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No. El “No” es el paradigma de la radicalidad. El no abre en el individuo la oposición lingüística y la apertura a la individualidad. El sí es identificatorio, obediente y uniformador. El No, abre en el sujeto el espacio de la libertad individual y del protagonismo vital. ¿Podemos en la época actual concebir una respuesta que no sea la de la radicalidad absoluta, sin la vergüenza de ser silenciosos cómplices de la hegemonía del pensamiento único, consecuencia directa del asentamiento definitivo del capitalismo feroz? ¿Es posible concebir la libertad qué como anhelo nos incumbe, sin una posición absolutamente radicalizada? Sin el No, no hay espacio para la libertad, para el pensamiento, para la diferencia. Contemporizar con las tibias propuestas de la conciliación y la moderación, perpetuará las condiciones de vasallaje actual ante un discurso arropado por la economía, por la política, por la religión, por la ciencia. Aprendimos y seguramente pudimos razonar y hacer nuestra, la antigua proposición de que hay dos cosas que no se pueden mirar de frente: el sol y la muerte. Quisiera añadir otras dos cosas que a mi juicio tampoco se pueden mirar sin riesgo de producir importantes efectos: la libertad y el sexo. Seguramente los albores del pensamiento psicoanalítico, tuvieron como reflexión y como reto la posibilidad de encarar tales cuestiones. El Freud admirado y el Freud denigrado lo fueron por sacar al ser humano de una concepción de la filosofía anclada en un antropocentrismo teológico. El sublime pecador bíblico fue puesto bajo sospecha desde diversos pensamientos: Nietzsche; Marx y Freud desubican del confort culpógeno y del beneficioso sufrimiento al ser humano, devolviéndole a lugares menos frecuentados por el pensamiento científico-religioso-filosófico de la época, como los de las contradicciones o las menos sublimes estructuras de las miserias. Un ser distante del creado a imagen y semejanza divina: un hombre inserto en la sexuación, en la privación de su libertad y en la muerte sin trascendencia, en la muerte sin vida eterna, en la muerte como la nada. Tal es la pretensión del psicoanálisis: la búsqueda de una verdad individual, de una verdad en lo particular que conlleva el poder mirar de frente, con el riesgo que esto entraña, la libertad, el sexo y la muerte. Tal es la pretensión de la cura analítica: dar cuenta en términos individuales de lo que esta compleja estructura significa para el bípedo. Salir de lo paralizante y neutralizador que significa el responder a demandas ajenas, a extrañas exigencias. Inaugurar el No. Quisiera detenerme ahora en este concepto que tanto miedo entraña, que tantas confusiones genera: la libertad. Es frecuente escuchar alusiones metafóricas, más o menos afortunadas, sobre la naturaleza, para dar cuenta de la libertad: “libre como un pájaro”, “libre como el viento”. Mas allá de la evocación poética y mas allá de lo que esta evocación tiene de licencia poética al considerar la naturaleza como el paradigma de la libertad, diremos que bien al contrario, la libertad es exclusivamente patrimonio de este ser mortal, sexuado y hablante. Nada hay que someta más que el instinto en los animales, puesto que les incapacita para la posibilidad de una elección y que es la esencia de la libertad. La posibilidad de errar en la elección precipita al ser humano en la angustia. En la naturaleza no se plantea en modo alguno tal posibilidad pues el instinto, inalterable, inmutable, ejerce su dominio pleno sobre el pájaro y las leyes de la naturaleza determinan los movimientos del viento. El ser precipitado sin reservas en el universo del símbolo, tiene la libertad, (en términos de conciencia)1 , de elegir y por ende de equivocarse, de dudar, de sentir la inseguridad, de sentir la culpa, de no elegir lo correcto, etc. Este cúmulo de dificultades que entraña la libertad, ha sido la que ha entregado a ese ser, más preocupado por la seguridad y el amparo, a ser fácil presa de diversos modos de sometimiento: bien por la ignorancia, bien por el temor, bien por la desigualdad, este ser del símbolo y mortal, se ha entregado a una enorme multitud de amos: religiosos, políticos, económicos, científicos, etc. Los tiempos actuales han desarrollado como en ningún momento de la historia un sometimiento de una magnitud sobrecogedora. Pero para poder realizarlo ha sido necesario la presencia de un desarrollo del capitalismo, que convirtiera en tentáculos de su dominio todos los conceptos antes señalados: lo religioso, lo político, lo económico, lo científico. Todo (incluido el pensamiento psicoanalítico mayoritario, como mas adelante veremos) está en el juego de este sistema, en la medida en que se muestra protector, conciliador, generador de seguridad y bienestar, pero haciendo creer que ese es el único mundo existente. Este complejo entramado ha tenido un primer momento de un “hurto sistemático de palabras” que era patrimonio de todos. Se apropiaron de estas palabras, cancelando lo subjetivo de ellas y del saber que implicaban, saber intersubjetivo, saber de los sujetos, como nos dice J. Lacan, constituyendo un único saber objetivo, saber avalado por la ciencia, por la política, por las aspiraciones sociales, por la religión y haciendo del pensamiento único, la única manera de concepción para el humano. S. Zizek, en su artículo “Del Symptom de Joyce al Symptom del Poder”2 pone de manifiesto que hay una exigencia social de la modernidad que pasa por renunciar a la libertad, a la crítica: la exigencia, básicamente es que sólo los necios, simples y obedientes, son los que alcanzarán el éxito social. Muy probablemente sea cierto. “Es aquí ejemplar la película Forest Gump de Robert Zemeckis, ya que ofrece como punto de identificación, como yo ideal, un débil mental, afirmando la estupidez como una categoría clave de la ideología. El eje ideológico principal de Forest Gump es la oposición entre el héroe y su amor de toda la vida. Gump es un simple con el corazón de oro que ejecuta las órdenes de sus superiores sin inmutarse, sin contradicciones ideológicas ni devociones fanáticas. Renunciando incluso a un mínimo de “estructuración cognitiva” (Jameson), se encuentra atrapado en una maquina simbólica tautológica, sin distancia irónica alguna – un testigo pasivo y/ o participante en las grandes batallas histórico-políticas, cuyo significado ni siquiera trata de entender (jamás se pregunta por qué tiene que luchar en Vietnam, por qué le envían a China a jugar ping-pong, etc.). Su novia es una chica plenamente implicada en las luchas ideológicas de las últimas décadas (manifestaciones contra la guerra de Vietnam, etc.) – en una palabra, participa en la historia e intenta entender lo que está ocurriendo. Lo primero que hay que señalar en la película es que el personaje de Gump muestra la ideología en su máxima pureza: la oposición entre Gump y su novia no se basa en la oposición entre el grado cero extra-ideológico de la vida social y las luchas ideológicas que dividen el cuerpo social; más bien ejemplifica la tensión entre el grado cero de la ideología (la máquina ideológica sin sentido) y la ideología de los antagonismos esforzándose por hacerse invisible. Gump, el tonto, ejecutor automático de órdenes, que no trata de entender nada, encarna al sujeto puro imposible de la ideología, al ideal de un sujeto en el que la ideología funcionaría sin grietas. La mistificación ideológica de la película reside en el hecho de que presenta la ideología en su pureza como no-ideología, como participación de buena fe, extra-ideológica, en la vida social. Es decir, la lección de la película es: no intentes entender, ¡obedece y triunfarás! (Gump termina siendo un millonario famoso). Su chica, que se esfuerza por obtener una especie de “mapa cognitivo” de la situación social, es castigada simbólicamente por su sed de conocimiento: al final de la película, muere de SIDA. Forest Gump revela el secreto de la ideología (el hecho de que el éxito de su funcionamiento implique la estupidez de sus sujetos) de una forma tan abierta que en otras circunstancias históricas habría tenido efectos subversivos, sin embargo, en la era del cinismo, la ideología puede permitirse el lujo de revelar sus secretos (su idiocia constitutiva, que la ideología tradicional, pre-cínica mantenía en secreto) sin afectar en lo más mínimo su eficacia.” La palabra, como resultado de una compleja red de trasformaciones evolutivas, nos dio el difícil e inestable estatus de humanos. Seguramente nacida de los gritos simiescos del dolor, de la sorpresa, de la necesidad sexual, de lo desconocido, nos hizo hombres, como categóricamente señalan pensadores como J. Lacan o A. Einstein. Poco a poco el hablante fue desposeído de su particular universo simbólico. Entretengámonos haciendo discursos en los que necesariamente aparezca al lado de la palabra hombre, la palabra mujer, pero sin salirnos ni un ápice del discurso único y correcto de la oficialidad en las que hombre o mujer, no importan más que en términos de sujetos productivos, mientras el Amo, esboza su segunda sonrisa.3 Palabras como hombre, mujer, violencia, democracia, derechos y un sinfín de ellas han sido convertidas en puros conceptos, las más de las veces, vacíos, en manos de un poder y de una compleja trama de intereses y de una permanente insistencia, desde el advenimiento del sistema de producción del capitalismo. Tal sistema se ha revelado perfecto para cancelar la protesta, la duda, la discrepancia, en la medida en que se ancla en el desamparo humano y en el atávico miedo a la libertad que de ello se deriva. Digamos que, ante este desamparo y este pavor a la libertad, otros sistemas: el feudal, el esclavista, las órdenes religiosas, los estamentos militares, el absolutismo ilustrado, no dieron una respuesta tan adecuada y adecuadora como el capitalismo actual. El exceso obsceno de estos sistemas, se evidenciaba en un momento determinado y generaba movimientos de resistencia, de protesta, de disenso o de revolución. El capitalismo se ubica en el eje central del desamparo, pero parte, con el mecanismo perverso, de la declaración inequívoca de los derechos de estos desamparados: establece un nivel de principios teóricos que inhiben toda sospecha, toda duda. Derechos que bajo el nombre de “universales” sólo sirven para el universo de los opulentos. Derechos de todo tipo teóricos y redactados en las oficinas del poder capitalista y sus múltiples asociados. Mientras tanto va generando un mundo de bienestar social entre un pequeño y poderosísimo colectivo de gente: el primer mundo, que basa estos derechos, justamente en la realidad de que se fundan en que fuera de este colectivo, pese a la universalización, no hay ningún tipo de seguridad, ni de bienestar, ni de derechos, aunque teóricamente se les suponga. Esta seguridad que permite al primer mundo vivir de espaldas al resto, genera una sensación de deuda simbólica que cancela toda protesta, toda solidaridad: los estómagos agradecidos no protestan y son los mejores aliados de tal perversión creando asociaciones de caridad, de apoyo o de solidaridad. Vivimos nuestra igualdad occidental sostenida en la terrible desigualdad del resto del mundo. Es necesario, que para que vivamos en el sistema de consumo y del llamado bienestar de occidente, otros mueran por miles, de hambre, de guerra, de frío, de inanición. Y este es el gran baile de las palabras robadas: derechos, igualdad, mujer, libertad, violencia, etc., ¿quieren decir lo mismo en todos los sitios? El poder (en el amplio sentido de la palabra), determina lo que es o no es violencia, determina lo que es justicia, lo que es libertad, lo que es solidaridad, lo que es tolerancia. Quisiera traer las palabras de Bartolomeo Vanzetti, en torno a la violencia, dirigidas al Director de la prisión donde fue encarcelado junto con Nicola Sacco y posteriormente ajusticiados. Dos conceptos en torno a la misma palabra: “Nos acusan y nos condenan por actos de violencia. Hace siete años que usted me cuenta la misma historia y yo le vuelvo a repetir que la sociedad en la que ustedes me obligan a vivir y que nosotros queremos destruir, está construida sobre la violencia; mendigar una vida por un mendrugo de pan es violencia, la miseria, el hambre que padecen millones de hombres es violencia, el dinero, la guerra e incluso el miedo que todos tenemos a morir cada día, pensándolo bien es violencia.” En otro discurso, el último pronunciado ante la corte que le juzgaba, B.Vancetti, decía: “He estado hablando mucho de mi mismo y ni siquiera había mencionado a Sacco Sacco también es un trabajador, un competente trabajador desde su niñez, amante del trabajo (...). Sacco es todo corazón, todo fe, todo carácter, todo un hombre; un hombre amante de la Naturaleza y de la Humanidad; un hombre que lo dio todo, sacrificó todo por la causa de la libertad y su amor a los hombres: su esposa, sus hijos, su persona y su vida. El y yo jamás nos hemos llevado un bocado de pan a la boca, desde que somos niños hasta ahora, que no hayamos ganado con el sudor de la frente. Jamás... Ah, sí, yo puedo ser más listo, como alguien a dicho; yo tengo más labia que él, pero muchas, muchas veces, oyendo su voz sincera en la que resuena una fe sublime, considerando su sacrificio supremo, recordando su heroísmo, yo me sentido pequeño en presencia de su grandeza y me he visto obligado a repeler las lágrimas de mis ojos, y apretarme el corazón, (...) para no llorar delante de él: este hombre al que han llamado ladrón y asesino y condenado a muerte. Pero el nombre de Sacco vivirá en los corazones del pueblo y en su gratitud cuando los huesos (...) de todos nosotros hayan sido dispersados por el tiempo; cuando vuestro nombre, el suyo, vuestras leyes, instituciones, y vuestro falso dios no sean sino un borroso recuerdo de un pasado maldito en el que el hombre era un lobo para el hombre (...). Si no hubiera sido por esto yo hubiera podido vivir mi vida charlando en las esquinas y burlándome de la gente. Hubiera muerto olvidado, desconocido, fracasado. Esta ha sido nuestra carrera, nuestro triunfo. Jamás en toda nuestra vida hubiéramos podido hacer tanto por la tolerancia, por la justicia, porque el hombre entienda al hombre, como ahora lo estamos haciendo por accidente. Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestros dolores -¡nada!-. La pérdida de nuestras vidas -la vida de un zapatero y un pobre vendedor de pescado- ¡todo! Ese momento final es de nosotros, esa agonía es nuestro triunfo.”4 Curiosamente el trabajo se abandera como una conquista social de esta época. Pero de nuevo el hurto de las palabras, nos deja sin posibilidad de hablar del trabajo, si no es desde la perspectiva del trabajo de producción capitalista, con la cuota de plusvalía, que todos desde entonces, damos como buena. Pero ¿de qué trabajo hablamos? Con la llegada de la industrialización y el advenimiento de los nuevos ingenios, algunos pensadores sociales de la época, proclamaban que la máquina liberaría al hombre de la pesada carga del trabajo y los hombres podrían ocuparse del ocio, de la cultura, del tiempo libre. Liberarnos del trabajo que ahora se nos ofrece como un derecho. Claro que hay muchas concepciones del trabajo: trabajo como creación, trabajo como efecto solidario de servicios comunes, trabajo de producción mental, trabajo de investigación, etc., pero el llamado derecho al trabajo tiene que ver con la producción de plusvalía y justamente era ese del que imaginaban podrían liberarnos las máquinas. De ese trabajo, nos dice Paul Lafargue en su libro “El derecho a la pereza”: “La reivindicación del derecho al trabajo, no puede ser del proletariado, es una reivindicación del capitalismo. Al día siguiente mismo del triunfo de la Revolución Social, el proletariado tendrá que pensar en disfrutar, en descansar de la pesada carga del trabajo”5 . Todo este entramado de palabras incorporadas desde el discurso del amo se ha realizado con el impecable estilo de la perversión, puesto que se nos ha hecho creer que hemos sidos los gestores y protagonistas de todos los cambios que la modernidad ha ido imponiendo. La democracia, referente inequívoco desde donde, infatuados por su uso y su posesión, miramos desde la atalaya de la superioridad occidental al resto del mundo. ¿Dónde quedó el demos, el pueblo? Se dice sin sonrojo, que la democracia es el mejor de todos los males. Pero su referente está vaciado de significado. Hoy solo es un concepto que enorgullece sin saber bien por qué, pero que opera, un efecto de cancelación de todo disenso. Cuando uno habla de los demócratas en modo alguno se convoca su significado: El poder del pueblo, ¿dónde está demos, el pueblo? sin duda arrinconado en las puntuales convocatorias a las elecciones, donde todas las alternativas políticas se reparten cómplicemente un pequeño pedazo del Cratos, del poder omnímodo y anónimo al que todos ellos se someten y alimentan. Ni siquiera se creen protagonistas activos del sistema, pues se saben simples marionetas de un sistema en el que se enuncia con absoluta impudicia, con una mezcla de cínico candor y resignada entrega: “Poco podemos hacer en lo económico”, “ahora los países pueden hacer pocas cosas, porque manda la economía internacional”, “tenemos escaso margen de maniobra, con lo de la globalidad”, “mandan los parámetros internacionales”… ¿cuántas veces hemos oído y repetido frases como esas, sin caernos fulminados por la vergüenza? ¿Pero, si no podemos intervenir en este tipo de cuestiones, de qué democracia estamos hablando? Cuando decimos que mandan los parámetros internacionales, ¿qué estamos diciendo exactamente? ¿Qué o quién son los parámetros internacionales? Un anónimo entramado de poderes económicos, sociales y políticos que actúan impunemente desde la condición que les garantiza su continuidad: son absolutamente anónimos. Si, claro que tienen sus pequeñas cabezas, pero sólo son pequeños monigotes mediáticos con los que poder dirigir unas protestas tan inútiles como insignificantes, que nos permitan mantener una mínima conciencia de ciudadanos interventores, sólo son los calmantes que direccionalizan nuestras timoratas protestas. La clave reside en ese anonimato. No hay nadie detrás del velo fantasmático, solo poder, únicamente fuerza. No existe el quien, solamente hay un qué, una constatación de su poder interventor, de su fuerza desmedida. Es tan clara la eficacia de tal anonimato que en la actualidad las compañías de todo tipo son Sociedades Anónimas en las que cada vez con mayor frecuencia se atienden no con personas, sino con voces automáticas y anónimas que indican la tecla que hay que tocar, limitando la demanda a sus parámetros y en las que recitas la misma cuestión un sinfín de veces. Se canceló toda protesta contra una actuación deficiente, contra un servicio mal dado, contra una simple queja. Ante la indignación, solamente queda pulsar una tecla. No se trata de eliminar mano de obra, se trata de introducirnos en todas las esferas de la vida en el anonimato, en el “esto es lo que hay y es lo único”; esto o el desamparo total, la inseguridad del individuo; o el sumiso rebaño o la muerte. Ni solos, ni libres, ni pensantes, ni diferentes; como nos decía antes S. Zyzek: necios y obedientes. P. Sloterdijk, dice en su último libro, “En el mundo interior del Capital”: Todavía es lícito para los elegidos considerar el mundo como una propiedad sin dueño, y allí donde existe voluntad de acometida los defensores del ataque puro tienen la presa ante la punta de la espada. La libertad para el ataque es la esencia de la verdad”. Esto es violencia en estado puro. La agresión, como bien sabemos los psicoanalistas, es algo bien distinto. De hecho la propia etimología de ambas palabras lo aclaran: Violencia proviene del latín y hace referencia a “fuerza” y “poder” y en castellano quiere decir “acción contra el modo natural de proceder”. Agresión, igualmente proviene del latín y es “dirigirse a”, “atacar” y significa “acometer a alguno para matarlo, herirlo o hacerlo daño”. Freud tardó mucho tiempo en reconocer la importancia de la agresividad y de hecho el primero en hablar de “una pulsión agresiva” fue A. Adler que, en un primer momento, fue totalmente rechazada por el creador del psicoanálisis. En el encuentro con el aleccionador caso Dora, empieza a plantearse el tema de la agresividad. Si bien ya habla en cierto modo de ello en “La pulsión y sus destinos” aun ha de esperar un tiempo para considerar la agresividad como un aspecto fundamental de la conceptualización y la praxis psicoanalítica. En “Mas allá del principio de placer” habla de la importancia de la pulsión de muerte, pero no fue hasta el final de su elaboración teórica que la agresividad fue tomada como un eje fundamental de la teoría psicoanalítica y de la cual hoy, al amparo de las aportaciones de J. Lacan, podría sostenerse que la vida no es el resultado del triunfo de las pulsiones de vida, sino del fracaso parcial de las pulsiones de muerte. Para Lacan hay un lazo totalmente indisoluble entre el sexo y la muerte y el sujeto es el producto de esta dinámica. La agresividad, como señala en sus Escritos, está presente en actos aparentemente afectuosos: “subtiende la actividad del filántropo, el idealista, el pedagogo, incluso el reformador”. La agresividad está presente en la propia constitución del individuo. Cuando nos presenta en el estadio del espejo, un infans fragmentado, dependiente y motrizmente impotente, asombrado ante la contemplación de su imagen como totalidad, hay no solo un jubiloso ajetreo, sino una tensión agresiva que le acompañará toda su vida en el registro imaginario, donde la agresividad se ubica. Igualmente en la cura, le vuelve a dar un valor fundamental y habla de la “agresividad como nudo inicial del drama analítico” y la mejor vía de acometer las resistencias del paciente. En definitiva, lo que el psicoanálisis nos aporta, en las variadas evoluciones de su teoría y su práctica clínica es que la agresividad es constitutiva del sujeto. La agresividad es de naturaleza ética, estructural. En cambio sostengo que la violencia es un puro ejercicio de fuerza y poder, actualmente monopolio exclusivo del sistema, del capitalismo: anónimo y aniquilador. En la modernidad, la violencia se nos muestra, las más de las veces distante de lo formalmente agresivo; dulcificada, exquisita, culta pero con la manera más radical del sometimiento: la uniformidad del pensamiento. Más aun, el sistema que se muestra benevolente y justo, dicta lo que es bueno para cada uno. En la modernidad, la violencia ha ido perdiendo su apariencia obscena, ha ido perdiendo su forma monstruosa: digamos que es menos artesana, más elaborada. La lógica respuesta del individuo ante este aparato, sería la protesta agresiva. Esta es la que se cancela de manera absoluta, se reprime desde las propias instancias del lenguaje, uniformando el universo de las palabras. Cuando se proclama, ante algunos desordenes o protestas agresivas ciudadanas, “esto no es propio de un país civilizado”, justamente lo que subyace es que el monopolio de la violencia lo tiene únicamente el sistema y hay que reprimir, por inadecuada, toda forma de agresividad. Quemar algunos coches, como en los últimos sucesos de protesta de un gran colectivo de jóvenes de procedencia árabe en las calles de París, fue motivo de una represión brutal, contundente, expeditiva. Mientras tanto, las tropas invasoras norteamericanas están perpetrando en Irak miles de asesinatos de ciudadanos árabes, arrasando su país de manera impune en nombre de la libertad y de la democracia. Igualmente en Londres la policía abatía a tiros a un joven brasileño al confundirle con lo que ellos llaman “un terrorista islámico”: el sistema tiene, en un caso, el lícito derecho de proceder salvajemente contra un pueblo y hacer una declaración oficial de que se hace por el peligro que entraña un país no sometido al orden internacional. En el segundo caso, el sistema tiene la legitimidad de equivocarse. Se juzga el error y con pedir disculpas y tirar un puñado de monedas a su familia es suficiente. Veamos algo sobre la Violencia, algunas imágenes que recorrieron el mundo. Un buitre acecha impávido a un niño que yace moribundo en el suelo, con ojos perdidos, mirando al vacío. Momentos antes de que la criatura expire y el buitre devore lo que para él es simple comida, carroña, un flash se dispara y capta la imagen que posteriormente dará la vuelta al mundo y que cosechó un buen número de premios de fotografía. Generó oleadas de indignadas protestas, seguramente se convocaron manifestaciones contra esa terrorífica escena; puede que se imprimieran camisetas con la fotografía y alguna leyenda al pie de la imagen. Ciclo completo y cerrado. ¿Verdaderamente la escena les parece violenta? En modo alguno. La escena es absolutamente natural: un ave rapaz y carroñera, espera a cumplir con su instinto de supervivencia: comerá para poder vivir y seguramente dará de comer a sus polluelos. El rapaz no entiende de injusticia, de violencia, de razas, de derechos. Nada sabe de la ignominia que esto significa; nosotros si. Esto es la violencia: un sistema que permita este complejo entramado. Sólo había que dar unas palmadas para ahuyentar al pájaro, pero se esperó a captar la imagen, porque se sabía que este sistema lo vendería, lo toleraría e incluso lo alentaría con sus premios. No me refiero a las palmadas del fotógrafo, me refiero a las palmadas ausentes de un sistema que prefiere comerciar con el horror a intervenir ante tamaña injusticia, que elige este sistema de espantosas desigualdades antes que tolerar en modo alguno, situaciones como esta, por otra parte absolutamente cotidianas. Millones de personas en el mundo son devoradas por variados tipos de buitres. Segunda imagen: “Un oficial del ejército sudvietnamita apoya el cañón de su pistola en la cabeza de un supuesto vietcong que con cara de resignado terror, espera lo inevitable. De nuevo la secuencia es captada por el fotógrafo y en el momento en el que dispara la pistola, capta la imagen y las siguientes en las que el vietcong acaba tirado en el suelo en medio de un charco de sangre. De nuevo el mismo ciclo: se distribuye por todo el mundo, la fotografía recibe varios premios e igualmente se organizan protestas indignadas por los mismos que alimentaron la guerra de Vietnam. Se comerció con armas, se mató a miles de personas, se vendió la protesta en forma de películas, de conferencias, de camisetas. Ciclo cerrado y concluido. La fotografía no es violenta, comparada con lo que se evidencia del sistema. Veamos alguna imagen que sería violencia en estado puro. Una maquilladora da los últimos toques al presidente G. Bush, mientras otra asistenta, con esmero acicala su cabello y un tercero le coloca el pañuelo que sobresale del bolsillo de su chaqueta. Toda esta composición de imagen es para anunciar que en ese preciso momento va a dar la orden de atacar con la aviación el “peligrosísimo Irak”. Pocos instantes después de esa pausada y elaborada composición de imagen pública, cientos de personas morirían por el único delito de haber nacido en ese país, por el único delito de estar indefensos y pobres frente a la colosal maquinaria de guerra americana. Se nos presenta como el paladín de la democracia, de la libertad, frente a unos anónimos desheredados que solo contarán como “bajas enemigas”. ¿No es esto violencia extrema, ejercicio de poder y de fuerza sin sentido? Imágenes, vistas con la benevolencia de los ojos del poder, que dictan que eso es normal, que eso no es violencia, que eso es lo que tiene que ser. Se reservan tales conceptos, para escenas que puedan ser comercializadas o que excedan los límites de un pensamiento oficial. Del hurto de las palabras hemos pasado a la venta de soluciones. Soluciones variadas, al servicio de un mismo interés. Las protestas indignadas, la incendiaria vehemencia solidaria, las asociaciones contra la injusticia, las pías congregaciones de caridad, no dejan de ser soluciones vendidas por el mismo gestor comercial del anónimo poder. Cerrar un circuito que se alimenta de cuantas alternativas surjan pero que previamente se uniformizan, se desposeen de toda singularidad y se reparten procurando estabilidad, continuidad, grandes beneficios económicos y una cancelación de todo movimiento, de toda dinámica humana que tenga mínimamente que ver con la discrepancia o la diferencia. Quisiera dejar planteada una última pregunta. Los psicoanalistas hemos ido recibiendo y a la vez construyendo un complejo sistema de comprensión de todas las cuestiones aquí planteadas. Poseemos un aparato teórico que da cuenta en forma de diversas patologías, de las más variadas formas de estructura, de acontecimientos que se nos presentan tanto en lo individual como en lo social. Explicamos, damos lugar a cultas y a muchas veces ininteligibles formas de comprensión. Pero ¿con eso alcanza? ¿No somos igualmente vasallos de lo que en el mejor de los casos denunciamos? ¿Cuál es la especificidad de nuestra radicalidad, de nuestro No? Es obvio que no pretendo dar una solución de tipo gremial o corporativista, sino más bien, preguntar desde el Psicoanálisis el límite de su contradicción interna. He planteado en otros escritos, la indiscutible apuesta de un psicoanálisis que opere en el lugar en el que fue concebido, la subversión del sujeto. Freud inicia su hallazgo, como ya hemos dicho desde la sospecha, desde lo subversivo que representaba lo inconsciente en un pensamiento positivista, racional y asexuado. Lacan, después de una época de muchos devaneos teóricos de los erráticos discípulos de Freud, retorna a él, desde lo radical de la discrepancia, desde las aportaciones del deseo inconsciente y la teorización de los cuatro discursos, desarmando la psicología del yo e introduciéndonos en el sujeto del lenguaje, de la carencia, de la sexuación y de la muerte. Como un colega y amigo dijo una vez: “¿Seremos capaces de cruzar el charco sin envilecernos? 1 He precisado que “en términos de conciencia”, porque como acota Lacan en lo referente a lo inconsciente: “Porque es efecto de una palabra plena, reordenar las contingencias pasadas dándole el sentido en las necesidades porvenir, tales como las constituye la poca libertad por medio de la cual el sujeto las hace presentes.” 2 En: Lacanian Ink nº 11. pág.12-25 3 En la obra de K. Marx, “El Capital”, no hay ni un solo apunte que no sea económico, de una inalterable e indiscutible seriedad y gravedad; solo hay una mínima licencia distendida en toda la obra: cuando El Capitalista, dice Marx, contempla la plusvalía, esboza una sonrisa. 4 Sacco y Vanzetti terminarían en la silla eléctrica por su condición de ANARQUISTAS, INMIGRANTES Y POBRES, pese a la declaración de que todos somos iguales ante la ley y nadie puede ser tratado de manera diferente por su condición social, su ideología o su lugar de origen. Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, activistas libertarios, eran dos inmigrantes italianos, acusados del asalto y homicidio del pagador de una fábrica, F. Parmenter, y su escolta A. Berardelli, en South Braintree, Estados Unidos, el 15 de abril de 1920. El proceso judicial causó un gran escándalo internacional que generó las más fuertes protestas conocidas hasta ese momento, en todo el mundo, debido a las escasas e insuficientes pruebas. Pese a ello y a los pedidos de clemencia llegados de todo el mundo, (incluido el Papa), se les ejecutó en la silla eléctrica. Antes de morir, Nicola Sacco se volvió hacia los testigos y exclamó tranquilamente: “Buenas noches, señores, ¡Viva la anarquía!” En 1977 Estados Unidos reconoció oficialmente el error y Sacco y Vanzetti fueron exonerados de manera simbólica el 23 de agosto de 1977. El poder pensó que en un contexto social en que se temía la llegada del comunismo tras una gran crisis, se debía dar un ejemplar castigo y hacer entender que el pensamiento socialista y anarquista sería vigilado y duramente castigado. 5 P.Lafargue era un marxista de procedencia cubana y que venía de las filas de los movimientos proudhonianos, yerno de C. Marx |