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Toda sociedad tiene su tragedia, Antígonas que sacrifican su vida, en una conjunción de víctima y holocausto, para dar sepultura a un hermano, un hijo, un padre, un prójimo, legitimándose en las no escritas leyes de los Dioses. En la tragedia de Antígona hay dos leyes escritas y equivalentes en cuanto a la condena de sustraer al sujeto de su posibilidad de redención. Tanto la ley que impone no enterrar al muerto (Polinices, hermano de Antígona) dejándolo entre los vivos, como aquella que hace enterrar al vivo (Antígona) entre los muertos, son renegatorias del único rasgo de humanidad: aquel que define al hombre como ser de lenguaje. Dar sepultura a los muertos, un acto esencialmente humano, donde lo simbólico muestra su íntima relación con la muerte y el deseo.1 La sepultura, dice Lacan, es el primer símbolo en que reconocemos la humanidad en sus vestigios. Freud, por su parte, llamó a la pulsión de muerte como la humana pulsión de agresión y autoaniquilamiento, y lo hizo para marcar sus diferencias respecto a los instintos de los animales. Entre ellos no existen torturas ni suicidio. Y justamente porque es la muerte real la que posibilita la subjetivación por vía del significante, es que Antígona se suicida en un acto a través del cual recupera su dignidad, su humanidad. Así como Antígona, los desaparecidos en nuestro país durante la década de la última dictadura militar, representan otro modo de condena a muerte sin sepultura. En el mundo se la conoce como la ‘muerte argentina’. El nombre de un país adjetiva nuestros muertos y de este patético modo esas desapariciones pasan a formar parte de nuestra identidad nacional. Así, en lugar del silencio y la opacidad de lo acontecido, esas desapariciones son nombradas, es decir, reconocidas en tanto negatividad2 , alojadas en un espacio simbólico. Nadie testimonia por el testigo, dice el poeta Paul Celan, quien de este modo alude a la imposibilidad de testimoniar el horror, de articular lo indecible, lo incomunicable del sufrimiento y la humillación3 . Esta imposibilidad nada tiene que ver con la renegatoria de existencia de quienes habiendo torturado, se amparan en la falta de testimonios o pruebas, cuando no en códigos lingüísticos que disfrazan insolentemente la realidad4 . Se trata del argumento jurídico del crimen administrativo-moderno que Giorgio Agamben5 describe como la politización de la “nuda vida”, esa vida a la que cualquiera puede dar muerte impunemente y que no puede ser sacrificada de acuerdo a los rituales establecidos, es decir, la vida eliminable e insacrificable del “homo sacer”6 . A este sistemático y brutal desconocimiento de la vida humana que se opera a lo largo de la Historia se le suele sumar, entonces, otro: la renegación de existencia de los acontecimientos criminales mismos. Como dice el poema de Günter Grass, para que no pueda abandonarse a la ligera la Historia, es necesario rescatar las huellas del horror, trabajo que corresponde a un ejercicio de la memoria que, en tanto reconocimiento de lo acontecido, permita una nueva escritura que no excluya el desgarrón. Piri, una muerte argentina En el panorama de nuestra historia argentina, la tragedia de los Lugones evoca el sacrificio de Antígona encarnado en Piri Lugones.7 Ella es una de los 93 periodistas desaparecidos en febrero de 1978. Trabajaba para la agencia de noticias revolucionaria Prensa Latina, y formaba parte de lo que fuera la vanguardia de su tiempo en periodismo, literatura y política en Buenos Aires. Objetivamente ligada y subjetivamente obligada a ese origen ilustre de la historia argentina, así es como ella se presentaba al dar su nombre. “Soy Pirí Lugones la nieta del escritor, hija del torturador”. De este modo se anticipaba a la pregunta por su relación con los Lugones, refractando la incomodidad, la humillación y la vergüenza. Hasta llegó a decir con sarcasmo: “Con este apellido mejor me dedico a la prostitución”. Un origen que la marcó a fuego y del que se deriva, no un resentimiento8 sino ese mérimna de los Lugones por el que es conducida a asumir una responsabilidad histórica, hasta pagar con su cuerpo la cadena de culpas de su familia. El coro dice de Antígona: “ella es ōmós”, tan ōmós como su padre”, es decir, inflexible, gobernada por los Dioses implacables que la tornan sin temor ni compasión. Los que conocieron a Pirí, dicen de ella que hizo de la provocación un estilo, y la describen como una singular traductora, escritora casi secreta, madre poco convencional, coleccionista de amantes, generosa con los que quería, frívola, excéntrica a secas, filosa, despectiva, despiadada, agresiva, sincera hasta la impudicia. Sus hijos, un claro deseo. Por ellos puso en riesgo su vida al concebirlos. Padecía una artrosis de cadera que agravó una renguera, secuela de una enfermedad de la infancia. No obstante, desafió la prohibición médica y estuvo al borde de la muerte en el parto de su tercer hijo. El editor Daniel Divinsky, con quien compartía una relación laboral, se refería a su estilo transgresor así: “ella me ponía nervioso, porque era una especie de testigo permanente, construía una ética del pecado cada día”, y rematando, entre perturbado y con admiración agregaba: “era un personaje fuera de serie”. Es en relación a este lugar ex-sistente, en tanto fuera de una serie, que orientaremos nuestras reflexiones. Para el psicoanálisis, hablar de serie es evocar el momento lógico estructural previo al nacimiento del sujeto, en que la metáfora paterna supone la incidencia de al menos tres generaciones. Es por ello que para entender este posicionamiento fuera de los límites de Pirí Lugones, seguiremos los pasos que ella misma nos sugiere con su presentación: nieta del escritor, hija del torturador, abordando estas dos generaciones que la constituyen en su dimensión subjetiva, pero que también nos aproximan a la dimensión de su identidad como argentina. El abuelo escritor Leopoldo Lugones es considerado, por muchos críticos literarios locales el poeta nacional. Pero muchos otros también lo recuerdan como el de la hora de la espada. En este sentido, su fanatismo por los absolutos es heredero de aquella vieja concepción violenta de la pedagogía que recomienda que “la letra con sangre, entra” . Ese fanatismo se refleja en la impronta dejada por su proclama fascista en la tan recordada frase: “ha llegado la hora de la espada”. Dicha arenga lo ubicó como instigador intelectual del primer golpe de estado por el que se instaló en nuestro país la dictadura de Uriburu. Lugones atravesaba por entonces la última etapa de transfiguración política, originada en el anarco-socialismo de sus años de juventud. 9 Es en el marco de su pasión por los absolutos10 que en 1936 se suicida con whisky y cianuro en el Tigre, fin que algunos interpretaron como un gesto político. Pero como siempre, el silencio del suicidio dejó lugar a la multiplicación de sentidos. La causa para algunos fue una relación amorosa mantenida en secreto durante años. Otros decían que lo habría afectado el suicidio de su gran amigo el escritor Horacio Quiroga, quien el mismo mes, pero un año antes, se había suicidado usando la misma sustancia. Es interesante hacer notar la reacción paradojal de Lugones con relación a este trágico desenlace de Quiroga ya que, en esa ocasión, había dicho con evidente malestar, “¡envenenarse con cianuro como una sirvienta!” En su testamento queda el testimonio de la relación con su hijo también llamado Leopoldo, el padre de Pirí: “Leopoldo Lugones es uno solamente, en padre e hijo, y queda éste como guardián de mi obra”. El padre torturador “¿Ustedes qué saben de torturas?, torturador era mi viejo”, trascendió que vociferaba desafiante Pirí a sus verdugos cuando la torturaban. En relacion a ese rasgo perverso del padre de Piri, Polo, como lo conocían, también fue primero en algo: inventó la picana eléctrica y otras torturas, desde su cargo como jefe de la Policía Federal. J. P. Feinman11 comenta: “sería optimista pensar que la picana del hijo es la degradación de la espada que reclamaba el padre. Al contrario, es su traducción más perfecta, su conclusión impecable”. Leopoldo Lugones (h) fue heredero entonces, como padre de Pirí, no solo de los derechos de autor del abuelo, sino de cierta violencia que se alojaba en la ideología de su propio padre. El padre de Pirí era violento tanto en el marco de su cargo publico como en la intimidad familiar. Era un golpeador, maltrataba a Pirí y a su hermana, pero más cruelmente a su madre a quien solía quemar en el pecho con el cigarrillo. Rabia y humillación definen a los sentimientos de Pirí hacia él. Cuando se enteró que su padre se había suicidado lo celebró con euforia. Leopoldo Lugones (h) se había pegado un tiro en 1971. El sacrificio de la hija Un mes más tarde del suicidio de su padre, la muerte de uno de los hijos de Pirí, Alejandro, la dejó por primera vez golpeada. El también había sido un precursor, fue responsable de que se editara el primer disco de rock nacional. El también se suicidó en una isla del Tigre, dicen que afectado por la muerte de su gran amigo, el hijo de Mazaferro, asesinado en un enfrentamiento de la FAP. En la serie de los hombres que se sacrifican, Pirí no estaba. Hasta que su hijo se suicida y su última y para algunos la más estable de sus parejas, Collarini, desaparece. Que en dicha serie ella creía no estar da cuenta lo que cierta vez por el año 1959 le dijera a su amiga Poupée Blanchard, mujer de su ex–pareja Rodolfo Walsh: “Yo pensaba que la gente se muere de tristeza. Falso. Entonces busqué una forma original y pirí para matarme. Inútil: así como soy una flaca sin fuerzas por afuera, encuentro que soy una gorda vital por dentro”. Sin embargo, en esta expresión está prenunciando su trágico desenlace. Así como asumió la responsabilidad histórica por su origen, en la imaginarización de su propia muerte, se vislumbra el deseo de cifrar su final. En esa cifra estaba la tristeza por sus pérdidas, sus muertos, los sentidos que la constituían, y ese sacrificio que señala que la herencia del padre es su pecado12 . Esa vitalidad exasperada, rebelde, transgresora, la que por el dolor y el oprobio de su apellido se pronunciaba en contra del goce del Otro, es abandonada. La forma original y pirí de matarse dejó lugar a la Rosita, nombre en la clandestinidad de su militancia montonera. Pirí desoyó la advertencia de que sería secuestrada al volver a su casa luego de una falsa cita para encontrarse con su pareja. La tragedia de los Lugones, tiene este encadenamiento: en primer termino, Lugones escritor, el abuelo de Pirí, enaltecedor de los absolutos, y por tanto germen de fanatismos. En segundo termino, Lugones comisario, padre de Pirí, encarnación del Otro gozador. (“Yo soy mi padre”, se jactaba Leopoldo Lugones (h) con esta expresión de resonancia prometeica que, sin embargo revela un fuerte sometimiento al Otro).Y en tercer término, Lugones hija, que se violenta contra el Otro, se rebela pero, a pesar de ese estilo feroz y melancólico de denuncia, no puede evitar su propia desaparición ni su sometimiento a él. Herencia de goce Como dijimos, hablar de serie es referirse al punto lógico estructural del advenimiento de un sujeto en relación a las generaciones que lo precedieron. La serie de los Lugones hizo marca en la historia argentina. Podría decirse, en este sentido que, más allá de los signos ideológicos que hacen a sus diferencias, el escritor , el torturador y Pirí, constituyeron un conjunto fuera de serie. El apellido Lugones, cuyo origen no estaba emparentado con la aristocracia argentina – sus antepasados eran servidores públicos - se convirtió en un apellido ilustre a partir de la pluma del escritor. (Se puede apreciar la proximidad de Piri con su abuelo en la definición que da Divinsky de Pirí “Era una aristócrata sin prosapia y sin dinero con una concepción heroica de la vida” ) La temática del goce en relación a la constitución de un sujeto implica el análisis de su relación primaria al Otro. Otro ante quien se somete, contra quien se violenta, pero también a partir de quien podría inventarse. Queda como testimonio del deseo de invención de Pirí Lugones, la persistencia en ubicarse fuera de la serie, llevada hasta sus últimas consecuencias en ése, su final como desaparecida. Ahora bien, ese pasado de totalitarismo y goce en el que la satisfacción pulsional es inmediata, con el consiguiente desconocimiento del otro como sujeto, no podía no potenciarse fatalmente en lo transgeneracional, desde la violencia del escritor a la banalidad del mal del torturador y finalmente a esa desaparición o muerte privada de sepultura. Para ir más allá de ese gran Otro es necesario ir más allá de la compulsión al sacrificio. Porque es partiendo de la lógica de la metáfora paterna que asistimos a un sujeto como religado al Otro. El neurótico profesa la religión del padre, de él espera hasta el final su reconocimiento. No importa la forma imaginaria que éste adopte, el sujeto encarna al Otro en su ilusoria completud. Antígona, esa víctima tan terriblemente voluntaria, es llamada en toda la obra é Pais, la pequeña. El nombre Pirí proviene de que su padre la llamaba “la pibita”, y su abuelo entendió “la pirita”. ¿Podía haber evitado el extravío del goce quien debía su apodo a esos dos hombres? 1 Lacan, Función y campo de la palabra:“Así el símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa, y esta muerte constituye en el sujeto la eternización de su deseo.” 2 Ricardo Forster al analizar el caso argentino en “Después de Auschwitz. La persistencia de la barbarie” dice: ‘El desaparecido adquiere el carácter de esa excepción, de esa negación radical que, sin embargo, permanece silenciosa, como fundamento de lo incluido’. 3 También Élie Wiesel escribe respecto de Auschwitz y Treblinka: “ Cómo hacer para narrar cuando, por su dimensión y su peso de horror, el acontecimiento desafía el lenguaje?” 4 por ej: la obediencia debida. 5 Agamben, Giorgio. “Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida I”. Editorial Pre-textos, Valencia, 1998 6 Homo sacer: figura del derecho romano arcaico que ha ido mutando en la historia por la que la aniquilación de la vida humana no es pasible de condena jurídica. 7 De ahora en más, todos los datos biográficos son extraídos de los siguientes libros: García y M. FernandezVidal: “Pirí” Lugones, Ediciones de la Flor, UTPBA; E. Muslip: Fondo Negro. Editorial Solaris, colección Personajes de la Historia, Buenos Aires.; M. E: de Miguel (compiladora): Mujeres argentinas, Editorial Extra-alfaguara; M. Mayer: Leopoldo Lugones. Prosas, Editorial Losada 8 “...el resentimiento es una noción psicológica, mientras que merimnaes una de esas palabras ambiguas entre lo subjetivo y lo objetivo, que nos brindan, hablando estrictamente, los términos de la articulación significante.” Lacan, Jacques. Seminario VII, La ética del psicoanálisis, capítulo XX, sección dos, página 316, Editorial Paidos, Buenos Aires. 9 . Según Marcos Mayer dicha transformación se convirtió en “la cifra de la trasfiguración política en la historia de los intelectuales argentinos”. En esta última etapa de trasfiguración se opera la conversión de Lugones al militarismo nacionalista y católico y su celebración y defensa del fascismo y de Mussolini. 10 Juan José Hernández escribe en el periódico Tiempo argentino acerca de las relaciones entre la violencia y el erotismo en la poesía lugoniana: el terreno de la violencia está pues separado del erotismo en los versos de amor de Lugones. Cualidad masculina, guerrera, la violencia forma parte de la mitología heroica del poeta ..Esa mitología , presidida por la espada regeneradora o salvadora, despierta a la vez su olfato y su patriotismo: “Tufo de potros, aroma de sangre, olor de gloria”, exclama al evocar el Regimiento de Granaderos a Caballo. El cuerpo no lo predispone al placer sino al combate bélico: “Mi alma vive en flameantes sobresaltos de lucha, pues mi cuerpo es la vaina de una espada” (J. J. H.,“ El signo prohibido de Leopoldo Lugones” 15 de enero de 1984). 11 Feinman, J. Pablo. “La sangre derramada”. Editorial Ariel 12 “El padre, el Nombre del Padre, sostiene la estructura del deseo con la ley , pero la herencia del padre, que nos designa Kierkegaard es su pecado”. Jacques Lacan, Seminario XI, “Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis", página 46. Barral Editores, España, 1977. |