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Serie Imágenes del génesis Paisajes  subterráneos
Técnica mixta,  70 x 100 cm. 2007
Francisco Torrego ( cortesía del Centro de Arte Moderno)

 


Tregua

Liliana M. Lindenbaum
Psicoanalista

Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno”
J.L.Borges. La dicha, poema.

No se escribe por necesidades literarias, sino por la necesidad que la vida tiene de expresarse.1 Y fue la imperiosa necesidad de testimoniar, de contar al mundo lo que había pasado, lo que hizo nacer en Primo Levi, que era un científico, a un gran escritor.

“Sentía una avalancha de cosas urgentes que quería decir, al mundo civilizado: cosas mías pero de todos, cosas sangrientas, cosas que me parecía que tendrían que sacudir todas las conciencias en sus cimientos”2 .

Sin embargo, durante los años de la posguerra, el desinterés es tal que le cuesta publicar sus libros. No es casualidad que los horrores intenten ser olvidados. Incluso que se pretenda negar su existencia, lo cual se convierte en una segunda exterminación de las víctimas, una segunda muerte. Casi al final de su vida, Levi fue un testigo desesperado e indignado de algunas voces que pretendían negar la existencia del genocidio.

Es un duro trance enfrentarse a la tragedia. La del genocidio o la tragedia singular de cada uno. Pero si permanece oculta, mantiene su eficacia nefasta. El olvido es una forma profunda de la memoria, como lo dice Borges. Y para vivir necesitamos de muchos olvidos. Incluso a veces preferimos no saber. Pero el inconsciente no olvida. Trabaja. Conserva las marcas, registra lo que hace al goce y a la historia de cada sujeto. También sabe mucho de todas las guerras y atrocidades de los hombres en la Historia. Esa Historia, que como escribe Cioran3 , es un desfile de falsos Absolutos: la diosa Razón, la idea de Nación, de Clase o de Raza, todos templos elevados a pretextos. Germen de los fanatismos. Lo es toda idea que se pretenda concebir como un absoluto, como un universal.

Algunos hablan de la vida como una tregua entre el nacimiento y la muerte. Dos lugares sin escritura, podemos decir, entonces, sin historia.

La tregua de Primo Levi comienza cuando llegan los rusos a liberarlos y descubren el horror. Levi y otro los ven acercarse mientras permanecen inmóviles junto a los restos de la barbarie. Reconoce en sus miradas la vergüenza, porque era la que ellos los sobrevivientes conocían tan bien, la que los verdugos no conocen, la vergüenza que se siente ante la injusticia cometida por otro, ante la inhumanidad de lo humano, y por no saber contrarrestarlo.

La vergüenza que inicia la tregua, es el sentimiento que denota que algo de lo simbólico, de la condición humana, comenzaba a restituirse. La tregua se acaba cuando luego de deambular durante meses, a través de Polonia y Rusia, consiguen por fin cruzar las fronteras y regresar a casa. (Después de la tregua: la guerra fría)

La tregua que relata Levi, es un espacio entre la muerte y la vida que recomienza. Un espacio de tiempo y también de palabras, necesario para recuperar la condición humana, ser otra vez personas, intentar alejarse del goce del horror, poder sentir, como lo transmite, junto a la alegría por la libertad, “un doloroso sentimiento de pudor que movía a querer lavar las conciencias y la memoria de la suciedad que había en ellas”. Ordenar el caos. Restablecer la Ley, la de la palabra, la que volverá a regular los intercambios. Reorganizar los lazos sociales y familiares que habían sido pulverizados por la violencia. En fin, volver a transitar por el camino del deseo.

Fue necesaria una tregua, “un paréntesis de ilimitada disponibilidad, un don providencial pero irrepetible del destino” reconoce Levi. Fue necesaria, porque ellos, los sufrientes, los que habían sido reducidos a menos que nada, apenas se atrevían a cruzar las alambradas que ya estaban abiertas. “…entré a la cabina temeroso como un perro sin amo”, escribe.

Tampoco la comunidad estaba preparada para recibirlos. Las fronteras estaban cerradas. Cuenta con humor lo que llama “tres memorables purificaciones”, por las que les hicieron pasar, tres diferentes baños, que como él bien advierte eran el símbolo de “un deseo inconfesado por parte de las nuevas autoridades de despojarnos de los vestigios de nuestra vida anterior, de hacer de nosotros hombres nuevos, conforme a sus modelos, de imponernos sus marcas”.

 ¿Acaso creían que sería posible borrar lo que Levi nombra como lo incurable de la ofensa, con agua y jabón?

Lo que había sido colectivamente negado, y oculto, aparecía ahora en lo real. Un secreto oculto del cual se desprenden indicios puede promover un efecto siniestro. La renegación de los hechos. Se niega que se niega. La comunidad debía entonces enfrentarse al “Yo ignoraba lo ocurrido”, y también preguntarse “Por qué ignoraba tanto”.4 Fue necesaria una tregua para ambos, para los que regresaban a casa y para quienes les recibían.

El escritor se enfrenta a un conflicto al intentar contar una historia: por un lado, al relatar un hecho lo hace ficción, se sobrepone a las circunstancias, las palabras lo liberan de ellas. La historia narrada se hace símbolo, analogía, y lo real, la circunstancia, desaparece. Es una forma de desembarazarse de algunas pesadillas. Como lo hace Levi cuando transforma una pesadilla en un poema. Pero, al escribir también se reviven los hechos, y esto comporta un sufrimiento que no siempre se está dispuesto a enfrentar.

¿Es posible escribir, reconciliarse con el mundo y con la vida, con el deseo, después de Auschwitz? ¿Es posible recuperar la humanidad, la alegría vital que extinguió el espanto? Algunos lo han conseguido, otros muchos no. Levi también se lo pregunta. Su escritura trasmite que algo es posible. El era un optimista, en el sentido de que, a pesar de todo, tenía fe en la razón y en el hombre, aunque en un momento desesperado acabara finalmente con su vida.

Antes de comenzar la lectura pensé que podría encontrarme con el relato de atrocidades insoportables, lo cual es el caso de otros testimonios. Pero no es el caso de la escritura de Primo Levi. Más bien hace narración, novela, en la que unos seres anónimos son rescatados de la tragedia por la palabra que ofrece un testimonio de su existencia, les da una vida. Aunque los personajes tengan un referente real, es él quien los inventa.

Es un observador sutil de los acontecimientos y contradicciones de la naturaleza humana. Cada uno de los personajes podría servir de ejemplo. Uno de ellos es HENEK, un joven húngaro de 15 años. Estaban en la enfermería y cuidaba maternalmente de HURBINEK, un niño que parecía tener 3 años, no se sabía nada de él, no hablaba. Su nombre no tenía una filiación, no provenía de otro lado que del sonido de su balbuceo. “La necesidad de la palabra que le faltaba apremiaba desde su mirada salvaje y humana a la vez, una mirada que nadie se atrevía a afrontar”. Hurbinek, había luchado hasta el último suspiro por “conquistar su entrada en el mundo de los hombres, del cual un poder bestial lo había exiliado… Nada queda de él, el testimonio de su existencia son estas palabras mías”.

Henek no sólo lo cuidaba maternalmente, sino que además le hablaba todo el tiempo, en húngaro, lenta y pacientemente, con la esperanza de que aprendiera a hablar. Junto a esto, “también albergaba instintos plácidamente sanguinarios”. Antes de que los alemanes lo capturaran, Henek y su padre salían a cazar al bosque por las noches. “¿Animales?”, “No, rumanos”, “¿Y por qué?”, “Porque son rumanos”, explicaba con sencillez pasmosa.

Hay dos escrituras en Levi. La del narrador que hace ficción de los acontecimientos y tal vez pudiera así librarse de ellos, el que siente un deber de memoria, ético, que rescata del olvido a tantos que ya no podían testimoniar por sí mismos.

Pero el escritor siempre está en lo que escribe, aunque invente una ficción. Con un poema5 se inicia el texto y acaba con un sueño. Escrituras que trasmiten algo del deseo, y deseo es vida.

El sueño con el que cierra su libro ha sido una producción anterior y fuente de la escritura del poema: son producciones del inconsciente que articulan, ambas, la oposición paz-guerra, como la contradicción, la oposición perpetua en que está inmerso el sujeto humano, sujeto del lenguaje. Ya no se trata de la narración de unos hechos, sino de una escritura que viene de otro lugar.

Siempre estamos en guerra”, le dice EL GRIEGO a Levi, cuando éste le objeta durante los meses de tregua que “la guerra ha terminado”.

Siempre estamos en guerra, la vida es permanente conflicto, contradicción, empezando por la división del sujeto. La lógica de Heraclito en su referencia al lenguaje lo dice así: “Guerra de todos es Padre, de todos Rey, y a los unos los señaló dioses, a los otros hombres, a los unos los hizo esclavos, a los otros libres”6

Y hablamos de guerra, en oposición a que Levi habla de sueño de paz. Pero no será en vano recordar que un genocidio no tiene nada de guerra. Llamar guerra a la masacre es un artilugio semántico del poder para disfrazar el crimen.

Se trata de un sueño dentro de un sueño, un sueño traumático que no deja de visitarle desde el regreso a casa. Bajo diferentes formas, pero con la misma estructura. En una primera escena, el sueño dentro del sueño, que él llama sueño de paz, está con su familia o con amigos,  o en una campiña verde, todo es plácido y distendido, sin dolor ni tensiones. Sueño de paz, sueño de deseo que busca lo que no está allí, una representación posible de un imposible: la paz. Esta primera escena, ideal, se desvanece con la sensación angustiosa de una amenaza que se acerca, está otra vez en el Lager y oye sonar una voz, una sola palabra, “una palabra extranjera, temida y también esperada”, es la orden del amanecer en Auschwitz: Wstawac que significa “a levantarse”. La misma palabra se repite en dos versos del poema.

Ahora, cuando todo acabó, esa palabra insiste, como una orden extranjera, algo, una voz, que desde otro lugar pide tener alguna representación posible de un goce a partir de la palabra que lo acota. Y aunque el sueño utiliza el recurso de una voz enemiga, o justamente por ello, entiendo que allí también hay metáfora, una orden de deseo: “a levantarse, ya es hora de comenzar otro día”

Lo que trasmite Levi con estas escrituras, es que la contradicción, la guerra, es constitutivo de lo humano. Y que la única salvación posible pasa por el deseo. Esto se lo enseñó EL GRIEGO. Cuando Levi aún no podía con la libertad recién conseguida y esperaba que los rusos le dieran ropa o algo para comer, EL GRIEGO le dice: eso es sometimiento, levántate, ponte los zapatos, tenemos que ir al mercado a ver cómo conseguimos lo que nos hace falta. Orden de deseo que en la clínica de la depresión vemos que falta.

El psicoanalista B.Betelheim, consigue escapar del horror y apuesta por la vida, funda un hogar para niños autistas, niños como Hurbinek, estudiando la constitución del autismo en comparación con su experiencia en el campo de concentración. Denuncia el sufrimiento, la violencia y la injusticia, en el pequeño grupo familiar, como causa de la deshumanización. Betelheim es sensible, seguramente por su experiencia, al trato que recibieron estos niños por parte de sus padres, y se encarga de señalar los casos de hostilidad.

Compara el comportamiento de estos niños con el de algunos prisioneros a los que llamaban “musulmanes” porque se resignaban a la muerte sin oponer resistencia, si ésta era la voluntad de los SS o de Dios. Voluntad divina que siempre se atribuye el verdugo, dispensador de la vida y de la muerte.

Dos víctimas de un Otro que hace de ellos algo menos que nada, dos inhumanidades, objetos de los cuales se apodera aniquilando la posibilidad de que haya un sujeto. Dos estados entre la vida y la muerte, en los que el tiempo no transcurre.

Otro testimonio que nos concierne como psicoanalistas es el de Freud. Enfermo de cáncer y con los nazis a punto de entrar en Viena, enfrenta lo que hace peligrar su existencia escribiendo uno de sus últimos textos: La escisión del yo. Allí nos sorprende con que cree haber encontrado algo nuevo, lo que llama un ingenioso dispositivo del aparato psíquico, lo que tiene que ver con una rajadura que ahondará para siempre en el sujeto a partir del enfrentamiento con un real imposible, una manera de arreglárselas con una realidad que supone un peligro real. Se lo reconoce y al mismo tiempo se lo niega. Dos posiciones diferentes y simultáneas.

También él se enfrentaba a un peligro real: el cáncer y los nazis. Y apuesta por la vida, por el deseo, por el descentramiento del sujeto, y lo trasmite con esa escritura.

1 Zambrano, M. Por qué se escribe, en Revista Anthropos: Antologías temáticas 2: Antología, selección de textos de María Zambrano.

2 Levi, P.: La tregua, Muchnik Editores SA, 1995

3 Ciorán, E.M., Adiós a la filosofía; Alianza Editorial, 1994:El hombre proyecta en las ideas sus llamas y demencias, y así nacen las ideologías, las creencias… La capacidad de adorar del hombre es la responsable de todos sus crímenes… y el diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad… que lo llevará a la destrucción de quienes se rehúsan a ella”

4 Ulloa, F., Novela clínica psicoanalítica-Historial de una práctica, Ed. Paidós,:1995:Lo que hasta entonces había permanecido oculto para el mundo, era un situación de dos lugares, opresor-oprimido, sin tercero de apelación. Lo que Ulloa llama encerrona trágica, en la cual la víctima para sobrevivir depende de alguien a quien rechaza totalmente. La llegada de los rusos al campo implicaba la recuperación de una terceridad.

5 Levi,P., La tregua
Soñábamos en las noches feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer:
“Wstawac”
Y el corazón se nos hacía pedazos

Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo
La orden extranjera:
“Wstawac”
11 de enero de 1946

6 García Calvo, A., Razón común, Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heraclito. Lecturas presocráticas II, Ed. Lucina, 1985

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