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Earth For Sale (Barcoded Earth) Oil on wood 46" x 120"
Dion Laurent 1992-1995.
Fuente: www.dionlaurent.com

 

Foto fija o la cima del aburrimiento


Fabián Appel

Una familia  reunida para celebrar el nacimiento de un niño se recrea y festeja con sonidos de ecolalia, adulaciones varias y sincero afecto al recién llegado. Todo ello inscrito en un clima  que remeda el show de Lucy, serie televisiva de los sesenta que se emitía en Estados Unidos y sus “patios traseros” y los afiches domésticos de Norman Rockwel.

En esa atmósfera de hogareña calidez, una cámara de video arranca filmando al bebé motivo de tanto júbilo. Nacido en el primer mundo su sexo no será un impedimento para su realización personal. Tendrá acceso a la salud y a la educación en todos sus niveles. Su aspecto es el de un bebé sano, rozagante y risueño. Su familia lo recibe, protege y alimenta, algo que seguirá haciendo en el futuro.

Entretanto la cámara recorre lentamente su cuerpecillo desde sus pies, sus piernas regordetas, los pañales descartables,  sus movimientos desacompasados aunque normales para su edad madurativa, su sonrisa, la felicidad oceánica que lo embarga y que le haría exclamar a Freud “His  majesty the baby”, y por supuesto su piel que asoma entre los suaves lienzos conque lo arropan.

La cámara sigue barriendo lentamente sus ojos vivaces que auguran triunfos no muy lejanos y una sonrisa que ilumina su frente que a su vez exhibe un magnífico y prometedor...

¡ código de barras!

En colores, como es menester tratándose de un bebé,  y que de entrada testimonia pertenecer al grupo de los “nominados”, aquellos que están llamados a “ser”,  salvo imprudencias o catástrofes.

Su geno-fenotipo, como indica la modernidad, nos dirá qué enfermedades padecerá, incluso si existe la posibilidad (porcentual por supuesto) de sufrir en el futuro una enfermedad mental. Enfermedad cuya génesis, que como todo ciudadano de bien sabe, debe buscarse en los desequilibrios de la química cerebral, particularmente en los intercambios de aminas y en su persistencia o no en el espacio interneuronal. En caso de que las modernas terapias químicas que se utilizan para restablecer el equilibrio perdido fallaran existen, como veremos a continuación, máquinas como el Estimulador Magnético Transcraneal (EMT) “aparato absolutamente novedoso (sic.) [….] que se aplica SIN ANESTESIA (las mayúsculas son nuestras) en el polo frontal y que activa las neuronas. El EMT viene siendo lo que fue el electroshock en su día….” Dr. Enrique Rojas dixit, y agrega con triunfalismo exento de rubor “El electroshock  ha tenido una leyenda negra, pero hoy se sigue utilizando muchísimo en su versión moderna, el TEC, técnica electroconvulsiva bajo anestesia” Qué alivio, menos mal; qué gran avance de la “ciencia”, ¿o es de la técnica? o ¿quizá de la mercadotecnia?

El mediático psiquiatra, con la expresión propia de los que pretenden convertirse en bustos esculpidos en mármol o bronce, tanto da, abunda con entusiasmo en que “Otra gran ventaja es que se puede aplicar a todo el mundo”. Magnífico regalo navideño para usted y su familia. Escuchando al excelso psiquiatra, casi podría ofrecerse en un pack de cosmetología integral. “Según los estudios hechos….” ¿Quién los hizo? ¿Quién los vio? ¿Dónde están? “….un setenta por ciento de los pacientes ha respondido. Yo se lo aplico a unas veinticuatro personas y con resultados positivos en el 78 %” 1

Y aquí nos encontramos de cara con los divinos y famosos porcentajes ¿Es acaso la ciencia quien hace de los porcentajes su estrella  más brillante, o son los especuladores del capitalismo digital que funcionan con ellos a escala planetaria? Viendo este panorama nos invade la nostalgia, la misma que hacía preguntarse a Lacan “Donde están las histéricas de antaño….”, sólo que ahora diríamos ¿Dónde están esos semblantes, esos sujetos divididos, esas ideologías….? Y la respuesta sería: ni más ni menos que sustituidos por este código de barras que convierte el lazo social en una interminable cadena de dígitos. Lo social ya es dígito-social.

Se dirá por muchas y buenas razones, que no existe discurso sin semblante. Cada discurso genera su propio semblante consecuente con su intento  de ser imperecedero. En esta hipermodernidad, el capitalismo de la era digital también genera el suyo. Potencia y conserva  toda la astucia que Lacan adjudicó al discurso del amo en su versión capitalista. Astucia destinada a reventar como él dice, pero hasta tanto esto suceda cabría preguntarse cómo se mantiene y en qué consiste. Si se amalgama persona y dígito se forcluye la subjetividad, sustituyendo al sujeto por una loca danza de porcentajes, números y probabilidades.

Aunque el conde de Lautrèamont poetizaba la ciencia como “el brillo acerado de las matemáticas” conviene no confundirse. Esta bastardía no es ciencia, se trata de mercados, ganancias y pérdidas y sujetos nominados a tener un lugar. Otros, figurarán en la lista como los hijos no deseados de Dios.

Los dígitos, el código de barras que sustituye al nombre, que en realidad es un lugar vacío, y que por lo mismo, permite ser llenado con lo que se construye en lo simbólico-imaginario de cada existencia, se encuentra ahora suturado. Los órganos hablan en primera persona, transformándose en objetos que se poseen y que por lo mismo terminan poseyendo al individuo. Todo bien atado por quiroplastias diversas y mensajes de respeto y consideración de estilo new age. En este mundo limpio (mondo) las buenas formas atañen a todo lo registrable. En la chistera cabe de todo y por tanto el lector se equivocaría si bajo la categoría de lo humano sólo incluyera  a hombres y mujeres. Plantas, minerales, y objetos diversos en estado gaseoso o líquido es necesario “que obtengan consideración y respeto”.

Resulta que la cortesía que se practica, escuchar al otro con respeto, aunque lo que diga ni los escuchemos ni nos interese, se convierte en un ejercicio habitual de las mayores hipocresías, y de manera irrestricta abre el campo de la obscenidad compartida. Que el precio pagado por este abusivo ejercicio de simpatía humana sea la verdad,  a nadie parece importarle.

Este sacrificio, el de la verdad, es el camino más directo para que ningún acto sea asumido, la vía más eficaz para forcluir lo subjetivo, que a esta altura ya se considera una impertinencia.

¿Se horroriza el psicoanálisis ante este estado de cosas? Estado que Lacan menciona en el Seminario XXI como “el ser nombrado para”.  Los síntomas “modernos” de insomnio pertinaz, de angustia siempre deseosa de disolver con un acto definitivo el hábito de vivir en un marco simbólico que no ofrece significante alguno que represente al sujeto, las politoxicomanías  que por lo mismo son tan ilimitadas como drogas ofrezca el mercado….se presentan como la marca fundamentalista que tapona la forclusión del Edipo y la caída del Nombre del Padre.

Un Real nuevo se detecta en estos síntomas al verse desplazado el sujeto desde la identificación a un significante amo a un código informático, que no da lugar a un sujeto dividido sino a un individuo homólogo a un código de barras.

De estos nuevos síntomas podemos argumentar, por ahora, la obviedad de que constituyen un acto de resistencia, un débil rechazo al éxito que propone esta hipermodernidad encriptada en un código informático, con la exigencia agregada de que hay que ser feliz porque esto es la cima de los goces. Por supuesto, tampoco la figura del dandy perdedor nos convence. Argucia pobre que no constituye ninguna salida a esta experiencia, en la que sólo somos un número en un orden que se autogesta, se autorevoluciona de manera permanente pero “condenado a reventar”.

Como estamos advertidos de la diferencia entre el psicoanálisis y los psicoanalistas, los que aquí escribimos hacemos de esta ausencia de sujeto responsable una cuestión para el psicoanálisis.   


1 Magazine El Mundo, 3 de diciembre de 2006. “Entrevista Enrique Rojas”


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