número 2

inicio

presentación

equipo editor

artículos / documentos

entrevistas

efecto Gutenberg

actividades

colaboradores / galería de artistas

números anteriores

enlaces

contactar

suscripción gratuita

temas clave: psicoanálisis Lacan política pensamiento revista digital

Sobre psicoanálisis. Naturaleza, cultura y desamparo

José Luis Mellado

"Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de toda mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo el
viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda podrido, entre los restos;
esto que veis aquí, tan solo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan a ningún sitio.
El éxito de todos los fracasos.
La enloquecida fuerza del desaliento…

(Ángel González) .”

1.-SOBRE EL DESAMPARO

   Hace varios cientos de miles de años, aquel homínido, aquel miembro de la manada,  ajeno al despertar del alba, se desperezaba desconocedor de todo sentimiento de trascendencia, de conciencia de ser; ajeno  a nada que no fuera la supervivencia cotidiana,  ajetreada por las condiciones que le venían de un exterior, al cual se incorporaba con lo único que la naturaleza había puesto a su alcance: el instinto, el conocimiento que la naturaleza exige de lo vivo para satisfacer sus necesidades y para continuar vivo.
 
   No había alba, no había atardecida, porque ese homínido no tenía aun,  voz para nombrarla. Se despertaba y dormía según en ciclo impuesto por esa suerte de conocimiento que era el instinto; lo mismo que ahora, igual que entonces, el resto de los animales, ajenos a toda reflexión, pues ésta,  era propia del símbolo, que le otorgaba una capacidad para el elemento poético. Pero aquel animal tan peculiar,  con la confluencia de varios elementos, seguramente azarosos, iba a ser portador de un lenguaje que le transformaría y podría contemplar, en esa nueva adquisición,  el despuntar del alba y el ocaso, podría pintar las paredes y cubrir sus desnudos cuerpos, crearía y creería, mentiría y odiaría; algunos días de su vida amaría y después copularía y tendría descendencia, hablaría de la luna y un poco mas tarde se posaría en ella. Al igual que el inmaduro infans, lleva en su estructura ontológica, su poder y su condena. La ontogenia y la filogenia se superponen.

   Con la palabra, el hombre alteraba la quietud del paso del tiempo y alzándose en un puro acto poético, pensaba sobre el hermoso tono rojizo de aquel alba que le saludaba y que se parecía al del día anterior. Con la palabra pensaba, ya a la atardecida, si ese sería el último día que dormiría o por el contrario,  repasaba las tareas que al día siguiente tendría que realizar para alimentar a su prole.  Ese hombre sería atravesado por las pasiones, sería rotundamente atravesado por el lenguaje y se rodearía de semejantes  que le constituirían en ser. El resto ya lo sabemos: guerras, chalet adosados, chanel nº 5, ordenadores, compresas con alas, cohetes sin alas, religiones, rebeliones, dominaciones, físicos,  matemáticos, poetas, psicoanalistas…

   El hombre, con el advenimiento del lenguaje, no solo alcanzó su dimensión de hombre, sino que por la propia estructura del lenguaje pudo pensarse y saberse hombre en relación a los otros hombres, inaugurando con ello la civilización. Fue el tránsito de la manada al colectivo social, fue la alteración de la biología y así pasamos de un útero a dos, en el que el grupo, el colectivo, la civilización, se convertía en el lugar de maduración y de constitución de lo propiamente humano, de una matriz social, de la propia ontología, clausurando el espacio de lo puramente biológico.  

   Cuando la palabra se constituyó en ese hombre, elevándose a la categoría de significante polisémico, separándose de la cosa, lo filogenético y lo ontogenético se superpusieron, como antes señalamos,  para determinar que no hay esperanza para el hombre que no sea dentro del grupo, dentro del lenguaje, en su conocimiento adquirido de la idea de la muerte.

   Ese vivo biológico, ese animal de manada, sumido en la dependencia instintual, anudado a la tiranía del indicio, de la huella, del lenguaje unívoco de los signos, logró en un sorprendente hallazgo, (mezclado con largos milenios de maduración cerebral) ,inaugurar, inventar, probablemente de modo casual, una palabra. Con ella vino el camino de ser pensante de la mortalidad, del carácter transitorio, temporal de nuestras vidas.

   El lenguaje abre la idea de la muerte, de la finitud. La muerte y el lenguaje, nos atraviesan, dejando abierta la agonía del desamparo y la esperanza de la completad, de la absoluta felicidad, que imaginariamente, fantasmáticamente, una vez, alcanzamos.

   Desde entonces hasta ahora, la producción humana, no solo en el sentido del pensamiento, sino de toda la producción humana: desde el fuego controlado, hasta la formulación de complejas fórmulas matemáticas; desde las cavernas pintadas, hasta el Ermitage, desde la caza del mamut, hasta la filosofía, han resultado un intento desesperado por explicar la condición del desamparo y la felicidad total  como suturadora de ese espacio abierto, de esa marca, de ese agujero, que el lenguaje abre. No hay nada ajeno al hecho de que el hombre se ha venido protegiendo, con sus producciones y transformaciones, del fantasma del desamparo, de querer a toda consta recuperar esa completud imaginaria, inserta de modo trágico y estructural como carencia.
 
   El hombre creó la alquimia, la religión, la bomba de neutrones, el psicoanálisis, la escultura, la medicina, el mobiliario de diseño,  por intentar salir del miedo atávico al desamparo. El animal, desde la medusa hasta los primates superiores, aferrados estructuralmente también al instinto, no se plantean la idea de la muerte. Es mas, no se plantean nada.  Y no se lo plantean porque no tienen un lenguaje simbólico-polisémico que les precipite en la carencia. La completad animal es de naturaleza instintual, o como nos dice M. Heidegger en “Los conceptos fundamentales de la metafísica”, reflexionando sobre la condición ontológica de  los animales, son pobres en el mundo, los objetos inertes, las rocas, la arena, el aire, carecen de mundo y el hombre es formador del mundo. El mundo es de hecho una creación del hombre, no de Dios, mas aun podemos plantear con descaro, que fue el hombre el que creó a Dios y no Dios el que creó al hombre. Hay mundo porque hay un hombre para el cual es el mundo, para el cual las cosas del mundo son en su dimensión ontológica. Cuando el hombre desaparezca de la faz de la tierra, El mundo desaparecerá porque no habrá quien lo nombre; no habrá un mundo para alguien.

   Como nos señala S. Zizek, bien sabe Heidegger que cuando habla de la pobreza del animal, es problemático, porque es en comparación con algo, con alguien; de hecho no existe el mundo canino, solo la representación humana del mundo imaginario de lo que significa un perro, hay una invención humana de todo el universo canino, de todo el universo de las rocas, de todo el universo del ser. Volveremos mas tarde sobre ello, para incorporar algunas reflexiones sobre la realidad y lo inexorable de lo real, solamente una cita de S. Zizek para esclarecer algunas dudas: “La extraña tristeza de esas figuras paganas, una suerte de melancolía esencial, ¿no es acaso un testimonio del hecho de que tenían ya de alguna manera la premención de que el Dios verdadero se revelaría pronto, y de que habían nacido, por muy poco, demasiado temprano, antes de poder ser redimidos? ¿Y no es esa también la lección de la dialéctica hegeliana de la alienación?: no estamos en presencia de un paraíso después perdido por algún acaecimiento fatal, sino que hay en la propia satisfacción paradisíaca (en la satisfacción de la ingenua  comunidad orgánica) algo de asfixiante, un anhelo de aire fresco, de una apertura que rompa el insufrible confinamiento, y ese anhelo produce en el paraíso un dolor infinito e insoportable, un deseo de evasión: la vida en el paraíso está impregnada siempre de una infinita melancolía. Y quizá esa paradoja explica también la paradoja suprema de la melancolía: esta no se endereza fundamentalmente al pasado paradisíaco  de una totalidad orgánica equilibrada que se perdió por una catástrofe, no es una tristeza originada por esa pérdida; la verdadera melancolía designa mas bien la actitud de los que están todavía en el paraíso pero aspiran por abandonarlo, de los que, aunque permanecen en un universo cerrado, poseen ya una vaga premonición de otra dimensión que, por muy poco, ha quedado fuera de su alcance, porque ha llegado antes de tiempo.

   Lejos de sumirnos en la absurda maraña de la especulación teleológica, tal interpretación nos ofrece la única vía para eludir el enfoque  ingenuamente evolucionista que considera el desarrollo histórico como una desintegración gradual de las formaciones orgánicas primordiales de la vida. Por el contrario, es la noción evolucionista de progreso la que es intrínsecamente teleológica, puesto que concibe los estadios más elevados como desarrollo del potencial interno de los estadios inferiores. En contraste con una noción evolucionista de progreso de este género debemos partir de la noción de que lo nuevo surge para resolver la insoportable tensión que habita todo lo antiguo, y que ya estaba presente en ello de modo negativo, en forma de una tristeza y de un anhelo infinitos” (El Frágil absoluto, Pág. 116. Ed. Pre-textos)

   El perro que nos acompaña en nuestros paseos, procedería igual que el perro de hace miles de años y procedería igual aquí que en la Rusia soviética, o en la Indonesia del tsunami: se defendería de los ataques, copularía si estuviera en época de celo, huiría de adversarios más fuertes,
 etc. Nosotros no. Nosotros nos asociaríamos para prevenir un posible ataque de las peligrosas hordas marxistas, de los terroríficos masones, del moro infiel, del terrorismo internacional, o de cualquiera de las diversas fuerzas del mal, que parece ser nos acechan por doquier. Nosotros  copularíamos en función de la seducción de un cuerpo, de una voz, de una imagen, de una fantasía y de una repetición que marca nuestra estructura, en cualquier época del año. Tendríamos la posibilidad de utilizar medios anticonceptivos, renunciando voluntariamente no sólo  a la procreación, sino a la simple idea de ella. Ante los adversarios más fuertes, nos aliaríamos, pactaríamos o mentiríamos, cuestionando el hecho de que esa fortaleza no es total y puede ser escamoteada de muchos modos.

   En el movimiento de esas transformaciones, el hombre de la civilización, el hombre político,  fue consolidando una suerte de amparo parcial por el colectivo que de alguna manera sustituía a la terrible decepción de la ausencia del felicitas-summun. El colectivo daba con su estructura y sus hallazgos en el área de los descubrimientos e invenciones, una esperanza de cobijo que cancelaba parcial y temporalmente el vacío de la carencia. El colectivo se organizó, se jerarquizó y con ello estableció las diferencias entre las distintas escalas de la jerarquía. Astutamente se pensará que eso ya estaba presente en la propia biología que de alguna manera establecía la ley del más fuerte. En la manada no había miedo al desamparo, pues no se conocía la muerte. Había un instinto que garantizaba la presencia y permanencia de lo vivo. Esta ley del instinto permitía una alianza entre los miembros de esta manada, que frente a los ajenos a ella, operaba como un todo defensivo que protegía a cada uno de sus integrantes. Cada uno cumplía la función que le venía dado en ese código instintual. Es por eso que la jerarquía animal,  carecía de valoración como tal, pues sus integrantes funcionaban como un engranaje biológico en el que cada pieza tiene su justificación: los más fuertes eran escudos de la manada, otros cazaban, otros recolectaban, otros cuidaban las crías; todos tenían una justificación engranada. Al pasar de la manada a la civilización, al pasar del instinto a la pulsión, de la ley natural a la reflexión, el hombre queda dividido, queda para siempre separado de su condición de uno, pues es un uno en el otro y solo en el otro sujeto y en el Gran Otro lacaniano, de donde le vienen los significantes,  donde puede hacerse parcialmente uno. Se inicia la absoluta y determinante ínter subjetividad.

   En el desarrollo de esa ínter subjetividad, que corre paralela al intento de sutura del agujero, al miedo al desamparo, el hombre ha ido entregando el precio de su supuesta protección a  otro al que también le suponía menos desvalido, menos desamparado. Ya era un ser de categorías, donde lo imaginario-simbólico, es la égida de la relación humana. A los que imaginariamente sitúo como protectores, se tornan en amos. La cívitas alcanzaba su esplendor, las relaciones, absolutamente políticas, de polis, instalaban la dialéctica del amo y el esclavo. Esa es la manera en la que las clases sociales se instalan, en la que los gremios, los estamentos se afianzan.
 
   Marx vio el mecanismo de la diferencia y la lucha de tales clases y su relación con la economía, en la que la plusvalía y el control de los medios de producción, determinaba la posibilidad de entender la respuesta de una clase frente a la otra. Lo que no vio Marx, a mi juicio, es que el origen de tales diferencias, no eran basadas en la pura economía, en el puro control de los medios de producción, en la lucha por la supervivencia y por salir de la miseria frente a la opulencia o el poder despótico del amo Estaban mucho mas cerca del miedo al desamparo, que unos y otros arrastraban desde la salida de la manada, desde el atravesamiento del lenguaje. Cuando Freud habla del desamparo, del Hilflosigkeit, introduce esta idea biuterina en la medida en que la falta de maduración del cachorro humano se completa en el ámbito de la manada, en la madre como función que evidencia y por otra parte, suple todas las carencias motrices y psíquicas del infante; suple y evidencia todas las dependencias,  apareciendo como una figura omnipotente. Cuando esa figura va separándose en cualquiera de los momentos de la evolución del infante, este, va precipitándose  en el desamparo, por la pérdida gradual e imparable de ese sujeto absoluto y completo. Cuando  Lacan nos habla del objeto a, del Gran Otro, del plus de goce, entra de alguna manera en este análisis, del que sin duda su aportación mas fecunda es el sujeto barrado, atravesado por el significante, introduciendo una cuestión esencial en la idea del desamparo en la medida en que la dependencia del lactante, del cachorro,  a ese sujeto omnipotente, es mantenida por un mundo de lenguaje en el que la muerte, la sexuación y la carencia,  forman parte de su estructura y por ende del sujeto barrado, del sujeto atravesado por el símbolo.

   ¿Qué es lo que ahora nos llega  de la ideología capitalista o de la marxista, o de la religiosa, de cualquiera de las religiones? La esperanza sostenida de alcanzar la plenitud, de superar el desamparo. El objeto de consumo, la sacralizada revolución o el paraíso celestial. Bien cierto es, que hay algunas diferencias de concepto entre ellas y que sin duda, después del fracaso de las sociedades llamadas comunistas, no solo por lo pervertido de la ideología, sino por la insistencia tenaz del capitalismo,  es, lo que yo llamo, el Capitalismo Feroz y su unión a las diversas religiones, el que de manera mas eficaz ha evolucionado y crecido con el hombre,  posicionándose en torno a esta oferta de sutura del agujero, poniendo a nuestro alcance, en cualquiera de sus múltiples mercaderías, de sus múltiples objetos de transacción,  la idea de tal posibilidad de cierre, de felicidad total y sostenible,  en un mecanismo cuasi perfecto, pues inmediatamente después de la decepción del objeto, otro objeto queda investido de esa fuerza, de esa posibilidad suturadora, permaneciendo vigente la esperanza y perpetuando el valor de ese objeto, que es cambiante en su forma, pero no en su esencia.

   Hay un imperativo globalizado y globalizante: ¡Consumamos sin límite! No importa qué, pero mantengamos abierta la esperanza mientras haya vida y aun a riesgo claro y evidente  de agotar y destruir el planeta. Las religiones, todas las religiones, las más paganas mejor,  completan perfectamente  el ofrecimiento,  para después de la muerte. Si uno ha sido un buen esclavo, tendrán su recompensa paradisíaca en otra vida. Sométase, consuma, cumpla con los preceptos, sea sumiso con el Amo, déle su vida si es preciso y tendrá una parcelita en cualquiera de los múltiples y variados cielos, paraísos. 

   ¿Pero dónde nos llegamos ahora? ¿Dónde están las famosas contradicciones del capitalismo que Marx auguraba? ¿Dónde quedó el paraíso comunista? ¿En que vertedero podemos arrojar el liberalismo? ¿De qué nos ha servido conocer el fascinante hallazgo del inconsciente, si es otra oferta acomodadora y sometedora que llega a bocanadas de la oficina psicoanalítica, como nos recuerda J. Lacan? ¿Para qué conocimos el sentido de la angustia kierkegaardiana? ¿En que lodazal podemos tirar a ese Dios todopoderoso y justiciero? ¿Para que mierda salimos de las cavernas? Para nada, absolutamente para nada que no sea el seguir arrastrando la tragedia de ese desamparo inaugural. La actualidad política, social y científico-tecnológica, han configurado un espacio de total perversión, donde todo es mercadería intercambiable y cuantificable en todos los ámbitos del ser. Se cambia un riñón, un chip, un presidente, un estado, una vida, miles de vidas, a cambio de una cantidad de dinero. Lo que de subversivo podía tener el comunismo, el movimiento hippie, el budismo, el psicoanálisis (en cuanto formas originales de dar salida al desamparo, nada mas) se ha integrado en los parlamentos, en los grandes almacenes o en la oficialidad psicoanalítica que pone al servicio del valetodismo actual, la reeducación emocional, la construcción de un yo fuerte,  o peor aun, una religión repleta de dioses menores, en el mejor de los casos, ridículos y en el peor nauseabundos.

   El salto cualitativo que significó el paso de la manada a la civilización, se ha agrandado hasta el infinito en la medida en que estas perversas derivas solo son conceptualizables desde las producciones de una cultura, desde la propia civilización. No es cierto que hayamos regresado al mundo de las cavernas, nos hemos alejado absoluta y definitivamente de él. Estamos a un paso de romper la dialéctica entre naturaleza y cultura, pues la naturaleza se nos aleja cada vez mas, siendo ahora un pequeño vestigio, posiblemente condenado a la extinción. No es ya necesario, óvulos ni espermatozoides para la creación de seres, no digo ya siquiera padres y madres, ni progenitores, ni funciones. Digo que las alteraciones en el ámbito de la producción cultural- léase civilización- han llegado al punto en el que  la naturaleza es prescindible. Se podrían crear ya, humanoides o partes humanoides en los laboratorios del gran capital, del feroz capital, igual que se crean clones animales, especies vegetales, subespecies animales, seres robóticos, todo ello bajo el amparo de una moral  políticamente correcta, convencional, de una ética del bienestar, en la que no solo lograremos la ausencia de enfermedad, la eterna juventud, sino que tocaremos con la punta de los dedos la eternidad, la inmortalidad.

   ¿Desde qué  ética se justifica la barbarie de las guerras últimas? ¿Desde dónde se puede arbitrar un conflicto, sino exclusivamente desde los intereses puramente económicos? Ya no hay ideología sino es bajo la forma de pensamiento único. Se han dinamitado, en función de la justicia, todas las diferencias, creando un sistema en el que la cancelación de todas ellas,  es el objetivo supuestamente justo y libre. Se pretende una igualdad, una uniformidad, en la que no quepa la discrepancia, pues se trata del bien común. Hombres y mujeres, adultos y niños, blancos y negros, homosexuales y heterosexuales, no pueden manifestar ni una sola diferencia, pues no es correcto en el pensamiento único. Todo ello en nombre de la tan cacareada igualdad. Es obvio que no hablo de derechos,  esto tendría que estar tan claro que no debiera ni de plantearse. Se trata, en este orden social fruto del mercantilismo, de sostener, de mantener las mismas desigualdades existentes, el mismo oprobio  de todos los tiempos, disfrazado de derechos en forma de declaraciones universales,  que van engordando lo inútil de las grandes proclamas, cancelando las diferencias. Una civilización es más justa cuantas mas diferencias sostiene. ¿Quién en su sano juicio puede decir que hombres y mujeres, o que adultos y niños o que blancos y negros o que homosexuales y heterosexuales son iguales? Son radicalmente diferentes, por fortuna. Pero esa diferencia, no implica renunciar ni un ápice a ningún derecho, basado en esa diferencia. La igualdad de la que se nos habla en las grandes declaraciones, es la perfecta manera con la que se introduce el pensamiento único, en el que es justo que un país invada a otro con el único objetivo de esquilmarle, pero en nombre de los derechos humanos, pero es un acto terrorista el que ese país, se defienda. Es perfectamente lícito el que diariamente mueran de hambre, de inanición decenas de miles de personas, mientras se arrojan al vertedero los excedentes alimentarios, para no deteriorar la economía de mercado, pero es un acto criminal el que alguien robe un supermercado. Es perfectamente legal que se dilapiden recursos energéticos, anunciando en los carteles luminosos de las urbes de occidente, las bonanzas del sistema capitalista, pero es un delito punible el que en un suburbio se enganche una luz sin contrato. Mientras tanto, declaramos a toda voz una carta de derechos humanos, con la que pacificar y enturbiar la visión de tan grotesco espectáculo. Uniformemos, pongamos de uniforme a todos los “libres e iguales” ciudadanos, creando un ejército de necios útiles, de silenciosos vasallos: hombres, mujeres, niños adultos, blancos, negros, homosexuales y heterosexuales.
 
   Se habla de tolerancia, de democracia, de igualdad, con la impunidad que solo da el poder absoluto y la política de la confusión.  Se ha enajenado, en función de ese poder, las palabras, porque es ridículo hablar de tolerancia, sabiendo que hay cosas absolutamente intolerables. Se nos pretende inculcar que hay que tener un respeto absoluto por todas las opiniones, cuando solo es posible un mínimo crecimiento si hay divergencia, justamente porque las opiniones no están ahí para ser respetadas, bien al contrario, las opiniones no pueden ser el estancamiento del discurrir, están ahí para perderlas absolutamente el respeto. Lo que es respetable son las personas, no las opiniones. El caer en una especie de valetodismo en función del respeto a todas las ideas,  es tan peligroso como la falta de respeto a las personas. ¿Son respetables o tolerables las ideas racistas, xenófobas, autoritarias, fascistas o nazis? Se habla de democracia (demos pueblo y cratos poder), como único valor posible adherido a una justicia, pero con el perverso conocimiento de que no queda ya nada de “demos” y que solo se trata de “cratos”. Pero cabe preguntarse ¿por qué todo esto? ¿Por qué se ha permitido una perversión de tal naturaleza? Porque en esa salida de la manada, que conllevaba la entrada en el desamparo, todo era válido si se garantizaba una esperanza para resolverlo, para cancelarlo.

   En la inauguración de la trascendencia, de la reflexión, creamos una cívitas que nos arropaba en ese devenir del desamparo. Si no puede ser para mí, lo será para mi prole, sabiendo que en ese acto, no solo hablo de la finitud y de la mortalidad, sino que de alguna manera, también me acerco a la de la inmortalidad y la infinitud. Yo, también soy mi prole, mi tierra, mi patria, que siguen y siguen, alargando de alguna manera, mis límites, mi finitud. La trascendencia conllevaba una idea del amor. De un amor variado y múltiple. Amor a los hijos, a la naturaleza, a la pareja, a la familia, a la patria, a los amigos. Con el amor y la ética que supone, se abría el paso del desamor y de la absoluta falta de ética. Si yo no puedo, que mis hijos puedan o que el planeta pueda o que mis amigos puedan o sino iniciaré el camino de la santidad o de la absoluta coherencia y alguna vez mi prole y mis semejantes se sentirán orgullosos de leer el epitafio de mi tumba: “Fue un buen hombre” o “fue el paradigma del honor”. Con eso se negocia para perpetuar el sistema. Solo es posible concebir el amor, la felicidad, la honra, la moral, la coherencia, cuando se compara con el desamor, la infelicidad, la deshonra, la inmoralidad o la incoherencia. Por eso mantienen de la misma manera el sistema de protección del desamparo, G. Bush que Sor Teresa de Calcuta. Ambos son peones  del mismo sistema, del mismo entrelazado de vínculos destinados al mantenimiento de una esperanza que somete y condena al individuo. No hay salida.

   Y es ahí, justamente ahí, donde pienso que tiene un lugar el psicoanálisis, en el no hay salida, siempre y cuando lo podamos ver desde la perspectiva en la que primeramente Freud y posteriormente Lacan, lo situaron inequívocamente, no doctrinariamente; lo situaron para poder ir pensándolo, en lo subversivo, es decir una acción, un pensar,  dirigido a atentar contra la seguridad interior. Quisiera detenerme en este punto unos instantes, para dar cuenta de lo que yo entiendo, cuando J. Lacan, nos habla de la “Subversión del Sujeto”. Subvertir hace referencia a alterar, hacer que cierta cosa deje de estar o marchar con el orden establecido o con normalidad; es la revolución del orden establecido. Proviene del latín,  “sub-vertere” que es volver cabeza abajo. Y ¿por qué Lacan nos propone la subversión del sujeto?, incluso más aún ¿por qué nos habla de Sujeto? ¿Cual es el orden establecido o lo normal, lo sometido a norma? El sujeto que inaugura Freud y posteriormente desarrolla Lacan, desde esta perspectiva de fuera del orden establecido, no es el sujeto cartesiano, ni el sujeto kantiano, es el sujeto de la pulsión, el sujeto del deseo,  que Freud descubrió en el inconsciente y que Lacan lo desarrolla como el efecto de la inmersión del hombre en el lenguaje, de su desarrollo en ese ámbito. A eso se refiere cuando nos habla del infans, del infante, del camino hasta llegar a la apofántica, como posibilidad de enunciados que puedan ser verdaderos o falsos. Ese es el Sujeto del psicoanálisis y no otro. El orden establecido, era el producido por el secuestro del hallazgo freudiano, acomodándolo socialmente, adecuadamente a un orden, en el que un yo fuerte, permitiera seguir en la línea de obturar su carencia mediante la adecuación consumista, mediante el objeto sacro del capital.

   Lacan dice, lo mismo que en su día las corrientes antihumanistas, con Freud a la cabeza: alteremos ese orden, subvirtamos ese orden de adecuación, saquémosle a lo descarnado de su deseo inconsciente e inmerso en la tragedia irreparable del lenguaje, de la poética. Empujemos donde no hay salida.

   “Salen a recibirnos y les traemos la peste”.

   Ese lugar, pertinente del psicoanálisis, forma parte de lo que no sirve, de lo que  no es siervo de nada, de ningún dios, de ningún amo, de ningún objeto agalmático que deslumbre con su envoltorio. Es la utopía. Mantener la utopía es como mantener la vista en el horizonte, siempre que andamos hacia él,  se nos aleja, se nos escapa, pero es justamente lo que nos permite seguir andando. Eso permite la utopía, andar. Andar por los vericuetos del deseo, es decir del inconsciente y por ende del lenguaje. Andar errante,  como los no ingenuos, como los no necios. Les non dupes, errent. Caminar por donde no hay salida, comprimiendo  el espacio, provocando un cierto acontecimiento, una suerte de big band ontológico*(licencia que hago por la homofonía entre big bang y big band, dando constancia de las palabras en su maravillosa musicalidad poética, inherentes al ser humano y excluyendo el bang onomatopéyico de un disparo, sin renunciar en esa homofonía  a la explosión que supone todo acontecimiento).

    Muchas son las voces que hablan de no salir, de responder desde esa forzatura del pensamiento que significa incorporar el desamparo y la finitud como la esencia de la estructura del ser humano: A. Badiou, S. Zyzek, P. Virilio, P. Sloterdijk. Muchas son las voces que advierten del peligroso mundo de la evitación del desamparo por la vía del estado del bienestar; léase la desproporcionalidad de la injusta desigualdad, lo mismo que muchas son las voces que proclaman vehementemente como respuesta, la solución de la igualdad globalizante, de la cancelación de las diferencias en el mundo globalizado. Ante tamaña perversión que significa el afianzamiento de un primer mundo donde solo haya objetos y un tercer mundo donde solo haya esclavos moribundos, solo puede pensarse el sabotaje, el boicot activo desde aquellos pensamientos y praxis que, repito, no estén al servicio de nada, que no sirvan para nada, a nada ni a nadie, estar sin razón alguna. El psicoanálisis no puede disfrazarse, perdiendo su esencial subversión, de filosofías pertinentes ni mucho menos de psicoterapias adaptativas. El psicoanálisis entraña una ética que compromete indisolublemente, borromeamente, su praxis clínica y su cuerpo teórico, pues lejos de ser dos cosas, son una y la misma cosa.

   La ética analítica no puede mantener acercamientos frívolos con los mercaderes de la salud total que diluya el espacio de la finitud, de los amos que juegan con la inmortalidad, de los dueños de la no decrepitud, de los generales que acogotaron con la bomba atómica, lo mismo que ahora acogotan con la bomba genética y la informática, como nos diría P. Virilio. El psicoanálisis no admite otra posición que no sea la de la subversión sin concesiones. El desamparo y la muerte, lo mismo que la sexuación, la castración y el lenguaje, nos pertenece por esencia, por estructura. No admite derivaciones ni representantes. No caben pensamientos ni doctrinas  oficiales, no hay doctrinas representantes, uno se representa a si mismo, no hay internacionales, no hay oficina psicoanalítica, no hay diagnóstico de freudiano o lacaniano, no hay mas que producción sostenible desde lo teórico-clínico en permanente debate, en permanente estado de revisión, de pensamiento personal, de hacerlo propio. Cuando A. García Calvo, nos dice que es consolador saber que ningún poder ni político, ni social puede cambiar la sintaxis, puede adueñarse de ella, da valor inequívocamente a lo que ahora sostengo. Aprendí de joven que en el saber no hay propiedad privada, por eso enuncio con el descaro propio que el psicoanálisis sostiene, que yo descubrí el inconsciente, que yo elaboré el nudo borromeo, que el concepto de angustia Kierkegariana me pertenece, lo mismo que el ser de Heidegger, la Psique de Aristóteles y las paredes húmedas y sombrías de Pessoa.

2.-SOBRE ILUSIONES Y ESPERANZAS.

En principio, yo creo que sería necesario poder establecer distintos planos de convocatoria del humano, en tanto objeto de investigación y en cuanto a nosotros mismos, sujetos de desarrollo. Ese es el gran problema y la grandeza del psicoanálisis, que mientras convocamos, somos convocados e invocados en cada una de las palabras que decimos. Ítem mas, las propias palabras, que nos determinan, son a la vez el vehículo con el que realizamos nuestra investigación y no nos son ajenas, pues cada una de ellas tiene las resonancias propias de la evocación: es decir, para nosotros, sujetos, psicoanalistas, seres del lenguaje y la literatura y la poética, seres del continuum vital que supone la existencia, seres de infortunio y repeticiones, seres vivos, etc., etc., nada nos es ajeno y creamos y recreamos cada una de las cosas con las que nos topamos, como novedosas,; como nos dice J. Lacan, somos usuarios del lenguaje, no creadores.

   Dicho esto, el hablar de la  estupidez de la esperanza, no nos separa de ella, pues ese miedo atávico que nos vincula al desamparo, tiene como valedor, la esperanza, porque sino sería sostener la existencia en un puro acto mortal. La estructura humana, al igual que porta el desamparo, nos vincula con una cierta esperanza, incluso a los más escépticos, porque somos del imaginario, lo mismo de lo simbólico o lo real.

   Para el inconsciente no hay razón y se nos revela insuficiente la voluntad. Con la estructura carencial del ser, que es ontológica, no media plan alguno, no hay posibilidad de cancelarla sino se cancela la propia vida.

   Claro que ilusión, tiene que ver con iluso y claro que nos pueblan ilusiones. Lo que sostengo, es que el capitalismo feroz enajenó esas ilusiones y se las apropió para venderlas en forma de objetos de consumo que obturen el agujero carencial de la existencia, el boquete de nuestra propia ontología. Es imposible, pero de una eficacia controladora fantástica, además de generar un sistema que se alimenta a si mismo. ¡Produzcan, consuman y mueran, dejando paso a otros que procedan de la misma manera! Por eso es que ni la ilusión, ni la esperanza, ni el colaboracionismo son eficaces, ni es subversivo. Es simplemente inútil. Pero el amor, también lo es y no podemos dejar de amar, paradójicamente  a quien no es, desde quien no somos.

   Claro que tenemos ilusiones, porque somos seres del imaginario. Claro que tenemos esperanzas, porque los embistes de lo real, son durísimos. ¿Qué hacer ante la muerte? Claro que no nos podemos dejar de hablar, porque nuestra salida es lo simbólico y por supuesto, es obvio que no podemos dejar de hacer síntomas, porque sin ellos nuestra existencia se nos revelaría insostenible, porque el síntoma anuda, conforta, protege, porque “en la neurosis, la queja  y el goce,  son una y la misma cosa” (Fabián Appel, “Las pasiones del ser”, Pág. 134)  pero eso es harina de otro costal.

   Cuando hablo de que no podemos convertir al psicoanálisis en una práctica adecuadora, adaptadora social, que es lo que fundamentalmente impera, hablo de eso, de empujar en donde el espacio queda comprimido a la realidad de nuestra vida. Por eso digo que no vale para nada y ese no valer para nada,  justamente lo saca, lo aleja del mercaderío capitalista. En el capitalismo, todo tiene que tener una servidumbre, todo tiene que servir para algo. Nada permanece autónomo a su compleja maquinaria. El tiempo, el espacio, la salud, la democracia, la globalización, todo esta al servicio de algo. Por supuesto nosotros tenemos que estar al servicio del supremo ALGO, avalado además por las corrientes humanistas religiosas, que nos trasmiten que estar en actitud de servicio es algo piadoso y garantiza una parcela de inmortalidad al lado del A absoluto, donde todo estará reparado y ordenado. Esa es la esperanza de corte comercial, que se sostiene con pequeñas ilusiones cotidianas. No me refiero a las cosas que nos puedan entusiasmar, a ni a los anhelos que podamos tener, me refiero a las ilusiones que primero nos robaron, al igual que las palabras y luego después de una manufactura, nos las vendieron a diversos precios, al alcance de cualquier bolsillo.

 

3.-SOBRE ALGUNOS CONCEPTOS PROBLEMÁTICOS.
    Herencias y hegemonías psicoanalíticas

   Bien sabemos que los discípulos de S. Freud estaban condenados al extravío, a posiciones más o menos erráticas, por lo que significó la incorporación del pensamiento freudiano a las diversas disciplinas tanto de índole social como científicas. La densidad de un pensamiento que descentra al ser humano de la conciencia, la razón y la voluntad y lo sitúa en el ámbito del inconsciente, tuvo como consecuencia no solo el advenimiento de las pasiones  de sus seguidores, sino una cierta militancia ulterior en la que los orgones o los penes voladores o el inconsciente colectivo poblaban los textos de sus entusiastas y críticos discípulos. No solo en la prehistoria del psicoanálisis tales posiciones fueron las que de alguna manera prevalecían en los desarrollos teóricos. La historia personal de nuestro encuentro con el psicoanálisis, significó en muchos de nosotros la creencia de que tal revolución, a las luces de las teorías (las mas de las veces reinventadas o forzadas hasta su límite) era viable de la misma manera y con el mismo desarrollo que las revoluciones sociales, negando ese inconsciente, en la medida en que se trataba de pedagogía, imperativos, puro imaginario.

   El entusiasmo del encuentro inicial con el psicoanálisis,  fue seguido por una lectura mas crítica y sin prejuicios, por una formación, por un psicoanálisis individual, etc. y eso nos permitió descubrir una nueva manera de focalizar un cierto entusiasmo, una curiosidad, un interés. Profundizar en el pensamiento freudiano, tratando de ver donde avanzar, donde localizar las insuficiencias, las carencias, lo que no había.

   J. Lacan propuso a la comunidad psicoanalítica un retorno a Freud, una vuelta a los textos originales. Propuso, además,  leerlo con  instrumentos que a Freud le faltaron y desde otros que no fueron considerados en ese momento: Ginebra 1910, Petrogrado 1920, estructuralismo, nuevas consideraciones del pensamiento científico, Hegel, Heidegger, Kierkegaard, De Morgan, Kojève, Derrida, Jakobson, R. Lulio, Boole, Marx y toda la literatura contemporánea a Lacan, para no perder la tradición poética del pensamiento freudiano.

   Los seguidores del pensamiento freudiano-lacaniano, están en gran parte condenados también al extravío, sobre todo si en el trayecto se encuentran como el desarrollo del pensamiento freudiano, con todas las trabas de índole política, de índole comercial, cuestión que no merma en modo alguno, la genialidad de los diferentes pensamientos actuales, pero que lo acotan en banalidades y convenciones políticas.
   No se de qué pastel se trata, pero pareciera que hay alguno que repartir. Los síntomas que sucedieron al advenimiento del psicoanálisis se perpetúan, mas allá de los límites que la cordura y la coherencia que el pensamiento freudiano y lacaniano trasmitían, por la vía de la monarquía hereditaria. Bien cierto es que la sucesión monárquica que aconteció en la época del genial vienés, no es la misma que en la acontecida en la época de Lacan. Les separa una gran altura de pensamiento, si bien ambos herederos, tienen el mérito de haber difundido el pensamiento psicoanalítico. Siempre se queda  algo entre los dedos. Entre “Neurosis y sintomatología en la infancia” de A. Freud y “El banquete de los analistas” de J.A.Miller, hay ostensibles diferencias, no solo conceptuales, sino de rigor, de coherencia interna, de documentación incluso, que hacen que podamos contemplar de manera mas benevolente los posibles extravíos, políticos que no conceptuales,  de un pensamiento francés voraz y apropiador. Digo de “un” pensamiento francés, pues por fortuna, son muchos, múltiples y variados los pensamientos franceses que en la actualidad nos llegan. Pero hemos de reconocer que hay y ha habido en lo psicoanalítico, pensamientos privilegiados por la época; hoy existe una cierta hegemonía del pensamiento francés, como lo hubo del pensamiento alemán o del pensamiento inglés. Esta especie de ceguera hegemónica que enlentece los discursos, produce como efecto, la aparición de posiciones religiosas, de pensamientos doctrinales en torno a dogmas de fe, donde nada se cuestiona y donde un ser supremo, un ser disfrazado de Gran Otro, autoriza o desautoriza, opiniones, textos, pensamientos. Ese Gran Otro, reconocido por los vasallos que esperan recibir alguna compensación, en forma de condado o ducado psicoanalítico, revisa, propone, convoca, en nombre de lo que el cree que es un pensamiento univoco y universal, desoyendo las recomendaciones de quienes intentaron retornar al pensamiento freudiano: tal es la solución: disolución.

   Bien cierto es que se pueden secuestrar textos, documentos, pertenencias que como sacras reliquias iluminen el pensamiento de quienes son siervos del poder. Pueden secuestrar textos, existentes o inexistentes, pueden inventarlos, pueden cambiarlos, pueden datarlos de nuevo, pero no pueden secuestrar un pensamiento, porque a nadie le pertenece. Ya hemos citado a  A. García Calvo, volvamos sobre ello: “es consolador saber que ningún poder, ni político, ni social puede cambiar la sintaxis” osease no puede apropiarse de ningún pensamiento.
 
El predominio infatuado de estos pensamientos marcadamente nacionalistas,  no puede llevarnos a adoptar una postura de respuesta balcanizada puesto que constituiríamos una confusión entre lo que es del orden del lenguaje con lo que es del orden de la lengua concreta: no hay un  inconsciente francés, ni inglés, ni alemán y por eso  no podemos pretender una reivindicación de corte nacional-ibérico. El hecho de que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje no quiere decir que sea una lengua. Bien cierto  es que los problemas que nos llegan por las traducciones, no exentas de interés, ni carentes de intención, plantean no pocos problemas a la hora de dirigir el estudio o la transmisión psicoanalítica.
 
   Hay, en el ámbito de la teorización psicoanalítica, dificultades con tales cuestiones que tienen su fiel reflejo en el de la clínica. Traducir “le Nom du Pêre, como “el Nombre del Padre”, no solo es escaso e inexacto, sino que no refleja con rigor lo que infiere este concepto del linaje, de la grey, de un nombre invocador y convocador, incorporado al propio nombre. Menos aun refleja traducir “les noms du pêre” (homofónico de  “les non dupes errent”), por “los desengañados se engañan”. El rigor conceptual que homofónicamente nos llega de la lengua francesa simultaneando los nombres del padre, con los no ingenuos caminan errantes (los no necios marchan), se pierde en el juego de los engañados y los desengañados

   Resultaría igualmente vano el tratar de adecuar a una especie de jerga nacional,  algunos conceptos que son ya universales trasmisibles. Asimilar al A (Autre) el O (Otro), no solo es banal sino absolutamente inútil. Se trata de revisar los conceptos, más allá de su universalización. Lo importante es que podamos reconocer en ese “A” a ese Gran Otro, al tesoro del significante y diferenciarle de esos diosecillos menores que a bocanadas nos llegan de la nueva y moderna oficina psicoanalítica (parafraseando a Lacan).

   S. Freud inaugura un pensamiento inseparable de una clínica: eso es sustancialmente el psicoanálisis, sino sería una teoría filosófica o antropológica. El genial inventor del inconsciente nos descubrió un ser sumido en su condición de sexuado y sexual, lacerado por sus pulsiones y conducido por sus deseos. A partir de ahí vinieron las elucubraciones que con tan magna aparición, estaban condenadas al extravío.

De otro lado, la genialidad de un psiquiatra llamado J. Lacan, nos mostró los difíciles vericuetos del deseo y la estructura del inconsciente, nos permitió entender las diferencias entre real y realidad, en ese nudo borromeo de lo real/imaginario/simbólico y nos representó con algunas fórmulas, (ingenuas por otra parte), la estructura del fantasma, la transferencia, los 4 discursos, convocando la lingüística, la filosofía, las matema(s)tícas, pero aclarando en todo momento que se trataba de lingüistería, filosofisteria y matematiquistería. A nadie se le ocurriría pensar que el losange ◊, mezcla de lo inclusivo y lo exclusivo o  las fórmulas de la sexuación u otras, resistiría el menor envite matemático. Por lo mismo, ninguna de los préstamos que Lacan toma de la filosofía: el ser de Heidegger, la plusvalía (como plus de goce) de Marx, la angustia Kierkegaardiana, el amo de Hegel, la lógica de Apuleyo, etc., no podría sostener un debate abierto en el campo de la filosofía, por cuanto, además de préstamos, tienen el valor de meros apoyos exegéticos para su propio desarrollo. En el ámbito de la lingüística los apoyos que sirven de base al desarrollo lacaniano, a saber Saussure y Jakobson en torno al significante, la significación o en las operaciones de selección y combinación o en la metáfora y la metonimia, o en la  sustitución y el desplazamiento, cumplen la función de avalar una línea discursiva, pero no son en absoluto, conceptos que podrían confrontarse con los sólidos razonamientos de una compleja disciplina lingüística. Y no podrían en ninguno de los tres casos, primeramente por lo escaso de sus desarrollos, en segundo lugar porque de alguna manera son forzaturas que cumplen la función de geometrizar, de manera más o menos vaga, un espacio donde lo psíquico se pueda configurar desde la égida de un espíritu científico. Tal fue la pretensión de S. Freud, cuando en su “Proyecto de Psicología para neurólogos”, enuncia en la primera línea del artículo que de lo que “se trata es de hacer de la Psicología una ciencia natural”.

   El extravío de sus discípulos tuvo que ver a mi juicio con varias razones, muchas de índole político, otras de ocupar los espacios en la sociedad recién incorporada a la consideración novedosa de la enfermedad mental, otras las de meros amos, es decir, luchas por puro prestigio; algunas derivaron del delirante entusiasmo que ante tal descubrimiento produjo en muchos de ellos, pero hubo una que sin duda presidió todas las anteriores: la fijeza en una ciencia anclada en el substancialismo del positivismo científico.

   De la misma manera que en otras disciplinas, como la médica quizás, el positivismo permitió avances sustanciales, en el psicoanálisis significó un estancamiento, por cuanto no se abrió a la conjetura, aun cuando el mismo Freud se deslizó hacia posiciones mas firmemente vinculadas a la pregunta, a la poética que inicia en la TRAUMDENGTUNG, ”La interpretación de los sueños”. Lacan en su retorno a Freud, lo hace desde este deslizamiento poético que significó los avances más notables en la ciencia psicoanalítica. Lacan, retorna al Freud más de la poesía (de la poiesis), que al excepcional neurólogo que era. Si bien Lacan, (también desde la psiquiatría), tiene sus concesiones con la ciencia médica del empirismo, (en su tesis doctora), enseguida da la marca de su discurso: “la verdad se distingue de la exactitud y el rigor, no excluye a la conjetura”.En ese momento Lacan, el Góngora del Psicoanálisis, como el mismo se llama, da un  significativo avance  a las ciencias conjeturales al alejarse definitivamente del positivismo. No renuncia a las llamadas ciencias exactas, pues de ellas se nutre para ejemplificar algunas cuestiones vinculadas al campo de la óptica, de las matemáticas, de la física y de otras, pero mantiene el rigor en las más variadas conjeturas, diciendo por ejemplo, que el psicoanálisis es una ciencia de lo particular.

   En el desarrollo posterior del psicoanálisis llamado lacaniano, (cuestión que digo con la máxima de las prudencias, pues el término lacaniano ha dejado de ser una descripción de una línea discursiva, para convertirse en un sólido diagnóstico: cuando uno escucha que un psicoanalista es freudiano, kleiniano, junguiano o lacaniano, lo escucha como cuando se dice que alguien es un obsesivo, un fóbico o un histérico) ha dado también posiciones erráticas, vinculadas, como los seguidores de Freud, a pactos, servidumbres, entusiasmos, políticas distributivas, repartos geográficos de corte cesáreo, etc., pero ha dado algunas que considero peligrosas: fundamentalismo dogmático, jerarquización religiosa, amparadas muchas veces desde un desconocimiento de los textos de Freud y/o de Lacan y las mas en ese valetodismo repleto de jaculatorias: se abrió la temporada en la  que cualquier necedad vale, si está inspirada en alguna invocación lacanista.

    Decir que Freud y Lacan dicen lo mismo, no solo es falso, sino que revela un profundo desconocimiento de la obra de ambos. Practicar las llamadas sesiones breves, las más de las veces no tiene que ver con la reflexión en torno a los tiempos de ver, comprender, concluir, sino con aspectos meramente mercantiles. Utilizar el concepto de que la autorización y legitimación del psicoanalista es cuestión del propio psicoanalista, ha traído como consecuencia la perversa práctica de los necios documentados, cancelando en algunos casos,  una ética analítica que responde a sólidos criterios de formación teórico-clínica, psicoanálisis individual, supervisión, estudio, alternativas al pase, discusión con otros psicoanalistas, dispositivos, que aun siguen siendo complejos y problemáticos en tal legitimación y autorización. La perversión que entraña el afirmar que tales cuestiones tiene que ver con “opiniones” personales, nos puede arrastrar a compartir espacios sociales con quiromantes, futurólogos, sanadores, magos y toda una legión de farsantes que bajo el amparo de un revestimiento pseudo psicoanalítico, realizan una práctica absolutamente iatrogénica, actuadora y letal.

   No resulta baladí, la advertencia de Freud ante los peligros que entraña un psicoanálisis silvestre, por más que en la actualidad, donde todo se reviste de jergas científicas,  haya no pocos espacios de silvestrismo documentado, arropado, preñado de plegarias freudiano lacanistas. Nada puede sustituir a un complejo proceso de formación teórico-clínica, donde el análisis individual  es imprescindible. La advertencia freudiana del silvestrismo, responde a la imposibilidad de una escucha analítica que no esté precedida del análisis individual personal, donde uno debe, no solo haber podido dar cuenta de la propia estructura, sino dar cuenta de su deseo, de ese deseo que significa ocupar la difícil y compleja  posición de analista, en la que uno no solo debe destituirse de ese lugar  de Gran Otro, donde las identificaciones enturbian lo transferencial, sino que además ha de poder direccionalizar la cura con su paciente por el lugar de un saber,  desconocido, que ha de permitirle hacerse cargo de su queja, saliendo de la inmovilidad que representa no ser el protagonista de su historia, de su deseo. La inmovilidad y el desconocimiento que significa el no hacerse cargo de su queja, por parte de ese ser que llega con una demanda, pasa, en una crucial pregunta, a ser constituido como un saber: ¿Qué tiene usted que ver en lo que denuncia?

   En la época de servicio militar en España, (cuestión que desconozco en lo personal, pues fui declarado no apto, inútil,  para el servicio militar. Por primera vez estaba absolutamente de acuerdo con la jerarquía militar española; yo también consideraba que  era absolutamente inútil para tal servicio) cuando a los soldados se les entregaba la cartilla militar, había varias consideraciones de sus aptitudes y de sus logros y cuando llegaba a la casilla del “valor”, siempre se rellenaba con: “se le supone”. Era como la mínima regla para poder establecer un acuerdo, un pacto: suponer un valor en el soldado. Ese Gran Otro, que es la autoridad militar para el soldado, le suponía un valor. Ese valor supuesto en el soldado y que el cuestiona o desconoce por completo, le habilitaba para el acuerdo que ambos suscribían.

    Digamos que es una suposición para establecer un lugar desde donde ponernos a trabajar. En el análisis es igual. Se supone que hay un Sujeto y se supone que hay un saber.

    En todos los psicoanálisis, para poder establecer ese pacto, es necesario que consideremos ese saber en el analizante desde donde dar cuenta de su queja, desde donde sostener una explicación posible a lo que de desconocido tiene su lamento, su desdicha, pues se trata de un saber que no comporta el menor conocimiento, como nos lo señala J .Lacan. Se ha de suponer que tiene ese saber, a pesar de su gran desconocimiento, de su desconcierto, de su insistencia en negar todo saber de si, porque sino sería imposible establecer un vínculo. Es más, la mayor parte de las veces acuden  al analista a por las respuestas que den sentido a su dolor. Es el analista el que, mediante la pregunta acerca de ese saber único e individual al analizante,  le saca del espacio de la certeza en que previamente  había  colocado al psicoanalista y es ahí donde se constituye en  Sujeto (Es necesario puntualizar que se trata estrictamente del Sujeto del psicoanálisis, concepto muy preciso de la teoría psicoanalítica lacaniana y no de otro sujeto, que en el orden mas coloquial, responde a individuo, persona, ser humano).
 
 De antemano pido disculpas por todo el cúmulo de citas que en este apartado irán apareciendo, pero considero absolutamente necesario el ver que es lo que dice Lacan en torno a este complejo concepto; lo que dice, no lo que dicen que dijo o lo que cada cual interprete de su elaboración teórica; esta será posterior. Es necesario pues no  falsear su pensamiento, para poder posicionarnos, para poder hacer nuestras, con nuestras discrepancias, tales elaboraciones

    El Sujeto-Supuesto-Saber (Sujet-Supposé-Savoir) es un concepto teórico, que presenta no pocas dificultades y no menos equívocos. ¿Cuál es lo supuesto: el sujeto o el saber? Y aun Lacan nos lo pone mas difícil cuando en el Seminario IX, La Identificación, nos señala lo siguiente: “Es que no ha habido nunca en la línea filosófica que se desarrolla  a partir de las investigaciones cartesianas llamadas del cógito, no ha habido nunca sino un solo sujeto que prenderé con alfileres, para terminar bajo esta forma: el sujeto supuesto saber. Es necesario que ustedes otorguen a esta fórmula una resonancia especial de que alguna forma lleva consigo su ironía, su pregunta y observen que al referirla a la fenomenología y particularmente a la fenomenología hegeliana, la función de ese sujeto supuesto saber toma su valor de ser apreciado en cuanto a la función sincrónica que se despliega en ese propósito: su presencia allí, desde el comienzo de la interrogación fenomenológica, en un cierto punto, en cierto nudo de la estructura, nos permitirá desprendernos del despliegue diacrónico supuesto llevarnos al saber absoluto. Este saber absoluto mismo, lo veremos a la luz de esta cuestión, cobra un valor singularmente refutable, pero por hoy solo esto: detengámonos a plantear esta noción de desconfianza de atribuir este supuesto saber a quien fuera, ni de suponer ningún sujeto al saber. El saber es intersubjetivo, lo que no quiere decir que es el saber de todos, ni que es el saber del Gran Otro. Es esencial mantenerlo como tal: el Otro no es un sujeto, es un lugar al cual uno se esfuerza, dice Aristóteles, por transferir el saber del sujeto” (Seminario IX; Pág. I/14)

   Es obvio que hay que suponer un sujeto, portador de una demanda, pero no es menos cierto que hay que suponer un saber, un saber hacer y por otro lado un saber individual. El analizante atribuye un saber al analista con toda rotundidad (saber instituido).  Es esa rotunda certeza la que inaugura la transferencia, cuando el analista en un movimiento simultáneo, en esa dialéctica del saber intersubjetivo, le supone al analizante un saber, diferente en cuanto instituyente. “La transferencia solo puede pensarse a partir del sujeto a quien se le supone el saber…Se supone que sabe eso de lo que nadie escapa una vez formulado: simple y llanamente la significación…. Al sujeto se le supone saber, por el mero hecho de ser sujeto de su deseo…. Detrás del amor llamado de transferencia  está la afirmación del vínculo del deseo del analista con el deseo del paciente”. (Los cuatro conceptos, Pág. 261, 262).

   En la misma línea discursiva, en la que siempre están comprometidos analista y analizante, Lacan añade: “¿Qué sucede cuando el sujeto empieza a hablar al analista?  --al analista, esto es al sujeto al que se le supone saber, pero de quien se sabe que aun no sabe nada. Al analista se le ofrece algo que, necesariamente, cobra primero la forma de la demanda…. Pero ¿qué demanda el sujeto? Esto es el meollo del asunto, pues el sujeto sabe muy bien que sean cuales fueren sus apetitos, sus necesidades, ninguna encontrará allí su satisfacción”. (op. Cit. 276).

   No se trata de lo que el analizante le otorga, un saber absoluto, pero si que debe de encarar un cierto saber, esa es la garantía del análisis y que se inaugura en cada análisis individual, lo que permite que el hecho de la singularidad transferencial se abra paso en el espacio de una firme convicción. Veamos de que manera explica Lacan estos conceptos: “En cuanto hay, en algún lugar, el sujeto que se supone saber, que hoy abrevié como S.s.S.- hay transferencia… Ningún psicoanalista puede representar, ni aun remotamente, un saber absoluto… ¿Quién puede sentirse plenamente investido de este sujeto al que se le supone saber? El asunto no es ese. El asunto  es, primero, para cada sujeto desde dónde se ubica para dirigirse al sujeto al que se supone saber. Cada vez que esta función puede ser encarnada para el sujeto por quienquiera que fuera, analista o no, de la definición que acabo de darles se desprende que la transferencia queda ya fundada…. Si ocurre que para el paciente ya está encarnada en alguien determinado, en una figura asequible a él, surgirá, para quien se encargue de su análisis, una dificultad muy especial para hacer obrar la transferencia… aun  el analista mas tonto se da cuenta de ello, lo reconoce y dirige al analizado hacia lo que sigue siendo para él el sujeto al que se supone saber… la experiencia demuestra que el sujeto al entrar en análisis,  no le concede, ni mucho menos, este lugar”(op. cit.241).
    Pero aun es mucho mas expeditivo en este punto cuando nos habla de qué manera se va instalando la certeza en el analizante cuando dice: “Se da por sentado que algunos sujetos pueden cuestionar el análisis desde el inicio y aun sospechar que no es mas que un señuelo, ¿cómo es posible que en torno a ese engañarse se detenga algo? Aun el analista cuestionado se le atribuye una cierta infalibilidad y debido a esta infalibilidad se adjuntará a veces una intención a un gesto suyo hecho al azar.- ¡Usted hizo eso para ponerme a prueba! (op.cit, 242)

Y sin embargo es necesario que ese saber, ese saber hacer del analista, que básicamente es no ser un Dios para su paciente,  entre en funcionamiento. “Su formación exige que sepa, en el proceso por donde conduce a su paciente, en torno de quien gira el movimiento. El psicoanalista tiene que conocer, a él debe serle trasmitido, y en una experiencia, en torno a quien gira el asunto. Este punto axial es lo que designo con el nombre de  deseo del psicoanalista.”(op. Cit. 239).

    Esa inclusión de ambos en el proceso analítico, que es un saber, es exactamente igual en el fenómeno de la transferencia: “La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y al psicoanalista. Dividirlo en términos de transferencia y contratransferencia, por mas atrevida y desenfadadas que sean las afirmaciones sobre el tema, nunca pasa de ser una manera de eludir el meollo del asunto”. (Seminario11, pag239)

Desde siempre, este concepto teórico, se ha venido situando en la mayor parte de los teóricos del psicoanálisis, únicamente  del lado del psicoanalista, como atribución previa que el analizante otorga al individuo al que decidió hacer depositario de su queja, de su demanda. Pero detengámonos un momento en ese paso. Verdaderamente un individuo, una persona (que aun no es Sujeto, pues este emergerá de una relación, de una pregunta, de uno de los momentos discursivos) ¿podría ponerse en manos de alguien al que le supone un saber? ¿O más bien, parte de la certeza de que tiene ese saber, la firme convicción de que es poseedor de ese saber para poder empezar a hablar de si mismo? De no ser así,  sería impensable que el individuo pusiera en manos de nadie su desamparo.

   Hay un momento en el que Lacan, cansado de tantas jaculatorias en torno a este concepto y de tanto lacanismo, en cierto modo comprensible, plantea con total rotundidad de que se trata toda esta cuestión en torno al Sujeto supuesto Saber y nos dice de manera expeditiva “Lo que se le pide al psicoanalista, ya lo indiqué en mi discurso la última vez, no es lo que concierne a ese sujeto supuesto saber, en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia, entendiéndolo como es habitual de forma un poco sesgada. A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar: Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber.
Después de todo no hay en ello tanta mala fe, porque en este caso el analista no puede fiarse de nadie mas. Y la transferencia se funda en esto, en que hay un tipo que me dice a mí, pobre estúpido, que me comporte como si supiera de qué se trata. Puedo decir lo que sea y siempre resultará. Esto no le pasa a uno todos los días. Hay causa de sobra para la transferencia.
¿Qué es lo que define al analista? Ya lo he dicho. Siempre dije—solo que nadie entendió nada y por otra parte es normal, no es culpa mía—que el análisis es lo que se espera de un psicoanalista. Pero evidentemente, habrá que tratar de entender qué quiere decir lo que se espera de un psicoanalista…Lo que se espera de un psicoanalista es que haga funcionar su saber como término de verdad. Por eso precisamente es por lo que  se encierra en un mediodecir… Al analista, y solo a el, se dirige esa fórmula que he comentado tan a menudo, wo Es war, soll Ich werden*. Si el analista trata de ocupar este lugar arriba a la izquierda* (discurso analítico) que determina su discurso, es precisamente porque no está ahí, en absoluto por si mismo. Es ahí donde estaba el plus de goce, el gozar del otro, adonde yo, en tanto profiero el acto psicoanalítico, debo llegar” (Seminario. 17, Pág. 55 y 56)

   En relación con este Sujeto supuesto Saber, esto es lo que, no exento de dificultades y aparentes ambigüedades, nos dice J. Lacan.

*.-Donde Ello era, Yo debe advenir.
*.- el discurso analítico se representa justamente así: a →  $
                                                                                    S2     S1
                                                                                

  Por mi parte, lo que yo planteo es que no hay sujeto de entrada; sujeto del psicoanálisis, no individuo. Emerge en el momento en que el analista le supone un saber, le supone un saber en su decir y ahí se instala, para ambos, la transferencia. Ese es el sujeto que en el devenir del análisis se hace cargo de su ser mortal, sexuado, hablante y carente, perforado. Esa es la pregunta que le dirige Freud a Dora: “Dígame, usted que sabe mas allá de lo que dice, qué tiene que ver usted con lo que denuncia”.Y se lo dice, desde la autorización que ella le da al otorgarle con certeza un saber del mundo y de ella misma. Dora cree que el doctor vienés la puede descifrar las claves de su padecimiento, de su desamparo. Dora no solo le pide que conozca, sino que la reconozca. Freud, saliendo de ese saber absoluto, le pregunta con aparente ingenuidad y una gran astucia: ¡no, no! Diga usted lo que sabe, mediante lo que pueda decir, porque lo que yo se, no es lo que usted cree que yo se. Yo tengo un saber totalmente inesperado. Yo solo se conducir una cura, yo solo se dirigir unas preguntas. Bien cierto es que en ese momento, impulsado por su entusiasmo y su firme convicción, se precipita y le inquiere, mas que le pregunta: Dígame la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Dora, indignada y seguramente asustada, sale despavorida de su consulta. Tuvo que pasar algún tiempo para que supiera que “El inconsciente es testimonio de un saber en tanto que en gran parte escapa al ser que habla”. (Seminario 20, Pág. 167).

   Esto marca las diferencias entre lo que podemos considerar como un saber instituyente y un saber instituido. El saber instituyente es el que le supongo al analizante, al individuo que se torna sujeto, a partir de que se hace cargo de ese saber, de ese saber instituyente e inaugurador que le abre la inmensidad de las preguntas en torno a ese saber de sí; lejos de obtener respuestas, al analizante, se le abren nuevas preguntas que le van dando una nueva perspectiva, en la que la relativización   le separa del ámbito de una suerte de decálogo y de imperativos y de demandas ajenas, permitiéndose la posibilidad de responder desde si,  a un ¿quién soy?,  ¿qué quiero? Es ahí donde puede escapar de la paralización del síntoma que insiste y se repite, proporcionando lo que Freud llamaba beneficio secundario del síntoma y que Lacan lo ve como el cuarto anillo borromeo, que anuda a los otros de lo real, lo imaginario y lo simbólico. Por eso la característica del síntoma es la repetición, porque de esa manera podemos soportar la tragedia de la existencia en tanto  mortales, en tanto desamparados. El síntoma de alguna manera, pacifica tanto como aliena. El síntoma es el refugio de la tragedia existencial y el análisis lo pone en evidencia, eso también es lo subversivo, lo que se sale  del perfil de la adecuación, pudiendo soportar las contingencias, los avatares, los infortunios cotidianos, lejos de la insistencia tenaz de un síntoma esclavizante y pacificador al mismo tiempo. Freud nos dice que el psicoanálisis cambia la miseria de la repetición neurótica por el infortunio de todos los días.
 
   El símbolo del cristianismo es la cruz y la cruz a su vez es el símbolo de un atroz sufrimiento, de una muerte redentora. Pero la cruz mantiene al rebelde nazareno erguido, con todo su poder. Ese poder de la cruz,  que le hizo crecer desde las catacumbas hasta el último rincón del orbe, desde un mísero pesebre hasta los palacios arzobispales, hasta el insultante lujo vaticano. Pero si esa cruz ¡qué tanto le hace sufrir! desapareciera, el Jesús-Cristo (Cristo en tanto el Ungido) caería como un pobre guiñapo y solo sería un jesús muerto y anónimo, en paños menores.

   El saber instituyente abre la marca de una pregunta, funda un espacio de saber inagotable que se manifiesta, que se expresa dando cuenta de la existencia. El saber instituido se aprende en las escuelas, se escribe en libros, se memoriza, se archiva en las bibliotecas, da cuenta de titulaciones, de cargos, de jerarquías. El saber constituido permite la erudición, pero no la sabiduría. Por esa razón le decimos a los analizados: no es de ese saber instituido de lo que trata esta historia, es de un saber que eclosiona y del que es usted portador. El paciente viene creyendo que el analista, desde un saber instituido, le dará las claves de su infortunio y en una decepcionante pregunta le dice: “usted; es usted el que sabe; hágase cargo de ello”; y en el silencio del analista, el paciente inicia sus propias preguntas.

Básicamente, “esto es lo que digo yo”, emulando el título de un libro de E. Pérez Peña y seguramente haciéndome dueño de algunos de sus desarrollos, al igual que de los  de Freud y los de Lacan, porque se fueron posando en el curso de una singular experiencia, donde la transmisión fue posible en el ámbito  de mi propia exposición  a los efectos del psicoanálisis y en la singularidad del fenómeno transferencial  en ambos lugares: como analizante y como analista. Esa, seguramente,  será la manera en la que los analistas resolvemos la incógnita freudiana del psicoanálisis terminable o interminable: perpetuarlo bajo la forma del análisis de los que nos llegan, con demandas ajenas, pero propias. Es hoy, casi una certeza para mí, que somos analistas porque no hemos resuelto lo terminable o interminable del análisis y seguimos dando cuenta, en los que llegan con un padecer, de algunas preguntas alargando un análisis de alguna manera interminable, caminando errantes en el complejo mundo de lo inconsciente; eso si! Un poco menos ingenuos, un poco menos necios

 

4.-SOBRE CUATRO DISCURSOS                                                               

Retomaré la última cita del Seminario 17, sobre el discurso analítico para centrar otra de las cuestiones importantes en lo referente a los momentos de transito en el curso del análisis. Me refiero al  paso de los Momentos de Ver, Comprender y Concluir, asimilado con tres de  las permutas  circulares de los cuatro discursos, que Lacan introduce en “el nuevo sofisma”. Cuatro conceptos que permutan circularmente: ( S1: el amo. S2: el esclavo o saber universal. $: Sujeto barrado, atravesado por la barra del significante o Sujeto del análisis propiamente dicho. “a”: el plus de goce, la diferencia). Y  cuatro lugares fijos:

El agente        el Otro           
La verdad       la producción

Estos cuatro conceptos van girando, según estos lugares, partiendo de un discurso inicial, que es sobre el que se producen las permutas: el discurso del amo:

S1S2
$       a

 

    De la Dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel, toma Lacan el primero de los discursos: el Discurso del Amo, momento de Ver, momento que Freud señala como pre-identificatorio, en la que al igual que el bebé, posicionado como Amo absoluto, ve al Esclavo o saber universal (la familia, la madre) o en el caso del analizante,  en la pura situación analítica, ve al Saber universal fuera de sí (el analista), pero que en la pregunta analítica  que le precipita en la cuestión  acerca del saber que él tiene, saber que es necesario que le supongamos, se hace cargo de si mismo y entra en el momento de comprender, momento identificatorio o Discurso Universitario( por lo de universitas, universal  o universo de discurso).                                                                                                        El momento de la identificación es el momento de comprender o tomar el lugar del otro (en ese sentido es comprender, no en el de entender, como cuando se dice: Europa comprende varios países: Francia, Alemania. etc.). Con el paso a la autoconciencia, es decir al saber de si,  comprende porque se identifica con el otro: discurso universal o universitario, donde el amo es destituido por ese saber. A partir de esa identificación y desde la óptica freudiana, el ser asume su yo, porque se distingue del otro y ese es el momento del discurso analítico, donde al saber, le sustituye “a”, la diferencia respecto del otro con el que se identifica. El momento del discurso universitario es un momento de detención, en el que se queda en la pura identificación, en la que  S2, el esclavo o el saber en el  mundo, saber universal ha sustituido al  S1 .Pero solo reconociendo la diferencia, “a”, y asumiéndose como tal, pasara al siguiente  paso o discurso analítico, que es el momento de concluir.

   Ver como es la secuencia: S1---- S2, en la que el lugar del agente es  S1 y el del otro es  S2, pero en el lugar de la verdad esta $ y en el de la producción, está “a”el plus de goce.

   En el momento de las identificaciones, momento de comprender, es donde se produce el desplazamiento de S1 por  S2 y queda  S2----a, es decir en el lugar del agente queda el saber universal y en el del otro, “a”, la diferencia, mientras que en el lugar de la verdad subyace el amo, saber que no se sabe (y lo que no sabe es el saber de sí) y lo producido inmediatamente antes,  es el $, el Sujeto.

   En el siguiente paso, momento de concluir el esquema es:  a----$, es decir en el momento de concluir, que es el discurso analítico, lo que se asume es la diferencia, como autoconciencia de uno mismo; yo me diferencio del otro. En el lugar del agente está esa diferencia, en el lugar del otro está $ y en el lugar de la verdad esta el saber  S2, y lo producido es el  S1.

   Lacan en el seminario XV (en acto analítico) nos dice expresamente que es necesaria la comparecencia del segundo de los discursos para poder ejercer todo acto analítico: dice textualmente “No hay análisis si no hay un acto analítico donde la transferencia se oferte al fenómeno singular de la identificación”, donde en un acto de identificación transferencial, el sujeto, que es al que le suponemos un saber, se desplaza al analista como lugar de saber  S2.

Cuando hablamos que en los momentos actuales, momentos donde el saber universitario, asimilado en la actualidad como saber científico-tecnológico,  lo ocupa todo, se ha producido en cierto modo,  un agujero en el nombre del padre, donde los hijos se enfrentan a los padres, porque… “no entienden”, están fuera de época. Solo vale el saber académico, el saber universitario, el saber científico  No se discute, se acata y todo es posible.

 En el discurso analítico, Lacan sitúa, en el lugar de la verdad, justamente al saber, del que puede hacerse cargo, saliendo de las identificaciones. En el lugar del otro, coloca al Sujeto atravesado por el lenguaje, mortal, incompleto y sexuado (barrado y castrado, como nos gusta decir a los analistas): destitución del analista, de ese Otro sin fisuras y por último, en el lugar de la producción, ubica al Amo, en la medida en que lo producido es un saber de sí.

 

5.- SOBRE DOGMAS Y FE.

Los conceptos, teorizaciones, desarrollos que Lacan nos propone, no son estáticos ni unívocos, como no lo fueron los de Freud. La propuesta de Lacan justamente es señalar el camino que implica la posibilidad de no admitir como dogmas los descubrimientos y creaciones de S. Freud. Por un mínimo de coherencia con su pensamiento, todas las aportaciones que de él se desprenden, gozan de las más variadas posibilidades de lectura y ulteriores desarrollos. Pero tales desarrollos tienen que tener como mínimo una cohesión y una coherencia interna que le otorguen una cierta validación, para salir del confuso espacio de las opiniones, del “yo creo”, mas próximo a la Fe, que al razonamiento. Forzar, como hizo el bárbaro francés, abrió, por la dimensión de su osadía, de su irreverente y blasfema radicalidad, que le valió la Excomunión,  un camino en el que podían infiltrarse los farsantes antes citados, los adecuadores de conciencias serviles, los forjadores de esclavos, los vasallos del gran capital, de la gran maquinaria del llamado bienestar, los mercaderes de la salud y lo que es peor, todos los que en nombre de la libertad enuncian con absoluto descaro eso de “yo no creo que”, “yo opino que”, como si lo complejo del espacio donde transita el psicoanálisis fuera una cuestión de creencias o de opiniones. Justamente (y eso nos compromete a todos los que estamos en la mal llamada “comunidad psicoanalítica”), esa cuestión en la que la creencia y la opinión han tenido tanta consideración, ha sido alentada en gran medida por todos los que no pudimos o no quisimos debatir desde lo que nos indicaban las contradicciones internas del discurso, desde los interrogantes suscitados en cada fisura conceptual, permitiendo que el “yo creo” o el “yo opino” fuera la puerta de entrada, eso si, respetuosa y democrática, a todas las barbaridades de corte psi  que en toda la existencia del movimiento psicoanalítico se han ido produciendo. Aunque básicamente no es de mi incumbencia lo que de mí pueda pensarse por tales aseveraciones, si quisiera aclarar, para evitar los malos entendidos (de los que tanto se nutre el psicoanálisis), que mi posición, al igual que mi denuncia, es una manera de salir del dogmatismo y la fe que poco ayuda en la investigación y el estudio. Bajo la ingenua manera de reivindicar una opinión o una creencia, se esconde el más profundo de los dogmatismos e inmovilismos disfrazados de tolerante espíritu democrático. Ninguna de las ciencias, ni exactas, ni las llamadas humanas, ni las conjeturales, son cuestiones de tolerancia y democracia, pues como nos dice Lacan: “yo, la verdad, hablo”. La verdad habla, a pesar de los variados intentos por silenciarla. Habla por encima de autores, modas y servidumbres. Habla por encima de perversos devoradores, de necios e indocumentados, por encima de traiciones, traducciones y tradiciones momificadas. La verdad del inconsciente se impone sin remedio, dejando en entredicho a los que en una ceremonial ingesta caníbal, devoraron sin escrúpulos el cadáver de Sigmund Freud y el de Jacques Lacan, creyendo que devorando su corazón, obtendrían su sabiduría. 

    Yo no puedo enunciar con la impunidad de la inexperiencia o la inmundicia de la maledicencia: “yo no creo que existan los electrones” o “yo opino que la velocidad no tiene relación con las coordenadas del espacio y del tiempo”.Tales cuestiones no son del ámbito de la creencia o de la opinión. Tales cuestiones no son del ámbito de la democracia y la tolerancia. No se cree que hay electrones, ni se opina acerca de las variables espaciotemporales. Tales cuestiones se razonan, se argumentan, se ordenan en serie, se geometrizan, se observan sus efectos y sus variaciones, se sacan conclusiones y se simbolizan y universalizan para poder trasmitirlo y continuar su desarrollo.

En un pueblo de Castilla, un hijo preguntaba a su dogmático e ignorante padre: “Padre, ¿Cuál está mas lejos, la Luna o Madrid? El padre de la curiosa criatura, le respondió con un manotazo en la cabeza, mientras exclamaba: Pero  ¿tu ves Madrid idiota, tu ves Madrid?”

 El común de los mortales, el usuario, no tiene constancia del flujo de electrones a través de un filamento conductor, ni de su intensidad, ni de su potencia, ni resistencia, simplemente enciende un interruptor provocando el efecto deseado y obteniendo un resultado, lo que no significa que sea un acto de Fe religiosa o de acatamiento, simplemente no está en el círculo de sus intereses el conocimiento de los procesos necesarios que le llevan a tal efecto y resultado. Pero cuando tiene que realizar una compleja instalación eléctrica, llama a un ingeniero o a un electricista, dependiendo del grado de complejidad. No discute de la resistencia de los materiales, ni opina de cómo deben de ser los muros de carga de una edificación, pero sí tiene que hacer una casa, llama a un arquitecto y a una empresa constructora, sin ponerse a opinar sobre los cálculos necesarios para su realización.
Las mas de las veces se confunde el tener alma, espíritu, inconsciente y sus manifestaciones en forma de angustia, zozobra, desesperanza o como se quiera llamar, con poseer los conocimientos necesarios para operar con ellos y dirigir una cura. En un proceso analítico o terapéutico,  riesgo existe aun con los conocimientos necesarios, pero sin ellos no solo es peligroso, es inmoral y cínico.

Recuerdo una conversación, que en mis años jóvenes mantenía con un queridísimo maestro y amigo, en la que, desde mi absoluto interés por el psicoanálisis y mi deficiente formación (siempre es deficitaria la formación de un analista), le comentaba, alentado por la pasión y por la ignorancia, que yo pensaba que era absolutamente necesario, para evitar prácticas iatrogénicas, ser una buena persona para la práctica del análisis. Mi amigo, sin desdecirme, posiblemente para no cancelar precipitadamente mi entusiasmo, me decía que era necesario, pero no suficiente. Con el devenir de los años, ahora que soy un poco menos ignorante y seguramente un poco menos buena persona, no solo estoy de acuerdo con la aseveración de mi amigo y maestro, sino que además, en el sentido estricto de la práctica clínica, no cuentan las buenas personas (porque reduciríamos el análisis a una cuestión de índole moral) pero es absolutamente imprescindible una sólida formación que transite por el análisis personal.

   Igualmente era frecuente en los años de la revolucionaria militancia psicoanalítica, en la que se pensaba en una cierta pedagogía del mismo corte, que era imprescindible, como en los músicos, el tener un “don”, un talento innato para tal práctica, como se tiene o no se tiene un talento para la música. Hoy estoy firmemente convencido que es así, que el don que hay que tener es la neurosis suficiente para poder dedicar tu vida a escuchar los padecimientos ajenos. Pero bien sabemos que la técnica libera el talento y que de nuevo es imprescindible la formación individual tal y como, desde una ética analítica compartida por muchísimos colegas, pensamos que ha de anudar en un mismo espacio, práctica y teoría analítica, en la que, desde diversos dispositivos a tal efecto, dar cuenta del trance del deseo individual.

   Bien cierto es que la ciencia está ocupando el espacio abierto por los vacíos religiosos mas clásicos La ciencia ha ocupado ese lugar de certeza que la religión nos brindaba para sostener, en una idea de infinitud del hombre, la cancelación de la gran angustia ante el desamparo, ante la mortalidad. La certeza es del mismo corte dogmático que antes enunciaba,  por más que sea de apariencia científica, pues ésta cancela en gran medida el espíritu científico en la que los avances siempre cabalgan en la cresta del error. Los grandes hallazgos científicos son muchas veces productos de un efecto casual y otras muchas del resultado de caminar allá donde hay fisuras en el discurso, donde se muestra con mayor complejidad el error o la  inexactitud. Muchos mercaderes,  asociados a una práctica científica,  han conseguido convertir los avances de la tecnociencia en otra mercadería al servicio del sistema capitalista. La fórmula del “no se preocupen, Dios se ocupa de ustedes”, se ha convertido en “no se preocupen, la ciencia se ocupa de ustedes”. Pero lo más insólito de tal formulación, no radica solamente en la comercialización de los intereses sociales, sino en el hecho de que el  no preocuparse no ha inaugurado el  ocuparse, sino bajo la forma de una fe sólida de la despreocupación. El ser humano vivió épocas en las que no se preocupaba, sino que se ocupaba de su supervivencia y en cierto modo de su trascendencia, sin dejarlo en manos de nadie. Eso es justamente lo que digo del alejamiento del hombre de las cavernas de manera definitiva: salir de la ocupación de si mismo y pasar a una forma de despreocupación,  que es la que subyace en la encomendación. Ya no estoy en manos de  un Dios bondadoso, justo, estoy encomendado a una ciencia que dará cuenta de mi bienestar, de mi  salud, de acariciar las aristas de la eternidad. Ella sabe. Ella dispone.

   Volviendo a nuestra disciplina, esa tan disputada por propios y ajenos, repleta de autorizaciones y desautorizaciones, de exclusiones e inclusiones, de excomuniones, filiaciones, expropiaciones, apropiaciones, es decir a la fascinación que ejerce el saberse sujetos del inconsciente, sostengo que  en estos momentos hay un cierto estancamiento. La frescura escandalosa que significó el pensamiento freudiano y el revuelo, igualmente fresco de Lacan y no menos escandaloso, tuvieron que ver con un hecho crucial: la impunidad de su pensamiento, a saber, la posibilidad de pensar sin miedo al castigo y sin temor a la sanción, ni social, ni política, del Amo de turno. El ejercicio de libertad de ambos pensadores supuso un cierto “acontecimiento”, en el sentido de Alain Badiou (ver “El acontecimiento y el ser”). Acontecimiento que en Badiou, supone una convulsión en la trayectoria de un pensamiento, de una sociedad, de un sistema político, capaz de provocar transformaciones radicales en esa trayectoria, en esa inercia. Cuando hablo de transformaciones radicales, hablo de una alteración de la estructura social, política o de pensamiento. No todos los hallazgos,  políticos, científicos, religiosos, o de simple pensamiento, tienen a pesar de su importancia, ese valor de acontecimiento. El pensamiento de Proudhon en lo referente al socialismo utópico, el descubrimiento del oncogen, la teoría cuántica de Planck, el estudio de la vida sexual de H. Ellis, el Concilio Vaticano II, la fascinante mitología politeísta griega, han sido avances importantísimos en cada uno de los órdenes que representaron, pero no revisten el carácter de acontecimiento que supuso, la Revolución  de Octubre, que produjo un nuevo orden mundial o  el descubrimiento por parte de Fleming, de la acción de la Penicilina sobre las bacterias, o la teoría de la relatividad de Einstein, o el descubrimiento del inconsciente freudiano, o la creación  del  cristianismo por  el romano Pablo o la irrupción del monoteísmo con Abraham. Estos últimos significaron un cambio sustancial en la estructura social con una repercusión global que cancelaba la inercia del momento e inauguraban un espacio en el que se incorporaba estos acontecimientos que cambiaban las añejas concepciones. Con Freud, supimos del inconsciente y lo incorporamos al discurso y a los conceptos de uso normalizado. Cuando la gente normal de la calle, dice, “lo habré hecho inconscientemente”, no piensan en Freud, pero dicen que son ellos los protagonistas del suceso, pero que tal suceso es ajeno a la conciencia, a la voluntad de hacerlo, reconociendo que hay algo desconocido pero propio, su inconsciente. Igual que cuando alguien tiene un proceso infeccioso recurre a los antibióticos, sin pensar en Fleming. Lo mismo  que se habla de las desigualdades de las clases sociales, sin pensar en Marx. Del mismo modo que señalamos la máxima velocidad cuando decimos “lo hizo a la velocidad de la luz” sin reparar en Einstein. Ni que decir tiene la presencia del cristianismo, del islamismo o del judaísmo en la actualidad. Un amigo, psicoanalista, izquierdista y judío, me decía un día, que el monoteísmo nos canceló las posibilidades de aprender el arte del amor, pues convirtió a los templos y a las vestales que enseñaban a los hombres tal arte, en casas de latrocinio y en prostitutas.    

   El acontecimiento del inconsciente, cambió las coordenadas del antropocentrismo,  al poder pensar en un ser envuelto en las del inconsciente, de la misma manera que Lacan nos presento al sujeto, su deseo, su demanda en las coordenadas del lenguaje. Pero ambos lo hicieron desde esa impunidad de la que hoy, pienso yo, escaseamos. La falta de libertad del pensamiento no tiene que ver con la presencia de un Amo clásico, mas bien nos delimita en lo que podría ser la sanción social de lo que llamaríamos pequeñas sociedades, comunidades que ejercen un poder alejado de formas de autoritarismo y muy cercanas a lo comercialmente correcto. Cuando uno se forma en determinadas disciplinas, médicas, científicas, políticas, se forma también en los movimientos necesarios para no quedar excluido en el circuito comercial, no quedar fuera del campo. Es por eso que es  necesaria la construcción de espacios donde poder pensar impunemente, sin miedo a sanción alguna, que no sea la propia sanción del inconsciente, de la palabra. En este sentido, reconozco los intentos de grupos, de psicoanalistas de muy diversas procedencias: españoles, portugueses, argentinos, franceses, que siguen la labor de concebir una cierta ética que sirva de marco referencial para poder situarse en la égida de la autorización personal, pero desde la legitimación que significa,  dar cuenta de su deseo como analista, con otros analistas. Psicoanalistas que no representan a nadie, solo a sí mismos y que plantean grupos de pertenencia que no sirvan de aval de la práctica analítica, sino pertenencia de trabajo, de transferencia de trabajo. Buscan lugares de interés común, donde poder realizar su investigación, no su placa de identidad como “miembros de”. No son legitimadores de determinada práctica, no son avalistas de su buena práctica, ni cobradores de tributos con los que poder ejercer su exotérica disciplina. Buscan dispositivos que no caigan en las exclusiones del dogma, pero que impidan la charlatanería, la farsa papagallesca de las repeticiones o lo inútil de las invocaciones vacuas. Son, simplemente, practicantes de una coherencia que significa, saber que el instrumento con el que trabajamos, es el mismo que el que perseguimos, para evidenciar el saber del paciente, la palabra, el inconsciente. (He utilizado deliberadamente la palabra paciente, por cuanto es necesaria mucha paciente espera, para poder seguir los vericuetos de la palabra, en el analista y en el analizante). 
  
   Con muchos de ellos puedo discrepar, con otros debatir, con otros muchos estar de acuerdo, pero con todos ellos, puedo hablar sin ser fácil presa del diagnóstico o el escándalo. Lo más difícil para un analista es hablar de su ignorancia, hablar de lo que duda o desconoce. Casi siempre nos encontramos en congresos, debates abiertos, intercambios en los que se habla de lo que cada uno sabe, pero pocas veces hablamos de todas las cosas que se nos escapan, que no sabemos, que dudamos, de las cosas que son inherentes al psicoanálisis: a saber, que la verdad es autónoma y habla y que las mas de las veces cobramos por aprender (seguramente porque también pagamos por enseñar). Recuerdo un magnífico libro de D.W. Winnicott, “Jugar-Gozar” en el que en la primera página del libro, figura una dedicatoria: “A mis pacientes, que pagaron por enseñarme”.

   Hay, no podemos olvidarlo, también una nueva moda. Tras los congresos en los que se hablaban de los éxitos clínicos, apareció, bajo la forma de  cristiana modestia, una nueva modalidad en la que se hablaba de los fracasos terapéuticos a la usanza freudiana del caso Dora (caso y texto, junto con “el hombre de los lobos” a los que nunca agradeceremos suficientemente los aportes realizados a la clínica analítica). Siempre dudé de las exhibiciones gratuitas de la ignorancia y de la inocencia, porque tengo la firme convicción de que a estas alturas, no se puede ser ni tan ignorante, ni tan inocente.

   Somos artesanos de la palabra, aprendices de la escucha y desde ahí, podemos revisar los conceptos que nos llegan de otros lugares, de los mas diversos, no solo geográficos, sino profesionales, sociales, etc. Pensemos en la elaboración personal de cada uno de los conceptos, rastreando su origen, su evolución, su asentamiento. Volteemos una y otra vez la masa, para poder incorporar lo que de transitorio-actual puedan tener los textos, para no caer en la sacralización de ellos. Es necesaria una documentación para poder repensar tales conceptos y no caer en el valetodismo antes aludido y sobre todo es necesario que tal revisión se pueda hacer desde las posibles contradicciones a las que nuestro propio inconsciente (léase propio análisis) nos pueda llevar, para las que seguramente estarán mas dotados aquellos que elegimos como interlocutores en las mismas condiciones, los que elegimos como fieles escuchas de nuestros deslizamientos inconscientes.

 

6.- SOBRE GLOBALIZACIONES.

   Hablar del desamparo, del capitalismo feroz, del valetodismo actual desde la visión de un psicoanalista, es harto compleja y no exenta de históricas exclusiones de todo lo que significa y  significó la participación del psicoanálisis en los movimientos sociales. No ha sido ni pequeña, ni infrecuente la crítica al Dr. Freud en relación al problema judío o a su posición frente al nazismo. A J. Lacan le acusaron en la Universidad de no implicarse en los sucesos revolucionarios del idealismo del 68 francés. Ciertamente, empujados los jóvenes universitarios por el fervor de un radical cambio social (“seamos realistas, pidamos lo imposible”), no estuvieron en condiciones de entender al Dr. Lacan, cuando les decía: “ustedes necesitan un amo”. No fue falta de implicación, sino falta de comprensión en la medida en que su pensamiento era aun mucho mas revolucionario de lo que unos entusiastas universitarios, formados y deformados por una concepción mas clásica del pensamiento y de los cambios sociales, podían capturar. Pero después del Dr. Lacan, la presencia del pensamiento analítico en cuestiones de índole social, ha sido escasa. No se ha participado, con aportaciones del psicoanálisis, en ningún debate  que implicara una cierta posición que comprometiera su buen estatus social. Cabe pensar, que es cierta la crítica mas dura de que más bien se ha procedido como estómagos agradecidos.

   Por esta razón y por otras que afectan exclusivamente a lo personal, es necesario que sostengamos una posición en relación a cuestiones tan importantes como las que en la actualidad se debaten en torno a un nuevo orden mundial en el que se está un paso de generalizar la barbarie de la depredación más absoluta. No podemos permanecer inertes ante una concepción del mundo en la que paulatinamente vaya desapareciendo la concepción de un ser pensante, crítico, creador, diferente y libre, en aras de un bienestar social que solo afecta a una pequeñísima parte de la población mundial y que empieza a tener, incluso para esa pequeña parte, un olor nauseabundo.

   No es fácil representar de manera más o menos sostenible una idea de la globalización que no altere de una u otra forma algunas consideraciones de índole ética o moral. Se nos ha hablado desde diferentes opciones sociales y políticas de las grandes ventajas de la globalización, de las maravillas que va a significar el hecho de una aldea común. Igualmente se nos ha hablado, de otras alternativas que opten más por una opción de corte social, más solidaria, más participativa. En ambas se habla de una concepción del mundo en la que no existan fronteras, delimitaciones territoriales, que los seres puedan “poblar la tierra” y moverse libremente sin cortapisa política ninguna, sin prohibición nacional alguna. Cuando escucho las críticas que se hacen de países como Cuba, apelando a la falta de libertades que significa el no poder salir libremente de ese país, no puedo por menos de esbozar una silenciosa sonrisa al pensar en “los paladines de las libertades”, en “los ejemplos del respeto”, como puedan ser los países del primer mundo, encabezados por USA. Se mueven en el terreno de las grandes declaraciones, en el terreno de las cínicas propuestas. ¿De qué libertad nos hablan? ¿De la que tiene el toxicómano del Brons´s para poder viajar a África buscando sus raíces? ¿De la del alcohólico de Helsinki para ir a conocer Samarcanda? ¿De la del labriego de las Urdes españolas para ver a los pastores de renos lapones? ¿De que libertad se trata?

   No hay forma de esclavitud mayor que la de la dependencia a la tiranía de la pobreza, de la incultura o de la incapacidad de pensar más allá de  la dosis de hoy. ¿De que aspiraciones de libertad nos están hablando? Solamente de las que los ciudadanos de primera, con una disponibilidad económica, puedan ejercer a cambio de no dar problemas en el país anfitrión. La cuestión es que se nos ha hecho pensar que la libertad es eso que ejercemos los burgueses del primer mundo cuando vamos de vacaciones al extranjero.

 Siempre me pareció absolutamente perverso las declaraciones del tipo “todos tienen derecho a una vivienda digna, a una sanidad o a una educación”, porque tienen que tener algo mas que derecho a. Tienen que tener dinero o posibilidad de tenerlo para acceder a ello. Yo le daré una vivienda digna a cambio de que usted me entregue los próximos 25 años de su vida. Yo le daré una sanidad aceptable (en el mejor de los casos) a cambio de que usted tribute u otro semejante tribute por usted y ante lo deficitario acepte que eso es lo que hay, que no todas las vidas son iguales a pesar de que la ley nos reconoce como tal. Yo le daré una educación para la domesticación a cambio de que usted sufrague los centros carcelarios o que los modelos de educación sean los ofertados por los medios de comunicación en manos del gobierno o del empresario de turno. 

   Pareciera que esta trama de declaraciones, de derechos, de obligaciones, no será perfecta hasta que no se universalice. Bajo la antigua forma de “cambiemos para que todo siga igual”, aparece la globalización. Se trata de buscar un perfecto equilibrio entre el sostén de las desigualdades y la apariencia de progreso en los derechos humanos. Es obvio que no hay, en la forma de consumo actual del primer mundo, recursos para todos los habitantes del orbe y resulta igualmente obvio, por lo escandaloso, las tremendas desigualdades que existen entre individuos y colectivos de recursos que han atesorado riquezas sin límite y los millones de desheredados que diariamente mueren de hambre, de frío o de enfermedades comunes. Pero lo podemos soportar porque “se va avanzando” en la conquista de las libertades. Se invade, se tortura, se mata impunemente, alegando que son intervenciones para conseguir que los países invadidos y torturados, conquisten la libertad. ¿Libertad, para qué? Para trabajar bajo la atenta dirección del país liberador.

   Cuando se nos habla de globalización, ¿Qué es lo que se quiere globalizar? Esa es la pregunta clave.
  
   Lo que yo planteo es  que el orbe y sus diferentes pobladores, integramos un gigantesco almacén, un suculento mercado en manos del Amo Actual (totalmente anónimo), que sin duda continuará su labor de depredación hasta el agotamiento de todos los recursos mercantiles, entre los que están sin duda los naturales. Pero es preciso hacerlo despacio para ir generando a su vez un futuro en el que esta atrocidad sea considerada como lo único posible.  Las actuales corrientes filosóficas nos hablan de que se nos arrebató el aire (Sloterdijk), el ser (A. Badiou) se nos rodeó de nuevas bombas aparte de la atómica, la genética y la informática (P. Virilio), nos avisan del gran peligro que entraña la aparición del discurso capitalista con su  objeto suturador (S. Zizek), en definitiva, lo actuales pensadores, desde muy distintos ámbitos nos hablan de estas formas de barbarie actual que significa el engaño de una globalización de la insolidaridad.

   Aun nos cabe la esperanza de que esta barbarie no crezca por el camino del desatino absoluto que significa la mercantilización del orbe.

    A los pueblos del tercer mundo se les ha presentado una posibilidad de salir de la miseria y vienen a buscarla al primer mundo, en masa. Lo que no se  calculó con precisión, en un primer momento desde el capitalismo feroz, en primer lugar, es que esta búsqueda implicaba la salida de la resignada espera de la muerte y llegarían a miles, a millones saltando una valla y mil vallas, porque solo pueden perder la vida y ésta ya la tienen perdida. En segundo lugar, en  este mismo esquema, no se ha contado con las posibilidades que abría el desarrollo de la misma forma de mercado, en países donde el número de habitantes es gigantesco y las necesidades de consumo son aun incipientes  e imitadoras. El libre mercado y el libre intercambio, empieza ya a  desestabilizar  al propio sistema y a generar contradicciones de muy difícil solución,  pues aprovechándose de él, lanza una oferta incontestable: los mismos objetos son realizados por los que ahora carecen de cosas pero tienen los mas preciados  bienes: materia prima,  tiempo y número de gente infinitamente superior a los que ahora poseen la posibilidad de manufacturar la materia prima. El primer mundo posee la tecnología, pero carecen de tiempo y gente. Tales objetos  de consumo, aparecerán abaratados infinitamente rompiendo todos los cálculos.

   Para eso es la globalización, para dar cuenta de estas contradicciones, que desde el propio sistema capitalista se planteaban en un primer momento para intentar mediar en lo que podría ser un estallido de las grandes masas del tercer mundo, para no perder el control que entrañaría este tipo de actuales contradicciones.

   Si este tipo de fenómenos no fuera controlado, el resultado podría ser inimaginable: Hagamos pues un único mercado en el que poder controlar no solo a las personas, sino el tiempo y las materias primas. Exportemos derechos humanos, reivindicaciones de bienestar,  a cambio del tiempo y de materias primas y si esto fracasara porque los destrozos ya realizados impiden la apariencia de una justicia mundial,  entonces será de nuevo la forma mas primitiva de barbarie la que actuará No hay aire para todos, agua para todos, energía para todos y el primer mundo defenderá con todos los medios a su alcance, tales diferencias, incluido el exterminio. Es necesario, para mantener el orden establecido que tales diferencias se perpetúen, bien bajo la forma de colectivizar, de globalizar un único orden que se nos dice  democrático o bien mediante el método clásico de la aplicación de la fuerza bruta con todos los ingenios tecnológicos de exterminio.

7.- SOBRE LO REAL.

Y… ¿qué decir de lo Real? ¿Acudiríamos prestos al Gran Maestro de propios y ajenos para cacarear de nuevo en la farsa de la repetición, que lo Real no es el mundo? Y si no es el mundo, si es extramundano, podemos admitir ¿qué lo real sea algo para ese ser, para el cual las cosas son?
Y… ¿qué decir de lo Real? Bien sabemos que no es la realidad y bien sabemos, como también hemos repetido durante décadas que justamente es lo que queda resistido en la representación. Sabemos y bien digo sabemos de su existencia, pues no es del lado de los conocimientos por donde podremos enganchar el inasible mundo de lo Real, de eso que aparece a veces con toda la virulencia, en forma de explosiones de organicidad, de biología y otras tenuemente, dulcemente en la fe, en la muerte, en el amor, en la angustia.

   Digámoslo sin reparo lo Real in-siste, lo Real ex-iste  y sobre todas las cosas re-siste y per-siste de las mas diversas maneras: en la locura, en la imposibilidad de la cordura, en los piadosos momentos del encuentro del hombre con Dios, en el maravilloso y sangriento espectáculo del nacimiento, en el preciso instante de la muerte, en el difícil espacio del inconsciente, pero al igual que los fantasmas, cuando tiramos de la sábana, nada hay, nada aparece y de lo Real solo podemos rescatar un minúsculo pedacito de la realidad, de la ilusoria realidad porque como nos señala Lacan, no hay posibilidad de alcanzar lo Real por la representación

“UNOS PSICOANALISTAS QUIEREN DESARTICULAR UN FANTASMA”

Pobre fantasma,
ser para ocultarse
y he oído, pobre fantasma,
que lo andan acosando,
que lo quieren encerrar
y enseñarle su miseria,
su misterio, su vacío,
su nada mortal.
Pobre fantasma perseguido,
¡qué gente tan ingrata!
querer desarticularlo
como si fuera
una banda de asesinos.
Pobre fantasma de mi miedo,
de mi letra,
de mi eterno descontento.”   (J.L.Mellado)

No, no. Hablamos de lo Real, pero, caminamos con la cautela necesaria para advertir, que solo es la licencia poética la que me permite hablar de un fantasma. No se trata ni de la Fantasía, ni del “fantasme” lacaniano (o lo que con mas precisión en castellano llamamos la estructura elemental del fantasma $◊a).

   Fue lo indignación la que me llevó, allá por finales de  los años 70, a escribir de esta burlesca manera, cuando leí un artículo sobre “la desarticulación del Fantasma” en un ritual de la confusión, propiciado por el oneroso interés en presentar a un Lacan traducido con la impunidad que toda traducción tiene, sobre todo, cuando el predominio de una lengua psicoanalítica, crea las relaciones de sumisión entre lo que podríamos llamar el “territorio Psi” de todos los lacanistas que en masa acudíamos al reclamo de un ofrecimiento tan oscuro como impreciso. Era la expansión del Imperio, que hacía algo más de una década, nacía en tierras galas y llegaba a un país, víctima de una tiranía social e intelectual, en la que un escaso y domesticado movimiento psicoanalítico yacía mortecino en unas pocas consultas y en grupúsculos de la internacional eclesiástica.

    Por fortuna, en aquella misma época, otro grupo,  los herederos de una pequeña y entusiasta corriente  psicoanalítica hispana, que habían partido a tierras porteñas en busca de aire fresco, llegaban a nuestro país, muchos de ellos huyendo también de una tiranía, con la escucha directa del  provocador francés y nos traían frescos sus seminarios. Tenemos una deuda de gratitud con los que fueron dejando no solo sus conocimientos y su escucha, sino su propia elaboración de aquellos difíciles textos (y con otros que aportaron una gran dosis de entusiasmo aunque no tanto de clarificación conceptual), en un esfuerzo de castellanización de los mismos. Mi agradecimiento a O. Massota, D.Nasio,  J.C. Indart, el Grupo Cero y otros que mi memoria no rescata, (por lo que pido disculpas) y también a  P. O´Donnell, Pavlovsky, Kesselman, etc. De modo particular y entrañable, mi agradecimiento expreso  a mi amigo y paciente escucha de mis abundantes necedades, Horacio Valla Ingenieros, a mi compañero de permanentes debates y enseñanzas, Fabián Appel y sobre todo a  mi hermano y maestro, genial y original pensador de la obra de Freud y Lacan y sin duda uno de los mejores teóricos de su obra  y gran alborotador de mis pensamientos, Eduardo Pérez Peña, con quien permanentemente  hablo, discuto, discrepo y aprendo,  en una conversación iniciada hace casi treinta años.

   Todo exergo, tiene una parte de explicación y una parte de posicionamiento. Valga éste como muestra del mío y continuemos con la imposibilidad de lo Real.

Cuando J. Lacan nos dice en el seminario del elefante, que “hoy he hecho pasar un elefante en el auditorio”, después de haber entregado a los allí presentes,  unas figuritas de papel de un elefante, les aclara que hubiera sido igual si  hubiera traído un elefante de la mismísima selva, porque la cuestión sería que solo podríamos tener de él, una representación, un puro imaginario.

   Supongamos ahora que en ese auditorio hay una variedad de personas en las que cada uno tiene, (como así es,  siempre), una limitación en la captación de datos de la realidad, en lo sensorial: hay un daltónico, un miope, un carente de olfato, un manco, un sordo, y todos los etc. que puedan suponer. Todos ellos tendrían la representación del elefante, pero  ninguno tendría lo real del elefante, porque todos y cada uno de ellos accederían desde las limitadas representaciones que su aparato perceptivo les permite; cada uno con sus elementos faltantes, cada uno desde su particular universo de sentidos, pero todos ellos tendrían un elefante en su cabeza, de la misma manera que ya, mucho antes de que se les hubiera aparecido en el auditorio, tenían desde la pura representación imaginaria. Y mas aun, en un pacto de simbolización, todos sabrían que el elefante era esa representación y no otra: el símbolo en el discurso social, es un pacto político, de convención que nos impide la disgregación, la locura, la confusión,  porque todos, cuando se mencionara desde el símbolo al elefante, mirarían en la misma dirección y lo identificarían sin ninguna duda. Pero en lo particular, en lo individual, cada uno tendría un elefante diferente en la cabeza, en esa representación que es la realidad. En ese lugar individual,  resiste ferozmente y lo real del elefante quedaría sin posibilidad de ser hablado. Es por eso que existe insistentemente e insiste desde su existencia inequívoca, rotunda y total, y su persistencia es tal, que precipita al ser a un mundo de inagotable voracidad simbólica.

   Condenados al abismo del habla, el lenguaje traza una fisura irreducible donde lo real reaparece marcando lo trágico de la existencia del ser. Eso es la muerte. No hay posibilidad de acceder a lo real de la muerte, a lo que no aparece en los miles y miles de folios escritos a lo largo de la historia sobre la muerte. Justamente la conciencia de ser mortales tiene una componente trágica,  pues vivimos desde la persistente certeza de su conciencia. La única cosa posible que es la realidad de la muerte, vuela  ante nuestros ojos mientras lo Real  escapa, como el fantasma del poema pues  lo Real de la muerte resiste.

   Pero el auditorio que contempla el elefante, además de sus limitaciones sensoriales y perceptivas, tiene su propio universo simbólico y su propio universo personal, su realidad individual. Los allí presentes tienen sus dificultades, sus preocupaciones, sus preferencias. A uno le entusiasman los animales, otro los detesta; uno está distraído porque durmió mal ese día, otro tiene a su hijo recién operado; otro leyó en su infancia los relatos de Kipling, otro vivió su infancia identificado con Tarzán de los monos y otro acaba de enterrar a su padre. Todos ellos contemplan al elefante de la figurita, todos ellos, inexcusablemente tienen su representación que les permite confluir en ese momento del discurso, mirando al elefantito, todos hablan de él, pero cada uno tiene una implicación personal en esa representación. Pero lo real, llamémosla,  haciendo una concesión poética, discursiva y didáctica (sabiendo que es a todas luces, errática y falseada), la elefantidad sigue oculta a cada uno de los sujetos. Sí, ya se que no hay elefantidad posible, pero permítaseme darle un atisbo, insisto que a efectos didácticos, de posibilidad para poder entender lo que antes decía de lo que insiste, existe,  resiste y persiste.

   En el tránsito del pensamiento psicoanalítico, hay un primer momento de ruptura con el pensamiento cartesiano, desde Freud, pues cuando nos habla del sistema Psi, rompe parcialmente con lo inamovible de la Rex Extensa cartesiana, desde una cierta ingenuidad, todavía anudada al pensamiento positivista, como nos señala brillantemente E.  Pérez Peña, en su libro “Lacan el bárbaro”, pero es sin duda J. Lacan el que rompe definitivamente con esa linealidad del positivismo, marcando que solo es posible buscar lo que de alguna manera ya se ha encontrado en el discurrir vital: “hay una anticipación en la búsqueda que define las condiciones del objeto que se hallará, aquello que denunciamos como la relación imaginaria con el objeto. Lo que se halla no es en sí un objeto, sino algo establecido a priori a partir de la gestión imaginaria.” (E.P.P. Lacan el bárbaro”).

   La realidad, al igual que la vida (si es que son cosas distintas), es ínter subjetiva, no hay posibilidad de objetivación; la realidad objetiva es un puro ideal en los investigadores humanos que se esfuerzan por aislar condiciones donde no haya intervención determinada por el sujeto, ninguna variable interventora basada en el hecho de un prejuicio científico que consiste en creer que el observador se puede aislar de lo observado, pero lo cierto es  que siempre el observador  está presente en lo observado. No hay un mundo ajeno al ser humano, porque el mundo solo existe,  si existe para ese ser humano. No hay posibilidad de un cosmos ajeno a él. Si él no existe, no hay mundo, no hay cosmos y solo en un forzamiento imaginario podríamos concebir un mundo sin el ser, para el que las cosas son. Cuando se habla del origen del cosmos o de su futuro lejano (o no tan lejano), lo imaginamos sin el ser, pero lo cierto es que el cosmos, su pasado, su presente y su incierto futuro, nace con el ser humano, con las posibilidades de pensarlo, representarlo y definirlo. El día que nació la idea de un cosmos pasado, nació el cosmos y el día en el que todo quede devastado solo quedará en la propia idea de la devastación. No hay salida: solo hay objetos y conceptos mundanos y extramundanos, si hay un “para quien son”, si hay ser. No hay una ontología fuera de la propia ontología. De la misma manera, que al decir de Pérez Peña, la ciencia comienza con su escritura y solo en ese preciso momento.
    
    Freud  desaloja al ser humano del  antropocentrismo y lo coloca en el centro de sus miserias, de su sexuación, de su castración. Lacan lo resitúa  en el lugar fundamental de la carencia, la mortalidad, el sexo y el universo simbólico y con él, en el imposible mundo del deseo. El ser humano, tiene la fisura que le incorpora al universo del lenguaje simbólico; habla y habla y habla, sin decir de modo total lo que quiere,  dando  cuenta, (de modo siempre parcial inacabado, en la medida que el anudamiento con la certeza de la muerte, sólo se acaba en lo real de la muerte),  de su tragedia: habla y eso lo hizo hombre, pero lo precipitó en un mundo de imposibilidad de dar cuenta de un real, siempre persistente, siempre inasible; el  lugar de lo real,  es el de lo no realizado. La realidad tiene por el contrario una dimensión de temporalidad en la medida en que el ser, sólo es posible que sea, siendo; lo real siempre desaparece, siempre escapa                                                                  

   En este constante devenir del ser, en el que lo presente se desvanece incesantemente, en el que el futuro deviene de inmediato pasado, en esa dimensión de temporalidad que marca la realidad, que marca la conciencia, el ser se reinventa continuamente, saltando por encima de una insistencia biológica, del puro azar natural:
……
Soy el resultado
de unos pocos desatinos,
de algunas casualidades.
Soy el  éxito de un cúmulo de necedades.
Soy el momento azaroso
de dos personas desnudas.
Soy la insistencia inmóvil
de una necia biología.
Soy allí donde el azar florece
y un óvulo diminuto,
entre todo el caos del universo,
estuvo en el camino de una  célula vibrátil.
Soy en esencia
un ser que habla
algunas horas de su vida
con símbolos prestados por la historia.
…..                                                          (J.L.Mellado)

 

    Pero ¿dónde existe lo real? ¿Dónde aparece lo Real? Diremos, no sin azoro que mientras la realidad queda en lo propiamente ontológico, lo real es todo lo que no es ontológico, todo lo que es ajeno a lo estructural, pues como nos dice Lacan en Los cuatro conceptos, “… el inconsciente no es ni ser, ni no ser, es lo no realizado” y el inconsciente ocupa el lugar de lo real.
    En su estructura misma, el ser está  marcado por su condición de carente, su condición de imposibilidad de acceso a la completud y por otra parte sabiendo  que lo real,  si bien aparece, constituyendo nuestra historia, nuestra realidad, desaparece en ese mismo instante, porque solo la realidad es temporal, lo real es inmutable, atemporal y permanente y  justamente se constituye como  lo que no es propiamente ontológico en la medida en que el ser es un devenir, o lo que es lo mismo, el ser solo es, siendo y lo real  no está sujeto a ningún devenir. Lo real permanece.

Fui mórula y blástula
y una vez, constructor de catedrales
y viajé llevando piedras por el Nilo
y fui vasallo y rey feudal y tiránico.
Otrora fui óvulo y esperanza
y una idea en la cabeza
de mi padre y mis abuelos.
También fui pensador y aullador
en la noche de los tiempos,
igual que amé en los cuerpos
de todos los que me precedieron.
Fui Neandertal y homo erectus
y célula marina y polvo cósmico
en medio del Big Bang.
Una vez fuí magia y materia
y dios de la mitología
y cuadrúpedo extinguido.
También estaré presente
en los hombres que anden por la luna
y naveguen por todas las galaxias.
Y cuando el sol se apague
o explote provocando un caos
en el universo, seré también vacío
y nada y silencio
cuando nadie pueda ya dar cuenta de ello.
Allí estaré yo
suspendido en un destello
o en la más profunda de las oscuridades.      (J.L.Mellado)


Subir