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Sobre psicoanálisis.
Naturaleza, cultura y desamparo
José Luis Mellado
"Para que yo me llame Ángel
González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho
espacio
y un largo tiempo:
hombres de toda mar y toda tierra,
fértiles vientres de
mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose
incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios
alumbraron
con su cambiante luz,
su vario cielo el
viaje
milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin,
sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último
suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado,
el fruto,
lo que queda podrido, entre los restos;
esto
que veis aquí, tan solo esto:
un escombro tenaz,
que se resiste
a su ruina,
que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan a ningún
sitio.
El éxito de todos los fracasos.
La enloquecida
fuerza del desaliento…
(Ángel
González) .”
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1.-SOBRE EL DESAMPARO
Hace varios cientos de miles de años, aquel homínido,
aquel miembro de la manada, ajeno al despertar del alba, se
desperezaba desconocedor de todo sentimiento de trascendencia, de conciencia
de ser; ajeno a nada que no fuera la supervivencia cotidiana, ajetreada
por las condiciones que le venían de un exterior, al cual se
incorporaba con lo único que la naturaleza había puesto
a su alcance: el instinto, el conocimiento que la naturaleza exige
de lo vivo para satisfacer sus necesidades y para continuar vivo.
No había alba, no había atardecida, porque ese homínido
no tenía aun, voz para nombrarla. Se despertaba y dormía
según en ciclo impuesto por esa suerte de conocimiento que era el instinto;
lo mismo que ahora, igual que entonces, el resto de los animales, ajenos a
toda reflexión, pues ésta, era propia del símbolo,
que le otorgaba una capacidad para el elemento poético. Pero aquel animal
tan peculiar, con la confluencia de varios elementos, seguramente azarosos,
iba a ser portador de un lenguaje que le transformaría y podría
contemplar, en esa nueva adquisición, el despuntar del alba y
el ocaso, podría pintar las paredes y cubrir sus desnudos cuerpos, crearía
y creería, mentiría y odiaría; algunos días de
su vida amaría y después copularía y tendría descendencia,
hablaría de la luna y un poco mas tarde se posaría en ella. Al
igual que el inmaduro infans, lleva en su estructura ontológica, su
poder y su condena. La ontogenia y la filogenia se superponen.
Con la palabra, el hombre alteraba la quietud del paso
del tiempo y alzándose en un puro acto poético, pensaba
sobre el hermoso tono rojizo de aquel alba que le saludaba y que se
parecía al del día anterior. Con la palabra pensaba,
ya a la atardecida, si ese sería el último día
que dormiría o por el contrario, repasaba las tareas
que al día siguiente tendría que realizar para alimentar
a su prole. Ese hombre sería atravesado por las pasiones,
sería rotundamente atravesado por el lenguaje y se rodearía
de semejantes que le constituirían en ser. El resto ya
lo sabemos: guerras, chalet adosados, chanel nº 5, ordenadores,
compresas con alas, cohetes sin alas, religiones, rebeliones, dominaciones,
físicos, matemáticos, poetas, psicoanalistas…
El hombre, con el advenimiento del lenguaje, no solo
alcanzó su dimensión de hombre, sino que por la propia
estructura del lenguaje pudo pensarse y saberse hombre en relación
a los otros hombres, inaugurando con ello la civilización. Fue
el tránsito de la manada al colectivo social, fue la alteración
de la biología y así pasamos de un útero a dos,
en el que el grupo, el colectivo, la civilización, se convertía
en el lugar de maduración y de constitución de lo propiamente
humano, de una matriz social, de la propia ontología, clausurando
el espacio de lo puramente biológico.
Cuando la palabra se constituyó en ese hombre,
elevándose a la categoría de significante polisémico,
separándose de la cosa, lo filogenético y lo ontogenético
se superpusieron, como antes señalamos, para determinar
que no hay esperanza para el hombre que no sea dentro del grupo, dentro
del lenguaje, en su conocimiento adquirido de la idea de la muerte.
Ese vivo biológico, ese animal de manada, sumido
en la dependencia instintual, anudado a la tiranía del indicio,
de la huella, del lenguaje unívoco de los signos, logró en
un sorprendente hallazgo, (mezclado con largos milenios de maduración
cerebral) ,inaugurar, inventar, probablemente de modo casual, una palabra.
Con ella vino el camino de ser pensante de la mortalidad, del carácter
transitorio, temporal de nuestras vidas.
El lenguaje abre la idea de la muerte, de la finitud.
La muerte y el lenguaje, nos atraviesan, dejando abierta la agonía
del desamparo y la esperanza de la completad, de la absoluta felicidad,
que imaginariamente, fantasmáticamente, una vez, alcanzamos.
Desde entonces hasta ahora, la producción humana,
no solo en el sentido del pensamiento, sino de toda la producción
humana: desde el fuego controlado, hasta la formulación de complejas
fórmulas matemáticas; desde las cavernas pintadas, hasta
el Ermitage, desde la caza del mamut, hasta la filosofía, han
resultado un intento desesperado por explicar la condición del
desamparo y la felicidad total como suturadora de ese espacio
abierto, de esa marca, de ese agujero, que el lenguaje abre. No hay
nada ajeno al hecho de que el hombre se ha venido protegiendo, con
sus producciones y transformaciones, del fantasma del desamparo, de
querer a toda consta recuperar esa completud imaginaria, inserta de
modo trágico y estructural como carencia.
El hombre creó la alquimia, la religión, la bomba
de neutrones, el psicoanálisis, la escultura, la medicina, el mobiliario
de diseño, por intentar salir del miedo atávico al desamparo.
El animal, desde la medusa hasta los primates superiores, aferrados estructuralmente
también al instinto, no se plantean la idea de la muerte. Es mas, no
se plantean nada. Y no se lo plantean porque no tienen un lenguaje simbólico-polisémico
que les precipite en la carencia. La completad animal es de naturaleza instintual,
o como nos dice M. Heidegger en “Los conceptos fundamentales de la metafísica”,
reflexionando sobre la condición ontológica de los animales,
son pobres en el mundo, los objetos inertes, las rocas, la arena, el aire,
carecen de mundo y el hombre es formador del mundo. El mundo es de hecho una
creación del hombre, no de Dios, mas aun podemos plantear con descaro,
que fue el hombre el que creó a Dios y no Dios el que creó al
hombre. Hay mundo porque hay un hombre para el cual es el mundo, para el cual
las cosas del mundo son en su dimensión ontológica. Cuando el
hombre desaparezca de la faz de la tierra, El mundo desaparecerá porque
no habrá quien lo nombre; no habrá un mundo para alguien.
Como nos señala S. Zizek, bien sabe Heidegger
que cuando habla de la pobreza del animal, es problemático,
porque es en comparación con algo, con alguien; de hecho no
existe el mundo canino, solo la representación humana del mundo
imaginario de lo que significa un perro, hay una invención humana
de todo el universo canino, de todo el universo de las rocas, de todo
el universo del ser. Volveremos mas tarde sobre ello, para incorporar
algunas reflexiones sobre la realidad y lo inexorable de lo real, solamente
una cita de S. Zizek para esclarecer algunas dudas: “La extraña
tristeza de esas figuras paganas, una suerte de melancolía esencial, ¿no
es acaso un testimonio del hecho de que tenían ya de alguna
manera la premención de que el Dios verdadero se revelaría
pronto, y de que habían nacido, por muy poco, demasiado temprano,
antes de poder ser redimidos? ¿Y no es esa también la
lección de la dialéctica hegeliana de la alienación?:
no estamos en presencia de un paraíso después perdido
por algún acaecimiento fatal, sino que hay en la propia satisfacción
paradisíaca (en la satisfacción de la ingenua comunidad
orgánica) algo de asfixiante, un anhelo de aire fresco, de una
apertura que rompa el insufrible confinamiento, y ese anhelo produce
en el paraíso un dolor infinito e insoportable, un deseo de
evasión: la vida en el paraíso está impregnada
siempre de una infinita melancolía. Y quizá esa paradoja
explica también la paradoja suprema de la melancolía:
esta no se endereza fundamentalmente al pasado paradisíaco de
una totalidad orgánica equilibrada que se perdió por
una catástrofe, no es una tristeza originada por esa pérdida;
la verdadera melancolía designa mas bien la actitud de los que
están todavía en el paraíso pero aspiran por abandonarlo,
de los que, aunque permanecen en un universo cerrado, poseen ya una
vaga premonición de otra dimensión que, por muy poco,
ha quedado fuera de su alcance, porque ha llegado antes de tiempo.
Lejos de sumirnos en la absurda maraña de
la especulación teleológica, tal interpretación
nos ofrece la única vía para eludir el enfoque ingenuamente
evolucionista que considera el desarrollo histórico como una
desintegración gradual de las formaciones orgánicas
primordiales de la vida. Por el contrario, es la noción evolucionista
de progreso la que es intrínsecamente teleológica,
puesto que concibe los estadios más elevados como desarrollo
del potencial interno de los estadios inferiores. En contraste con
una noción evolucionista de progreso de este género
debemos partir de la noción de que lo nuevo surge para resolver
la insoportable tensión que habita todo lo antiguo, y que
ya estaba presente en ello de modo negativo, en forma de una tristeza
y de un anhelo infinitos” (El Frágil absoluto,
Pág. 116. Ed. Pre-textos)
El perro que nos acompaña en nuestros paseos,
procedería igual que el perro de hace miles de años y
procedería igual aquí que en la Rusia soviética,
o en la Indonesia del tsunami: se defendería de los ataques,
copularía si estuviera en época de celo, huiría
de adversarios más fuertes,
etc. Nosotros no. Nosotros nos asociaríamos para prevenir un posible
ataque de las peligrosas hordas marxistas, de los terroríficos masones,
del moro infiel, del terrorismo internacional, o de cualquiera de las diversas
fuerzas del mal, que parece ser nos acechan por doquier. Nosotros copularíamos
en función de la seducción de un cuerpo, de una voz, de una imagen,
de una fantasía y de una repetición que marca nuestra estructura,
en cualquier época del año. Tendríamos la posibilidad
de utilizar medios anticonceptivos, renunciando voluntariamente no sólo a
la procreación, sino a la simple idea de ella. Ante los adversarios
más fuertes, nos aliaríamos, pactaríamos o mentiríamos,
cuestionando el hecho de que esa fortaleza no es total y puede ser escamoteada
de muchos modos.
En el movimiento de esas transformaciones, el hombre
de la civilización, el hombre político, fue consolidando
una suerte de amparo parcial por el colectivo que de alguna manera
sustituía a la terrible decepción de la ausencia del
felicitas-summun. El colectivo daba con su estructura y sus hallazgos
en el área de los descubrimientos e invenciones, una esperanza
de cobijo que cancelaba parcial y temporalmente el vacío de
la carencia. El colectivo se organizó, se jerarquizó y
con ello estableció las diferencias entre las distintas escalas
de la jerarquía. Astutamente se pensará que eso ya estaba
presente en la propia biología que de alguna manera establecía
la ley del más fuerte. En la manada no había miedo al
desamparo, pues no se conocía la muerte. Había un instinto
que garantizaba la presencia y permanencia de lo vivo. Esta ley del
instinto permitía una alianza entre los miembros de esta manada,
que frente a los ajenos a ella, operaba como un todo defensivo que
protegía a cada uno de sus integrantes. Cada uno cumplía
la función que le venía dado en ese código instintual.
Es por eso que la jerarquía animal, carecía de
valoración como tal, pues sus integrantes funcionaban como un
engranaje biológico en el que cada pieza tiene su justificación:
los más fuertes eran escudos de la manada, otros cazaban, otros
recolectaban, otros cuidaban las crías; todos tenían
una justificación engranada. Al pasar de la manada a la civilización,
al pasar del instinto a la pulsión, de la ley natural a la reflexión,
el hombre queda dividido, queda para siempre separado de su condición
de uno, pues es un uno en el otro y solo en el otro sujeto y en el
Gran Otro lacaniano, de donde le vienen los significantes, donde
puede hacerse parcialmente uno. Se inicia la absoluta y determinante ínter
subjetividad.
En el desarrollo de esa ínter subjetividad, que
corre paralela al intento de sutura del agujero, al miedo al desamparo,
el hombre ha ido entregando el precio de su supuesta protección
a otro al que también le suponía menos desvalido,
menos desamparado. Ya era un ser de categorías, donde lo imaginario-simbólico,
es la égida de la relación humana. A los que imaginariamente
sitúo como protectores, se tornan en amos. La cívitas
alcanzaba su esplendor, las relaciones, absolutamente políticas,
de polis, instalaban la dialéctica del amo y el esclavo. Esa
es la manera en la que las clases sociales se instalan, en la que los
gremios, los estamentos se afianzan.
Marx vio el mecanismo de la diferencia y la lucha de tales clases
y su relación con la economía, en la que la plusvalía
y el control de los medios de producción, determinaba la posibilidad
de entender la respuesta de una clase frente a la otra. Lo que no vio Marx,
a mi juicio, es que el origen de tales diferencias, no eran basadas en la pura
economía, en el puro control de los medios de producción, en
la lucha por la supervivencia y por salir de la miseria frente a la opulencia
o el poder despótico del amo Estaban mucho mas cerca del miedo al desamparo,
que unos y otros arrastraban desde la salida de la manada, desde el atravesamiento
del lenguaje. Cuando Freud habla del desamparo, del Hilflosigkeit, introduce
esta idea biuterina en la medida en que la falta de maduración del cachorro
humano se completa en el ámbito de la manada, en la madre como función
que evidencia y por otra parte, suple todas las carencias motrices y psíquicas
del infante; suple y evidencia todas las dependencias, apareciendo como
una figura omnipotente. Cuando esa figura va separándose en cualquiera
de los momentos de la evolución del infante, este, va precipitándose en
el desamparo, por la pérdida gradual e imparable de ese sujeto absoluto
y completo. Cuando Lacan nos habla del objeto a, del Gran
Otro, del plus de goce, entra de alguna manera en este análisis,
del que sin duda su aportación mas fecunda es el sujeto barrado,
atravesado por el significante, introduciendo una cuestión esencial
en la idea del desamparo en la medida en que la dependencia del lactante, del
cachorro, a ese sujeto omnipotente, es mantenida por un mundo de lenguaje
en el que la muerte, la sexuación y la carencia, forman parte
de su estructura y por ende del sujeto barrado, del sujeto atravesado por el
símbolo.
¿Qué es lo que ahora nos llega de
la ideología capitalista o de la marxista, o de la religiosa,
de cualquiera de las religiones? La esperanza sostenida de alcanzar
la plenitud, de superar el desamparo. El objeto de consumo, la sacralizada
revolución o el paraíso celestial. Bien cierto es, que
hay algunas diferencias de concepto entre ellas y que sin duda, después
del fracaso de las sociedades llamadas comunistas, no solo por lo pervertido
de la ideología, sino por la insistencia tenaz del capitalismo, es,
lo que yo llamo, el Capitalismo Feroz y su unión a
las diversas religiones, el que de manera mas eficaz ha evolucionado
y crecido con el hombre, posicionándose en torno a esta
oferta de sutura del agujero, poniendo a nuestro alcance, en cualquiera
de sus múltiples mercaderías, de sus múltiples
objetos de transacción, la idea de tal posibilidad de
cierre, de felicidad total y sostenible, en un mecanismo cuasi
perfecto, pues inmediatamente después de la decepción
del objeto, otro objeto queda investido de esa fuerza, de esa posibilidad
suturadora, permaneciendo vigente la esperanza y perpetuando el valor
de ese objeto, que es cambiante en su forma, pero no en su esencia.
Hay un imperativo globalizado y globalizante: ¡Consumamos
sin límite! No importa qué, pero mantengamos abierta
la esperanza mientras haya vida y aun a riesgo claro y evidente de
agotar y destruir el planeta. Las religiones, todas las religiones,
las más paganas mejor, completan perfectamente el
ofrecimiento, para después de la muerte. Si uno ha sido
un buen esclavo, tendrán su recompensa paradisíaca en
otra vida. Sométase, consuma, cumpla con los preceptos, sea
sumiso con el Amo, déle su vida si es preciso y tendrá una
parcelita en cualquiera de los múltiples y variados cielos,
paraísos.
¿Pero dónde nos llegamos ahora? ¿Dónde
están las famosas contradicciones del capitalismo que Marx auguraba? ¿Dónde
quedó el paraíso comunista? ¿En que vertedero
podemos arrojar el liberalismo? ¿De qué nos ha servido
conocer el fascinante hallazgo del inconsciente, si es otra oferta
acomodadora y sometedora que llega a bocanadas de la oficina psicoanalítica,
como nos recuerda J. Lacan? ¿Para qué conocimos el sentido
de la angustia kierkegaardiana? ¿En que lodazal podemos tirar
a ese Dios todopoderoso y justiciero? ¿Para que mierda salimos
de las cavernas? Para nada, absolutamente para nada que no sea el seguir
arrastrando la tragedia de ese desamparo inaugural. La actualidad política,
social y científico-tecnológica, han configurado un espacio
de total perversión, donde todo es mercadería intercambiable
y cuantificable en todos los ámbitos del ser. Se cambia un riñón,
un chip, un presidente, un estado, una vida, miles de vidas, a cambio
de una cantidad de dinero. Lo que de subversivo podía tener
el comunismo, el movimiento hippie, el budismo, el psicoanálisis
(en cuanto formas originales de dar salida al desamparo, nada mas)
se ha integrado en los parlamentos, en los grandes almacenes o en la
oficialidad psicoanalítica que pone al servicio del valetodismo
actual, la reeducación emocional, la construcción de
un yo fuerte, o peor aun, una religión repleta de dioses
menores, en el mejor de los casos, ridículos y en el peor nauseabundos.
El salto cualitativo que significó el paso de
la manada a la civilización, se ha agrandado hasta el infinito
en la medida en que estas perversas derivas solo son conceptualizables
desde las producciones de una cultura, desde la propia civilización.
No es cierto que hayamos regresado al mundo de las cavernas, nos hemos
alejado absoluta y definitivamente de él. Estamos a un paso
de romper la dialéctica entre naturaleza y cultura, pues la
naturaleza se nos aleja cada vez mas, siendo ahora un pequeño
vestigio, posiblemente condenado a la extinción. No es ya necesario, óvulos
ni espermatozoides para la creación de seres, no digo ya siquiera
padres y madres, ni progenitores, ni funciones. Digo que las alteraciones
en el ámbito de la producción cultural- léase
civilización- han llegado al punto en el que la naturaleza
es prescindible. Se podrían crear ya, humanoides o partes humanoides
en los laboratorios del gran capital, del feroz capital, igual que
se crean clones animales, especies vegetales, subespecies animales,
seres robóticos, todo ello bajo el amparo de una moral políticamente
correcta, convencional, de una ética del bienestar, en la que
no solo lograremos la ausencia de enfermedad, la eterna juventud, sino
que tocaremos con la punta de los dedos la eternidad, la inmortalidad.
¿Desde qué ética se justifica
la barbarie de las guerras últimas? ¿Desde dónde
se puede arbitrar un conflicto, sino exclusivamente desde los intereses
puramente económicos? Ya no hay ideología sino es bajo
la forma de pensamiento único. Se han dinamitado, en función
de la justicia, todas las diferencias, creando un sistema en el que
la cancelación de todas ellas, es el objetivo supuestamente
justo y libre. Se pretende una igualdad, una uniformidad, en la que
no quepa la discrepancia, pues se trata del bien común. Hombres
y mujeres, adultos y niños, blancos y negros, homosexuales y
heterosexuales, no pueden manifestar ni una sola diferencia, pues no
es correcto en el pensamiento único. Todo ello en nombre de
la tan cacareada igualdad. Es obvio que no hablo de derechos, esto
tendría que estar tan claro que no debiera ni de plantearse.
Se trata, en este orden social fruto del mercantilismo, de sostener,
de mantener las mismas desigualdades existentes, el mismo oprobio de
todos los tiempos, disfrazado de derechos en forma de declaraciones
universales, que van engordando lo inútil de las grandes
proclamas, cancelando las diferencias. Una civilización es más
justa cuantas mas diferencias sostiene. ¿Quién en su
sano juicio puede decir que hombres y mujeres, o que adultos y niños
o que blancos y negros o que homosexuales y heterosexuales son iguales?
Son radicalmente diferentes, por fortuna. Pero esa diferencia, no implica
renunciar ni un ápice a ningún derecho, basado en esa
diferencia. La igualdad de la que se nos habla en las grandes declaraciones,
es la perfecta manera con la que se introduce el pensamiento único,
en el que es justo que un país invada a otro con el único
objetivo de esquilmarle, pero en nombre de los derechos humanos, pero
es un acto terrorista el que ese país, se defienda. Es perfectamente
lícito el que diariamente mueran de hambre, de inanición
decenas de miles de personas, mientras se arrojan al vertedero los
excedentes alimentarios, para no deteriorar la economía de mercado,
pero es un acto criminal el que alguien robe un supermercado. Es perfectamente
legal que se dilapiden recursos energéticos, anunciando en los
carteles luminosos de las urbes de occidente, las bonanzas del sistema
capitalista, pero es un delito punible el que en un suburbio se enganche
una luz sin contrato. Mientras tanto, declaramos a toda voz una carta
de derechos humanos, con la que pacificar y enturbiar la visión
de tan grotesco espectáculo. Uniformemos, pongamos de uniforme
a todos los “libres e iguales” ciudadanos, creando un ejército
de necios útiles, de silenciosos vasallos: hombres, mujeres,
niños adultos, blancos, negros, homosexuales y heterosexuales.
Se habla de tolerancia, de democracia, de igualdad, con la impunidad
que solo da el poder absoluto y la política de la confusión. Se
ha enajenado, en función de ese poder, las palabras, porque es ridículo
hablar de tolerancia, sabiendo que hay cosas absolutamente intolerables. Se
nos pretende inculcar que hay que tener un respeto absoluto por todas las opiniones,
cuando solo es posible un mínimo crecimiento si hay divergencia, justamente
porque las opiniones no están ahí para ser respetadas, bien al
contrario, las opiniones no pueden ser el estancamiento del discurrir, están
ahí para perderlas absolutamente el respeto. Lo que es respetable son
las personas, no las opiniones. El caer en una especie de valetodismo en función
del respeto a todas las ideas, es tan peligroso como la falta de respeto
a las personas. ¿Son respetables o tolerables las ideas racistas, xenófobas,
autoritarias, fascistas o nazis? Se habla de democracia (demos pueblo y cratos
poder), como único valor posible adherido a una justicia, pero con
el perverso conocimiento de que no queda ya nada de “demos” y que
solo se trata de “cratos”. Pero cabe preguntarse ¿por qué todo
esto? ¿Por qué se ha permitido una perversión de tal naturaleza?
Porque en esa salida de la manada, que conllevaba la entrada en el desamparo,
todo era válido si se garantizaba una esperanza para resolverlo, para
cancelarlo.
En la inauguración de la trascendencia, de la
reflexión, creamos una cívitas que nos arropaba en ese
devenir del desamparo. Si no puede ser para mí, lo será para
mi prole, sabiendo que en ese acto, no solo hablo de la finitud y de
la mortalidad, sino que de alguna manera, también me acerco
a la de la inmortalidad y la infinitud. Yo, también soy mi prole,
mi tierra, mi patria, que siguen y siguen, alargando de alguna manera,
mis límites, mi finitud. La trascendencia conllevaba una idea
del amor. De un amor variado y múltiple. Amor a los hijos, a
la naturaleza, a la pareja, a la familia, a la patria, a los amigos.
Con el amor y la ética que supone, se abría el paso del
desamor y de la absoluta falta de ética. Si yo no puedo, que
mis hijos puedan o que el planeta pueda o que mis amigos puedan o sino
iniciaré el camino de la santidad o de la absoluta coherencia
y alguna vez mi prole y mis semejantes se sentirán orgullosos
de leer el epitafio de mi tumba: “Fue un buen hombre” o “fue
el paradigma del honor”. Con eso se negocia para perpetuar el
sistema. Solo es posible concebir el amor, la felicidad, la honra,
la moral, la coherencia, cuando se compara con el desamor, la infelicidad,
la deshonra, la inmoralidad o la incoherencia. Por eso mantienen de
la misma manera el sistema de protección del desamparo, G. Bush
que Sor Teresa de Calcuta. Ambos son peones del mismo sistema,
del mismo entrelazado de vínculos destinados al mantenimiento
de una esperanza que somete y condena al individuo. No hay salida.
Y es ahí, justamente ahí, donde pienso
que tiene un lugar el psicoanálisis, en el no hay salida, siempre
y cuando lo podamos ver desde la perspectiva en la que primeramente
Freud y posteriormente Lacan, lo situaron inequívocamente, no
doctrinariamente; lo situaron para poder ir pensándolo, en lo
subversivo, es decir una acción, un pensar, dirigido a
atentar contra la seguridad interior. Quisiera detenerme en este punto
unos instantes, para dar cuenta de lo que yo entiendo, cuando J. Lacan,
nos habla de la “Subversión del Sujeto”. Subvertir
hace referencia a alterar, hacer que cierta cosa deje de estar o marchar
con el orden establecido o con normalidad; es la revolución
del orden establecido. Proviene del latín, “sub-vertere” que
es volver cabeza abajo. Y ¿por qué Lacan nos propone
la subversión del sujeto?, incluso más aún ¿por
qué nos habla de Sujeto? ¿Cual es el orden establecido
o lo normal, lo sometido a norma? El sujeto que inaugura Freud y posteriormente
desarrolla Lacan, desde esta perspectiva de fuera del orden establecido,
no es el sujeto cartesiano, ni el sujeto kantiano, es el sujeto de
la pulsión, el sujeto del deseo, que Freud descubrió en
el inconsciente y que Lacan lo desarrolla como el efecto de la inmersión
del hombre en el lenguaje, de su desarrollo en ese ámbito. A
eso se refiere cuando nos habla del infans, del infante, del camino
hasta llegar a la apofántica, como posibilidad de enunciados
que puedan ser verdaderos o falsos. Ese es el Sujeto del psicoanálisis
y no otro. El orden establecido, era el producido por el secuestro
del hallazgo freudiano, acomodándolo socialmente, adecuadamente
a un orden, en el que un yo fuerte, permitiera seguir en la línea
de obturar su carencia mediante la adecuación consumista, mediante
el objeto sacro del capital.
Lacan dice, lo mismo que en su día las corrientes
antihumanistas, con Freud a la cabeza: alteremos ese orden, subvirtamos
ese orden de adecuación, saquémosle a lo descarnado de
su deseo inconsciente e inmerso en la tragedia irreparable del lenguaje,
de la poética. Empujemos donde no hay salida.
“Salen a recibirnos y les traemos la peste”.
Ese lugar, pertinente del psicoanálisis, forma
parte de lo que no sirve, de lo que no es siervo de nada, de
ningún dios, de ningún amo, de ningún objeto agalmático
que deslumbre con su envoltorio. Es la utopía. Mantener la utopía
es como mantener la vista en el horizonte, siempre que andamos hacia él, se
nos aleja, se nos escapa, pero es justamente lo que nos permite seguir
andando. Eso permite la utopía, andar. Andar por los vericuetos
del deseo, es decir del inconsciente y por ende del lenguaje. Andar
errante, como los no ingenuos, como los no necios. Les non dupes,
errent. Caminar por donde no hay salida, comprimiendo el espacio,
provocando un cierto acontecimiento, una suerte de big band ontológico*(licencia
que hago por la homofonía entre big bang y big band, dando constancia
de las palabras en su maravillosa musicalidad poética, inherentes
al ser humano y excluyendo el bang onomatopéyico de un disparo,
sin renunciar en esa homofonía a la explosión que
supone todo acontecimiento).
Muchas son las voces que hablan de no salir, de
responder desde esa forzatura del pensamiento que significa incorporar
el desamparo y la finitud como la esencia de la estructura del ser
humano: A. Badiou, S. Zyzek, P. Virilio, P. Sloterdijk. Muchas son
las voces que advierten del peligroso mundo de la evitación
del desamparo por la vía del estado del bienestar; léase
la desproporcionalidad de la injusta desigualdad, lo mismo que muchas
son las voces que proclaman vehementemente como respuesta, la solución
de la igualdad globalizante, de la cancelación de las diferencias
en el mundo globalizado. Ante tamaña perversión que significa
el afianzamiento de un primer mundo donde solo haya objetos y un tercer
mundo donde solo haya esclavos moribundos, solo puede pensarse el sabotaje,
el boicot activo desde aquellos pensamientos y praxis que, repito,
no estén al servicio de nada, que no sirvan para nada, a nada
ni a nadie, estar sin razón alguna. El psicoanálisis
no puede disfrazarse, perdiendo su esencial subversión, de filosofías
pertinentes ni mucho menos de psicoterapias adaptativas. El psicoanálisis
entraña una ética que compromete indisolublemente, borromeamente,
su praxis clínica y su cuerpo teórico, pues lejos de
ser dos cosas, son una y la misma cosa.
La ética analítica no puede mantener acercamientos
frívolos con los mercaderes de la salud total que diluya el
espacio de la finitud, de los amos que juegan con la inmortalidad,
de los dueños de la no decrepitud, de los generales que acogotaron
con la bomba atómica, lo mismo que ahora acogotan con la bomba
genética y la informática, como nos diría P. Virilio.
El psicoanálisis no admite otra posición que no sea la
de la subversión sin concesiones. El desamparo y la muerte,
lo mismo que la sexuación, la castración y el lenguaje,
nos pertenece por esencia, por estructura. No admite derivaciones ni
representantes. No caben pensamientos ni doctrinas oficiales,
no hay doctrinas representantes, uno se representa a si mismo, no hay
internacionales, no hay oficina psicoanalítica, no hay diagnóstico
de freudiano o lacaniano, no hay mas que producción sostenible
desde lo teórico-clínico en permanente debate, en permanente
estado de revisión, de pensamiento personal, de hacerlo propio.
Cuando A. García Calvo, nos dice que es consolador saber que
ningún poder ni político, ni social puede cambiar la
sintaxis, puede adueñarse de ella, da valor inequívocamente
a lo que ahora sostengo. Aprendí de joven que en el saber no
hay propiedad privada, por eso enuncio con el descaro propio que el
psicoanálisis sostiene, que yo descubrí el inconsciente,
que yo elaboré el nudo borromeo, que el concepto de angustia
Kierkegariana me pertenece, lo mismo que el ser de Heidegger, la Psique
de Aristóteles y las paredes húmedas y sombrías
de Pessoa.
2.-SOBRE ILUSIONES Y ESPERANZAS.
En principio, yo creo que sería necesario poder establecer
distintos planos de convocatoria del humano, en tanto objeto de investigación
y en cuanto a nosotros mismos, sujetos de desarrollo. Ese es el gran
problema y la grandeza del psicoanálisis, que mientras convocamos,
somos convocados e invocados en cada una de las palabras que decimos. Ítem
mas, las propias palabras, que nos determinan, son a la vez el vehículo
con el que realizamos nuestra investigación y no nos son ajenas,
pues cada una de ellas tiene las resonancias propias de la evocación:
es decir, para nosotros, sujetos, psicoanalistas, seres del lenguaje
y la literatura y la poética, seres del continuum vital que
supone la existencia, seres de infortunio y repeticiones, seres vivos,
etc., etc., nada nos es ajeno y creamos y recreamos cada una de las
cosas con las que nos topamos, como novedosas,; como nos dice J. Lacan,
somos usuarios del lenguaje, no creadores.
Dicho esto, el hablar de la estupidez de la esperanza,
no nos separa de ella, pues ese miedo atávico que nos vincula
al desamparo, tiene como valedor, la esperanza, porque sino sería
sostener la existencia en un puro acto mortal. La estructura humana,
al igual que porta el desamparo, nos vincula con una cierta esperanza,
incluso a los más escépticos, porque somos del imaginario,
lo mismo de lo simbólico o lo real.
Para el inconsciente no hay razón y se nos revela
insuficiente la voluntad. Con la estructura carencial del ser, que
es ontológica, no media plan alguno, no hay posibilidad de cancelarla
sino se cancela la propia vida.
Claro que ilusión, tiene que ver con iluso y claro
que nos pueblan ilusiones. Lo que sostengo, es que el capitalismo feroz
enajenó esas ilusiones y se las apropió para venderlas
en forma de objetos de consumo que obturen el agujero carencial de
la existencia, el boquete de nuestra propia ontología. Es imposible,
pero de una eficacia controladora fantástica, además
de generar un sistema que se alimenta a si mismo. ¡Produzcan,
consuman y mueran, dejando paso a otros que procedan de la misma manera!
Por eso es que ni la ilusión, ni la esperanza, ni el colaboracionismo
son eficaces, ni es subversivo. Es simplemente inútil. Pero
el amor, también lo es y no podemos dejar de amar, paradójicamente a
quien no es, desde quien no somos.
Claro que tenemos ilusiones, porque somos seres del imaginario.
Claro que tenemos esperanzas, porque los embistes de lo real, son durísimos. ¿Qué hacer
ante la muerte? Claro que no nos podemos dejar de hablar, porque nuestra
salida es lo simbólico y por supuesto, es obvio que no podemos
dejar de hacer síntomas, porque sin ellos nuestra existencia
se nos revelaría insostenible, porque el síntoma anuda,
conforta, protege, porque “en la neurosis, la queja y
el goce, son una y la misma cosa” (Fabián
Appel, “Las pasiones del ser”, Pág. 134) pero
eso es harina de otro costal.
Cuando hablo de que no podemos convertir al psicoanálisis
en una práctica adecuadora, adaptadora social, que es lo que
fundamentalmente impera, hablo de eso, de empujar en donde el espacio
queda comprimido a la realidad de nuestra vida. Por eso digo que no
vale para nada y ese no valer para nada, justamente lo saca,
lo aleja del mercaderío capitalista. En el capitalismo, todo
tiene que tener una servidumbre, todo tiene que servir para algo. Nada
permanece autónomo a su compleja maquinaria. El tiempo, el espacio,
la salud, la democracia, la globalización, todo esta al servicio
de algo. Por supuesto nosotros tenemos que estar al servicio del supremo
ALGO, avalado además por las corrientes humanistas religiosas,
que nos trasmiten que estar en actitud de servicio es algo piadoso
y garantiza una parcela de inmortalidad al lado del A absoluto, donde
todo estará reparado y ordenado. Esa es la esperanza de corte
comercial, que se sostiene con pequeñas ilusiones cotidianas.
No me refiero a las cosas que nos puedan entusiasmar, a ni a los anhelos
que podamos tener, me refiero a las ilusiones que primero nos robaron,
al igual que las palabras y luego después de una manufactura,
nos las vendieron a diversos precios, al alcance de cualquier bolsillo.
3.-SOBRE ALGUNOS CONCEPTOS PROBLEMÁTICOS.
Herencias y hegemonías psicoanalíticas
Bien sabemos que los discípulos de S. Freud estaban
condenados al extravío, a posiciones más o menos erráticas,
por lo que significó la incorporación del pensamiento
freudiano a las diversas disciplinas tanto de índole social
como científicas. La densidad de un pensamiento que descentra
al ser humano de la conciencia, la razón y la voluntad y lo
sitúa en el ámbito del inconsciente, tuvo como consecuencia
no solo el advenimiento de las pasiones de sus seguidores, sino
una cierta militancia ulterior en la que los orgones o los penes voladores
o el inconsciente colectivo poblaban los textos de sus entusiastas
y críticos discípulos. No solo en la prehistoria del
psicoanálisis tales posiciones fueron las que de alguna manera
prevalecían en los desarrollos teóricos. La historia
personal de nuestro encuentro con el psicoanálisis, significó en
muchos de nosotros la creencia de que tal revolución, a las
luces de las teorías (las mas de las veces reinventadas o forzadas
hasta su límite) era viable de la misma manera y con el mismo
desarrollo que las revoluciones sociales, negando ese inconsciente,
en la medida en que se trataba de pedagogía, imperativos, puro
imaginario.
El entusiasmo del encuentro inicial con el psicoanálisis, fue
seguido por una lectura mas crítica y sin prejuicios, por una
formación, por un psicoanálisis individual, etc. y eso
nos permitió descubrir una nueva manera de focalizar un cierto
entusiasmo, una curiosidad, un interés. Profundizar en el pensamiento
freudiano, tratando de ver donde avanzar, donde localizar las insuficiencias,
las carencias, lo que no había.
J. Lacan propuso a la comunidad psicoanalítica
un retorno a Freud, una vuelta a los textos originales. Propuso, además, leerlo
con instrumentos que a Freud le faltaron y desde otros que no
fueron considerados en ese momento: Ginebra 1910, Petrogrado 1920,
estructuralismo, nuevas consideraciones del pensamiento científico,
Hegel, Heidegger, Kierkegaard, De Morgan, Kojève, Derrida, Jakobson,
R. Lulio, Boole, Marx y toda la literatura contemporánea a Lacan,
para no perder la tradición poética del pensamiento freudiano.
Los seguidores del pensamiento freudiano-lacaniano, están
en gran parte condenados también al extravío, sobre todo
si en el trayecto se encuentran como el desarrollo del pensamiento
freudiano, con todas las trabas de índole política, de índole
comercial, cuestión que no merma en modo alguno, la genialidad
de los diferentes pensamientos actuales, pero que lo acotan en banalidades
y convenciones políticas.
No se de qué pastel se trata, pero pareciera que hay alguno
que repartir. Los síntomas que sucedieron al advenimiento del psicoanálisis
se perpetúan, mas allá de los límites que la cordura y
la coherencia que el pensamiento freudiano y lacaniano trasmitían, por
la vía de la monarquía hereditaria. Bien cierto es que la sucesión
monárquica que aconteció en la época del genial vienés,
no es la misma que en la acontecida en la época de Lacan. Les separa
una gran altura de pensamiento, si bien ambos herederos, tienen el mérito
de haber difundido el pensamiento psicoanalítico. Siempre se queda algo
entre los dedos. Entre “Neurosis y sintomatología en la infancia” de
A. Freud y “El banquete de los analistas” de J.A.Miller, hay ostensibles
diferencias, no solo conceptuales, sino de rigor, de coherencia interna, de
documentación incluso, que hacen que podamos contemplar de manera mas
benevolente los posibles extravíos, políticos que no conceptuales, de
un pensamiento francés voraz y apropiador. Digo de “un” pensamiento
francés, pues por fortuna, son muchos, múltiples y variados los
pensamientos franceses que en la actualidad nos llegan. Pero hemos de reconocer
que hay y ha habido en lo psicoanalítico, pensamientos privilegiados
por la época; hoy existe una cierta hegemonía del pensamiento
francés, como lo hubo del pensamiento alemán o del pensamiento
inglés. Esta especie de ceguera hegemónica que enlentece los
discursos, produce como efecto, la aparición de posiciones religiosas,
de pensamientos doctrinales en torno a dogmas de fe, donde nada se cuestiona
y donde un ser supremo, un ser disfrazado de Gran Otro, autoriza o desautoriza,
opiniones, textos, pensamientos. Ese Gran Otro, reconocido por los vasallos
que esperan recibir alguna compensación, en forma de condado o ducado
psicoanalítico, revisa, propone, convoca, en nombre de lo que el cree
que es un pensamiento univoco y universal, desoyendo las recomendaciones de
quienes intentaron retornar al pensamiento freudiano: tal es la solución:
disolución.
Bien cierto es que se pueden secuestrar textos, documentos,
pertenencias que como sacras reliquias iluminen el pensamiento de quienes
son siervos del poder. Pueden secuestrar textos, existentes o inexistentes,
pueden inventarlos, pueden cambiarlos, pueden datarlos de nuevo, pero
no pueden secuestrar un pensamiento, porque a nadie le pertenece. Ya
hemos citado a A. García Calvo, volvamos sobre ello: “es
consolador saber que ningún poder, ni político, ni social
puede cambiar la sintaxis” osease no puede apropiarse de ningún
pensamiento.
El predominio infatuado de estos pensamientos marcadamente nacionalistas, no
puede llevarnos a adoptar una postura de respuesta balcanizada puesto
que constituiríamos una confusión entre lo que es del
orden del lenguaje con lo que es del orden de la lengua concreta: no
hay un inconsciente francés, ni inglés, ni alemán
y por eso no podemos pretender una reivindicación de corte
nacional-ibérico. El hecho de que el inconsciente esté estructurado
como un lenguaje no quiere decir que sea una lengua. Bien cierto es
que los problemas que nos llegan por las traducciones, no exentas de
interés, ni carentes de intención, plantean no pocos
problemas a la hora de dirigir el estudio o la transmisión psicoanalítica.
Hay, en el ámbito de la teorización psicoanalítica,
dificultades con tales cuestiones que tienen su fiel reflejo en el de la clínica.
Traducir “le Nom du Pêre, como “el Nombre del Padre”,
no solo es escaso e inexacto, sino que no refleja con rigor lo que infiere
este concepto del linaje, de la grey, de un nombre invocador y convocador,
incorporado al propio nombre. Menos aun refleja traducir “les noms du
pêre” (homofónico de “les non dupes errent”),
por “los desengañados se engañan”. El rigor conceptual
que homofónicamente nos llega de la lengua francesa simultaneando los
nombres del padre, con los no ingenuos caminan errantes (los no
necios marchan), se pierde en el juego de los engañados y los desengañados
Resultaría igualmente vano el tratar de adecuar
a una especie de jerga nacional, algunos conceptos que son ya
universales trasmisibles. Asimilar al A (Autre) el O (Otro), no solo
es banal sino absolutamente inútil. Se trata de revisar los
conceptos, más allá de su universalización. Lo
importante es que podamos reconocer en ese “A” a ese Gran
Otro, al tesoro del significante y diferenciarle de esos diosecillos
menores que a bocanadas nos llegan de la nueva y moderna oficina psicoanalítica
(parafraseando a Lacan).
S. Freud inaugura un pensamiento inseparable de una clínica:
eso es sustancialmente el psicoanálisis, sino sería una
teoría filosófica o antropológica. El genial inventor
del inconsciente nos descubrió un ser sumido en su condición
de sexuado y sexual, lacerado por sus pulsiones y conducido por sus
deseos. A partir de ahí vinieron las elucubraciones que con
tan magna aparición, estaban condenadas al extravío.
De otro lado, la genialidad de un psiquiatra llamado J. Lacan, nos
mostró los difíciles vericuetos del deseo y la estructura
del inconsciente, nos permitió entender las diferencias entre
real y realidad, en ese nudo borromeo de lo real/imaginario/simbólico
y nos representó con algunas fórmulas, (ingenuas por
otra parte), la estructura del fantasma, la transferencia, los 4 discursos,
convocando la lingüística, la filosofía, las matema(s)tícas,
pero aclarando en todo momento que se trataba de lingüistería,
filosofisteria y matematiquistería. A nadie se le ocurriría
pensar que el losange ◊, mezcla de lo inclusivo y lo exclusivo
o las fórmulas de la sexuación u otras, resistiría
el menor envite matemático. Por lo mismo, ninguna de los préstamos
que Lacan toma de la filosofía: el ser de Heidegger, la plusvalía
(como plus de goce) de Marx, la angustia Kierkegaardiana, el amo de
Hegel, la lógica de Apuleyo, etc., no podría sostener
un debate abierto en el campo de la filosofía, por cuanto, además
de préstamos, tienen el valor de meros apoyos exegéticos
para su propio desarrollo. En el ámbito de la lingüística
los apoyos que sirven de base al desarrollo lacaniano, a saber Saussure
y Jakobson en torno al significante, la significación o en las
operaciones de selección y combinación o en la metáfora
y la metonimia, o en la sustitución y el desplazamiento,
cumplen la función de avalar una línea discursiva, pero
no son en absoluto, conceptos que podrían confrontarse con los
sólidos razonamientos de una compleja disciplina lingüística.
Y no podrían en ninguno de los tres casos, primeramente por
lo escaso de sus desarrollos, en segundo lugar porque de alguna manera
son forzaturas que cumplen la función de geometrizar, de manera
más o menos vaga, un espacio donde lo psíquico se pueda
configurar desde la égida de un espíritu científico.
Tal fue la pretensión de S. Freud, cuando en su “Proyecto
de Psicología para neurólogos”, enuncia en la primera
línea del artículo que de lo que “se trata es de
hacer de la Psicología una ciencia natural”.
El extravío de sus discípulos tuvo que
ver a mi juicio con varias razones, muchas de índole político,
otras de ocupar los espacios en la sociedad recién incorporada
a la consideración novedosa de la enfermedad mental, otras las
de meros amos, es decir, luchas por puro prestigio; algunas derivaron
del delirante entusiasmo que ante tal descubrimiento produjo en muchos
de ellos, pero hubo una que sin duda presidió todas las anteriores:
la fijeza en una ciencia anclada en el substancialismo del positivismo
científico.
De la misma manera que en otras disciplinas, como la
médica quizás, el positivismo permitió avances
sustanciales, en el psicoanálisis significó un estancamiento,
por cuanto no se abrió a la conjetura, aun cuando el mismo Freud
se deslizó hacia posiciones mas firmemente vinculadas a la pregunta,
a la poética que inicia en la TRAUMDENGTUNG, ”La interpretación
de los sueños”. Lacan en su retorno a Freud, lo hace desde
este deslizamiento poético que significó los avances
más notables en la ciencia psicoanalítica. Lacan, retorna
al Freud más de la poesía (de la poiesis), que al excepcional
neurólogo que era. Si bien Lacan, (también desde la psiquiatría),
tiene sus concesiones con la ciencia médica del empirismo, (en
su tesis doctora), enseguida da la marca de su discurso: “la
verdad se distingue de la exactitud y el rigor, no excluye a la conjetura”.En
ese momento Lacan, el Góngora del Psicoanálisis, como
el mismo se llama, da un significativo avance a las ciencias
conjeturales al alejarse definitivamente del positivismo. No renuncia
a las llamadas ciencias exactas, pues de ellas se nutre para ejemplificar
algunas cuestiones vinculadas al campo de la óptica, de las
matemáticas, de la física y de otras, pero mantiene el
rigor en las más variadas conjeturas, diciendo por ejemplo,
que el psicoanálisis es una ciencia de lo particular.
En el desarrollo posterior del psicoanálisis llamado
lacaniano, (cuestión que digo con la máxima de las prudencias,
pues el término lacaniano ha dejado de ser una descripción
de una línea discursiva, para convertirse en un sólido
diagnóstico: cuando uno escucha que un psicoanalista es freudiano,
kleiniano, junguiano o lacaniano, lo escucha como cuando se dice que
alguien es un obsesivo, un fóbico o un histérico) ha
dado también posiciones erráticas, vinculadas, como los
seguidores de Freud, a pactos, servidumbres, entusiasmos, políticas
distributivas, repartos geográficos de corte cesáreo,
etc., pero ha dado algunas que considero peligrosas: fundamentalismo
dogmático, jerarquización religiosa, amparadas muchas
veces desde un desconocimiento de los textos de Freud y/o de Lacan
y las mas en ese valetodismo repleto de jaculatorias: se abrió la
temporada en la que cualquier necedad vale, si está inspirada
en alguna invocación lacanista.
Decir que Freud y Lacan dicen lo mismo, no solo
es falso, sino que revela un profundo desconocimiento de la obra de
ambos. Practicar las llamadas sesiones breves, las más de las
veces no tiene que ver con la reflexión en torno a los tiempos
de ver, comprender, concluir, sino con aspectos meramente mercantiles.
Utilizar el concepto de que la autorización y legitimación
del psicoanalista es cuestión del propio psicoanalista, ha traído
como consecuencia la perversa práctica de los necios documentados,
cancelando en algunos casos, una ética analítica
que responde a sólidos criterios de formación teórico-clínica,
psicoanálisis individual, supervisión, estudio, alternativas
al pase, discusión con otros psicoanalistas, dispositivos, que
aun siguen siendo complejos y problemáticos en tal legitimación
y autorización. La perversión que entraña el afirmar
que tales cuestiones tiene que ver con “opiniones” personales,
nos puede arrastrar a compartir espacios sociales con quiromantes,
futurólogos, sanadores, magos y toda una legión de farsantes
que bajo el amparo de un revestimiento pseudo psicoanalítico,
realizan una práctica absolutamente iatrogénica, actuadora
y letal.
No resulta baladí, la advertencia de Freud ante
los peligros que entraña un psicoanálisis silvestre,
por más que en la actualidad, donde todo se reviste de jergas
científicas, haya no pocos espacios de silvestrismo documentado,
arropado, preñado de plegarias freudiano lacanistas. Nada puede
sustituir a un complejo proceso de formación teórico-clínica,
donde el análisis individual es imprescindible. La advertencia
freudiana del silvestrismo, responde a la imposibilidad de una escucha
analítica que no esté precedida del análisis individual
personal, donde uno debe, no solo haber podido dar cuenta de la propia
estructura, sino dar cuenta de su deseo, de ese deseo que significa
ocupar la difícil y compleja posición de analista,
en la que uno no solo debe destituirse de ese lugar de Gran
Otro, donde las identificaciones enturbian lo transferencial, sino
que además ha de poder direccionalizar la cura con su paciente
por el lugar de un saber, desconocido, que ha de permitirle hacerse
cargo de su queja, saliendo de la inmovilidad que representa no ser
el protagonista de su historia, de su deseo. La inmovilidad y el desconocimiento
que significa el no hacerse cargo de su queja, por parte de ese ser
que llega con una demanda, pasa, en una crucial pregunta, a ser constituido
como un saber: ¿Qué tiene usted que ver en lo que denuncia?
En la época de servicio militar en España,
(cuestión que desconozco en lo personal, pues fui declarado
no apto, inútil, para el servicio militar. Por primera
vez estaba absolutamente de acuerdo con la jerarquía militar
española; yo también consideraba que era absolutamente
inútil para tal servicio) cuando a los soldados se les entregaba
la cartilla militar, había varias consideraciones de sus aptitudes
y de sus logros y cuando llegaba a la casilla del “valor”,
siempre se rellenaba con: “se le supone”. Era como la mínima
regla para poder establecer un acuerdo, un pacto: suponer un valor
en el soldado. Ese Gran Otro, que es la autoridad militar para el soldado,
le suponía un valor. Ese valor supuesto en el soldado y que
el cuestiona o desconoce por completo, le habilitaba para el acuerdo
que ambos suscribían.
Digamos que es una suposición para establecer
un lugar desde donde ponernos a trabajar. En el análisis es
igual. Se supone que hay un Sujeto y se supone que hay un saber.
En todos los psicoanálisis, para poder establecer
ese pacto, es necesario que consideremos ese saber en el analizante
desde donde dar cuenta de su queja, desde donde sostener una explicación
posible a lo que de desconocido tiene su lamento, su desdicha, pues
se trata de un saber que no comporta el menor conocimiento, como nos
lo señala J .Lacan. Se ha de suponer que tiene ese saber, a
pesar de su gran desconocimiento, de su desconcierto, de su insistencia
en negar todo saber de si, porque sino sería imposible establecer
un vínculo. Es más, la mayor parte de las veces acuden al
analista a por las respuestas que den sentido a su dolor. Es el analista
el que, mediante la pregunta acerca de ese saber único e individual
al analizante, le saca del espacio de la certeza en que previamente había colocado
al psicoanalista y es ahí donde se constituye en Sujeto
(Es necesario puntualizar que se trata estrictamente del Sujeto del
psicoanálisis, concepto muy preciso de la teoría psicoanalítica
lacaniana y no de otro sujeto, que en el orden mas coloquial, responde
a individuo, persona, ser humano).
De antemano pido disculpas por todo el cúmulo de citas que en
este apartado irán apareciendo, pero considero absolutamente necesario
el ver que es lo que dice Lacan en torno a este complejo concepto; lo que dice,
no lo que dicen que dijo o lo que cada cual interprete de su elaboración
teórica; esta será posterior. Es necesario pues no falsear
su pensamiento, para poder posicionarnos, para poder hacer nuestras, con nuestras
discrepancias, tales elaboraciones
El Sujeto-Supuesto-Saber (Sujet-Supposé-Savoir)
es un concepto teórico, que presenta no pocas dificultades y
no menos equívocos. ¿Cuál es lo supuesto: el sujeto
o el saber? Y aun Lacan nos lo pone mas difícil cuando en el
Seminario IX, La Identificación, nos señala lo siguiente: “Es
que no ha habido nunca en la línea filosófica que se
desarrolla a partir de las investigaciones cartesianas llamadas
del cógito, no ha habido nunca sino un solo sujeto que
prenderé con alfileres, para terminar bajo esta forma: el sujeto
supuesto saber. Es necesario que ustedes otorguen a esta fórmula
una resonancia especial de que alguna forma lleva consigo su ironía,
su pregunta y observen que al referirla a la fenomenología y
particularmente a la fenomenología hegeliana, la función
de ese sujeto supuesto saber toma su valor de ser apreciado en cuanto
a la función sincrónica que se despliega en ese propósito:
su presencia allí, desde el comienzo de la interrogación
fenomenológica, en un cierto punto, en cierto nudo de la estructura,
nos permitirá desprendernos del despliegue diacrónico
supuesto llevarnos al saber absoluto. Este saber absoluto mismo, lo
veremos a la luz de esta cuestión, cobra un valor singularmente
refutable, pero por hoy solo esto: detengámonos a plantear esta
noción de desconfianza de atribuir este supuesto saber a quien
fuera, ni de suponer ningún sujeto al saber. El saber
es intersubjetivo, lo que no quiere decir que es el saber
de todos, ni que es el saber del Gran Otro. Es esencial mantenerlo
como tal: el Otro no es un sujeto, es un lugar al cual uno se esfuerza,
dice Aristóteles, por transferir el saber del sujeto” (Seminario
IX; Pág. I/14)
Es obvio que hay que suponer un sujeto, portador de una
demanda, pero no es menos cierto que hay que suponer un saber, un saber
hacer y por otro lado un saber individual. El analizante atribuye un
saber al analista con toda rotundidad (saber instituido). Es
esa rotunda certeza la que inaugura la transferencia, cuando el analista
en un movimiento simultáneo, en esa dialéctica del saber
intersubjetivo, le supone al analizante un saber, diferente en cuanto
instituyente. “La transferencia solo puede pensarse a partir
del sujeto a quien se le supone el saber…Se supone que sabe
eso de lo que nadie escapa una vez formulado: simple y llanamente la
significación…. Al sujeto se le supone saber, por el
mero hecho de ser sujeto de su deseo…. Detrás del amor
llamado de transferencia está la afirmación del
vínculo del deseo del analista con el deseo del paciente”. (Los
cuatro conceptos, Pág. 261, 262).
En la misma línea discursiva, en la que siempre
están comprometidos analista y analizante, Lacan añade: “¿Qué sucede
cuando el sujeto empieza a hablar al analista? --al analista,
esto es al sujeto al que se le supone saber, pero de quien se sabe
que aun no sabe nada. Al analista se le ofrece algo que, necesariamente,
cobra primero la forma de la demanda…. Pero ¿qué demanda
el sujeto? Esto es el meollo del asunto, pues el sujeto sabe muy bien
que sean cuales fueren sus apetitos, sus necesidades, ninguna encontrará allí su
satisfacción”. (op. Cit. 276).
No se trata de lo que el analizante le otorga, un saber
absoluto, pero si que debe de encarar un cierto saber, esa es la garantía
del análisis y que se inaugura en cada análisis individual,
lo que permite que el hecho de la singularidad transferencial se abra
paso en el espacio de una firme convicción. Veamos de que manera
explica Lacan estos conceptos: “En cuanto hay, en algún
lugar, el sujeto que se supone saber, que hoy abrevié como S.s.S.-
hay transferencia… Ningún psicoanalista puede representar,
ni aun remotamente, un saber absoluto… ¿Quién
puede sentirse plenamente investido de este sujeto al que se le supone
saber? El asunto no es ese. El asunto es, primero, para cada
sujeto desde dónde se ubica para dirigirse al sujeto al que
se supone saber. Cada vez que esta función puede ser encarnada
para el sujeto por quienquiera que fuera, analista o no, de la definición
que acabo de darles se desprende que la transferencia queda ya fundada….
Si ocurre que para el paciente ya está encarnada en alguien
determinado, en una figura asequible a él, surgirá, para
quien se encargue de su análisis, una dificultad muy especial
para hacer obrar la transferencia… aun el analista mas
tonto se da cuenta de ello, lo reconoce y dirige al analizado hacia
lo que sigue siendo para él el sujeto al que se supone saber… la
experiencia demuestra que el sujeto al entrar en análisis, no
le concede, ni mucho menos, este lugar”(op.
cit.241).
Pero aun es mucho mas expeditivo
en este punto cuando nos habla de qué manera se va instalando
la certeza en el analizante cuando dice: “Se da por sentado
que algunos sujetos pueden cuestionar el análisis desde el
inicio y aun sospechar que no es mas que un señuelo, ¿cómo
es posible que en torno a ese engañarse se detenga algo? Aun
el analista cuestionado se le atribuye una cierta infalibilidad y
debido a esta infalibilidad se adjuntará a veces una intención
a un gesto suyo hecho al azar.- ¡Usted hizo eso para ponerme
a prueba! (op.cit, 242)
Y sin embargo es necesario que ese saber, ese saber hacer del analista,
que básicamente es no ser un Dios para su paciente, entre
en funcionamiento. “Su formación exige que sepa, en
el proceso por donde conduce a su paciente, en torno de quien gira
el movimiento. El psicoanalista tiene que conocer, a él debe
serle trasmitido, y en una experiencia, en torno a quien gira el asunto.
Este punto axial es lo que designo con el nombre de deseo del
psicoanalista.”(op. Cit. 239).
Esa inclusión de ambos en el proceso analítico,
que es un saber, es exactamente igual en el fenómeno de la transferencia: “La
transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y
al psicoanalista. Dividirlo en términos de transferencia y contratransferencia,
por mas atrevida y desenfadadas que sean las afirmaciones sobre el
tema, nunca pasa de ser una manera de eludir el meollo del asunto”.
(Seminario11, pag239)
Desde siempre, este concepto teórico, se ha venido situando
en la mayor parte de los teóricos del psicoanálisis, únicamente del
lado del psicoanalista, como atribución previa que el analizante
otorga al individuo al que decidió hacer depositario de su queja,
de su demanda. Pero detengámonos un momento en ese paso. Verdaderamente
un individuo, una persona (que aun no es Sujeto, pues este emergerá de
una relación, de una pregunta, de uno de los momentos discursivos) ¿podría
ponerse en manos de alguien al que le supone un saber? ¿O más
bien, parte de la certeza de que tiene ese saber, la firme convicción
de que es poseedor de ese saber para poder empezar a hablar de si mismo?
De no ser así, sería impensable que el individuo
pusiera en manos de nadie su desamparo.
Hay un momento en el que Lacan, cansado de tantas jaculatorias
en torno a este concepto y de tanto lacanismo, en cierto modo comprensible,
plantea con total rotundidad de que se trata toda esta cuestión
en torno al Sujeto supuesto Saber y nos dice de manera expeditiva “Lo
que se le pide al psicoanalista, ya lo indiqué en mi discurso
la última vez, no es lo que concierne a ese sujeto supuesto
saber, en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia,
entendiéndolo como es habitual de forma un poco sesgada. A menudo
he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista
instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que
se dispone a empezar: Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es
a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber.
Después de todo no hay en ello tanta mala fe, porque en
este caso el analista no puede fiarse de nadie mas. Y la transferencia
se funda en esto, en que hay un tipo que me dice a mí, pobre
estúpido, que me comporte como si supiera de qué se
trata. Puedo decir lo que sea y siempre resultará. Esto no
le pasa a uno todos los días. Hay causa de sobra para la transferencia.
¿Qué es lo que define al analista? Ya lo he dicho.
Siempre dije—solo que nadie entendió nada y por otra
parte es normal, no es culpa mía—que el análisis
es lo que se espera de un psicoanalista. Pero evidentemente, habrá que
tratar de entender qué quiere decir lo que se espera de un
psicoanalista…Lo que se espera de un psicoanalista es que
haga funcionar su saber como término de verdad. Por eso precisamente
es por lo que se encierra en un mediodecir… Al analista,
y solo a el, se dirige esa fórmula que he comentado tan a
menudo, wo Es war, soll Ich werden*. Si el analista trata de ocupar
este lugar arriba a la izquierda* (discurso analítico) que
determina su discurso, es precisamente porque no está ahí,
en absoluto por si mismo. Es ahí donde estaba el plus de goce,
el gozar del otro, adonde yo, en tanto profiero el acto psicoanalítico,
debo llegar” (Seminario. 17, Pág. 55 y 56)
En relación con este Sujeto supuesto Saber, esto
es lo que, no exento de dificultades y aparentes ambigüedades,
nos dice J. Lacan.
*.-Donde Ello era, Yo debe advenir.
*.- el discurso analítico se representa justamente así: a → $
S2 S1
Por mi parte, lo que yo planteo es que no hay sujeto de entrada;
sujeto del psicoanálisis, no individuo. Emerge en el momento
en que el analista le supone un saber, le supone un saber en su decir
y ahí se instala, para ambos, la transferencia. Ese es el sujeto
que en el devenir del análisis se hace cargo de su ser mortal,
sexuado, hablante y carente, perforado. Esa es la pregunta que le dirige
Freud a Dora: “Dígame, usted que sabe mas allá de
lo que dice, qué tiene que ver usted con lo que denuncia”.Y
se lo dice, desde la autorización que ella le da al otorgarle
con certeza un saber del mundo y de ella misma. Dora cree que el doctor
vienés la puede descifrar las claves de su padecimiento, de
su desamparo. Dora no solo le pide que conozca, sino que la reconozca.
Freud, saliendo de ese saber absoluto, le pregunta con aparente ingenuidad
y una gran astucia: ¡no, no! Diga usted lo que sabe, mediante
lo que pueda decir, porque lo que yo se, no es lo que usted cree que
yo se. Yo tengo un saber totalmente inesperado. Yo solo se conducir
una cura, yo solo se dirigir unas preguntas. Bien cierto es que en
ese momento, impulsado por su entusiasmo y su firme convicción,
se precipita y le inquiere, mas que le pregunta: Dígame la verdad,
toda la verdad y nada más que la verdad. Dora, indignada y seguramente
asustada, sale despavorida de su consulta. Tuvo que pasar algún
tiempo para que supiera que “El inconsciente es testimonio
de un saber en tanto que en gran parte escapa al ser que habla”.
(Seminario 20, Pág. 167).
Esto marca las diferencias entre lo que podemos considerar
como un saber instituyente y un saber instituido. El saber instituyente
es el que le supongo al analizante, al individuo que se torna sujeto,
a partir de que se hace cargo de ese saber, de ese saber instituyente
e inaugurador que le abre la inmensidad de las preguntas en torno a
ese saber de sí; lejos de obtener respuestas, al analizante,
se le abren nuevas preguntas que le van dando una nueva perspectiva,
en la que la relativización le separa del ámbito
de una suerte de decálogo y de imperativos y de demandas ajenas,
permitiéndose la posibilidad de responder desde si, a
un ¿quién soy?, ¿qué quiero? Es ahí donde
puede escapar de la paralización del síntoma que insiste
y se repite, proporcionando lo que Freud llamaba beneficio secundario
del síntoma y que Lacan lo ve como el cuarto anillo borromeo,
que anuda a los otros de lo real, lo imaginario y lo simbólico.
Por eso la característica del síntoma es la repetición,
porque de esa manera podemos soportar la tragedia de la existencia
en tanto mortales, en tanto desamparados. El síntoma de
alguna manera, pacifica tanto como aliena. El síntoma es el
refugio de la tragedia existencial y el análisis lo pone en
evidencia, eso también es lo subversivo, lo que se sale del
perfil de la adecuación, pudiendo soportar las contingencias,
los avatares, los infortunios cotidianos, lejos de la insistencia tenaz
de un síntoma esclavizante y pacificador al mismo tiempo. Freud
nos dice que el psicoanálisis cambia la miseria de la repetición
neurótica por el infortunio de todos los días.
El símbolo del cristianismo es la cruz y la cruz a su vez
es el símbolo de un atroz sufrimiento, de una muerte redentora. Pero
la cruz mantiene al rebelde nazareno erguido, con todo su poder. Ese poder
de la cruz, que le hizo crecer desde las catacumbas hasta el último
rincón del orbe, desde un mísero pesebre hasta los palacios arzobispales,
hasta el insultante lujo vaticano. Pero si esa cruz ¡qué tanto
le hace sufrir! desapareciera, el Jesús-Cristo (Cristo en tanto el Ungido)
caería como un pobre guiñapo y solo sería un jesús
muerto y anónimo, en paños menores.
El saber instituyente abre la marca de una pregunta,
funda un espacio de saber inagotable que se manifiesta, que se expresa
dando cuenta de la existencia. El saber instituido se aprende en las
escuelas, se escribe en libros, se memoriza, se archiva en las bibliotecas,
da cuenta de titulaciones, de cargos, de jerarquías. El saber
constituido permite la erudición, pero no la sabiduría.
Por esa razón le decimos a los analizados: no es de ese saber
instituido de lo que trata esta historia, es de un saber que eclosiona
y del que es usted portador. El paciente viene creyendo que el analista,
desde un saber instituido, le dará las claves de su infortunio
y en una decepcionante pregunta le dice: “usted; es usted el
que sabe; hágase cargo de ello”; y en el silencio del
analista, el paciente inicia sus propias preguntas.
Básicamente, “esto es lo que digo yo”, emulando
el título de un libro de E. Pérez Peña y seguramente
haciéndome dueño de algunos de sus desarrollos, al igual
que de los de Freud y los de Lacan, porque se fueron posando
en el curso de una singular experiencia, donde la transmisión
fue posible en el ámbito de mi propia exposición a
los efectos del psicoanálisis y en la singularidad del fenómeno
transferencial en ambos lugares: como analizante y como analista.
Esa, seguramente, será la manera en la que los analistas
resolvemos la incógnita freudiana del psicoanálisis terminable
o interminable: perpetuarlo bajo la forma del análisis de los
que nos llegan, con demandas ajenas, pero propias. Es hoy, casi una
certeza para mí, que somos analistas porque no hemos resuelto
lo terminable o interminable del análisis y seguimos dando cuenta,
en los que llegan con un padecer, de algunas preguntas alargando un
análisis de alguna manera interminable, caminando errantes en
el complejo mundo de lo inconsciente; eso si! Un poco menos ingenuos,
un poco menos necios
4.-SOBRE CUATRO DISCURSOS
Retomaré la última cita del Seminario 17, sobre el
discurso analítico para centrar otra de las cuestiones importantes
en lo referente a los momentos de transito en el curso del análisis.
Me refiero al paso de los Momentos de Ver, Comprender y Concluir,
asimilado con tres de las permutas circulares de los cuatro
discursos, que Lacan introduce en “el nuevo sofisma”. Cuatro
conceptos que permutan circularmente: ( S1: el amo. S2: el esclavo
o saber universal. $: Sujeto barrado, atravesado por la barra del significante
o Sujeto del análisis propiamente dicho. “a”: el
plus de goce, la diferencia). Y cuatro lugares fijos:
El agente el Otro
La verdad la producción
Estos cuatro conceptos van girando, según estos lugares, partiendo
de un discurso inicial, que es sobre el que se producen las permutas:
el discurso del amo:
S1→ S2
$ a
De la Dialéctica del Amo y el Esclavo de
Hegel, toma Lacan el primero de los discursos: el Discurso del Amo,
momento de Ver, momento que Freud señala como pre-identificatorio,
en la que al igual que el bebé, posicionado como Amo absoluto,
ve al Esclavo o saber universal (la familia, la madre) o en el caso
del analizante, en la pura situación analítica,
ve al Saber universal fuera de sí (el analista), pero que en
la pregunta analítica que le precipita en la cuestión acerca
del saber que él tiene, saber que es necesario que le supongamos,
se hace cargo de si mismo y entra en el momento de comprender, momento
identificatorio o Discurso Universitario( por lo de universitas, universal o
universo de discurso). El
momento de la identificación es el momento de comprender o tomar
el lugar del otro (en ese sentido es comprender, no en el de entender,
como cuando se dice: Europa comprende varios países: Francia,
Alemania. etc.). Con el paso a la autoconciencia, es decir al saber
de si, comprende porque se identifica con el otro: discurso
universal o universitario, donde el amo es destituido por ese saber.
A partir de esa identificación y desde la óptica freudiana,
el ser asume su yo, porque se distingue del otro y ese es el momento
del discurso analítico, donde al saber, le sustituye “a”,
la diferencia respecto del otro con el que se identifica. El momento
del discurso universitario es un momento de detención, en el
que se queda en la pura identificación, en la que S2,
el esclavo o el saber en el mundo, saber universal ha sustituido
al S1 .Pero solo reconociendo la diferencia, “a”,
y asumiéndose como tal, pasara al siguiente paso o discurso
analítico, que es el momento de concluir.
Ver como es la secuencia: S1---- S2, en la que el lugar
del agente es S1 y el del otro es S2, pero en el lugar
de la verdad esta $ y en el de la producción, está “a”el
plus de goce.
En el momento de las identificaciones, momento de comprender,
es donde se produce el desplazamiento de S1 por S2 y queda S2----a,
es decir en el lugar del agente queda el saber universal y en el del
otro, “a”, la diferencia, mientras que en el lugar de la
verdad subyace el amo, saber que no se sabe (y lo que no sabe es el
saber de sí) y lo producido inmediatamente antes, es el
$, el Sujeto.
En el siguiente paso, momento de concluir el esquema
es: a----$, es decir en el momento de concluir, que es el discurso
analítico, lo que se asume es la diferencia, como autoconciencia
de uno mismo; yo me diferencio del otro. En el lugar del agente está esa
diferencia, en el lugar del otro está $ y en el lugar de la
verdad esta el saber S2, y lo producido es el S1.
Lacan en el seminario XV (en acto analítico) nos
dice expresamente que es necesaria la comparecencia del segundo de
los discursos para poder ejercer todo acto analítico: dice textualmente “No
hay análisis si no hay un acto analítico donde la transferencia
se oferte al fenómeno singular de la identificación”,
donde en un acto de identificación transferencial, el sujeto,
que es al que le suponemos un saber, se desplaza al analista como lugar
de saber S2.
Cuando hablamos que en los momentos actuales, momentos donde el saber
universitario, asimilado en la actualidad como saber científico-tecnológico, lo
ocupa todo, se ha producido en cierto modo, un agujero en el
nombre del padre, donde los hijos se enfrentan a los padres, porque… “no
entienden”, están fuera de época. Solo vale el
saber académico, el saber universitario, el saber científico No
se discute, se acata y todo es posible.
En el discurso analítico, Lacan sitúa, en el lugar
de la verdad, justamente al saber, del que puede hacerse cargo, saliendo
de las identificaciones. En el lugar del otro, coloca al Sujeto atravesado
por el lenguaje, mortal, incompleto y sexuado (barrado y castrado,
como nos gusta decir a los analistas): destitución del analista,
de ese Otro sin fisuras y por último, en el lugar de la producción,
ubica al Amo, en la medida en que lo producido es un saber de sí.
5.- SOBRE DOGMAS Y FE.
Los conceptos, teorizaciones, desarrollos que Lacan nos propone, no
son estáticos ni unívocos, como no lo fueron los de Freud.
La propuesta de Lacan justamente es señalar el camino que implica
la posibilidad de no admitir como dogmas los descubrimientos y creaciones
de S. Freud. Por un mínimo de coherencia con su pensamiento,
todas las aportaciones que de él se desprenden, gozan de las
más variadas posibilidades de lectura y ulteriores desarrollos.
Pero tales desarrollos tienen que tener como mínimo una cohesión
y una coherencia interna que le otorguen una cierta validación,
para salir del confuso espacio de las opiniones, del “yo creo”,
mas próximo a la Fe, que al razonamiento. Forzar, como hizo
el bárbaro francés, abrió, por la dimensión
de su osadía, de su irreverente y blasfema radicalidad, que
le valió la Excomunión, un camino en el que podían
infiltrarse los farsantes antes citados, los adecuadores de conciencias
serviles, los forjadores de esclavos, los vasallos del gran capital,
de la gran maquinaria del llamado bienestar, los mercaderes de la salud
y lo que es peor, todos los que en nombre de la libertad enuncian con
absoluto descaro eso de “yo no creo que”, “yo opino
que”, como si lo complejo del espacio donde transita el psicoanálisis
fuera una cuestión de creencias o de opiniones. Justamente (y
eso nos compromete a todos los que estamos en la mal llamada “comunidad
psicoanalítica”), esa cuestión en la que la creencia
y la opinión han tenido tanta consideración, ha sido
alentada en gran medida por todos los que no pudimos o no quisimos
debatir desde lo que nos indicaban las contradicciones internas del
discurso, desde los interrogantes suscitados en cada fisura conceptual,
permitiendo que el “yo creo” o el “yo opino” fuera
la puerta de entrada, eso si, respetuosa y democrática, a todas
las barbaridades de corte psi que en
toda la existencia del movimiento psicoanalítico se han ido
produciendo. Aunque básicamente no es de mi incumbencia lo que
de mí pueda pensarse por tales aseveraciones, si quisiera aclarar,
para evitar los malos entendidos (de los que tanto se nutre el psicoanálisis),
que mi posición, al igual que mi denuncia, es una manera de
salir del dogmatismo y la fe que poco ayuda en la investigación
y el estudio. Bajo la ingenua manera de reivindicar una opinión
o una creencia, se esconde el más profundo de los dogmatismos
e inmovilismos disfrazados de tolerante espíritu democrático.
Ninguna de las ciencias, ni exactas, ni las llamadas humanas, ni las
conjeturales, son cuestiones de tolerancia y democracia, pues como
nos dice Lacan: “yo, la verdad, hablo”. La verdad habla,
a pesar de los variados intentos por silenciarla. Habla por encima
de autores, modas y servidumbres. Habla por encima de perversos devoradores,
de necios e indocumentados, por encima de traiciones, traducciones
y tradiciones momificadas. La verdad del inconsciente se impone sin
remedio, dejando en entredicho a los que en una ceremonial ingesta
caníbal, devoraron sin escrúpulos el cadáver de
Sigmund Freud y el de Jacques Lacan, creyendo que devorando su corazón,
obtendrían su sabiduría.
Yo no puedo enunciar con la impunidad de la inexperiencia
o la inmundicia de la maledicencia: “yo no creo que existan los
electrones” o “yo opino que la velocidad no tiene relación
con las coordenadas del espacio y del tiempo”.Tales cuestiones
no son del ámbito de la creencia o de la opinión. Tales
cuestiones no son del ámbito de la democracia y la tolerancia.
No se cree que hay electrones, ni se opina acerca de las variables
espaciotemporales. Tales cuestiones se razonan, se argumentan, se ordenan
en serie, se geometrizan, se observan sus efectos y sus variaciones,
se sacan conclusiones y se simbolizan y universalizan para poder trasmitirlo
y continuar su desarrollo.
En un pueblo de Castilla, un hijo preguntaba a su dogmático
e ignorante padre: “Padre, ¿Cuál está mas
lejos, la Luna o Madrid? El padre de la curiosa criatura, le respondió con
un manotazo en la cabeza, mientras exclamaba: Pero ¿tu
ves Madrid idiota, tu ves Madrid?”
El común de los mortales, el usuario, no tiene constancia
del flujo de electrones a través de un filamento conductor,
ni de su intensidad, ni de su potencia, ni resistencia, simplemente
enciende un interruptor provocando el efecto deseado y obteniendo un
resultado, lo que no significa que sea un acto de Fe religiosa o de
acatamiento, simplemente no está en el círculo de sus
intereses el conocimiento de los procesos necesarios que le llevan
a tal efecto y resultado. Pero cuando tiene que realizar una compleja
instalación eléctrica, llama a un ingeniero o a un electricista,
dependiendo del grado de complejidad. No discute de la resistencia
de los materiales, ni opina de cómo deben de ser los muros de
carga de una edificación, pero sí tiene que hacer una
casa, llama a un arquitecto y a una empresa constructora, sin ponerse
a opinar sobre los cálculos necesarios para su realización.
Las mas de las veces se confunde el tener alma, espíritu, inconsciente
y sus manifestaciones en forma de angustia, zozobra, desesperanza o
como se quiera llamar, con poseer los conocimientos necesarios para
operar con ellos y dirigir una cura. En un proceso analítico
o terapéutico, riesgo existe aun con los conocimientos
necesarios, pero sin ellos no solo es peligroso, es inmoral y cínico.
Recuerdo una conversación, que en mis años jóvenes
mantenía con un queridísimo maestro y amigo, en la que,
desde mi absoluto interés por el psicoanálisis y mi deficiente
formación (siempre es deficitaria la formación de un
analista), le comentaba, alentado por la pasión y por la ignorancia,
que yo pensaba que era absolutamente necesario, para evitar prácticas
iatrogénicas, ser una buena persona para la práctica
del análisis. Mi amigo, sin desdecirme, posiblemente para no
cancelar precipitadamente mi entusiasmo, me decía que era necesario,
pero no suficiente. Con el devenir de los años, ahora que soy
un poco menos ignorante y seguramente un poco menos buena persona,
no solo estoy de acuerdo con la aseveración de mi amigo y maestro,
sino que además, en el sentido estricto de la práctica
clínica, no cuentan las buenas personas (porque reduciríamos
el análisis a una cuestión de índole moral) pero
es absolutamente imprescindible una sólida formación
que transite por el análisis personal.
Igualmente era frecuente en los años de la revolucionaria
militancia psicoanalítica, en la que se pensaba en una cierta
pedagogía del mismo corte, que era imprescindible, como en los
músicos, el tener un “don”, un talento innato para
tal práctica, como se tiene o no se tiene un talento para la
música. Hoy estoy firmemente convencido que es así, que
el don que hay que tener es la neurosis suficiente para poder dedicar
tu vida a escuchar los padecimientos ajenos. Pero bien sabemos que
la técnica libera el talento y que de nuevo es imprescindible
la formación individual tal y como, desde una ética analítica
compartida por muchísimos colegas, pensamos que ha de anudar
en un mismo espacio, práctica y teoría analítica,
en la que, desde diversos dispositivos a tal efecto, dar cuenta del
trance del deseo individual.
Bien cierto es que la ciencia está ocupando el
espacio abierto por los vacíos religiosos mas clásicos
La ciencia ha ocupado ese lugar de certeza que la religión nos
brindaba para sostener, en una idea de infinitud del hombre, la cancelación
de la gran angustia ante el desamparo, ante la mortalidad. La certeza
es del mismo corte dogmático que antes enunciaba, por
más que sea de apariencia científica, pues ésta
cancela en gran medida el espíritu científico en la que
los avances siempre cabalgan en la cresta del error. Los grandes hallazgos
científicos son muchas veces productos de un efecto casual y
otras muchas del resultado de caminar allá donde hay fisuras
en el discurso, donde se muestra con mayor complejidad el error o la inexactitud.
Muchos mercaderes, asociados a una práctica científica, han
conseguido convertir los avances de la tecnociencia en otra mercadería
al servicio del sistema capitalista. La fórmula del “no
se preocupen, Dios se ocupa de ustedes”, se ha convertido en “no
se preocupen, la ciencia se ocupa de ustedes”. Pero lo más
insólito de tal formulación, no radica solamente en la
comercialización de los intereses sociales, sino en el hecho
de que el no preocuparse no ha inaugurado el ocuparse,
sino bajo la forma de una fe sólida de la despreocupación.
El ser humano vivió épocas en las que no se preocupaba,
sino que se ocupaba de su supervivencia y en cierto modo de su trascendencia,
sin dejarlo en manos de nadie. Eso es justamente lo que digo del alejamiento
del hombre de las cavernas de manera definitiva: salir de la ocupación
de si mismo y pasar a una forma de despreocupación, que
es la que subyace en la encomendación. Ya no estoy en manos
de un Dios bondadoso, justo, estoy encomendado a una ciencia
que dará cuenta de mi bienestar, de mi salud, de acariciar
las aristas de la eternidad. Ella sabe. Ella dispone.
Volviendo a nuestra disciplina, esa tan disputada por
propios y ajenos, repleta de autorizaciones y desautorizaciones, de
exclusiones e inclusiones, de excomuniones, filiaciones, expropiaciones,
apropiaciones, es decir a la fascinación que ejerce el saberse
sujetos del inconsciente, sostengo que en estos momentos hay
un cierto estancamiento. La frescura escandalosa que significó el
pensamiento freudiano y el revuelo, igualmente fresco de Lacan y no
menos escandaloso, tuvieron que ver con un hecho crucial: la impunidad
de su pensamiento, a saber, la posibilidad de pensar sin miedo al castigo
y sin temor a la sanción, ni social, ni política, del
Amo de turno. El ejercicio de libertad de ambos pensadores supuso un
cierto “acontecimiento”, en el sentido de Alain Badiou
(ver “El acontecimiento y el ser”). Acontecimiento que
en Badiou, supone una convulsión en la trayectoria de un pensamiento,
de una sociedad, de un sistema político, capaz de provocar transformaciones
radicales en esa trayectoria, en esa inercia. Cuando hablo de transformaciones
radicales, hablo de una alteración de la estructura social,
política o de pensamiento. No todos los hallazgos, políticos,
científicos, religiosos, o de simple pensamiento, tienen a pesar
de su importancia, ese valor de acontecimiento. El pensamiento de Proudhon
en lo referente al socialismo utópico, el descubrimiento del
oncogen, la teoría cuántica de Planck, el estudio de
la vida sexual de H. Ellis, el Concilio Vaticano II, la fascinante
mitología politeísta griega, han sido avances importantísimos
en cada uno de los órdenes que representaron, pero no revisten
el carácter de acontecimiento que supuso, la Revolución de
Octubre, que produjo un nuevo orden mundial o el descubrimiento
por parte de Fleming, de la acción de la Penicilina sobre las
bacterias, o la teoría de la relatividad de Einstein, o el descubrimiento
del inconsciente freudiano, o la creación del cristianismo
por el romano Pablo o la irrupción del monoteísmo
con Abraham. Estos últimos significaron un cambio sustancial
en la estructura social con una repercusión global que cancelaba
la inercia del momento e inauguraban un espacio en el que se incorporaba
estos acontecimientos que cambiaban las añejas concepciones.
Con Freud, supimos del inconsciente y lo incorporamos al discurso y
a los conceptos de uso normalizado. Cuando la gente normal de la calle,
dice, “lo habré hecho inconscientemente”, no piensan
en Freud, pero dicen que son ellos los protagonistas del suceso, pero
que tal suceso es ajeno a la conciencia, a la voluntad de hacerlo,
reconociendo que hay algo desconocido pero propio, su inconsciente.
Igual que cuando alguien tiene un proceso infeccioso recurre a los
antibióticos, sin pensar en Fleming. Lo mismo que se habla
de las desigualdades de las clases sociales, sin pensar en Marx. Del
mismo modo que señalamos la máxima velocidad cuando decimos “lo
hizo a la velocidad de la luz” sin reparar en Einstein. Ni que
decir tiene la presencia del cristianismo, del islamismo o del judaísmo
en la actualidad. Un amigo, psicoanalista, izquierdista y judío,
me decía un día, que el monoteísmo nos canceló las
posibilidades de aprender el arte del amor, pues convirtió a
los templos y a las vestales que enseñaban a los hombres tal
arte, en casas de latrocinio y en prostitutas.
El acontecimiento del inconsciente, cambió las
coordenadas del antropocentrismo, al poder pensar en un ser envuelto
en las del inconsciente, de la misma manera que Lacan nos presento
al sujeto, su deseo, su demanda en las coordenadas del lenguaje. Pero
ambos lo hicieron desde esa impunidad de la que hoy, pienso yo, escaseamos.
La falta de libertad del pensamiento no tiene que ver con la presencia
de un Amo clásico, mas bien nos delimita en lo que podría
ser la sanción social de lo que llamaríamos pequeñas
sociedades, comunidades que ejercen un poder alejado de formas de autoritarismo
y muy cercanas a lo comercialmente correcto. Cuando uno se forma en
determinadas disciplinas, médicas, científicas, políticas,
se forma también en los movimientos necesarios para no quedar
excluido en el circuito comercial, no quedar fuera del campo. Es
por eso que es necesaria la construcción de espacios donde
poder pensar impunemente, sin miedo a sanción alguna, que no
sea la propia sanción del inconsciente, de la palabra. En este
sentido, reconozco los intentos de grupos, de psicoanalistas de muy
diversas procedencias: españoles, portugueses, argentinos, franceses,
que siguen la labor de concebir una cierta ética que sirva
de marco referencial para poder situarse en la égida de la autorización
personal, pero desde la legitimación que significa, dar
cuenta de su deseo como analista, con otros analistas. Psicoanalistas
que no representan a nadie, solo a sí mismos y que plantean
grupos de pertenencia que no sirvan de aval de la práctica analítica,
sino pertenencia de trabajo, de transferencia de trabajo. Buscan lugares
de interés común, donde poder realizar su investigación,
no su placa de identidad como “miembros de”. No son legitimadores
de determinada práctica, no son avalistas de su buena práctica,
ni cobradores de tributos con los que poder ejercer su exotérica
disciplina. Buscan dispositivos que no caigan en las exclusiones del
dogma, pero que impidan la charlatanería, la farsa papagallesca
de las repeticiones o lo inútil de las invocaciones vacuas.
Son, simplemente, practicantes de una coherencia que significa, saber
que el instrumento con el que trabajamos, es el mismo que el que perseguimos,
para evidenciar el saber del paciente, la palabra, el inconsciente.
(He utilizado deliberadamente la palabra paciente, por cuanto es necesaria
mucha paciente espera, para poder seguir los vericuetos de la palabra,
en el analista y en el analizante).
Con muchos de ellos puedo discrepar, con otros debatir, con otros
muchos estar de acuerdo, pero con todos ellos, puedo hablar sin ser fácil
presa del diagnóstico o el escándalo. Lo más difícil
para un analista es hablar de su ignorancia, hablar de lo que duda o desconoce.
Casi siempre nos encontramos en congresos, debates abiertos, intercambios en
los que se habla de lo que cada uno sabe, pero pocas veces hablamos de todas
las cosas que se nos escapan, que no sabemos, que dudamos, de las cosas que
son inherentes al psicoanálisis: a saber, que la verdad es autónoma
y habla y que las mas de las veces cobramos por aprender (seguramente porque
también pagamos por enseñar). Recuerdo un magnífico libro
de D.W. Winnicott, “Jugar-Gozar” en el que en la primera página
del libro, figura una dedicatoria: “A mis pacientes, que pagaron por
enseñarme”.
Hay, no podemos olvidarlo, también una nueva moda.
Tras los congresos en los que se hablaban de los éxitos clínicos,
apareció, bajo la forma de cristiana modestia, una nueva
modalidad en la que se hablaba de los fracasos terapéuticos
a la usanza freudiana del caso Dora (caso y texto, junto con “el
hombre de los lobos” a los que nunca agradeceremos suficientemente
los aportes realizados a la clínica analítica). Siempre
dudé de las exhibiciones gratuitas de la ignorancia y de la
inocencia, porque tengo la firme convicción de que a estas alturas,
no se puede ser ni tan ignorante, ni tan inocente.
Somos artesanos de la palabra, aprendices de la escucha
y desde ahí, podemos revisar los conceptos que nos llegan de
otros lugares, de los mas diversos, no solo geográficos, sino
profesionales, sociales, etc. Pensemos en la elaboración personal
de cada uno de los conceptos, rastreando su origen, su evolución,
su asentamiento. Volteemos una y otra vez la masa, para poder incorporar
lo que de transitorio-actual puedan tener los textos, para no caer
en la sacralización de ellos. Es necesaria una documentación
para poder repensar tales conceptos y no caer en el valetodismo antes
aludido y sobre todo es necesario que tal revisión se pueda
hacer desde las posibles contradicciones a las que nuestro propio inconsciente
(léase propio análisis) nos pueda llevar, para las que
seguramente estarán mas dotados aquellos que elegimos como interlocutores
en las mismas condiciones, los que elegimos como fieles escuchas de
nuestros deslizamientos inconscientes.
6.- SOBRE GLOBALIZACIONES.
Hablar del desamparo, del capitalismo feroz, del valetodismo
actual desde la visión de un psicoanalista, es harto compleja
y no exenta de históricas exclusiones de todo lo que significa
y significó la participación del psicoanálisis
en los movimientos sociales. No ha sido ni pequeña, ni infrecuente
la crítica al Dr. Freud en relación al problema judío
o a su posición frente al nazismo. A J. Lacan le acusaron en
la Universidad de no implicarse en los sucesos revolucionarios del
idealismo del 68 francés. Ciertamente, empujados los jóvenes
universitarios por el fervor de un radical cambio social (“seamos
realistas, pidamos lo imposible”), no estuvieron en condiciones
de entender al Dr. Lacan, cuando les decía: “ustedes necesitan
un amo”. No fue falta de implicación, sino falta de comprensión
en la medida en que su pensamiento era aun mucho mas revolucionario
de lo que unos entusiastas universitarios, formados y deformados por
una concepción mas clásica del pensamiento y de los cambios
sociales, podían capturar. Pero después del Dr. Lacan,
la presencia del pensamiento analítico en cuestiones de índole
social, ha sido escasa. No se ha participado, con aportaciones del
psicoanálisis, en ningún debate que implicara una
cierta posición que comprometiera su buen estatus social. Cabe
pensar, que es cierta la crítica mas dura de que más
bien se ha procedido como estómagos agradecidos.
Por esta razón y por otras que afectan exclusivamente
a lo personal, es necesario que sostengamos una posición en
relación a cuestiones tan importantes como las que en la actualidad
se debaten en torno a un nuevo orden mundial en el que se está un
paso de generalizar la barbarie de la depredación más
absoluta. No podemos permanecer inertes ante una concepción
del mundo en la que paulatinamente vaya desapareciendo la concepción
de un ser pensante, crítico, creador, diferente y libre, en
aras de un bienestar social que solo afecta a una pequeñísima
parte de la población mundial y que empieza a tener, incluso
para esa pequeña parte, un olor nauseabundo.
No es fácil representar de manera más o
menos sostenible una idea de la globalización que no altere
de una u otra forma algunas consideraciones de índole ética
o moral. Se nos ha hablado desde diferentes opciones sociales y políticas
de las grandes ventajas de la globalización, de las maravillas
que va a significar el hecho de una aldea común. Igualmente
se nos ha hablado, de otras alternativas que opten más por una
opción de corte social, más solidaria, más participativa.
En ambas se habla de una concepción del mundo en la que no existan
fronteras, delimitaciones territoriales, que los seres puedan “poblar
la tierra” y moverse libremente sin cortapisa política
ninguna, sin prohibición nacional alguna. Cuando escucho las
críticas que se hacen de países como Cuba, apelando a
la falta de libertades que significa el no poder salir libremente de
ese país, no puedo por menos de esbozar una silenciosa sonrisa
al pensar en “los paladines de las libertades”, en “los
ejemplos del respeto”, como puedan ser los países del
primer mundo, encabezados por USA. Se mueven en el terreno de las grandes
declaraciones, en el terreno de las cínicas propuestas. ¿De
qué libertad nos hablan? ¿De la que tiene el toxicómano
del Brons´s para poder viajar a África buscando sus raíces? ¿De
la del alcohólico de Helsinki para ir a conocer Samarcanda? ¿De
la del labriego de las Urdes españolas para ver a los pastores
de renos lapones? ¿De que libertad se trata?
No hay forma de esclavitud mayor que la de la dependencia
a la tiranía de la pobreza, de la incultura o de la incapacidad
de pensar más allá de la dosis de hoy. ¿De
que aspiraciones de libertad nos están hablando? Solamente de
las que los ciudadanos de primera, con una disponibilidad económica,
puedan ejercer a cambio de no dar problemas en el país anfitrión.
La cuestión es que se nos ha hecho pensar que la libertad es
eso que ejercemos los burgueses del primer mundo cuando vamos de vacaciones
al extranjero.
Siempre me pareció absolutamente perverso las declaraciones
del tipo “todos tienen derecho a una vivienda digna, a una sanidad
o a una educación”, porque tienen que tener algo mas que
derecho a. Tienen que tener dinero o posibilidad de tenerlo para acceder
a ello. Yo le daré una vivienda digna a cambio de que usted
me entregue los próximos 25 años de su vida. Yo le daré una
sanidad aceptable (en el mejor de los casos) a cambio de que usted
tribute u otro semejante tribute por usted y ante lo deficitario acepte
que eso es lo que hay, que no todas las vidas son iguales a pesar de
que la ley nos reconoce como tal. Yo le daré una educación
para la domesticación a cambio de que usted sufrague los centros
carcelarios o que los modelos de educación sean los ofertados
por los medios de comunicación en manos del gobierno o del empresario
de turno.
Pareciera que esta trama de declaraciones, de derechos,
de obligaciones, no será perfecta hasta que no se universalice.
Bajo la antigua forma de “cambiemos para que todo siga igual”,
aparece la globalización. Se trata de buscar un perfecto equilibrio
entre el sostén de las desigualdades y la apariencia de progreso
en los derechos humanos. Es obvio que no hay, en la forma de consumo
actual del primer mundo, recursos para todos los habitantes del orbe
y resulta igualmente obvio, por lo escandaloso, las tremendas desigualdades
que existen entre individuos y colectivos de recursos que han atesorado
riquezas sin límite y los millones de desheredados que diariamente
mueren de hambre, de frío o de enfermedades comunes. Pero lo
podemos soportar porque “se va avanzando” en la conquista
de las libertades. Se invade, se tortura, se mata impunemente, alegando
que son intervenciones para conseguir que los países invadidos
y torturados, conquisten la libertad. ¿Libertad, para qué?
Para trabajar bajo la atenta dirección del país liberador.
Cuando se nos habla de globalización, ¿Qué es
lo que se quiere globalizar? Esa es la pregunta clave.
Lo que yo planteo es que el orbe y sus diferentes pobladores,
integramos un gigantesco almacén, un suculento mercado en manos del
Amo Actual (totalmente anónimo), que sin duda continuará su labor
de depredación hasta el agotamiento de todos los recursos mercantiles,
entre los que están sin duda los naturales. Pero es preciso hacerlo
despacio para ir generando a su vez un futuro en el que esta atrocidad sea
considerada como lo único posible. Las actuales corrientes filosóficas
nos hablan de que se nos arrebató el aire (Sloterdijk), el ser (A. Badiou)
se nos rodeó de nuevas bombas aparte de la atómica, la genética
y la informática (P. Virilio), nos avisan del gran peligro que entraña
la aparición del discurso capitalista con su objeto suturador
(S. Zizek), en definitiva, lo actuales pensadores, desde muy distintos ámbitos
nos hablan de estas formas de barbarie actual que significa el engaño
de una globalización de la insolidaridad.
Aun nos cabe la esperanza de que esta barbarie no crezca
por el camino del desatino absoluto que significa la mercantilización
del orbe.
A los pueblos del tercer mundo se les ha presentado
una posibilidad de salir de la miseria y vienen a buscarla al primer
mundo, en masa. Lo que no se calculó con precisión,
en un primer momento desde el capitalismo feroz, en primer lugar, es
que esta búsqueda implicaba la salida de la resignada espera
de la muerte y llegarían a miles, a millones saltando una valla
y mil vallas, porque solo pueden perder la vida y ésta ya la
tienen perdida. En segundo lugar, en este mismo esquema, no
se ha contado con las posibilidades que abría el desarrollo
de la misma forma de mercado, en países donde el número
de habitantes es gigantesco y las necesidades de consumo son aun incipientes e
imitadoras. El libre mercado y el libre intercambio, empieza ya a desestabilizar al
propio sistema y a generar contradicciones de muy difícil solución, pues
aprovechándose de él, lanza una oferta incontestable:
los mismos objetos son realizados por los que ahora carecen de cosas
pero tienen los mas preciados bienes: materia prima, tiempo
y número de gente infinitamente superior a los que ahora poseen
la posibilidad de manufacturar la materia prima. El primer mundo posee
la tecnología, pero carecen de tiempo y gente. Tales objetos de
consumo, aparecerán abaratados infinitamente rompiendo todos
los cálculos.
Para eso es la globalización, para dar cuenta
de estas contradicciones, que desde el propio sistema capitalista se
planteaban en un primer momento para intentar mediar en lo que podría
ser un estallido de las grandes masas del tercer mundo, para no perder
el control que entrañaría este tipo de actuales contradicciones.
Si este tipo de fenómenos no fuera controlado,
el resultado podría ser inimaginable: Hagamos pues un único
mercado en el que poder controlar no solo a las personas, sino el tiempo
y las materias primas. Exportemos derechos humanos, reivindicaciones
de bienestar, a cambio del tiempo y de materias primas y si esto
fracasara porque los destrozos ya realizados impiden la apariencia
de una justicia mundial, entonces será de nuevo la forma
mas primitiva de barbarie la que actuará No hay aire para todos,
agua para todos, energía para todos y el primer mundo defenderá con
todos los medios a su alcance, tales diferencias, incluido el exterminio.
Es necesario, para mantener el orden establecido que tales diferencias
se perpetúen, bien bajo la forma de colectivizar, de globalizar
un único orden que se nos dice democrático o bien
mediante el método clásico de la aplicación de
la fuerza bruta con todos los ingenios tecnológicos de exterminio.
7.- SOBRE LO REAL.
Y… ¿qué decir de lo Real? ¿Acudiríamos
prestos al Gran Maestro de propios y ajenos para cacarear de nuevo
en la farsa de la repetición, que lo Real no es el mundo? Y
si no es el mundo, si es extramundano, podemos admitir ¿qué lo
real sea algo para ese ser, para el cual las cosas son?
Y… ¿qué decir de lo Real? Bien sabemos que no
es la realidad y bien sabemos, como también hemos repetido durante
décadas que justamente es lo que queda resistido en la representación.
Sabemos y bien digo sabemos de su existencia, pues no es del lado de
los conocimientos por donde podremos enganchar el inasible mundo de
lo Real, de eso que aparece a veces con toda la virulencia, en forma
de explosiones de organicidad, de biología y otras tenuemente,
dulcemente en la fe, en la muerte, en el amor, en la angustia.
Digámoslo sin reparo lo Real in-siste, lo Real
ex-iste y sobre todas las cosas re-siste y per-siste de las mas
diversas maneras: en la locura, en la imposibilidad de la cordura,
en los piadosos momentos del encuentro del hombre con Dios, en el maravilloso
y sangriento espectáculo del nacimiento, en el preciso instante
de la muerte, en el difícil espacio del inconsciente, pero al
igual que los fantasmas, cuando tiramos de la sábana, nada hay,
nada aparece y de lo Real solo podemos rescatar un minúsculo
pedacito de la realidad, de la ilusoria realidad porque como nos señala
Lacan, no hay posibilidad de alcanzar lo Real por la representación
“UNOS PSICOANALISTAS QUIEREN DESARTICULAR UN FANTASMA”
Pobre fantasma,
ser para ocultarse
y he oído, pobre fantasma,
que lo andan acosando,
que lo quieren encerrar
y enseñarle su miseria,
su misterio, su vacío,
su nada mortal.
Pobre fantasma perseguido,
¡qué gente tan ingrata!
querer desarticularlo
como si fuera
una banda de asesinos.
Pobre fantasma de mi miedo,
de mi letra,
de mi eterno descontento.” (J.L.Mellado)
No, no. Hablamos de lo Real, pero, caminamos con la cautela necesaria
para advertir, que solo es la licencia poética la que me permite
hablar de un fantasma. No se trata ni de la Fantasía, ni del “fantasme” lacaniano
(o lo que con mas precisión en castellano llamamos la estructura
elemental del fantasma $◊a).
Fue lo indignación la que me llevó, allá por
finales de los años 70, a escribir de esta burlesca manera,
cuando leí un artículo sobre “la desarticulación
del Fantasma” en un ritual de la confusión, propiciado
por el oneroso interés en presentar a un Lacan traducido con
la impunidad que toda traducción tiene, sobre todo, cuando el
predominio de una lengua psicoanalítica, crea las relaciones
de sumisión entre lo que podríamos llamar el “territorio
Psi” de todos los lacanistas que en masa acudíamos al
reclamo de un ofrecimiento tan oscuro como impreciso. Era la expansión
del Imperio, que hacía algo más de una década,
nacía en tierras galas y llegaba a un país, víctima
de una tiranía social e intelectual, en la que un escaso y domesticado
movimiento psicoanalítico yacía mortecino en unas pocas
consultas y en grupúsculos de la internacional eclesiástica.
Por fortuna, en aquella misma época, otro
grupo, los herederos de una pequeña y entusiasta corriente psicoanalítica
hispana, que habían partido a tierras porteñas en busca
de aire fresco, llegaban a nuestro país, muchos de ellos huyendo
también de una tiranía, con la escucha directa del provocador
francés y nos traían frescos sus seminarios. Tenemos
una deuda de gratitud con los que fueron dejando no solo sus conocimientos
y su escucha, sino su propia elaboración de aquellos difíciles
textos (y con otros que aportaron una gran dosis de entusiasmo aunque
no tanto de clarificación conceptual), en un esfuerzo de castellanización
de los mismos. Mi agradecimiento a O. Massota, D.Nasio, J.C.
Indart, el Grupo Cero y otros que mi memoria no rescata, (por lo que
pido disculpas) y también a P. O´Donnell, Pavlovsky,
Kesselman, etc. De modo particular y entrañable, mi agradecimiento
expreso a mi amigo y paciente escucha de mis abundantes necedades,
Horacio Valla Ingenieros, a mi compañero de permanentes debates
y enseñanzas, Fabián Appel y sobre todo a mi hermano
y maestro, genial y original pensador de la obra de Freud y Lacan y
sin duda uno de los mejores teóricos de su obra y gran
alborotador de mis pensamientos, Eduardo Pérez Peña,
con quien permanentemente hablo, discuto, discrepo y aprendo, en
una conversación iniciada hace casi treinta años.
Todo exergo, tiene una parte de explicación y
una parte de posicionamiento. Valga éste como muestra del mío
y continuemos con la imposibilidad de lo Real.
Cuando J. Lacan nos dice en el seminario del elefante, que “hoy
he hecho pasar un elefante en el auditorio”, después de
haber entregado a los allí presentes, unas figuritas de
papel de un elefante, les aclara que hubiera sido igual si hubiera
traído un elefante de la mismísima selva, porque la cuestión
sería que solo podríamos tener de él, una representación,
un puro imaginario.
Supongamos ahora que en ese auditorio hay una variedad
de personas en las que cada uno tiene, (como así es, siempre),
una limitación en la captación de datos de la realidad,
en lo sensorial: hay un daltónico, un miope, un carente de olfato,
un manco, un sordo, y todos los etc. que puedan suponer. Todos ellos
tendrían la representación del elefante, pero ninguno
tendría lo real del elefante, porque todos y cada uno de ellos
accederían desde las limitadas representaciones que su aparato
perceptivo les permite; cada uno con sus elementos faltantes, cada
uno desde su particular universo de sentidos, pero todos ellos tendrían
un elefante en su cabeza, de la misma manera que ya, mucho antes de
que se les hubiera aparecido en el auditorio, tenían desde la
pura representación imaginaria. Y mas aun, en un pacto de simbolización,
todos sabrían que el elefante era esa representación
y no otra: el símbolo en el discurso social, es un pacto político,
de convención que nos impide la disgregación, la locura,
la confusión, porque todos, cuando se mencionara desde
el símbolo al elefante, mirarían en la misma dirección
y lo identificarían sin ninguna duda. Pero en lo particular,
en lo individual, cada uno tendría un elefante diferente en
la cabeza, en esa representación que es la realidad. En ese
lugar individual, resiste ferozmente y lo real del elefante quedaría
sin posibilidad de ser hablado. Es por eso que existe insistentemente
e insiste desde su existencia inequívoca, rotunda y total, y
su persistencia es tal, que precipita al ser a un mundo de inagotable
voracidad simbólica.
Condenados al abismo del habla, el lenguaje traza una
fisura irreducible donde lo real reaparece marcando lo trágico
de la existencia del ser. Eso es la muerte. No hay posibilidad de acceder
a lo real de la muerte, a lo que no aparece en los miles y miles de
folios escritos a lo largo de la historia sobre la muerte. Justamente
la conciencia de ser mortales tiene una componente trágica, pues
vivimos desde la persistente certeza de su conciencia. La única
cosa posible que es la realidad de la muerte, vuela ante nuestros
ojos mientras lo Real escapa, como el fantasma del poema pues lo
Real de la muerte resiste.
Pero el auditorio que contempla el elefante, además
de sus limitaciones sensoriales y perceptivas, tiene su propio universo
simbólico y su propio universo personal, su realidad individual.
Los allí presentes tienen sus dificultades, sus preocupaciones,
sus preferencias. A uno le entusiasman los animales, otro los detesta;
uno está distraído porque durmió mal ese día,
otro tiene a su hijo recién operado; otro leyó en su
infancia los relatos de Kipling, otro vivió su infancia identificado
con Tarzán de los monos y otro acaba de enterrar a su padre.
Todos ellos contemplan al elefante de la figurita, todos ellos, inexcusablemente
tienen su representación que les permite confluir en ese momento
del discurso, mirando al elefantito, todos hablan de él, pero
cada uno tiene una implicación personal en esa representación.
Pero lo real, llamémosla, haciendo una concesión
poética, discursiva y didáctica (sabiendo que es a todas
luces, errática y falseada), la elefantidad sigue oculta a cada
uno de los sujetos. Sí, ya se que no hay elefantidad posible,
pero permítaseme darle un atisbo, insisto que a efectos didácticos,
de posibilidad para poder entender lo que antes decía de lo
que insiste, existe, resiste y persiste.
En el tránsito del pensamiento psicoanalítico,
hay un primer momento de ruptura con el pensamiento cartesiano, desde
Freud, pues cuando nos habla del sistema Psi, rompe parcialmente con
lo inamovible de la Rex Extensa cartesiana, desde una cierta ingenuidad,
todavía anudada al pensamiento positivista, como nos señala
brillantemente E. Pérez Peña, en su libro “Lacan
el bárbaro”, pero es sin duda J. Lacan el que rompe definitivamente
con esa linealidad del positivismo, marcando que solo es posible buscar
lo que de alguna manera ya se ha encontrado en el discurrir vital: “hay
una anticipación en la búsqueda que define las condiciones
del objeto que se hallará, aquello que denunciamos como la relación
imaginaria con el objeto. Lo que se halla no es en sí un objeto,
sino algo establecido a priori a partir de la gestión imaginaria.” (E.P.P.
Lacan el bárbaro”).
La realidad, al igual que la vida (si es que son cosas
distintas), es ínter subjetiva, no hay posibilidad de objetivación;
la realidad objetiva es un puro ideal en los investigadores humanos
que se esfuerzan por aislar condiciones donde no haya intervención
determinada por el sujeto, ninguna variable interventora basada en
el hecho de un prejuicio científico que consiste en creer que
el observador se puede aislar de lo observado, pero lo cierto es que
siempre el observador está presente en lo observado. No
hay un mundo ajeno al ser humano, porque el mundo solo existe, si
existe para ese ser humano. No hay posibilidad de un cosmos ajeno a él.
Si él no existe, no hay mundo, no hay cosmos y solo en un forzamiento
imaginario podríamos concebir un mundo sin el ser, para el que
las cosas son. Cuando se habla del origen del cosmos o de su futuro
lejano (o no tan lejano), lo imaginamos sin el ser, pero lo cierto
es que el cosmos, su pasado, su presente y su incierto futuro, nace
con el ser humano, con las posibilidades de pensarlo, representarlo
y definirlo. El día que nació la idea de un cosmos pasado,
nació el cosmos y el día en el que todo quede devastado
solo quedará en la propia idea de la devastación. No
hay salida: solo hay objetos y conceptos mundanos y extramundanos,
si hay un “para quien son”, si hay ser. No hay una ontología
fuera de la propia ontología. De la misma manera, que al decir
de Pérez Peña, la ciencia comienza con su escritura y
solo en ese preciso momento.
Freud desaloja al ser humano del antropocentrismo
y lo coloca en el centro de sus miserias, de su sexuación, de su castración.
Lacan lo resitúa en el lugar fundamental de la carencia, la mortalidad,
el sexo y el universo simbólico y con él, en el imposible mundo
del deseo. El ser humano, tiene la fisura que le incorpora al universo del
lenguaje simbólico; habla y habla y habla, sin decir de modo total lo
que quiere, dando cuenta, (de modo siempre parcial inacabado, en
la medida que el anudamiento con la certeza de la muerte, sólo se acaba
en lo real de la muerte), de su tragedia: habla y eso lo hizo hombre,
pero lo precipitó en un mundo de imposibilidad de dar cuenta de un real,
siempre persistente, siempre inasible; el lugar de lo real, es
el de lo no realizado. La realidad tiene por el contrario una dimensión
de temporalidad en la medida en que el ser, sólo es posible que sea,
siendo; lo real siempre desaparece, siempre escapa
En este constante devenir del ser, en el que lo presente
se desvanece incesantemente, en el que el futuro deviene de inmediato
pasado, en esa dimensión de temporalidad que marca la realidad,
que marca la conciencia, el ser se reinventa continuamente, saltando
por encima de una insistencia biológica, del puro azar natural:
……
“Soy el resultado
de unos pocos desatinos,
de algunas casualidades.
Soy el éxito de un cúmulo de necedades.
Soy el momento azaroso
de dos personas desnudas.
Soy la insistencia inmóvil
de una necia biología.
Soy allí donde el azar florece
y un óvulo diminuto,
entre todo el caos del universo,
estuvo en el camino de una célula vibrátil.
Soy en esencia
un ser que habla
algunas horas de su vida
con símbolos prestados por la historia.
….. (J.L.Mellado)
Pero ¿dónde existe lo real? ¿Dónde
aparece lo Real? Diremos, no sin azoro que mientras la realidad queda
en lo propiamente ontológico, lo real es todo lo que no es ontológico,
todo lo que es ajeno a lo estructural, pues como nos dice Lacan en
Los cuatro conceptos, “… el inconsciente no es ni
ser, ni no ser, es lo no realizado” y el inconsciente ocupa
el lugar de lo real.
En su estructura misma, el ser está marcado
por su condición de carente, su condición de imposibilidad de
acceso a la completud y por otra parte sabiendo que lo real, si
bien aparece, constituyendo nuestra historia, nuestra realidad, desaparece
en ese mismo instante, porque solo la realidad es temporal, lo real es inmutable,
atemporal y permanente y justamente se constituye como lo que
no es propiamente ontológico en la medida en que el ser es un devenir,
o lo que es lo mismo, el ser solo es, siendo y lo real no está sujeto
a ningún devenir. Lo real permanece.
Fui mórula y blástula
y una vez, constructor de catedrales
y viajé llevando piedras por el Nilo
y fui vasallo y rey feudal y tiránico.
Otrora fui óvulo y esperanza
y una idea en la cabeza
de mi padre y mis abuelos.
También fui pensador y aullador
en la noche de los tiempos,
igual que amé en los cuerpos
de todos los que me precedieron.
Fui Neandertal y homo erectus
y célula marina y polvo cósmico
en medio del Big Bang.
Una vez fuí magia y materia
y dios de la mitología
y cuadrúpedo extinguido.
También estaré presente
en los hombres que anden por la luna
y naveguen por todas las galaxias.
Y cuando el sol se apague
o explote provocando un caos
en el universo, seré también vacío
y nada y silencio
cuando nadie pueda ya dar cuenta de ello.
Allí estaré yo
suspendido en un destello
o en la más profunda de las oscuridades. (J.L.Mellado) |