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Mujeres árabe y europea,  técnica óleo sobre tela,  91 x 82, 2005
Noema Tronconi (cortesía del artista)

 


Furia y Odio masculino

Oscar Strada
Psicoanalista

El hecho maldito de que en España cada 4 días muere una mujer a manos de un hombre, definido como su “compañero sentimental”, marido o ex marido, es decir asesinada por un hombre que estaba en el lugar de amado, amante o ligado por lazos afectivos legales o no y el hecho de que durante el año 2003 solamente en la comunidad valenciana, se hayan presentado 2122 denuncias de malos tratos y agresiones, es decir casi 60 diarias, nos lleva necesariamente  a preguntarnos que condiciones hacen posible la aparición masiva y sostenida de semejantes conductas.

En el 2004, 97 mujeres muertas, una cada cuatro días. en el 2005 y 2006,  se mantuvo esta cifra y lo que va del 2007, no indica que baje la ratio de una mujer asesinada cada 4 o 5 días.

Es pertinente, por ello  intentar hacer una lectura y una interpretación de estos hechos constitutivos de lo que llamamos “Violencia de Género”, y que tienen las siguientes características:

1ª Las agresiones y  asesinatos son exclusivamente de hombres hacia mujeres; el porcentaje de mujeres hacia hombres no es ni siquiera estadísticamente significativo.

2ª Las agresiones no son en defensa propia, son actos con intencionalidad unidireccional de causar daño y de producir la eliminación física de las mujeres.

3º) Estos actos son transnacionales, y España ocupa uno de los primeros lugares  dentro de Europa, en una comparativa con otros países.

Consideramos en una primera hipótesis necesaria, que se trata de actos de odio o de furia asesina, provocados por una caracterización del hombre hacia la mujer como enemiga a eliminar, sostenida durante un cierto período y habitualmente no desencadenados por una situación inmediata, sino en el marco de un tipo de relaciones y de vínculos de pareja.

Es decir no se trata de reacciones emocionales que producen un trastorno transitorio, sino de actos que son efecto de un proceso subjetivo duradero intenso y sostenido con la certeza de que quien lo realiza no es refractable a sentimientos de culpa o de rectificación subjetiva  durante ni posteriormente  al acto delictivo.

Cuando la agresión no conduce a un acto asesino, es posible constatar que el agresor trata de ocasionar el mayor daño posible, premeditado y proyectado, como por ejemplo rociar con gasolina o con ácidos que provocan lesiones irreversibles en las mujeres.

Son actos en los que hay un goce anticipado del daño que se va a causar. Actos de odio que evocan la dialéctica conversiva del amor- odio o la manifestación de un sentimiento interno larvado y profundo.

Hay autores que han elaborado una especie de tipología del hombre asesino de mujeres como la del “hombre abandonado”, que suponen que han perdido un objeto de su propiedad, el “ hombre celotípico”, que trata de ocultar y negar su furia y odio por el rechazo hacia su dependencia afectiva de la mujer, el “hombre violento”, que se excede en sus reacciones habituales, el “hombre desatendido”, que castiga a la mujer porque no cumple con su supuesta obligación natural, el “hombre humillado”, en su honor imaginario, es decir en su narcisismo.

Pero también hay ese otro asesino que no se encuadra en ninguna tipología, ese que parece no darse por enterado del crimen que comete, ese hombre que parecía hasta un hombre normal, afable y buen vecino. Ese hombre que como Eichmann, en el juicio de Israel en 1961, impresionó a Hanna Arendt, justamente porque constató con horror la evidencia inapelable de que ese personaje siniestro que había enviado a millones de seres humanos a la cámara de gas, carecía totalmente de “toda profundidad demoníaca”. Era simplemente un puro representante de la” banalidad del mal”.

Es decir existen esos asesinos maltratadores de mujeres, que parecen no tomar nota simbólica del acto que cometen, como si no les importara, y que no atinan a dar respuesta alguna, ni siquiera la del personaje de Camus en el extranjero, probablemente porque ya son hombres extranjeros de si mismos, extranjeros a la especie. Hombres no redimibles.

Sin embargo en el caso de la violencia de género, todos estos actos que cursan con un odio feroz y asesino no constituyen en rigor ninguna enfermedad mental definida y  al carecer de una etiología específica, y no ser un trastorno psiquiátrico ni psicológico, tienen un componente moral que conlleva una condena penal y en tanto se definen como un trastorno de género se convierten en una violación de los derechos humanos universales.

Esta es la posición que sustentamos en esta comunicación.

Ahora bien, más allá o más acá, de la condena moral y penal que debe acarrear la consideración del cuadro que describimos, es necesario tratar de formular unas causas que expliquen, porque se da sólo en hombres, porque no se da en todos los hombres o si por el contrario todos los hombres son asesinos potenciales de mujeres.

Para responder a estas preguntas se podrían desplegar diferentes modelos explicativos y señalaré algunos de ellos.

El primer modelo explicativo y el más antiguo de este fenómeno, es considerar a la agresión y asesinato de mujeres por parte de los hombres, como una consecuencia del modelo patriarcal en el sentido de “patria potestas”, del antiguo derecho romano que daba al padre, el derecho de disponer de la vida de sus hijos como la de sus esclavos.

La potestad de la muerte se ha desplazado en la sociedad moderna sobre la mujer, tanto más cuanto se la ha situado en el lugar del esclavo. El derecho asimétrico de disponer de la vida y de la muerte, fue simbolizado por la espada que era portada incuestionablemente por los hombres. Es interesante constatar que en la subversión actual, Quentin Tarantino en su film, “Kill Bill”, hace encarnar a una mujer, (Uma Thurman) víctima de una feroz agresión de género, el rol justiciero portando una espada implacable.

Actualmente, la espada es la espada simbólica de Damocles, que se cierne sobre la mujer, renovando una nueva angustia frente al poder masculino que administra la vida y la muerte.

El poder se significa  a través de la sangre con una función simbólica. Un hecho de sangre, aureola de la muerte, es lo que produce un hombre a una mujer como afirmación de esa posibilidad que afirma el poder hacer vivir o hacer morir. La función simbólica se ratifica  como una correa significante, al unir sangre y sexo, sangre y género, como señaló Foucault, porque ambos términos son del orden de las regulaciones simbólicas.

De esta manera el hombre asume el papel de amo, con la  función de vigilar y castigar a una mujer.

Otro modelo explicativo general al que podemos apelar es señalar que estos actos encierran una misoginia latente o militante que podemos encontrar de manera extendida en amplios sectores de la población e inclusive en intelectuales españoles que despliegan esta actitud periodísticamente sostenida e influyente como por ejemplo en Francisco Umbral.

En un reciente estudio biográfico de Anna Caballé, sobre este autor podemos encontrar registrado profusamente la misoginia de Umbral.

En “Los Amores Diurnos”, un libro escrito por el autor en el contexto de una relación que tuvo con una joven escritora reivindicativa, relata dos sueños muy esclarecedores de su relación con la mujer.

En el primer sueño, el narrador se ve obligado a convivir con una sombra que no se separa de él y cuya presencia le oprime la garganta hasta ahogarle. Lo llama el “opresor de gargantas”. El narrador convive angustiado con una especie de sombra, que como una mantis religiosa o un parásito intuye que busca su destrucción y sobre todo del órgano de la voz, la palabra.

En el segundo sueño, el narrador se despierta horrorizado después de haber perdido su falo que se le ha desprendido al retirarse del coito, quedando atrapado en la vagina con la que ha tenido relaciones. En el lugar del falo, le ha quedado un agujero perfecto y limpio, un hueco, un  vacío que rellena con periódicos que insinúan el bulto del sexo desaparecido.

Es ahora un hombre sin atributos masculinos que va por las calles angustiado ante el temor de encontrarse con mujeres a las que no podrá satisfacer.

En otros fragmentos de la misma obra, imagina a una mujer a la que abandona medio muerta en medio de la casa después de vejarla y donde la mujer ocupa los lugares más sórdidos de su vida y que aparece como impedimento, como obstáculo en el camino soberano del varón y a la que sueña ver como una mujer destinada a ser traspasada a cuchilladas.

Las mujeres en la obra de Umbral son mujeres casi idiotas, invadidas por un imaginario deseo de masculinidad, perversas, inmaduras, a las que llama “yogurinas”, “bollicaos”, o simplemente “putitas”, mujeres en posición subalternas, cuerpos vacíos por dentro “hasta que un varón las llene de leche”, fascinadas por el falo mitológico del autor que define en “la fábula del falo” y en la “Bestia Rosa”, como un falo “tardobarroco” con la capacidad de eyacular un semen “eucarístico”.

Las mujeres en la obra de Umbral protagonizan a  prostitutas, siervas, burguesas, aristócratas viciosas y adolescentes  fronterizas.

El deseo sexual en la mujer, para el autor es casi siempre degradante y para el hombre es un símbolo de poder.

Desgraciadamente no es este el único escritor que padece esta afección, y para no extenderme, basta con recordar a Rousseau, autor del Contrato Social que obviamente excluía a las mujeres de cualquier plano de igualdad

Me he extendido en estas consideraciones porque es un notable ejemplo de cómo opera la misoginia y el efecto que estas formaciones mentales conscientes o inconscientes, pueden tener en un sujeto masculino, que sitúan a la mujer en el campo del enemigo, por lo que cualquier mujer que normalmente reivindique la igualdad o sostenga los derechos que le corresponden puede traducirse en los sujetos misóginos en síntomas de inquietud  y amenaza masculina, a la que se responde con una agresividad infinita.

El empuje de la mujer hacia la igualdad desestabiliza la percepción de la alteridad para este tipo de hombres y jaquea su propia identidad cristalizada.

Ante el fenómeno de la igualdad de la mujer, el hombre puede retroceder hacia el narcisismo derivando hacia formas de paranoia social, es decir hacia la agresividad y el odio al otro.

De esta forma la violencia de los hombres expresa el triunfo del odio en el campo imaginario y conducen a relaciones de dominación.

En este sentido las relaciones de dominación en el campo del género se convierten en  pornográficas, es decir son del mismo orden, ya que la pornografía es producida por la fantasmática masculina, como una puesta en escena del imaginario de los hombres.

En la literatura el texto que mejor  expresa las relaciones de dominación en la fantasía masculina es la Historia de “O”, de Pauline Reage, con un prologo de Jean Paulhan, que titula, “la dicha de la esclavitud”. Este best seller de mediados de los setenta, mantiene la tesis de que las mujeres desean ser humilladas, forzadas, azotadas y violadas.

La lógica de esta obra formula que los hombres desean a las mujeres y que estas desean pertenecerles y que el verdadero deseo de las mujeres es el deseo de esclavitud. La lógica de la pornografía, coloca a las mujeres en la posición de gozar de la violencia y dominación masculina,

Dominque Poggi, denuncia a la pornografía como un instrumento de propaganda al servicio del patriarcado que refuerza el mito de una sexualidad femenina pasiva y masoquista, al mismo tiempo que valoriza las imágenes de machos depredadores y sádicos. La pornografía milita a favor del mantenimiento de la apropiación de las mujeres por los hombres.

He querido tomar la deriva de las formaciones imaginarias en el hombre para abordar la agresión de género, porque ésta se instala como una falla del imaginario masculino y su deslizamiento hacia la pasión del odio.

El odio es una de las tres pasiones que describe Lacan: La Pasión del amor como la relación entre lo imaginario y lo simbólico, la Pasión de la ignorancia, que es la relación entre lo simbólico y lo real, que es la que conviene al análisis, conduciendo hacia el saber y la verdad  y la Pasión del odio, que es la relación entre lo imaginario y lo real.

Es en esta relación entre lo Real y lo Imaginario, la pasión del Odio, donde debemos buscar las raíces subjetivas y profundas de la violencia de género.

La tesis de Lacan sobre la agresividad en el psicoanálisis, ponen de manifiesto que la agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación narcisista que determina la estructura formal del yo humano. Se trata de una especie de encrucijada estructural que conduce a que la relación erótica en que el individuo se fija en una imagen que lo enajena de sí mismo, caracterizando formalmente al yo, conduce a la neurosis moderna y en el malestar de la civilización.

El odio es lo que más profundamente está vinculado al ser y no hay ninguna posibilidad de superarlo, a no ser situando al sujeto en su relación con lo real y no con lo imaginario.

¿Y cual es el Real al que se enfrentan ciertos hombres, los que asesinan a mujeres?

¿Que desencadena en ellos ese odio feroz y esa furia asesina?

Mi respuesta es triple:

En lo real: La angustia de castración
En lo imaginario: Una falla como herida narcisista
En lo simbólico: La imposibilidad de aceptar el efecto de límite encarnado en la mujer como ley simbólica.

La angustia de castración es la materia prima del fantasma de la masculinidad que encuentra en la mujer la prueba irrefutable de su realidad temida y negada proyectivamente. Esta angustia se reaviva en el hombre, tanto más cuanto la mujer sea capaz de desplegar con una determinación decidida, un discurso de la feminidad que reafirme una diferencia desprovista del referente masculino, lo que Luce Yrigaray llama, la “autoafección”, efecto de una nueva posición femenina que se autoriza a si misma y que es antagónica a cualquier tipo de falocentrismo, que puede gozar de su propio cuerpo.

Esta posición potente, polimorfa, fulgurante y exuberante de la mujer enloquece al hombre en la medida en que asumiendo la castración, puede sin embargo encarnar al falo, sin necesitar tener pene.

Es obvio que los avances de la genética, la posibilidad de engendrar un ser vivo sin intervención masculina, es decir que haga real la muerte del padre biológico, contribuye suplementariamente  a exacerbar este mal encuentro del hombre con lo real.

Hay otro mal encuentro del hombre con lo real en la mujer en tanto esta es portadora de un goce misterioso en su propio cuerpo.

En lo imaginario, como una fase de constitución del sujeto en relación la imagen de si mismo, que se forja inicialmente en el estadio del espejo y que es la experiencia fundamental de la conquista de la imagen de un cuerpo que estructura el yo y que lo compromete con la identificación con el semejante se juega una confrontación del humano con la diferencia sexual.

Cuando el niño se identifica en el espejo con la imagen de lo que no es él mismo y que sin embargo le permite reconocerse en un acto de nacimiento de lo imaginario, hipoteca parte de su yo al otro, a la imagen del otro.

Lo paradojal del humano es que este acto de reconocimiento de sí mismo en la imagen del otro, produce una agresividad correlativa a la estructura narcisista. La imagen del otro es vivida como un ataque a la propia constitución del sujeto. Es una encrucijada estructural que hace que el sujeto pueda fascinarse en una imagen alienada de si mismo. La identificación imaginaria es un triunfo sobre la imagen fragmentada anterior al estadio del espejo, que es vivida como una amenaza a la integridad corporal y a la integridad del yo, por eso la agresividad siempre como una intención de dislocación corporal, de destrucción de esa unidad imaginaria.

Frente a esta experiencia, el hombre violento reacciona ante la mujer como frente a la amenaza de un cuerpo fragmentado y de la  mirada femenina, tomando la deriva de la paranoia y el narcisismo, que es correlativo a ese modo de identificación. Reacciona con odio y con una tensión de destrucción hacia el cuerpo del otro temido, de su otro, la mujer, como una pasión del alma, que coloca el ser del otro en el odio.

Y la mujer, como la protagonista de la Mujer zurda, de Peter Handke, puede pedir al hombre que la abandone, que no lo necesita, que no precisa su espejo, ni su mirada para ser otra. Puede pedirle al hombre que salga del espejo de su mirada. Para algunos hombres esta experiencia de expulsión del campo de la  mirada del 0tro, les resulta insoportable.

Y finalmente en lo simbólico, el hombre hasta el siglo XX asumió gozosamente el papel de garante del orden simbólico como padre soberano y perpetuador de la ley de consanguinidad y de filiación en torno al poder.

Hasta hace pocos años el significante del nombre del padre designaba la función paterna ligada al engendramiento. Los modernos análisis biológicos permiten separar la nominación del nombre del padre y el engendramiento. El padre ya no es incierto y puede ser otro diferente al garante del orden familiar. Así el patriarca puede ser mutilado en su función genitora y nominativa al mismo tiempo que la expresión “jefe de familia”, cae en desuso. La familia se hace coparental y finalmente la procreación y la fecundación in vitro escinden al hombre real de ese proceso e inaugura la familia monoparental.

El resultado de este circuito es un padre desfalleciente y la versión del Edipo dominante se torna más próxima a Edipo en Colona que en Tebas.

La mujer puede ser visualizada por el hombre como la que detenta el poder sobre la vida y la muerte. Da vida a un nuevo ser, y muerte al padre, sobre todo al dominar todo el proceso de la procreación. De este modo del rol exclusivo de procreadora, pasa al placer y además puede atentar contra “el semen eucarístico” y criar a sus hijos en otro hogar, con otros padres, con otras madres, en una familia monoparental y por último el hijo puede adoptar el patronímico materno.

Es evidente que todo esto puede generar en el hombre no advertido y fijado en esquemas tradicionales, una desimbolización y el ingreso en un nuevo orden que si no se elabora puede conducir no-solo al asesinato, sino al suicidio como cada vez es más habitual en la violencia de género, que tiene lugar cuando el sujeto pierde todo lugar simbólico.

Así el hombre cuando mata a la mujer, a su mujer , a su pareja o ex pareja, que representa la ley, que le impone límites, que asume la función paterna para sus hijos, el cree que no le queda más que matar y morir.

Él desafío y el reto es definitivo. O reconoce a su semejante, la mujer como una igual, no como una sombra, ni como el reflejo en el espejo de su fulgor imaginario, y no le queda más remedio que aceptar que la mujer es su síntoma y que su destino es creer en ella o el destino del hombre será el eclipse.

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