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En su libro “Eichmann en Jerusalén” H. Arendt describe a Eichmann como un hombre “inteligente, disciplinado en extremo, totalmente integrado en una jerarquía incapaz de pensar”. Arendt caracteriza a este tipo de sujeto como destituido de su posición de sujeto, porque se ha separado de su facultad de juzgar. Esta incapacidad de juzgar, nos dice, conduce a la “banalidad del mal”. Un sujeto que, como hemos dicho, dimite de su posición de sujeto, se somete por completo al sistema que lo gobierna, un sujeto que no se autoriza a pensar y además dimite de la enunciación en su afán de ser congruente con los enunciados “asesinos” a los cuales se ha sometido. Arendt nos habla de la banalidad del mal pero con anterioridad había hablado del mal radical siguiendo a Kant que fue el primero en introducir en la filosofía este concepto de mal radical. En pleno s. XVIII, el gran filósofo alemán manifestaba: “Que el mundo está en el mal es una queja tan antigua como la historia; incluso como el arte poético, más antigua aún “(“La Religión dentro de los límites de la mera razón”. Alianza Editorial, 2001, Pág.35) El mal es un tema central en el pensamiento de Platón, San Agustín, Shakespeare y Dostoievski para citar solo a unos pocos. El holocausto nazi y Auschwitz se han convertido en pleno s. XX en el epitome de un mal sin precedentes en la historia de la humanidad. En la correspondencia que mantiene con Jaspers, su mentor desde que era estudiante de filosofía, Arendt dice: “El mal ha demostrado ser más radical de lo esperado. En términos objetivos, los crímenes modernos no están contemplados en los Diez Mandamientos. O bien, la tradición occidental tiene el prejuicio de que las peores cosas que los seres humanos pueden hacer nacen del vicio del egoísmo. Sin embargo, sabemos que los males más terribles o radicales ya no tienen nada que ver con estos motivos pecaminosos y comprensibles desde un punto de vista humano. (Arendt y Jaspers, 1992:166) Lo sucedido en los campos de concentración fue la forma más extrema y radical del mal. Frente a esta radicalidad del mal y la devastación humana que produjo, las respuestas de rechazo fueron y siguen siendo débiles, incluso percibimos cada día que el mal banal se expande con más virulencia por todo el planeta, se hace “global”. Hasta algunos tiempos, teólogos y filósofos al abordar el problema del mal, lo centraban en torno a la religión, la preocupación primera era como reconciliar la aparición del mal con la fe en un Dios omnipotente y benévolo. Pero hoy la teodicea pasa por ser irrelevante. Ya Kant en 1791, publicó “sobre el fracaso de todos los ensayos filosóficos de teodicea”. Kant es el pensador que comienza a indagar el mal sin tener que recurrir a la teodicea filosófica. A comienzos de la era moderna los pensadores que se ocuparon del tema clasificaron los males como naturales o morales. En los naturales no había intervención humana directa. El ejemplo más citado es el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755. Suscitó intenso debate en Europa en torno a la pregunta ¿Qué clase de Dios permitiría la muerte de tanta gente inocente? En la actualidad se piensa que la mayoría de las catástrofes naturales no son en modo alguno manifestaciones del mal. Un autor como S. Neiman dijo: “Lisboa marcó el nacimiento de la modernidad porque exigió el reconocimiento de que la naturaleza y la moral están separadas”. Las discusiones sobre el mal en el s. XX, ha sido diversas. Kant dejó claramente sentado que la moral es y debe ser independiente de las creencias religiosas dice:” Así pues, la Moral por causa de ella misma (tanto objetivamente, por lo que toca al querer, como objetivamente, por lo que toca al poder) no necesita en modo alguno de la Religión, sino que se basta a sí misma en virtud de la Razón pura práctica” ( E. Kant “La religión dentro de los límites de la mera razón” Alianza Editorial 2001. Madrid. Pág. 21). Con H. Arendt, H, Jonas, E. Levinas, T. Adorno, P. Levi, y tantos otros pensadores se piensa que Auschwitz significa una ruptura para pensar el mal de otra forma. A. Eichmann durante su juicio en Jerusalén manifestó que había cumplido con su deber siguiendo al “imperativo categórico” Kantiano, dijo además, “habiendo asumido la exigencia Kantiana como principio redentor desde largo tiempo atrás estructuré mi vida según esta exigencia” y prosiguió ante la pregunta del juez que quería decir con eso, Eichmann respondió “que la base de mi voluntad y el esquema de mi vida deberían ser tales que en todo momento yo fuera un ejemplo universal de legalidad”. Ante la pregunta por parte del juez de si sus actividades en la deportación de judíos eran coherentes con la filosofía de Kant, Eichmann dijo que: “cuando hablé del imperativo categórico, me refería a la época en que yo era mi propio jefe dotado de voluntad y aspiraciones propias y no cuando se hallaba bajo el dominio de una fuerza suprema” entonces ya no podía obrar de acuerdo al imperativo Kantiano, pero si podía incluir en este principio el concepto de obediencia a la autoridad”. Esta respuesta de Eichmann está de acuerdo con la filosofía de Kant, en la medida en que el filósofo de Köenesberg enunciaba “que cualquier rebelión, alzamiento o cualquier resistencia al poder supremo legislativo constituye el peor, el más considerable crimen en el seno de la comunidad. Kant asevera que existe el deber a “un supremo poder legislador” y por tanto un soldado como Eichmann tiene el deber de obedecer a sus superiores. Algunos filósofos se plantean que “La ética Kantiana es inadecuada para entender Auschwitz”. Kant no formula unos principios empíricos, sino una afirmación a priori. Pero H. Arendt nos remite a esta profunda reflexión: “Y, al igual que la ley de los países civilizados presupone que la voz de la conciencia dice a todos “no matarás”, aún cuando los naturales deseos e inclinaciones de los hombres les introduzcan a veces al crimen, del mismo modo la ley común de Hitler exigía que la voz de la conciencia dijera a todos “debes matar”, pese a que los organizadores de las matanzas sabían muy bien que matar es algo que va contra los normales deseos e inclinaciones de la mayoría de los humanos. El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no robar, de no permitir que sus semejantes fueron enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizá muchos ignoraban los detalles más horrendos), de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse con ellos. Pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resistir la tentación.” (Hannah Arendt. “Eichmann en Jerusalén” Pág. 220) Los horrores del s. XX y de este siglo nos abre los ojos a toda variedad de incentivos que motivan malas acciones. La razón por sí sola, tal como era el deseo de Kant, no es suficiente para motivarnos a obedecer la ley moral. Kant deja claro que: la ley se le impone al hombre en forma irresistible y al decir esto no efectúa una afirmación causal, sino una afirmación moral normativa. No podemos evitar reconocer la ley moral objetiva como norma a la que deberían ajustarse nuestras máximas. No podemos dejar de reconocer el imperativo categórico más allá de que elijamos obedecerlo o no. El ser humano reconoce la autoridad de la ley moral sin importar si se elige hacer lo que éste manda. Kant va a decir que las personas poseen “la capacidad de elección libre y espontánea”, son agentes morales imputables y responsables. Además nos dice, que “El fundamento subjetivo para la adopción de máximas morales es inescrutable” en otro párrafo de su obra vuelve a decir: “La profundidad del corazón son inescrutables para el hombre” por lo tanto el fundamento subjetivo para elegir máximas buenas o malas, es inescrutable y debe serlo porque conlleva ser una persona libre y responsable. Especialmente importante para nuestra tesis es el párrafo que Arendt subraya de Kant que dice: “en la medida en que los individuos poseen la capacidad de elección libre y espontánea” porque, según H. Arendt, los regímenes totalitarios lo que procuran destruir en sus víctimas, es precisamente “esa libre espontaneidad”. Eliminar la espontaneidad humana conduce a no ser agentes racionales. Desde la primera guerra mundial, millones de seres humanos son tratados como si fueran completamente superfluos y prescindibles. Por desgracia ya sabemos que el sentido más profundo y chocante de la superfluidad se encuentra en los campos de concentración que son los laboratorios propios de regímenes totalitarios. H. Arendt nos describe de un modo general pero de forma clara y precisa, las etapas de lo que llamó la lógica de la dominación: a) el primer paso esencial en el camino de la dominación total es matar lo que el hombre tiene como persona jurídica. Esta etapa empezó mucho antes del holocausto y con el objetivo de destruir los derechos civiles de los judíos. b) el segundo paso es el asesinato de lo que el hombre tiene como persona moral. Las SS fueron perversamente brillantes a la hora de terminar con toda forma de vínculo, de solidaridad, y de la propia conciencia. Así se torna posible asesinar a los amigos, enviar a la muerte a su esposa e hijos. (Un ejemplo es la novela “La decisión de Sopfie” de W. Styron). c) un tercer paso es la destrucción de la individualidad y por lo tanto de la espontaneidad. Este hecho concluye con la destrucción de los propios recursos. Así se transforma a los seres humanos en “muertos vivos” y que fueran a la vez humanos e inhumanos. Esto es para Arendt el significado último de mal radical. A los muertos vivientes se les conocía con el nombre de “musulmanes” este tema lo hemos abordado en otro apartado. Al describir a Adolf Eichmann dijo que “no era un monstruo” sino alguien “escalofriantemente normal”, un nuevo tipo de criminal. Sus actos eran monstruosos pero sus motivos eran banales e inocuos. Dice textualmente Arendt : “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron ni pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo , terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente ( ..) que en realidad merecen la calificación de hostis humani generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza acto de maldad.( H. Arendt OC. Pág. 402-403). Hemos dicho que desde la primera guerra mundial millones de personas son tratadas como superfluos y prescindibles. Decía Arendt, casi proféticamente, las soluciones totalitarias pueden permanecer y subsistir bajo tentaciones cuando parezca imposible aliviar la miseria política, social y económica. En cuanto al tema de la superfluidad moldea su análisis de los “derechos del hombre”, de la calamidad de los que no tienen derechos, de los que ya no pertenecen a ninguna comunidad, a los que son situados no como desiguales ante la ley “sino que la ley no existe para ellos; no es que se les oprima, sino que nadie quiere ni siquiera oprimirlos” son los prescindibles, superfluos cuya vida parece coincidir con lo que Foucault y Agamben llamaron “la nuda vida” el homo sacer”. Para nosotros la importancia del pensamiento de Arendt radica en que coincide en el pensamiento filosófico de Foucault y Agamben que trabajan sobre la biopolítica actual. Si bien Kant en “La religión dentro de los límites de la mera razón” explícitó que el egoísmo es la fuente del mal, Arendt niega esta afirmación de Kant con respecto a lo que ella llama “Mal radical”. Dice que hacer, que los seres humanos se tornan banales, superfluos, es algo más radical que no tener en cuenta el imperativo categórico Kantiano cuyo principio ordena no tratar a los individuos como medios y violar su dignidad. Lo que caracteriza el s. XX y el nuestro es que vivimos con la posibilidad permanente de que la espontaneidad humana sea eliminada de facto por medios totalitarios. Hemos asistido y asistimos a conflictos bélicos, guerras fraticidas que nos permiten observar cómo se liquidan la espontaneidad, la libertad, la natalidad, la individualidad y la pluralidad humana bajo la forma de lo que ahora conocemos con el nombre de “crímenes contra la humanidad”. Este aserto de Arendt se esta cumpliendo cada día y cada vez en mayor medida a escala mundial. En 1945 H. Arendt vaticinó que “El problema del mal será la cuestión fundamental de la vida intelectual de la Europa de posguerra”. Sabido es que el mal es proteiforme y se manifiesta en el tiempo de forma nueva y distinta. El 11 de septiembre, sucedió algo terrible. Se comienza a hablar, en occidente, especialmente en EEUU, del “Eje del mal”. Surgen así, en el escenario político internacional, dos bandos: los malvados y los que tienen que luchar contra el “Eje del mal”. Así se da comienzo a un nuevo discurso sobre el bien y el mal, atacando a los que no se arriman a sus filas, tachándolos de débiles, vacilantes, carentes de convicción moral, de fervor y firmeza para enfrentarse a los integrantes del “Eje del mal”. Esto plantea y nos lleva inevitablemente a la pregunta de fondo por las intenciones y motivaciones malignas. Pregunta por lo demás planteada ya por el filósofo Königsberg. Kant ante esta pregunta responde que el mal es la adopción intencional de máximas malas y cuando habla del mal radical nos dice que: “implica el funcionamiento subjetivo último para la adopción de máximas, el que hay que adoptar por libre elección. Arendt sin embargo cuestiona a Kant en los motivos e intenciones en la comisión del mal y prefiere adoptar el concepto de “banalidad del mal”. El concepto de banalidad del mal le trajo a Arendt críticas de todo tipo y esto sucede de alguna forma en la correspondencia con Jaspers. Arendt escribe a Jaspers diciendo: “Su definición de la política nazi como crimen me resulta cuestionable. Los crímenes nazis, me parece, explotan los límites de la ley; y en eso constituye precisamente su monstruosidad. Para esos crímenes no hay castigo lo suficientemente severo. Puede ser esencial colgar a Göring, pero es algo totalmente inadecuado. O sea, esa culpa, en contraste con la culpa criminal, sobrepasa y destruye cualquier sistema legal (…) Sencillamente, no estamos equipados para tratar – a un nivel humano y político- una culpa que está más allá del crimen y una inocencia que está más allá de la bondad o la virtud”. Jaspers escribe, el 19 de octubre de 1946, a Arendt “usted dice que lo que los nazis hicieron, no se puede entender como un crimen. No estoy del todo satisfecho con su opinión, porque una culpa que va más allá de toda culpa criminal inevitablemente cobra relieves de grandeza satánica, lo cual es para mi tan inadecuado, en el caso de los nazis, como toda esa palabrería sobre el elemento “demoníaco” de Hitler y demás, creo que debemos ver estas cosas en toda su banalidad en su prosaica trivialidad porque eso es lo que lo caracteriza en realidad. Las bacterias pueden causar epidemias que borran naciones enteras, pero siguen siendo meras bacterias….” Sabemos que poco después de publicar “Eichmann en Jerusalén”, se produce una discusión muy seria entre H. Arendt y Gerhon Scholem. Scholem arremete de forma drástica contra la tesis de Arendt acerca de la “banalidad del mal” por dejar de lado el concepto de mal radical. Scholem escribe: He leído su libro y no me ha convencido su tesis acerca del mal… Esta tesis me parece un simple slogan… no me da la impresión de que sea producto de un análisis profundo de aquel mal radical sobre el cual su análisis de entonces aportaba una sabiduría tan elocuente y erudita, nada queda salvo este slogan…” Arendt replica con estas palabras: “Tiene usted razón: he cambiado de opinión y yo no hablo de mal radical…. Ahora estoy convencida de que el mal nunca puede ser radical, sino únicamente extremo y que no posee profundidad, ni tampoco ninguna dimensión demoníaca. Puede extenderse sobre el mundo y echarlo a perder, precisamente porque es como un hongo que invade las superficies”. Arendt rechaza el concepto de mal radical empleado en los “Orígenes del totalitarismo” y en este cambio es decisiva la correspondencia con Jaspers. El asesinato de millones de personas no precisa ser perpetrado por monstruos y demonios porque llevaría a mitificar lo horrible y darle el carácter de “grandeza satánica”. “Eichmann no era Yago ni Macbeth, nada más lejos de su intención que desear, como Ricardo III, convertirse en villano… Eichmann no era estúpido. Fue simplemente irreflexión […] El hecho de que ese alejamiento de la realidad y esa irreflexividad pudiera causar más aniquilaciones que todos los instintos malvados reunidos, que tal vez sea inherentes quizá a la naturaleza humana”( “Eichmann en Jerusalén” Pág. 418). El “Mal radical” tal como lo concibe Arendt o “la banalidad del mal” irrumpe como algo nuevo. Nunca antes, en la historia, se había producido un intento sistemático de cambiar la naturaleza humana. Asistimos así a la invención de un sistema que concibe a todos los hombres como superfluos. Existe la posibilidad, bien real, de que el propio concepto de humanidad pueda ser erradicado. Esto fue el intento del totalitarismo, con su convicción ideológica: “Todo es posible”. Con el desarrollo de la tecnociencia, se llega al mismo punto “todo es posible”, “se pierden los límites” en el encuentro entre ciencia y totalitarismo se produce cada vez en mayor medida y escala cada vez más escalofriante, el mal radical, la banalidad del mal, los crímenes contra la humanidad. Muchos autores afirman que el s. XX ha sido con mucho, el siglo más cruel, despiadado y el más brutal. Los datos históricos referidos a la violencia del s. XX y XXI nos despierta sentimientos de horror y estremecimiento. La primera Guerra Mundial dejó ocho millones y medio de muertos en los campos de batalla y diez millones de civiles. La Segunda Guerra Mundial, tuvo un coste de treinta y cinco millones de vidas, y además da origen a los exterminios étnicos burocráticamente sistematizados bien en nombre de la raza aria pura que eliminaron a más de seis millones de judíos, además de homosexuales, discapacitados y deficientes mentales. Los aliados en Japón utilizaron las bombas disuasorias. En África millones de muertos con proliferaciones de guerras étnicas, como las de Camboya, con dos millones de muertos, en la región de Lagos, con mas de un millón de muertos. Añadimos a esto las grandes dictaduras en el llamado cono sur, Corea del Norte, que provocaron masacres brutales comparables a genocidios en: Bosnia, Guatemala, el Salvador, India, Pakistán, etc. Guerras civiles de exterminio como en Liberia o Sudan. E. Hobsbawm, comenta que la cifra de muertos en el s. XX sobrepasa los ciento ochenta y siete millones de seres humanos. Las víctimas civiles han ido en aumento. Tenemos así en la primera guerra mundial y la segunda, solamente el cinco por ciento de las víctimas de la primera guerra mundial eran civiles; en la segunda el porcentaje se elevó hasta el sesenta y seis por ciento. En la actualidad la proporción de víctimas civiles de cualquier guerra se sitúa entre el ochenta y el noventa por cien. Cómo explicar tantos muertos, cómo puede ocurrir precisamente en épocas en las que la cultura y la civilización han avanzado en su desarrollo en un saber cultural y tecnocientífico. Lo cierto es que, como sostienen muchos autores, estas matanzas se han llevado a cabo en nombre de altos ideales y fueron llevadas a cabo por personas humanas, “asombrosamente normales”. Después de Auschwitz ya no queda sentido, no es posible la teodicea, ni la antropodicea, ya no se puede aceptar que la fe en Dios o en la razón o la propia historia otorgara un sentido a esta maldad radical y banal. No es posible decir ya el sentido vendrá de una providencia benévola, o por el progreso humano o por los proyectos de una historia emancipadora, etc. Esta barbarie nos ha dejado en el límite y sin respuesta. Zizek relata la respuesta de un prisionero de los campos de concentración por parte de un soldado de las SS “Aquí no hay porqués”. S. Zizek en su libro “Actos de violencia” Ed. Paidós. Pág.160) dice: “El mal es, pues, una categoría mucho más complicada de lo que podría parecer. No es una simple obscenidad excéntrica comparar la famosa fórmula mística de Angelus Silesius “La rosa no tiene porque” con la experiencia de Primo Levi en Auschwitz, cuando sediento, intentó llegar a un pedazo de nieve en la ventana de su barraca, el guardián le gritó desde afuera que se retirara; en respuesta al perplejo ¿Por qué? de Levi, porqué el rechazo de un acto que no hiere a nadie ni rompe las reglas. El guardián replicó: “No hay porqué aquí, en Auschwitz”. En la actualidad, además del Nihilismo, asistimos a un mal extendido llevado a cabo por gentes normales que colaboran gustosos con esta barbarie, dando lugar a que “lo imposible” ya estaba ocurriendo, los crímenes y los abusos de la condición humana pasaron a transformarse en un asunto totalmente burocrático, como ya intuía Kafka en sus novelas, en el frontispicio de entre guerras avisoraba como un gran visionario “el mundo Kafkiano que vendría después”. Detrás de esta barbarie, entre otras cosas, juegan su papel, como hemos dicho más arriba los grandes ideales, los grandes males no ocurre por falta o ausencia de objetivos sino precisamente por abundancia, por exceso de ideales, por exceso de lo simbólico. Todo poder político conlleva un ideal al que servir. Las razones de estado esconden una razón religiosa, una auténtica nacionalidad o la razón al servicio de la emancipación. A este respecto nos dice Zizek: “El mal en realidad es cualquier clase de dogmatismo fanático en especial el que se ejerce en nombre del supremo bien” y más adelante dice “Si llegamos a obsesionarnos demasiado por el bien y por el odio correspondiente por lo secular, nuestra obsesión por el bien se puede convertir en una fuerza del mal” (S. Zizek “El sublime objeto de la Ideología” S. XXI Pág. 54). Hay que tener en cuenta que el tema que hemos elegido para exponer en este trabajo muestra, entre otras muchas cosas más, el intento por parte de una de los grandes pensadores, el de tratar de entender algo que parece desafiar el pensamiento. Sabemos que el mal es proteiforme y se manifiesta en el tiempo de forma nueva y distinta. El mal del s. XX es el exterminio metódico. No tiene antecedentes en la Humanidad. Los mismos que introdujeron el término genocidio para acusar al nazismo en Nuremberg, lanzaron la bomba nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki sin ser acusados de crímenes contra la Humanidad. Bonhoeffer teólogo protestante escribió desde un campo de concentración que la necedad es un enemigo más peligroso que la maldad. El necio es el que ignora o no sabe, es un defecto humano, defecto de la persona que pierde su yo, dice Bonhoeffer: “El mal capital de nuestro siglo tiene su causa en la apatía moral de seres inteligentes. Por eso no les llamamos necios ni simplemente idiotas. El asesino de masas, es ante todo, un idiota moral” (N. Bilbeny O. C. Pág. 21) “Cuando el idiota moral se mueve en el terreno de guerra es un genocida; cuando lo hace en los intervalos de paz es un psicópata” (N. Bilbeny “El idiota moral o la banalidad del mal en el s. XX” Anagrama 1995) El asesino de masas es, ante todo, un idiota moral. El mariscal Göring máximo responsable después de Hitler era tan apático como Eichmann pero agresivo, más ambicioso de poder y extremista en su ideología, dice Bilbeny “fue el mejor Macbeth, aunque carente de poesía en la peor ópera Wagneriana” (Pág. 30) no se siente culpable muestra una tranquilidad pasmosa ante su detención, lo único que le sorprende es verse incluido en la lista de criminales de guerra. En la época nazi dice K. Jaspers, no se hablaba alemán, si la lengua configura el pensamiento y lo liga con la cultura, el habla con sus formas tipo slogan, imperativas, esquemáticas lleva al arrestamiento del juicio. El lenguaje cambia y hace cambiar la visión de la llamada realidad. Hans Frank bautizó como “imperativo categórico del III Reich al dicho “compórtate de tal manera que si el candidato te viera aprobaría tus actos”. Incluso Himmler llegó a decir: “yo no tengo conciencia. Hitler es mi conciencia”. N. Bilbeny señala al equiparar el “Mal banal” con el “Idiota moral”, “Mi tesis es que si bien un psicópata no es ni tiene porqué llegar a ser un genocida, como Macbeth, todo genocida tiene el alma de un psicópata como Barbazul, desarrollada con otra circunstancia y con otros medios. Por lo cual, en todo psicópata duerme un genocida y en todo genocida está grabado el timbre de un psicópata” (C.N. Bilbeny “El idiota moral” Ed. Anagrama 1995 Pág. 42). El nazismo generó en sus servidores una conducta insensible a fuerza de destruir toda natural tendencia a la empatía a la participación afectiva con otros, a fuerza de destruir los vínculos humanos. Himmler pedía una inhumanidad, sobrehumana, hasta producir un malvado con rostro sereno, pero además para cumplir el programa nazi fue preciso aniquilar los sentimientos de sus enemigos llevando a una muerte emocional. A un idiota moral le caracteriza la insensibilidad, la crueldad sin culpa, pero fundamentalmente su incapacidad para pensar. El idiota moral es aquel que teniendo la facultad de pensar no lo pone en práctica. El pensar es un diálogo silencioso entre yo y uno mismo – dice Bilbeny- se produce una dualidad en nosotros mismos. Esta forma de dualidad no se da en el idiota moral. Arendt habla de ser “dos en uno” como la capacidad de pensar. Así mismo Teeteto pregunta a Sócrates ¿A qué llamas tu pensar? Sócrates le responde: “Al discurso que el alma tiene consigo misma” (Platón Gredos) Básicamente se puede decir que el diálogo con el amigo, es la reproducción del diálogo con uno mismo. Así el pensar significa: Desarrollar una capacidad reflexiva. Si sólo se atiene el pensar al presente, se constituye en un mero saber. “Pero si su cometido es además tenerse presente a sí mismo, con lo cual el pensamiento hace presente lo que esta ausente para los sentidos, el pensar se convierte entonces en una capacidad reflexiva” (Bilbeny Pág. 78). Los hombres que no piensan, dice H. Arendt son como sonámbulos. Así una sociedad de idiotas morales es también una sociedad sonámbula que no se cuestiona acerca de sí misma. Por eso Eichmann declaró que el exterminio judío fue un crimen, pero negarse a cumplir aquellas órdenes hubiera sido inadmisible. El había cumplido con su deber. El no pensar no acontece porque el idiota moral lo decide, sino que el no pensar constituye un rasgo de su personalidad. H. Arendt sostuvo que, la ausencia de pensamiento se tornaba en un hecho cada vez más común, en la vida cotidiana, parece que nos falta tiempo para pensar. Su maestro M. Heidegger ya había esbozado este hecho social, cuando hablaba de la caída en el “Man”, esto es, en el “se dice”, “se piensa”, “se comenta”. “La banalidad del mal fue condenada en Jerusalén, pero con el tiempo ha ido multiplicándose. “El mal es un concepto metafísico referido al hecho y a la tendencia de la voluntad a actuar, libre y conscientemente en contra de las costumbres y reglas extendidas de la convivencia, o en contra, cuando menos, de la conciencia moral” (Bilbeny O. C. Pág. 95). Rüdiger Safranski, en su libro “El mal o el drama de la libertad” (Tusquet Ed. Barcelona 2002 Pág. 13) refiere: “No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad”. Sería más simple que la conciencia se redujera a ser consciente pero este ser consciente se abre a un horizonte de posibilidades. La conciencia al trascender lo actual y descubrir una nada vertiginosa o bien un dios que hace factible la quietud “En cualquier caso, un ser que dice “no” y que conoce la experiencia de la nada puede elegir también la aniquilación. En relación con esta situación precaria del hombre, la tradición filosófica habla de una “falta de ser”. Las religiones nacen de la experiencia de esta “falta de ser”. “El mal no es ningún concepto; es más bien un nombre para lo amenazador, algo que sale al paso de la conciencia libre y que ella puede realizar”. Bilbeny realiza una clasificación de las formas de mal: así describe el mal pasional que incluye las llamadas “pasiones frías” por su carácter racional y calculador que se observan en las pasiones de poder, de riqueza, de grandeza, etc. El mal satánico: en este tipo de mal se busca el mal por si mismo, con un fin ante el cual siente fascinación, llegando inclusive a atribuirle una belleza. Pero existe otro tipo de mal que se toma a si mismo como medio para una supuesta buena causa. Es el mal mediano, como ejemplo tenemos a Goebbels, Torquemada. Es el mal de los fanáticos, de aquellos que comenten el mal por el bien, o por la verdad es el caso de Hitler. Tenemos por último al mal banal: aquí podemos poner el caso de Eichmann, Himmler, Stalin, etc. Caracteriza a estas personas la falta de sentimientos de culpa, pero no poseen la culpa por falta de ejercicio del pensamiento. “El mal banal es tan brutal como el mal pasional y tan monstruoso como el mal satánico o el mal mesiánico, pero a diferencia de estos tres es el más siniestro por menos perverso, precisamente por ser el único en que no existe deliberación por parte del sujeto que lo lleva a término” (N. Bilbeny “El idiota moral” Pág. 97). Creemos que la Ideología científica, juega un papel determinante directa o indirectamente en el tema que nos ocupa y por tal motivo para concluir vamos a introducir una breve y apretada reflexión sobre el discurso de la ciencia que explicaremos con más detalle en otro momento. El discurso de la ciencia supone una seria dificultad para la función paterna. Con Galileo se puede afirmar “eso es científico”. Hay un gran cambio en la autoridad que legitimaba la religión por la novedosa, legitimación que permite y autoriza la ciencia. El discurso de la ciencia organiza un nuevo vínculo social y se infiltra poco a poco en las redes sociales de la comunidad. Cabe señalar que no es lo mismo: la ciencia, las ciencias, discurso de la ciencia y la ideología científica. El método científico produce de hecho un cientificismo que bajo el término por ejemplo de “científico” se firman trabajos donde la búsqueda de la verdad está ausente y su objetivo es la publicidad. Desde la Grecia antigua la ciencia busca ser una episteme deductiva. Se puede decir entonces que estamos ante una modalidad de discurso en el que desaparece todo tipo de interlocución y se busca principalmente, encontrar datos con carácter objetivo. La ciencia empieza siendo un discurso que se niega como discurso por eso todo el intento del s. VI es un gran esfuerzo por despojar a la ciencia de todo tipo de retórica y el lenguaje sólo se consideraba útil y un medio para comunicar los conocimientos. En la época clásica se logra alcanzar este deseo nacido en Grecia concluyendo con el advenimiento de la ciencia moderna. La ciencia moderna se apoya en el cogito de Descartes. El discurso del método funda un nuevo método científico. Como sabemos Descartes busca la certeza para construir la ciencia. Descartes, elige la duda que aplica a todo lo que viene dado por la tradición y lo que viene dado por los sentidos. Aconseja Descartes que hay que cerrar los ojos, taparse los oídos, prescindir del tacto y volver hacia dentro de nosotros y buscar en el entendimiento las ideas más claras. Galileo afirma que la naturaleza esta escrita en lenguaje matemático que llevará a Heidegger a hablar del proyecto matemático de la naturaleza. Esto conlleva a priorizar la matematización del mundo es decir la reducción de la ciencia a lo matemático. Aquí se produce el corte con la ciencia griega, aparece otra forma de verdad “la verdad es lo que es demostrable” nos dirá Max Plank. Emerge un saber que se desliga de la verdad. Se origina un saber sin verdad. Con Descartes la ciencia avanza prescindiendo de la verdad, lo que permite a la ciencia tomarse por su propio origen para progresar. Se olvida el lugar de donde a comenzado sus andaduras y es más, su propio avance requiere del olvido de sus orígenes. En el comienzo Real y Simbólico estaban implicados, si los griegos querían dar cuenta racional de los fenómenos naturales al disponer de medidas, y sobre todo de método, se veían confrontados con lo Real. Desde que Galileo encontró la garantía matemática lo que aparece como origen es lo simbólico, en la forma de simbólico matemático. El proyecto matemático se establece en un simbólico que elude la enunciación, olvida lo Real del cual surgió. Pero la ciencia intenta en algún momento coincidir con este real. Estos hechos nos hacen ver que la ciencia tiene una pretensión totalizante. La ciencia se toma por su propio comienzo y con capacidad de autofundarse y este acontecimiento de autofundación es lo que determina su pretensión totalizante y lo coloca en relación con el riesgo totalitario. Así pues, la ciencia moderna separa lo simbólico y real y se aleja de la verdad. Se trata de producir un saber sin verdad. Un saber que se niega a saber sobre aquello que lo fundó. Se esfuerza en producir un saber que sea demostrable. El proyecto matemático de la naturaleza eludiendo la enunciación olvida lo real del que ha surgido. La ciencia por así decirlo “hace creer” que es capaz de autofundarse y esta tentativa es lo que le hace deslizar hacia una pretensión totalitaria, que a su vez se desliza sobre el riesgo totalitario en lo social. Todo esto, porque conlleva en su constitución la pretensión de la omnipotencia infantil. La ciencia en la medida en que progresa y crece en una trasformación continua, ha devenido en un saber especialmente técnico. Nos dice Lacan “lo que caracteriza a nuestra ciencia no es un mejor conocimiento de este mundo, sino el hecho de surgir en el mundo cosas que no existían antes para nuestra percepción” (Seminario XVII), textualmente dice: “El mundo esta cada vez más poblado de letosas” (Seminario XVII, Pág. 174) es decir, de gadgets adictógenos que están en el mercado global incitando al consumo casi sin límites. La bomba de Hiroshima acabó con la creencia de la ciencia amiga, los viajes espaciales, la exploración de Marte, el descubrimiento del ADN, etc. han situado a la ciencia en condiciones de perder el sentido del límite. Todo científico para ser considerado como tal, debe producir un enunciado que prescinda de su enunciación, cuando se excluye como sujeto de su producto. En el discurso del hombre de ciencia se produce un cambio en tres momentos o etapas generacionales. 1) En la primera generación donde la enunciación esta presente pero existe el deseo de hacer desaparecer. 2) El discurso científico hacer prevalecer el borramiento de la enunciación y donde prevalece la autoridad de los enunciados y 3) El discurso técnico donde prevalecen únicamente enunciados sin las huellas de la enunciación que no obstante ha inaugurado la cadena secuencial de esos discursos. Si antes la ciencia colaboraba en el entendimiento de la naturaleza, hoy la naturaleza esta envuelta en el desarrollo de la ciencia, con la consiguiente supresión de la enunciación y esto acontece en la tercera generación por exigencia del método científico. Es en este proceso de eludir toda enunciación lo que lleva a hacer creer en la “omnipotencia de la ciencia” que lleva aparejada la reactivación de la omnipotencia infantil. Hay autores que reivindican el volver a la verdadera ciencia y se oponen al uso irracional que realiza la ideología científica. La ciencia para algunos autores, es totalizante, si se
ve abocada a ser “totalitaria” es a consecuencia de
su gran desarrollo técnico en la era del capitalismo
feroz y de la globalización. Una vez que se ha llegado al momento tercero, a lo tecnociencientífico, impone sus leyes y altera todo sentido del límite y del sentido común. El peligro no sólo está en el cientificismo, lo que realmente se encuentra más agazapado es el denominado “totalitarismo pragmático”. Este totalitarismo (o fundamentalismo) se organiza en torno a una lógica que pretende dar cuenta de todo anulando al sujeto. Se configura como un sistema organizado universal. Aquí estamos ya ante el discurso técnico-científico, que eludiendo la enunciación se instituye en forma de vínculo social. ¿No está acaso en relación el totalitarismo nazi, con el totalitarismo pragmático? Se puede decir que el nazismo es signo del fantasma suicida
que habita en el sujeto de la ciencia. Al reemplazar al discurso del Amo, el discurso de la ciencia “condiciona el marco mismo en el cual se ejerce el pensamiento”. Para H. Arendt, la entrada en la modernidad significa “la pérdida de un mundo”. El hombre realiza un proyecto autista, pero al mismo tiempo se vuelca al mundo exterior. Pérdida de la relación con el mundo y del sentido común, impotencia para vivir experiencias, ruina de la facultad de juzgar y de pensar. Para H. Arendt lo específico de la ideología totalitaria consiste en la ruptura del pensamiento con respecto a su propio origen. La ruptura en el sentido común que se fundamenta con la duda cartesiana y se anuda con la pérdida de los límites. El “todo es posible” se convierte en el lema de la modernidad. En el s. XX se produce tensión entre religión y capitalismo, en su vertiente neoliberal. Esa tensión en lo social tiene profundos efectos en la modalidad de goce, especialmente como efectos del malestar en la cultura, bajo la forma de neurosis, histérica y obsesiva. En la religión se promueve el sacrificio; en el capitalismo, el plus de goce. La frase “Dios ha muerto” que aparece en el libro de Nietzche “Así habló Zaratustra”, más cuando Zaratustra estuvo sólo, habló así a su corazón: ¡será posible! Este viejo santo que no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto (Pág. 28), es retomada por Heidegger, Deleuze, Vattimo, Badiou y muchos otros como K. Lowith para quien la sentencia: “Dios ha muerto significa para Heidegger que el mundo metafísico de las ideas, los ideales y los valores ya no tienen vitalidad y que, de este modo, la metafísica ha llegado por completo a su fin”. Sin duda lo que Lacan denomina “la declinación de la función del padre” está en relación con la sentencia de Nietzche. La declinación de la función paterna como se suele pensar no es un acontecimiento que surge a finales del s. XX, sino que viene de lejos, desde la época que Nietzche pronunciará esta frase que marca el fin y el comienzo de una época. La declinación de la función paterna y de los ideales ya esta presente en la obra de Freud, en su historia los casos clínicos de Dora, el hombre de las ratas, Juanito, etc. Esta representación sostenida por influjo del monoteísmo apelando al padre de la religión, ha dado consistencia al lugar del tercero, pero la vía religiosa esta abocada “al desencanto del mundo”. El ocaso de la religión debilita la transmisión de lo simbólico. Este hecho es tanto más evidente en la medida en que se ha pasado del padre de la religión al experto de la ciencia. Además el pensamiento científico técnico, instrumentaliza el lenguaje para obtener efectos “técnicos” sobre la manera de concebir la realidad. La realidad social como bien dice S. Zizek, es en último término una construcción ética. Es sabido que Lacan se sitúa de forma diferente que Freud, frente al malestar en la cultura. Este malestar es una de las consecuencias del discurso de la ciencia que terminó por socavar el discurso del Amo antiguo. El propio Lacan manifestó que el pensamiento de Freud era ya, en sí mismo, una respuesta a esta modalidad de discurso, en el que lo más relevante es la imposibilidad del sujeto de identificarse con el sujeto Amo. En la sociedad actual nos dice Zizek, (Violencia en Acto. Ed. Paidós 2004 Pág. 118), con la declinación del significante Amo y el surgimiento del consumismo, “el hecho básico es la pérdida de la identidad simbólica, lo que Eric Santher llamó la crisis de investidura y lo que recibimos a cambio de esta pérdida es estar bombardeados con las formas y chucherías del goce”. 1 Este artículo desarrolla el apartado número 15 del trabajo, “El malestar en la globalización”. |