanalista

Podría decirse que hablar de violencia es ocuparnos de la historia del ser humano desde sus orígenes, dado que va de suyo en esta especie de homínidos parlantes. Es por ello que entre las características de una época concreta estará presente el tipo de violencia dominante.

Clarke y Kubrik nos mostraron en “2001 Odisea en el espacio” su hipótesis del salto evolutivo correspondiente a la transformación de herramientas en armas. Recuerden la escena de la película del enfrentamiento de las hordas primates con el fondo musical de “Así habló Zaratustra”.

 Llegó 2001 y no se produjo ninguna odisea espacial de renombre, pero en cambio se desplomaron las torres gemelas en Nueva York, fruto de la moderna tecnología y de los odios más arcaicos.

Seguramente los últimos cien años pueden ser comparables en su virulencia con cualquier otro siglo, sin embargo la capacidad destructiva ha crecido de manera exponencial como consecuencia de los avances tecno-científicos y los sucesos tienen un alcance global por vez primera en la historia.

Tomando como telón de fondo este panorama, la paradoja y quizás lo que define la época actual es la aparición en el primer mundo de una tendencia ideológica que, con la apoyatura de un cóctel de orientalismo, cristianismo y mucha mercadotecnia, promueve la negación de la violencia como inherente al ser humano, apuntando a una supuesta armonía con una naturaleza igualmente idílica, ordenada y sabia. De este paño están hechos la modernidad, el culto al cuerpo, lo políticamente correcto, etc.  Como no podía ser de otra forma, esto conduce a las contradicciones más notorias, como la última excusa para deforestar la selva amazónica,  en nombre esta vez de eso que se llama “desarrollo sostenible”, para plantar cereales con los que producir biodiesel. Deforestación con fines ecológicos.

Define la Real Academia de la Lengua la palabra “violento” como “lo que está fuera de su natural estado, situación o modo”. ¿Conocen alguna especie a la que le acomode mejor esta definición? ¿No es una definición de lo humano? Freud nos presenta, a través de la dinámica pulsional, la enorme brecha que se abre para el ser humano con respecto a una supuesta homeostasis, un cierto equilibrio instintivo.

La violencia está presente en el ataque al semejante tanto como en el forzamiento en el propio cuerpo. La agresión efectiva o una liposucción participan de la violencia en el cuerpo, ajeno o propio. Se conocen las cirugías del siglo XIX destinadas a extirpar las costillas flotantes para conseguir las llamadas “cinturas de avispa” (siempre que sobrevivieran a la infección) en las mujeres, pero también el uso de corsés rígidos, que llegaban a producir el desplazamiento de los órganos internos, en los caballeros que ambicionaban tener un talle esbelto de porte militar.

La tendencia actual a denunciar, con excesivo énfasis, los extremos a los que se puede llegar  siguiendo los dictados de la moda, (como en la última campaña de la firma Benetton en relación con la anorexia) no sólo desconoce el origen de ciertas patologías, sino que, ya en el campo social, ignora de manera muy activa que toda civilización promueve cánones estéticos completamente divorciados de lo natural. Así, entre ciertas culturas precolombinas se consideraba hermosa la bizquera por lo que las madres ponían un colgante entre los ojos de sus niños para que estos pudieran desarrollar una bella mirada estrábica.

En todo caso puede hablarse de cierta relación perversa entre la denuncia y el objeto de la misma: es una firma de ropa quien patrocina una campaña contra las modelos anoréxicas, mientras otra línea de moda de precio lleva la marca de dudoso gusto “Homeless”.

Aparentemente hay una reivindicación de “lo natural”. En una sociedad neo-liberal esto significa que proliferan los herbolarios, debidamente sofisticados. El puestecillo del mercado, donde se vendían manzanilla o tila al peso, se ha transformado en una glamorosa “boutique” en la que, a precios exorbitantes venden alimentos, infusiones y remedios  “naturales” debidamente extractados, encapsulados, descafeinados, sin azúcar, integrales... Es decir venden la ilusión de estar sano, joven e inmortal para siempre.

Un Freud postmoderno que contemplara los frescos de la catedral de  Orvieto titulados “Las postrimerías del hombre” y que hubiera olvidado el nombre del pintor, no nos hubiera pasado jamás la conexión entre “Signor” y “Herr” a partir de la anécdota de los pacientes turcos, mejor preparados para admitir la muerte que la impotencia. Sería propio de alguien muy descuidado tener problemas cardiovasculares, por ejemplo, cuando podría haber llevado una vida sana, dieta baja en colesterol, ingerido suficiente soja, preparados lácteos para controlar la presión arterial y bajar el colesterol, omega III, nada de azúcar, ni cafeína, ni teína, ni alcohol y un larguísimo etc. Aunque en caso de ser un paciente turco lo primero de todo: Viagra y todos contentos. Es la anorexia en el estilo de vida, lo “light”, nada gustoso, deseable o apetecible. Si alguien simplemente no come en absoluto sólo estaría extremando la tendencia: ¡ni patología propia se puede tener!

Se trata de la quintaesencia de la modernidad: la evitabilidad de la enfermedad y la muerte. Después, si se produce un caso como el de Puerta, no hay recursos para admitir siquiera una serie de paradas cardio-respiratorias en un futbolista profesional, por tanto joven, deportista y con toda la vigilancia médica de los grandes clubes de fútbol. Así, las preguntas que levanta una muerte como ésta son veladas por la oleada de elogios hacia los aficionados de los dos clubes futbolísticos de la misma ciudad, que deponen su rivalidad y se unen en estos momentos de duelo.

Padecer una enfermedad se convierte en algo así como un autoinculpamiento. El sobrepeso y el tabaco, directamente delincuencia.

¿Y si ahora completamos este puzzle con los componentes ideológico-espirituales? El amor universal, la “positividad”, la creencia en la bondad innata del ser humano. Viejo cristianismo, neo-hippysmo y sobre todo esto, el toque de antigüedad de un hinduismo de saldo, para consumir rápidamente.

 Alguien debería recordar la, también, vieja idea freudiana sobre el amor al prójimo: primero debe probar que se lo merece. Quizás fuese buena idea como prevención ante algo tan peligroso, con toda su fascinación, como es el enamoramiento. El amor en la tradición cristiana que salva al amado, se torna amargo cuando nos enfrentamos a sus víctimas. O esa otra faceta donde el amor da patente de corso para arremeter contra el otro con toda la furia que permite la proximidad y la dependencia afectiva. Sin embargo y a pesar de las noticias en las páginas de sucesos, no hay en la modernidad otra cosa que loas al amor. Ni advertencias, ni límites en la relación con el otro.

Es más, en el mejor de los mundos, las democracias occidentales, el amor puede servir para enmascarar, dentro de lo políticamente correcto, la vigilancia y el control estrictos al ciudadano “por su bien”. Para tomar un ejemplo, en España, el slogan de la ultima campaña de seguridad vial, que acompaña al sistema del carné por puntos, dice “No podemos conducir por ti”. De donde se deduce que si pudieran lo harían. Se trata de un mensaje que produce un cierto malestar, pues bajo la gratuidad de esa preocupación cuasi-maternal nos acaban de conculcar la mayoría de edad. Una sociedad de menores, incapaces de decidir, un peligro para sí mismos y para la convivencia. Y la segunda parte del engaño: al final esto se traduce en una cruda recaudación dineraria en la mayoría de los casos, de los que no se habla en los medios, apareciendo, eso sí, la media docena de conductores que han consumido sus puntos en un día

De estos mimbres, entre otros muchos, están hechas nuestras sociedades modernas.

No se olviden de ser felices y positivos.


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