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Técnica acrílico 70 x50 cm. 2006
Guillermo Nuñez (cortesía de Centro de Arte Moderno)

 


La pulsión de muerte es una amenaza para la muerte

Fabián Appel
Psicoanalista –
Madrid, 2007           

I.- El absolutista

El obispo Bousset, gran orador de púlpito, de sólida formación clásica e ideólogo del absolutismo, fue designado preceptor del Delfín de Francia, en tiempos de Luís XIV.

Las crónicas de la época testimonian que el eclesiástico hacía las veces de consejero “in pectore” del Rey Sol. Aprovechando una de sus habituales reuniones, el monarca solicitó al obispo Bousset que encontrara los caminos menos esforzados para barnizar con los saberes de la época la educación del entronizable heredero.

Conocedor de la real pereza del infante francés, el clérigo respondió con hartazgo más que evidente “Sire, en matemáticas no existen las facilidades principescas”.

Bousset, autor del “Discurso sobre la historia”, pretendía que la fuente y sostén de la monarquía se hallaba en su origen divino. Su fórmula absolutista promovía la identidad entre los poderes del cielo y la tierra. Equiparaba al Yo de la realeza con el Uno, único e indivisible, en una especie de cerrada cosmogonía.

Centenares de páginas escritas a favor de una identidad sin fisura (entre el cielo y la tierra, el ser y su representación, etc.), caían de improviso por el sarcasmo de su respuesta, que recrea la falsedad basal de cualquier absoluto: Príncipe sí, pero no siempre, ni para todo.

El obispo, haciendo gala de su condición, no se priva de hacer recomendaciones, ni enmendar a su interlocutor, sea éste rey de Francia o campesino de Las Landas. Si quisiéramos extremar un poco la ficción, casi podríamos escucharle decir:”…si quiere aprender, violente su inercia, violente su goce por mayestático que sea”, devolviendo así al ideal la violencia con la que actúa.

II.- Esencias, fundamentos, orígenes y otros tormentos.

La presión del ideal destila al menos una perversión. El engaño consiste en hacernos creer que cada vida puede leerse o es reductible a algo que no es ella misma.

Desde los códigos morales hasta las curiosas comparaciones que la psicología tejió entre ratas, gusanos y hombres, cuyo producto más celebrado es la así llamada autoestima, el sujeto –uno de los nombres con que Lacan denominó la falta- se vio obligado, violentamente aplastado por un proyecto a realizar, suavemente llamado el porvenir. Freud quiso desocultarlo  “Aquello que proyecta (el hombre) ante sí como su ideal es la sustitución del perdido narcisismo de su niñez, en el cual era él mismo su propio ideal1

Luego, el futuro es el producto de una fascinación labrada en la infancia a la que se adosa una narración esperanzadora que Freud tituló la novela familiar del neurótico, donde el sujeto se ve arrastrado por el deseo de llegar a ser (como sus padres, por ejemplo), promesa originaria y abundante en diversos textos freudianos. No obstante, más allá de las promesas realmente enunciadas o inferidas de la actitud de los padres, el ideal funciona en la insensatez de hacer realidad esa vaga promesa, con la imaginable violencia que implica para el sujeto.

III.-El justiciero

Un analizante anhelaba encontrar en un sitio público a su antigua novia, acompañada de otro hombre, para “decirle lo que se merece”.

De acuerdo a esta insistente idea, cada vez que salía de fiesta con sus amigos o sus nuevas conquistas, no podía dejar de escudriñar entre el gentío para, al fin, encontrarse en su escena recurrente y ver así cumplido su sueño.

Una de sus ocurrencias, durante las sesiones, lo llevó a asociar a su ex-compañera con la Bovary de Flaubert. Desde esta asociación y en adelante, cada vez que hablaba de ella y lo hacía con mucha frecuencia, la llamaba Emma, nombre con el que Flaubert bautizó a la heroína de su novela.

Buscar, en la noche madrileña, a la Sra. Bovary para armarle un escándalo, tiene su mérito, aunque el exceso, el goce, no está ahí.

Si se diera el caso, decía este analizante, él era capaz de desplegar una violencia inusitada ante el público allí presente, demostrando su “verdadero” carácter justiciero e irascible “porque quien las hace las paga” y agregaba “no soy una reproducción de mis padres” a los que acusaba de ser gente débil y sin personalidad.

La casualidad quiso que una noche se presentara, de manera imprevista, la razón de sus desvelos. “Alguien me tocó el hombro. Me di la vuelta y era ella, Emma, acompañada de un hombre”. Siguiendo con su relato, dijo haberse sentido incómodo y que sólo se atrevió a saludarla con un par de besos y, por supuesto, estrechando la mano que el acompañante de Emma le tendía. Pero eso sí, agregó,”les demostré toda la indiferencia de que soy capaz”.

Alguien, como en este caso, se inventa una historia, una ficción personal, en la que se encuentra recitando, más o menos, “la feroz cólera de Yahvé” , tal como el inolvidable asesino que interpretaba Samuel Jackson en la película de Tarantino “Pulp fiction”, antes de acribillar a sus víctimas. Aquí, en este invento, está el goce.

IV.-En psicoanálisis la causa cede a la indeterminación.

Nuestros dos apólogos, el absolutista y el justiciero, poseen al menos un rasgo común, ambos “hacen” memoria. Hacer en sentido literal. Fabrican una historia que sirve como memoria desde donde puede leerse el pasado como origen, causa y fundamento de un destino inevitable o bien previsible.

Desde Freud se insiste en que no hay olvido, que es algo muy distinto a decir que existe la memoria como causa fundante y que a la vez origina consecuencias acordes con esa causa.

No hay memoria, pero tampoco olvido.

Hasta donde sabemos, Freud nos habla de recuerdos. Los llama “recuerdos encubridores” y constituyen el suelo sobre el que asienta su consigna de asociación libre, que no es equivalente a decir: Haga memoria y sitúe el origen o causa única de los males que le aquejan.

La operación analítica desenmascara el fraude de creerse ya hecho, tal como al yo le gusta presentarse (yo soy así). Su verdad, la que oculta, es la de una perpetua eventualidad, una pura indeterminación, condición que comprueba el psicoanálisis, haciéndose así, extraño a cualquier religión.

No hay olvido, hay recuerdos encubridores. Llamados así por esa misma razón, se encubren unos a otros. Se sustituyen, entran y salen en permanente trasiego.

¿Acaso existe el último y más verdadero recuerdo?

¿Es posible señalar algún escrito de Freud donde se nos prometa que al final del recorrido encontraremos su esencia, la madre de todos los recuerdos?

Puro efecto de permutación de significaciones, qué otra cosa podrían ser los recuerdos sino significaciones, y como tales, aleatorias. Significaciones más o menos encapsuladas en representaciones figurativas, como ocurre en los sueños, dotadas de cierta cohesión en su ordenamiento y que por esa manera en que los significantes saben encadenarse unos a otros, sólo por eso, decimos que los recuerdos son verdaderos y creemos que en su conjunto conforman algo que llamamos memoria. Artificios repletos de verosimilitud, que convencen por su cohesión y por las figuras de prestigio sobre las que se sostienen: el principio de identidad y el poder absoluto en el caso del obispo Bousset o como en el caso del paciente justiciero, el ser de las generaciones, el orgullo herido y otros excesos del imaginario.

Dicho de manera despiadada, la memoria es un agujero en el que las significaciones son dinámicas y no se detienen, una historia repleta de voces. La ferocidad del ideal obliga al sujeto a inventarse el pasado como causa y el porvenir como consecuencia de esa causa.

Lo que ha pasado es un conjunto que nunca se cierra y la perversión consiste en transformar la posibilidad en certeza, algo así como que el futuro ya existía “en germen” en lo anterior.

Un turista ilustrado, que visitaba la casa-museo donde nació Hemingway, en un coqueto barrio aledaño al centro de Chicago, observó en una de las habitaciones, una foto de familia en la que  aparecía una niña de pocos años con vestido de época y largos cabellos. Quien guiaba la visita comentó, para sorpresa de los allí reunidos, que hasta la edad de tres años la madre del escritor lo vistió como si de una niña se tratara.  Entonces fue cuando nuestro turista “descubrió” que el origen del interés de Hemingway por la guerra, el boxeo, la pesca de altura, los sanfermines, las orgías, Ava Gardner, París, la literatura y un largo etcétera, incluido el suicidio, eran consecuencia directa de una pelea sorda y prolongada con su madre por querer feminizarlo en su infancia. El alborozado turista así lo comunicó a quien quisiera escucharlo y lo hizo en forma de pregunta: “¿no sería posible que…?”

El comentario, que podría ofender la inteligencia, no debe sorprender, no hizo más que abrochar pasado y futuro, causa y consecuencia, historia y destino, en una gelificación significante.

Este goce de la ignorancia, aunque abunde en patetismo, no es una excepción. Existen momentos más o menos prolongados en que el sujeto se colapsa, muere en su función de vacío. De manera que los significantes que allí deberían circular no lo hacen, se gelifican en uno único, lo que se constata tanto en los fenómenos psicosomáticos y en la psicosis como en la debilidad mental, de la que Lacan dijo que a todos nos afecta “todos somos un poco débiles mentales”.

V.- La pulsión de muerte es una amenaza para la muerte.

Que nuestro turista ofreciera una precipitada o esperpéntica conclusión, lo sitúa en lo más actual del discurso vigente, del discurso amo, que se presenta con los ropajes de lo que Lacan llamó discurso universitario.

Decíamos que su “interpretación” fue presentada bajo la forma amable de una pregunta. No impone sino, supuestamente, interroga. La trampa consiste en que interroga sobre un objeto, dando por hecho que hay acuerdo general sobre la existencia de dicho objeto, como si de un diálogo socrático se tratara. En el ejemplo que presentamos, nuestro turista concibe como un hecho generalizable que toda la vida de Hemingway puede leerse como el subproducto de una formación reactiva.

“A menudo, las preguntas sólo son una forma hábil de iniciar unos razonamientos con la complicidad del interlocutor, que se compromete con sus respuestas a adoptar este modo de argumentación”, recuerda Chaim Perelman en su “Tratado de la argumentación”.

Dicho en cristiano, esas preguntas “hábiles” acosan suavemente, acorralan e introducen una significación prevista, convirtiendo cualquier existencia en un recitado de letanías, en fórmulas enlatadas muy en consonancia con los modos del discurso universitario.

Para devolver el sentido de la sorpresa a un mundo paralizado por el confort de encontrar la respuesta útil y convenida, Freud, inmisericorde, arremete con su pulsión de muerte, imprevista, atópica, incesante y sobre todo, anti-utilitaria.

Es gracioso observar, sin embargo, cómo el discurso universitario, con sus excesos simbólicos, realiza intentos siempre vanos, siempre fallidos para confeccionar un manual de uso de la pulsión de muerte.

Por su parte, la pulsión de muerte también es un exceso. Pero un exceso de autonomía. No apunta a ningún fin concreto, no es útil, tampoco se dirige a sostener ningún bien, ni siquiera moral alguna, sea ésta kantiana o sadiana. Lo imprevisible, el capricho, el amor incluso como interdicción de cualquier equilibrio y no pocas veces como olvido de toda norma, el saber como trasgresión y en fin lo insoportable, como aquello que perturba el principio del placer, son algunas de las maneras en que la pulsión de muerte desarrolla su trabajo, en silencio, sin estridencias. “…busca la disolución de las conexiones, destruyendo así las cosas…como pulsión de muerte permanece muda; manifestándose una vez dirigida hacia afuera como pulsión de destrucción. Tal derivación hacia el exterior parece ser esencial para la conservación del individuo…” 2

Este hallazgo freudiano “presente en todo el psiquismo” articulado, aunque no siempre articulable, ¿induce a la violencia? Seguramente sí, la necesaria para cualquier transformación.

Que la pulsión de muerte, junto a su homólogo erótico, se encuentra en toda actividad, no deja lugar a dudas en esta otra referencia de Freud: “Un aumento en la agresividad convertirá a un amante en un asesino sádico, mientras que una gran disminución del factor agresivo hará de él un tímido o un impotente”.3

 Si fuera posible desvincular las palabras de su uso corriente y reinscribirlas en el sistema lógico al que pertenecen, que sería lo propio del oficio del psicoanalista al que Lacan alude como “ese goce solitario, ese deleite taciturno, su escucha, la clínica o cualquier otra definición opaca”4, si el sentido propio disolviera al sentido común, se haría evidente la naturaleza de la pulsión de muerte. Su actuación no evita la muerte (la inmortalidad aún no ha sido propuesta como objetivo del psicoanálisis), aunque obliga “a cada organismo a morir a su manera”. Lo escribía Freud en “Más allá del principio de placer”, marcando así su propio camino hacia lo inevitable.

Por cierto, la indicación de Freud poco tiene que ver con esa emergencia, propia del discurso universitario, que hace de la eutanasia, como también de la ecología, Al Gore mediante, una reivindicación más para engrosar el decálogo de los Derechos Humanos. No es equivalente la frase freudiana a la medicalización de la muerte por parte del bioEstado y a sus condicionantes políticos y económicos, sobre todo en un mercado como el europeo, rebosante de población anciana. Esa cita freudiana, lejos de referirse a nuevas formas de alienación ideológica, promueve la emancipación. Afirma que la pulsión de muerte actúa en el sentido de un saber. Un saber no transmisible, el de cada uno, que nos aleja del programa. Eso es el instinto, un programa de vida con el que cualquier animal se dirige a la muerte.

La pulsión de muerte es un exceso, desestabiliza la homeostasis, el principio de placer, introduciendo un saber que es goce. Parafraseando a Freud, podría decirse que cada uno se dirige a la muerte por el camino que su propio goce le marca.

Tratándose, este goce, de un saber desvinculado de los saberes instituidos, hace su aparición el punto traumático ligado a la pulsión de muerte. Aunque lo verdaderamente traumático es que realicemos un acto sin antecedentes, autónomo, sin condicionamientos y, sobre todo, sin garantías, ni siquiera las que nuestras ilusiones puedan aportar.

Al “Yo”, unificado en su ideal, aposentado en sus recuerdos convertidos en historia personal, la existencia de este saber real llamado pulsión de muerte le resulta inaceptable.

Desde esta posición, en ocasiones, se califica lo inédito como un pasaje al acto  bajo amenaza de un suicidio inminente. Sucede que no siempre el llamado pasaje al acto es sinónimo de muerte real. Muy por el contrario, se trata de una ruptura en la trama de lo simbólico sacralizado. En “El frágil absoluto” 5 escribe Zizek: “...la pulsión de muerte desaloja el lugar sagrado; crea el claro, el vacío...el suicidio simbólico que define (la pulsión de muerte) no en el sentido de “no morir realmente, sólo simbólicamentesino en el sentido mucho más preciso de borrar la cadena simbólica que define la identidad del sujeto, cortar todos los vínculos que atan al sujeto a su “sustancia” (el entrecomillado es nuestro) simbólica”.

Por último, el trabajo silencioso de la pulsión de muerte interrumpe el deber de creerse siempre el mismo. Resiste la violencia impositiva del ideal que sólo sabe de un camino. Permite obtener un vacío allí donde las voces, siempre en conflicto, obligan a imitar a la memoria sin ser memoria. ¿Alguien dudaría que estamos hablando de la vida?

 

1 S. FREUD. Introducción al narcisismo. Obras completas. Editorial Biblioteca Nueva

2 S. FREUD. Esquema de Psicoanálisis. Capítulo II. OC. Editorial Biblioteca Nueva.

3Ibíd.

4 J. LACAN. Seminario XV. El Acto Analítico. Clase 7 del  24 de enero de 1965. Inédito.

5 S. ZIZEK. El frágil absoluto. Editorial Pre-textos

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