Foto fija o la
cima del aburrimiento |
Fabián Appel
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Una familia reunida para celebrar el nacimiento
de un niño se recrea y festeja con sonidos de ecolalia,
adulaciones varias y sincero afecto al recién llegado.
Todo ello inscrito en un clima que remeda el show de Lucy,
serie televisiva de los sesenta que se emitía en Estados
Unidos y sus “patios traseros” y los afiches domésticos
de Norman Rockwel.
En esa atmósfera de hogareña calidez, una cámara
de video arranca filmando al bebé motivo de tanto júbilo.
Nacido en el primer mundo su sexo no será un impedimento
para su realización personal. Tendrá acceso a la
salud y a la educación en todos sus niveles. Su aspecto
es el de un bebé sano, rozagante y risueño. Su
familia lo recibe, protege y alimenta, algo que seguirá haciendo
en el futuro.
Entretanto la cámara recorre lentamente su cuerpecillo
desde sus pies, sus piernas regordetas, los pañales descartables, sus
movimientos desacompasados aunque normales para su edad madurativa,
su sonrisa, la felicidad oceánica que lo embarga y que
le haría exclamar a Freud “His majesty the
baby”, y por supuesto su piel que asoma entre los suaves
lienzos conque lo arropan.
La cámara sigue barriendo lentamente sus ojos vivaces
que auguran triunfos no muy lejanos y una sonrisa que ilumina
su frente que a su vez exhibe un magnífico y prometedor...
¡ código de barras!
En colores, como es menester tratándose de un bebé, y
que de entrada testimonia pertenecer al grupo de los “nominados”,
aquellos que están llamados a “ser”, salvo
imprudencias o catástrofes.
Su geno-fenotipo, como indica la modernidad, nos
dirá qué enfermedades
padecerá, incluso si existe la posibilidad (porcentual
por supuesto) de sufrir en el futuro una enfermedad mental. Enfermedad
cuya génesis, que como todo ciudadano de bien sabe, debe
buscarse en los desequilibrios de la química cerebral,
particularmente en los intercambios de aminas y en su persistencia
o no en el espacio interneuronal. En caso de que las modernas
terapias químicas que se utilizan para restablecer el
equilibrio perdido fallaran existen, como veremos a continuación,
máquinas como el Estimulador Magnético Transcraneal
(EMT) “aparato absolutamente novedoso (sic.) [….]
que se aplica SIN ANESTESIA (las mayúsculas son nuestras)
en el polo frontal y que activa las neuronas. El EMT viene siendo
lo que fue el electroshock en su día….” Dr.
Enrique Rojas dixit, y agrega con triunfalismo exento de rubor “El
electroshock ha tenido una leyenda negra, pero hoy se sigue
utilizando muchísimo en su versión moderna, el
TEC, técnica electroconvulsiva bajo anestesia” Qué alivio,
menos mal; qué gran avance de la “ciencia”, ¿o
es de la técnica? o ¿quizá de la mercadotecnia?
El mediático psiquiatra, con la expresión propia
de los que pretenden convertirse en bustos esculpidos en mármol
o bronce, tanto da, abunda con entusiasmo en que “Otra
gran ventaja es que se puede aplicar a todo el mundo”.
Magnífico regalo navideño para usted y su familia.
Escuchando al excelso psiquiatra, casi podría ofrecerse
en un pack de cosmetología integral. “Según
los estudios hechos….” ¿Quién los
hizo? ¿Quién los vio? ¿Dónde están? “….un
setenta por ciento de los pacientes ha respondido. Yo se lo aplico
a unas veinticuatro personas y con resultados positivos en el
78 %” 1
Y aquí nos encontramos de cara con los divinos y famosos
porcentajes ¿Es acaso la ciencia quien hace de los porcentajes
su estrella más brillante, o son los especuladores
del capitalismo digital que funcionan con ellos a escala planetaria?
Viendo este panorama nos invade la nostalgia, la misma que hacía
preguntarse a Lacan “Donde están las histéricas
de antaño….”, sólo que ahora diríamos ¿Dónde
están esos semblantes, esos sujetos divididos, esas ideologías….?
Y la respuesta sería: ni más ni menos que sustituidos
por este código de barras que convierte el lazo social
en una interminable cadena de dígitos. Lo social ya es
dígito-social.
Se dirá por muchas y buenas razones, que no existe discurso
sin semblante. Cada discurso genera su propio semblante consecuente
con su intento de ser imperecedero. En esta hipermodernidad,
el capitalismo de la era digital también genera el suyo.
Potencia y conserva toda la astucia que Lacan adjudicó al
discurso del amo en su versión capitalista. Astucia destinada
a reventar como él dice, pero hasta tanto esto suceda
cabría preguntarse cómo se mantiene y en qué consiste.
Si se amalgama persona y dígito se forcluye la subjetividad,
sustituyendo al sujeto por una loca danza de porcentajes, números
y probabilidades.
Aunque el conde de Lautrèamont poetizaba la ciencia como “el
brillo acerado de las matemáticas” conviene no confundirse.
Esta bastardía no es ciencia, se trata de mercados, ganancias
y pérdidas y sujetos nominados a tener un lugar. Otros,
figurarán en la lista como los hijos no deseados de Dios.
Los dígitos, el código de barras que sustituye
al nombre, que en realidad es un lugar vacío, y que por
lo mismo, permite ser llenado con lo que se construye en lo simbólico-imaginario
de cada existencia, se encuentra ahora suturado. Los órganos
hablan en primera persona, transformándose en objetos
que se poseen y que por lo mismo terminan poseyendo al individuo.
Todo bien atado por quiroplastias diversas y mensajes de respeto
y consideración de estilo new age. En este mundo limpio
(mondo) las buenas formas atañen a todo lo registrable.
En la chistera cabe de todo y por tanto el lector se equivocaría
si bajo la categoría de lo humano sólo incluyera a
hombres y mujeres. Plantas, minerales, y objetos diversos en
estado gaseoso o líquido es necesario “que obtengan
consideración y respeto”.
Resulta que la cortesía que se practica, escuchar al otro
con respeto, aunque lo que diga ni los escuchemos ni nos interese,
se convierte en un ejercicio habitual de las mayores hipocresías,
y de manera irrestricta abre el campo de la obscenidad compartida.
Que el precio pagado por este abusivo ejercicio de simpatía
humana sea la verdad, a nadie parece importarle.
Este sacrificio, el de la verdad, es el camino
más directo
para que ningún acto sea asumido, la vía más
eficaz para forcluir lo subjetivo, que a esta altura ya se considera
una impertinencia.
¿Se horroriza el psicoanálisis ante este estado de cosas? Estado
que Lacan menciona en el Seminario XXI como “el ser nombrado para”. Los
síntomas “modernos” de insomnio pertinaz, de angustia siempre
deseosa de disolver con un acto definitivo el hábito de vivir en un
marco simbólico que no ofrece significante alguno que represente al
sujeto, las politoxicomanías que por lo mismo son tan ilimitadas
como drogas ofrezca el mercado….se presentan como la marca fundamentalista
que tapona la forclusión del Edipo y la caída del Nombre del
Padre.
Un Real nuevo se detecta en estos síntomas al verse desplazado
el sujeto desde la identificación a un significante amo
a un código informático, que no da lugar a un sujeto
dividido sino a un individuo homólogo a un código
de barras.
De estos nuevos síntomas podemos argumentar, por ahora,
la obviedad de que constituyen un acto de resistencia, un débil
rechazo al éxito que propone esta hipermodernidad encriptada
en un código informático, con la exigencia agregada
de que hay que ser feliz porque esto es la cima de los goces.
Por supuesto, tampoco la figura del dandy perdedor nos convence.
Argucia pobre que no constituye ninguna salida a esta experiencia,
en la que sólo somos un número en un orden que
se autogesta, se autorevoluciona de manera permanente pero “condenado
a reventar”.
Como estamos advertidos de la diferencia entre
el psicoanálisis
y los psicoanalistas, los que aquí escribimos hacemos
de esta ausencia de sujeto responsable una cuestión para
el psicoanálisis.
1 Magazine
El Mundo, 3 de diciembre de 2006. “Entrevista Enrique
Rojas”
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